ESTEFF

Erik Roux descansa su peso sobre la cadera izquierda: masculino, arrogante, observador. Siempre con la cabeza alta, se deja llevar por una interminable correa que lo transporta a paso de tortuga por la terminal hasta la puerta de embarque. Un anciano con artrosis iría más rápido que él, pero se lo toma con calma. Le gusta mirar cómo actúan las personas ante este tipo de circunstancias, jugar a adivinar sus personalidades e inventar sus vidas a raíz de estas reacciones. De hoy en adelante, ha decidido adoptar esa apariencia preconcebida de elegante y pulcro británico, aunque realmente procede de los suburbios franceses. Su presencia cuidada e imponente hace que muchos ojos se posen en él. Su aspecto ha evolucionado. Se ha cortado a primera hora de la mañana su frondoso cabello castaño casi a ras, y cubre su cabeza con un elegante sombrero borsalino negro, que le da cierto aire distintivo. Los pendientes y demás abalorios han desaparecido. Recientemente se ha dejado crecer el bigote y la perilla, como la de los mosqueteros de Dumas, de un color castaño claro que contrasta con sus grandes ojos verdes. Amante de los pequeños detalles, lleva un pañuelo satinado anudado al cuello, delicado y artesanal, con rayas de colores negro y granate. Porta un elegante blazer de lana merino, suave jersey de cachemira gris perla, pantalón pinzado negro hecho a medida, cinturón aparentemente sobrio pero con incrustaciones de oro blanco en la hebilla, Rolex en la muñeca derecha (por eso de ser zurdo) y sofisticados zapatos Aubercy. Se ha rociado las dosis adecuadas de un exclusivo y diminuto bote de alta perfumería inglesa, Clive Christian, sin excederse; aun así no puede evitar el inconfundible olor que más de un carajillo ha instalado en su aliento. Sus costumbres prevalecen, insondables, por encima de toda actuación camaleónica. Carga un equipaje de mano rígido pero liviano y de aluminio, con alta seguridad a base de más de un candado con contraseñas diferentes y ranuras en su sobria y rígida estructura, fruto de la obsesión de su dueño por la privacidad y sus secretos. Erik se ha deshecho de casi todas sus prendas y enseres personales, y transporta lo esencial en forma de escasa ropa y documentos hiperprotegidos, con el fin de que nada ni nadie pueda identificarle. Ha confeccionado un borrón y cuenta nueva radical en su vida, del que nadie debe ser partícipe. Si hubiéramos conocido a Erik hace tan sólo setenta y dos horas no nos parecería la misma persona. El cambio ha sido abismal. ¡Como pueden girar las tornas en tan sólo tres días! -piensa a medida que llega al final del trayecto. Con la puerta de embarque casi delante de sus narices camina enérgico dejando atrás a lo menos sesenta personas, que viajarán en su mismo avión pero en clase turista, y que se agolpan unos contra otros en una lamentable fila india, a sabiendas que ninguno de los allí presentes tienen su asiento asignado. Bienvenidos al circo de los vuelos económicos, al libre albedrío, puro caos en estrechos pasillos. Alimañas sacando uñas y dientes para poder sentarse en asientos rígidos e incómodos, aprisionados entre los llantos exasperantes del niño de delante, codazos desconocidos a los lados y patadas en el respaldo. Mira de reojo a ese tumulto de gestos hastiados e irascibles, atisbando cierta envidia y desazón hacia él, y disfrutándolo como nunca. Les dedica una media sonrisa altiva mientras es atendido personalmente por la lozana azafata, quien le mira encandilada. No es de extrañar, ya que si hay algún arte que Erik domina a la perfección es el de la galantería y la seducción en las distancias cortas. Siguiendo el protocolo, la chica comprueba la documentación, chequea el billete y le acompaña hasta el mismo asiento, en primera clase. Está rodeado de minuciosos obsequios, todos los cuidados y preocupaciones existentes, agradable peloteo. Podría acostumbrarse a esto. Quizá deje a la chica calderilla de propina, premiando esa actitud aduladora y casi servil con la que lo atiende: de repente, vislumbra en ella su reflejo y un atisbo de lástima compasiva