PSIQUE W.

Ana está sentada detrás de la escalera de incendios del patio del colegio. Es la hora del recreo y se está comiendo un bocadillo de queso con aceite. Mientras mastica su merienda, Ana rememora lo sucedido cuando hace unos días llevó a Luis a su mundo mágico. Le dolió mucho lo que hizo. Había confiado en él compartiendo algo que para ella era muy importante y la reacción de Luis fue destrozarlo y criticarlo.

Aunque no habían dejado de ser amigos, puesto que se veían y hablaban todos los días, los sentimientos de Ana hacia Luis habían cambiado. Ahora desconfiaba un poco de él y si Luis le pedía volver al mundo mágico, Ana le ponía excusas para no llevarlo. Luego estaba el miedo que sentía ante la idea de que Luis revelara su secreto a alguien más. Por no hablar de la actitud de Luis, que se había vuelto más irascible y malhumorado. Todo esto hace llegar a Ana a la conclusión de que llevar a Luis a visitar a Blancaflor y los demás no fue una buena idea.

En todos estos pensamientos está ensimismada Ana cuando Alba se acerca y se sienta a su lado. Tan concentrada está Ana en comerse el bocadillo y en sus preocupaciones, que no se da cuenta de que su amiga se ha sentado a su lado.

  • Hola Ana, ¿qué haces? –saluda Alba intentando llamar su atención.
  • Nada –responde Ana con la mirada pérdida -. Estaba pensando.
  • ¿En qué piensas? –insiste Alba.
  • En mis cosas. ¿Qué es eso? –pregunta Ana intentando cambiar de tema.
  • Galletas caseras. ¿Quieres una? Yo no puedo comer más –dice Alba señalándose la barriga.
  • ¡Sí! Gracias –exclama Ana cogiendo una galleta de la bolsa que le ofrece Alba.
  • ¿Quieres venir esta tarde a mi casa? –pregunta Alba mientras observa como Ana se come la galleta -. Hoy no tenemos muchos deberes, podemos jugar juntas.
  • ¿A qué podemos jugar? –pregunta Ana con la boca llena de galleta.
  • A lo que quieras. Mi hermano tiene una videoconsola. Bueno, es de los dos, la compartimos.
  • ¿Tienes una videoconsola? –exclama Ana entusiasmada. Ella no tiene videoconsola, nunca ha jugado con una -. ¡Sí! Esta tarde iré a tu casa.

Suena la campana que señala el final del recreo y Ana y Alba se dirigen instintivamente a la fila para entrar de nuevo a la escuela. Las dos horas que restan de clase se le hacen muy cortas a Ana pensando en todas las cosas a las que va a jugar con Alba. Por eso, cuando llega la hora de salir de la escuela, Ana sale corriendo. Pero esta vez es porque quiere llegar pronto a casa y visitar después a su amiga.

Antes de salir del colegio, Luis se cruza en el camino de Ana, ofreciéndose a acompañarla en el camino de vuelta. A Ana no le apetece pararse a hablar con Luis, pero tampoco quiere parecer antipática.

  • ¿Qué vas a hacer esta tarde? –le pregunta Luis a Ana mientras caminan por la calle con la mochila al hombro.
  • Voy a casa de Alba, a jugar –responde Ana escuetamente.
  • ¿Por qué? –pregunta Luis en un tono muy serio.
  • Porque es mi amiga –contesta Ana con inocencia -. Y porque me ha invitado a ir a su casa.
  • ¿Y por qué no vamos otra vez a ese sitio que te inventas? –propone Luis con cierto desprecio. Se nota por su expresión y su forma de hablar que no quiere que Ana vaya a casa de Alba.
  • ¿Para que vuelvas a destrozarlo todo? –le espeta Ana con rencor a Luis.

Luis se para un momento y mira muy enfadado a Ana. No le ha gustado lo que Ana le ha dicho, se siente rabioso: “¿Quién se cree que es esta niñata asquerosa?”, piensa Luis apretando los puños. Por una vez Ana le ha hablado claro, le ha plantado cara y Luis no está acostumbrado a que le hablen así. Pero finalmente se tranquiliza y responde:

  • Lo siento, no lo volveré a hacer –responde Luis intentando parecer arrepentido.
  • Vale, pero esta tarde me voy a casa de Alba –resuelve finalmente Ana y mientras dobla la esquina para dirigirse a su casa, se da la vuelta y dice -. Hasta luego Luis.

Luis no responde y se limita a decir adiós levemente con la mano. Ana se va a su casa contenta, con una gran sonrisa en la cara. Cuando al llegar a casa les dice a sus padres los planes que tiene para esta tarde, estos se alegran mucho. Incluso su padre se ofrece a llevarla en coche a casa de Alba y su madre le da dinero para que invite a su amiga a chucherías.

Cuando llega la hora de ir a casa de Alba, su padre la lleva con el coche y la deja en la misma puerta. La madre de Alba le abre la puerta y saluda a Ana dándole un beso en la mejilla. Alba baja corriendo de su habitación al oír el timbre y también saluda con mucha alegría a Ana. Nada más llegar, Ana le propone a Alba ir a comprar chuches con el dinero que le ha dado su madre. Alba acepta encantada y van dando un paseo a la tienda de chucherías.

Al volver a casa de Alba, las dos se ponen a comer chuches y a jugar al parchís, la oca, las damas y por supuesto a los videojuegos.

  • ¡Hola Ana! –saluda el hermano de Alba asomándose a la puerta de la habitación.
  • Hola –responde Ana tímidamente.
  • Ya podéis poneros a jugar con la videoconsola. Os la he dejado encendida –les dice el hermano de Alba antes de irse a jugar al baloncesto.

Ana se queda mirando fijamente al hermano de Alba, le parece muy guapo y también muy simpático. La ha saludado con mucha amabilidad o al menos eso cree Ana, que por un instante se sonroja. Pero la invitación de Alba a dejar las fichas del parchís y coger los mandos de la videoconsola saca a Ana de su ensoñación temporal. En la videoconsola se ponen a jugar con un videojuego de deportes, concretamente de tenis. Ana va ganando cuando la madre de Alba las llama desde el piso de abajo:

  • ¡Alba! ¡Ana! Bajad a merendar.

Las dos bajan rápidamente a la cocina a tomarse el batido de chocolate y los sándwiches de jamón y queso que les ha dejado la madre de Alba. Cuando se quedan solas, Alba aprovecha para preguntarle a Ana sobre lo que le pasaba esta mañana en el recreo:

  • ¿Qué te pasaba hoy en el recreo Ana? Estabas muy seria.
  • Es que… -titubea Ana -. No sé cómo contarlo… No sé cómo explicarlo… Estaba preocupada por una cosa me pasó hace unos días, nada más.
  • ¿Alguien se ha metido contigo? –insiste Alba preocupada -. Porque le puedo pedir a mi hermano que te ayude a defenderte de los demás niños.
  • No, no es eso –responde Ana con tristeza y clavando la mirada en el plato que tiene delante -. Es Luis, tenias razón sobre él.
  • Te dije que no te juntaras con él –le recuerda Alba.
  • Ya…
  • ¿Qué te ha hecho? –vuelve a insistir Alba, pero esta vez con tono enfadado.
  • Nada… Bueno, le enseñé una cosa y la intentó romper. Y hoy no quería que viviera a tu casa –intenta explicarse Ana apresuradamente.

Ana no despega la vista de su plato vacio y guarda silencio. No sabe cómo explicar lo que le pasa, un cumulo de sensaciones se le amontonan en la garganta. El miedo a que su secreto, su mundo mágico, sea descubierto la obliga a callar y a no confesarle a