recorre su cuerpo, desechando ese intermitente pensamiento con rapidez, reprendiéndose a sí mismo. Reclina su espacioso asiento y acto seguido escoge una lista de canciones selectas de Led Zeppelin, los Stones y algo de Clash, y deja preparados unos auriculares de alta definición que, obviamente, ha pagado a parte para un vuelo de tan sólo cuarenta minutos. Coloca sus pertenencias de manera compulsiva y ordenada, ya que ha rehusado terminantemente que nadie pusiera sus manos en la maleta -ni siquiera la azafata-. Erik no se fía ni de su sombra. Hay una mesita auxiliar adherida al asiento que lleva incorporada una pequeña pantalla para poder ver películas, muy comerciales y no precisamente buenas, pero que cumplen con su función de entretener. De inmediato tras sentarse, le sirven ese tentempié: una chorrada pija más, lo más caro que encontró en la carta, cuyos ingredientes no le sonaban ni por casualidad. Una suerte de delicatessen minúscula a base de huevas de esturión recubiertas por salsa de trufa negra. El placer experimentado al sumergirse por entero en el mundo de estos derrochadores, ricachones sin medida, fue inexplicable; para ser francos, probó una y tuvo que hacer verdaderos milagros para no vomitarlo, aunque únicamente fuera por respeto a su bolsillo. Con la intención de contrarrestar el repulsivo sabor de la regurgitación que le dejaron, con otro despliegue ostentoso, pidió una botella de Moet Chandon: frío, espumoso, con el sabor del triunfo y las burbujas del éxito resbalando por su garganta. En ese momento, no podría existir sensación mejor. La historia del por qué Erik Roux ha pasado de tener sesenta euros en su cuenta bancaria a treinta y ocho mil, es tan sencilla como maquiavélica. Le valió una inversión y varios viajes a Connemara, un riesgo que fue preciso correr, aunque está claro que todo está más que compensado a estas alturas. Él ya viajó con intenciones un tanto oscuras, previamente analizadas, con todos los planes A, B y C habidos y por haber más que trazados y todas las posibles opciones barajadas, con sus respectivas consecuencias. La compleja y privilegiada mente de Erik, que suele utilizar para fines de dudosa ética en lugar de para algo honrado o decente, funciona como un diagrama de calidad altamente acelerado, en constante actividad. Sus conexiones son tan brillantes y su proceder tan calculador que asusta. En realidad, el inicio de toda esta empresa comenzó hace unos tres meses. La primera noche en Irlanda, destino no escogido por casualidad, salió dispuesto a cazar: cual hambriento animal nocturno, buscando saciarse con una presa acorde a sus pretensiones. Erik no busca un cuerpo ni una cara: sus deseos exploran otros derroteros. Y en el pub irlandés más de moda, la encontró. Allí estaba ella: sentada en una mesa reservada, minúscula, redonda y ridícula, entre sofás enormes clavados en la pared. Era el Irish Temple, el local más moderno y prestigioso del lugar, donde se reunían hombres y mujeres manirrotos y ricos, gastando indecentes cantidades de dinero por hora, niños de papá jugando a devorar la noche y probar cuantiosos vicios. Filtraba todas las posibles víctimas a través de su teleobjetivo inequívoco. Esa noche vestía acorde a la fauna autóctona del entorno, con sus mejores galas -alquiladas- que en una percha como la suya daban el pego. Pasaba desapercibido, como uno más del rebaño. Erik representaba al lobo que cuela su pezuña nívea por la rendija y al que, finalmente, los pobres confiados abren la puerta, mientras él se relame de gusto bajo su disfraz lanudo. Erik cultivó durante mucho tiempo la virtud de leer entre líneas, empleándose a fondo en ello. Desde siempre tuvo un don: un sexto sentido para ver la verdad entre las excusas, descubrir las heridas a través de los escudos, tejer historias más allá de los devaneos, hilar los traumas reales a través de esas historias inventadas, vislumbrar las debilidades mediante comportamientos, desarmar entramados y adivinar personalidades según las preferencias y las elecciones más banales. Si alguna vez falló, ya no se acuerda. Y si acaso pasó, le sirvió para no tropezar con la misma piedra. Y esas niñas ricas….¡Dios, eran tan fáciles! Marionetas elementales, madejas con pocos hilos: las hacía bailar a su antojo. Ellas carecían de lo que a él le sobraba; les faltaba esa picardía adquirida en la escuela de la calle, aquella que se obtiene cuando la vida no te da nada masticado y se han cicatrizado ya las manos de tanto sacar castañas de entre las llamas. De hecho, Erik sabía meter hasta el antebrazo en ese fuego y salir indemne de ello. Si a eso le añadía la atracción natural, rozando lo prohibido, de estas muchachas por los chicos toscos, claramente procedentes de otro estrato social y con ese aire de estar de vuelta de todo, endurecidos por las aventuras y con cien marcas de guerra, resultaba condenadamente sencillo embaucarlas. La vio cruzar el umbral junto a sus amigas, que dejaban tras de sí un halo de petulancia que odiaba, y por supuesto no entraba en sus planes. La última en aparecer fue esa chica insegura y retraída. Enseguida supo que sería ella. Lo adivinó por sus hombros caídos, el aire apesadumbrado, su apocada y natural posición en un tercer plano dentro de ese grupo de cotorras vacías y envalentonadas, la sobria manera de vestir, las miradas de soslayo, la continua manía de bajar la cabeza… algo que parecía ocurrir por pura inercia. Se llamaba Victoria. Ella, tranquila en su ignorancia, no sospechaba que había estado vigilada durante semanas. Erik ya sabe que suele ir siempre sola las pocas veces que se enfrenta al mundo que hay más allá de los terrenos familiares. Es el arquetipo de hija única y, a sus casi veinte años, sus padres se niegan a dejarla crecer, sobreprotegiéndola, permanentemente resguardada bajo sus alas. Como una sombra invisible, Erik controló sus idas y venidas rutinarias a la facultad privada de derecho. Al caer la tarde, padre e hija salen a hacer su sesión de marcha deportiva de cuarenta y cinco minutos. No parece tener amigas ni vida social reseñable; algo que se convierte en un buen tanto para sus propósitos. Está claramente acomplejada por su físico, aunque a primera vista no hay razón para ello, a excepción de un ligero sobrepeso. Viste siempre de color oscuro y con prendas holgadas y largas, que no dejan entrever ninguna forma femenina. Enmarca su rostro una fuente de graciosas pecas esparcidas en una piel muy blanca, es bajita y con poca preocupación por el cuidado de su apariencia, ocultándose del mundo tras unas enormes gafas de exagerada montura carey, haciendo las veces de armazón de acero. En sus investigaciones sigilosas, Erik, gratamente complacido, no alcanzó a ver ningún amigo íntimo, pareja, novio o derivado, aunque sí pudo apreciar buenos fajos de billetes lilas, de quinientos, y entonces le brillaron los ojos. Así fue como escogió a su próxima víctima, y con todos los factores a su favor, se puso manos a la obra. La volvió a observar, y por más que se esforzó en encontrarlo, no existía nada en aquella chica que hiciera pensar en morbo, feminidad o atracción. , pensó Erik, que se frotaba las manos ante la bandeja de plata que pasaba ante sus ojos. No era fea, pero tampoco la ayudaba una melena rojiza y sin brillo, enmarañada, que caía rasa y sin gracia por su clavícula, dando sensación de languidez, o ese estilo anticuado y mojigato. No podía evitar esos ademanes tan propios y casi innatos de la clase alta. Erik, que procede justo del otro extremo, sabe reconocer perfectamente ese olor, esas gesticulaciones, esa aureola que las rodea, esos modos tan propios que las engloban. Sabe distinguir también, entre tanta flor y nata de tan populares lares, a las víctimas desvalidas, que son sus favoritas, ocultas casi imperceptibles bajo las luces de neón y el estruendo al que llaman música. Como era de esperar, sus amigas salen al centro de la pista escoltadas por pretendientes varios. La chica apocada no es invitada ni siquiera por pena. , piensa Erik; y cuando se cerciora de su soledad aprovecha la ocasión brindada. Pide dos gintonics y se acerca a su mesa, iniciando hábilmente una conversación trivial. Muy corta, con las palabras adecuadas y elegidas con esmero; lo suficiente para que ella -que en un principio parecía no estar nada interesada en ligues y, cohibida, desconfiaba de cualquier rondador masculino- no pudiera desterrarle de sus recuerdos a partir de esa noche. Consiguientemente, Erik desplegó sus mejores alas de conquistador en forma de mensajes al móvil: si había llegado bien a casa. Al día siguiente, si había dormido bien, si tenía resaca. Que cómo estaba. Al tercer día fueron a cenar, y él se comportó como un caballero: sacando conversación, ayudándola a desprenderse de su timidez enfermiza. Nunca escatimó en nada, siempre provisto de sorprendentes y sencillos regalos, jamás le pilló lanzando miradas furtivas al reloj, la hacía sentir única y la embargó de atenciones y caprichos, sin intención alguna de propasarse aunque sí dejando entrever las ansias de hacerlo. En todas esas citas, únicamente la besó furtivamente. Victoria se sintió respetada a la vez que deseada como mujer, lo que acabó por cerrar el último eslabón. Combinaban noches en lujosos clubs nocturnos con un día en el parque de atracciones o picnics en el lago, la acompañaba a la facultad, a veces la recogía, comidas, más cenas, hasta que se convirtió en alguien imprescindible en su vida y, cegada por alguna especie de embrujo, se volvió adicta a aquel chico que se hacía llamar Harry Stendhal, natural de Dublín y ciudadano del mundo. En el trascurso de la relación, Erik se inventó andanzas suyas, vividas hace años, en la facultad de derecho donde ella estudiaba en la actualidad, y se autoproclamó héroe y defensor de los derechos civiles y laborales, siempre mirando por el más débil, un exaltador al que los rectos y conservadores decanos expulsaron por tratarse de la personificación de la igualdad, la pasión, la valentía y la justicia. Le relató una vida llena de entuertos, incomprensión por parte de unos padres millonarios que lo desheredaron por sus radicales y diferentes puntos de vista. Le habló de descubrimientos y peregrinajes interminables, miles de viajes, conocedor de culturas varias, pozo de sabiduría y tolerancia sin ánimo de lucro, pobre alma incomprendida vagando por el mundo. Le contó de sus vivencias en miles de lugares insólitos, a veces inhóspitos: cómo cazaba con tribus africanas y cómo los Bambana le adoptaron como uno más, de sus días entrenando halcones junto a jeques árabes y compartiendo sus costumbres, le enseñó cómo saborear el verdadero té moruno; sus rezos con monjes budistas en Asia y las exóticas técnicas de meditación aprendidas en la India. Cómo sobrevivió a situaciones bajo peligro de muerte, luchas a ultranza, aventuras arriesgadas, sus amistades con presos de guerra, la superación de auténticas adversidades naturales y burocráticas que harían temblar al mismo Átila. Su encanto de forastero nómada y su manera humilde y despreocupada de contar tales aventuras, restándoles toda importancia, hizo que ella se sintiera protegida e inmersa en un cuento de hadas y le amara profundamente. Que jamás indagara en los detalles y le tuviera una fe sin criterio. Que le quisiera tanto, y tan irracionalmente, como se puede querer a un primer amor. Mientras hacía las veces de novio paciente y perfecto, yerno adulador, causa de decenas de invitaciones a fiestas universitarias y eventos sociales juveniles, Erik se preocupó por fidelizar sus propios contactos, procedentes de un mundo que este nuevo entorno suyo nunca había pisado ni jamás pisaría. Experto en codearse siempre entre los mejores de su calaña, Erik contactó con Phillipe Neuman, uno de los más populares falsificadores de documentos oficiales de identidad en la isla, conocido por su minuciosidad entre los bajos fondos. Por el módico precio de unos mil quinientos euros, Erik obtuvo una copia idéntica de NIF, pasaporte y permiso de conducción, realizada con todos los detalles existentes, cuya demostración no sería imposible pero sí harto difícil. En cuanto al nombre, el azar jugó su mejor papel de la siguiente manera: Cuando Erik reservó en un pequeño, coqueto y aislado hotelito rural la habitación en la que remataría su ardid, donde desplegaría por fin toda su red de conquista sobre la inocente Victoria quedándose para sí su virginidad, puso toda su atención en los anteriores firmantes de la hoja de huéspedes. Un tal Harry Stendhal pasó por ese mismo puesto apenas unas horas antes que él, y ese pobre hombre tuvo la mala suerte de firmar con trazos sencillos y con una escritura muy fácil de imitar. Si el tal Stendhal hubiera sabido todo lo que le caería encima en los meses venideros, indudablemente se hubiera ahorrado ese fin de semana bucólico. Erik, perspicaz, nunca firmó nada en ese hotelito rural gracias a sus dotes dicharacheras e ingeniosas; a la dueña de esa suerte de parador le pareció tan tierno y sincero aquel apuesto joven, cargado con velas aromáticas y pétalos multicolores de rosas, tan entregado a la causa de sorprender a su amante, sin ocultar ningún detalle romántico, que le dejó pasar por alto la inscripción con el fin de salvaguardar la sorpresa. Erik, por supuesto, la satisfizo con un par de besos en las mejillas, la mayor de sus sonrisas y unos cincuenta euros de más por las molestias y su silencio. Ese mismo día, por la noche, Victoria se entregó totalmente, en cuerpo, alma y mente, al hombre de su vida y de sus sueños. La niña Victoria pasó a convertirse en una mujer, resguardada entre los brazos de ese irlandés nutrido en mil batallas que la había escogido a ella entre todas las mujeres de todos los lugares de todos los rincones del mundo. No pudo sentirse más dichosa y más enamorada. Mientras él dormía, con el olor a chocolate belga que aún desprendían las velas, y que se mezclaban con el de los pétalos rosas, rojos y blancos de rosas esparcidos por el suelo, con la mirada puesta en la botella de champán que reposaba en la cubitera, no pudo evitar unas lágrimas de felicidad, de placer, casi de bendita incredulidad. No quería separarse jamás de ese hombre, el único al que se había entregado enteramente y que ya había elegido como padre de sus hijos, como acompañante para el resto de su vida. Mientras él permaneciera a su vera dejaba de importar el mundo y todo lo que le deparara el destino, bueno o malo. Porque era su todo: como él: nadie, y sin él: nada. A la mañana siguiente, cuando después del brunch abandonaron la estancia, Erik se fijó disimuladamente que Harry Stendhal había abandonado la habitación haría unas tres horas, dejando impresa una tierna dedicatoria en la hoja de agradecimientos y sugerencias: “acogedor, idílico. Altamente recomendable”. Erik se fijó en la unión de las letras, las redondeces de las vocales, la ligera inclinación hacia la derecha, la separación de algunas consonantes, los palos de las d, las l, las t, la forma de escribir los puntos y los acentos. Y, con todo imborrable en su envidiable retentiva, se despidió complaciente y con la satisfacción del trabajo bien hecho. Durante muchos días, Erik se reencontró y estuvo viéndose furtivamente con un viejo conocido, que ahora residía en Dublín: el francoirlandés Abraham Fagim. Les unían los mismos orígenes y las mismas amistades y experiencias: juntos habían vivido varios pálpitos con nervios a flor de piel, heridas que no llegaron a cerrarse nunca, huidas, persecuciones, pasos en falso de equilibristas, actuaciones conjuntas a sangre fría y resoluciones fortuitas. Si bien no se puede decir que fueran amigos íntimos, el respeto mutuo lo sustituía con creces y la confianza entre ambos era ciega: nunca se hicieron pregunta alguna, la curiosidad reinaba por su ausencia, no sospecharon el uno del otro porque ya sabían que lo ilícito siempre les resultaba mucho más rápido y estimulante, además de ser algo en su ser tan natural como las manos curtidas y manchadas o los poros siempre alerta de su piel. Tenían en común la lealtad silenciosa que conlleva el interés mutuo, y aunque podían jactarse de ser perros viejos en cuestiones delictivas, no lo hicieron. “A ti te conviene tan poco como a mí”, y con esa premisa se entendían dentro de la parquedad en sus palabras, con miradas cómplices antiguamente entrenadas, por lo que el dar y devolver favores ya quedaba implícito sin tener porqué asegurarlo. La figura de Abraham Fagim fue decisiva en esta empresa para cubrirle las espaldas. Durante unos tres meses aprovechó los beneficios que le confería mantener una relación seria con alguien de tal estatus. Dicha situación se materializó en viajes en yate, estancias paradisíacas alejadas del mundo, conducir deportivos de alta gama, cenas lujosas en restaurantes de vanguardia, convirtiéndose en invitados de honor y afortunados comensales ya casi expertos en la cocina de fusión. Cambió por entero su anodino y casual vestuario, por recomendación de la misma Victoria, que le proporcionó varias prendas importadas, únicas en el mundo y confeccionadas únicamente para él. Secretamente, ella le bordaba sus iniciales en la etiqueta interior, para que siempre llevara consigo su recuerdo. Asistían a fiestas, aunque Erik no era muy dado a prodigarse en ellas, y la mayoría de las veces intentaba eludirlas. No le gustaba mucho mezclarse con la gente ni tenía interés en integrarse en círculos sociales. A Victoria no le importaba: ella, de natural introvertida y reservada, casi suspiraba de alivio ante estas decisiones. Una tarde, tras hacer el amor, Erik casi entre sollozos, le confesó algo que le rondaba hacía días por la cabeza. Le confesó esa idea que le martirizaba, y se desahogó fingiendo un desasosiego que incluso acompañó con lágrimas convenientes; preocupado por su limitación en cuanto a recursos económicos y culpó desesperado a esa misma circunstancia de la imposibilidad de culminar su felicidad. “Lo único que me haría feliz en esta vida sería despertarme junto a ti cada mañana, arroparte cada noche, mirarte todos los minutos del día, comprar y cocinar juntos, acurrucarnos en el sofá cada atardecer, hacerte el amor las horas restantes, admirar juntos todos los amaneceres que nos queden. Pero no puedo dártelo; soy un miserable, un inmundo, un pobre, un desgraciado. No tengo ni un jodido euro para poder hacerte feliz…lo mejor será que te busques alguien mejor”: Y con estas últimas palabras mágicas, tras el necesario autofustigamiento para dar más énfasis al drama y esa aparente resignación a dejarla ir contra su voluntad, como vagando por su amor, se acabó de redondear el círculo que tanto tiempo le había costado construir. Porque Victoria -como él ya había previsto-, entre lágrimas de amante conmocionada y abrumada por tal intensidad emocional, algo inusual en un hombre tan de mundo, tan vivido y experimentado, le dijo que no se preocupara. Que hoy por ti y mañana por mí. Que para eso eran una pareja: para ayudarse mutuamente, y que las cosas ya mejorarían en algún futuro venidero. Al día siguiente, ya estaban abriendo una cuenta conjunta, donde el depósito inicial constó de cuarenta mil euros , unos ahorros personales que Victoria guardaba en una de sus cajas fuertes, en un principio cantidad reservada para emergencias. La cuenta se abrió a nombre de Victoria Hayes y Harry Stendhal, con sus pertinentes contratos y documentos de identidad debidamente fotocopiados, la garantía más que suficiente del apellido prestigioso de la abajo firmante, entre las adulaciones hipócritas de los banqueros que habían conseguido captar a sus clientes de oro. No cabe decir cuánto sirvieron las horas de arduo trabajo, sin descanso, en las que el perito calígrafo Abraham Fagim enseñó incansable técnicas y trucos a Erik para firmar como si se tratara del mismo Stendhal. Con licencia para acceder al archivo de datos central, Fagim no tuvo muchos problemas en localizar un documento de impuesto por bienes inmuebles firmada por el susodicho, y también una copia escaneada de su carnet de identidad. Con detenimiento, calma y pericia se dedicó a memorizar, calcar, copiar y desmontar cada trazo: la velocidad con la que garabateaba, la dirección de las líneas, el tamaño de las letras y su inclinación, los puntos y las mayúsculas, lo legible de su nombre, la sencillez del subrayado. Tras muchos intentos, desgranó, conoció sin haberlo visto y se mimetizó con aquel desconocido, gracias a ese don suyo que tanto había cultivado para usos fraudulentos. Analizó repasando todo lo aprendido teóricamente, todos los ejercicios realizados hasta la saciedad y todas las prácticas que ya había efectuado, y siendo lo más objetivo posible, por fin decidió que habían alcanzado la perfección. No habría manera de probar, si remotamente llegara el momento, que el autor de la firma no era el mismo Stendhal. Necesitaron muchas horas de muchos días para que Erik no errara lo más mínimo, pero esos dos meses dieron su fruto y no falló en ninguno de los intentos, tras cientos de papeles destruidos repletos de firmas que a ojos comunes parecían iguales pero que ellos, perfeccionistas, sabían que no lo eran, ya estaban preparados. Si como pareja firmaron un lunes la apertura de la cuenta, el martes por la mañana a primera hora ya estaba Erik en el banco, desplegando todo tipo de rocambolescas y creíbles historias con el fin de retirar todo el depósito. Le dio pena, eso sí, dejar la cuenta a cero y le dejo dos mil euros por las molestias, por el daño causado, por su falta de escrúpulos y por el egoísmo del cual no se arrepintió en ningún momento. Erik, que hasta entonces iba siempre pulcro y afeitado, con pendientes en las orejas y una especie de lanza dorada en miniatura que le atravesaba la ceja derecha, con una melena ondulada castaña que caía sobre sus hombros, procedió al cambio físico. Su rostro quedó desierto de cualquier adorno, y se dejó crecer el vello facial -que tampoco tardaba demasiado-; se deshizo de la cabellera de años y quedó rapado. Se agenció gafas semitransparentes para intentar ocultarse del mundo, compró una buena maleta, introdujo en ella lo mínimo, y bajo cuatro candados con cuatro contraseñas diferentes guardó con recelo los documentos falsificados y los suyos reales. El resto de sus pertenencias fueron a parar a la hoguera improvisada en las cercanías del lago; con los ojos en llamas, Erik respiro hondo y por fin sonrió queriendo sonreír, sin ningún tipo de fingimiento. Actuar las 24 horas durante tanto tiempo le resultó un ejercicio agotador. Ahora, nadando en la abundancia y con todo ese efectivo en su regazo, tras cerciorarse de que cualquier vestigio del pasado declarado como prueba fuera convertido en cenizas, cogería el primer vuelo hacia Londres. “Adiós, Connemara: fuiste bonita mientras duraste.”, les espetó al fuego. Su mente de diagramas veloces y calculadores no descansó un sólo instante, ni tan siquiera se posó un segundo en la figura de la pobre Victoria, quien tras ser informada de su realidad, salir del estado de shock y saberse víctima de un embolado tan atroz, jamás pudo recuperarse y se encerró en sí misma de manera rotunda e indefinida. Conocedor de la estricta cadena de favores entre profesionales del medio, compensó al grafólogo y al falsificador con dos mil euros por cabeza, en agradecimiento de su profesionalidad, complicidad, ayuda sin fisgoneos y futuras o posibles colaboraciones y defensas. Erik Roux siempre fue un tipo atento, generoso y agradecido con los suyos. Ahora, en el avión, una mujer de unos cuarenta y ocho años, de andares portentosos y sofisticados, se sienta casi en el otro extremo del pasillo reservado a viajeros de primera clase. Le confiere una suculenta propina a la azafata, y el ojo presto de Erik se posa en el grosor de esa enorme cartera en forma de sobre, con costuras doradas y piel de serpiente. Minutos después y con su galantería habitual, hace que la azafata actúe de alcahueta y le ofrezca a la pasajera una copa de Moet Chandon burbujeante y frío, que en tales circunstancias es capaz incluso de adquirir poderes afrodisíacos. Cuando la mujer descubre gratamente el aspecto refinado y masculino de su pretendiente, accede a entrar en el juego del cortejo. Y Erik, desde la distancia, levanta su copa con esa media sonrisa de conquistador, tan sugestiva, y rabiosamente seguro de sí mismo brinda en el aire inclinando la copa hacia ella. Su próxima inversión ya está en camino.

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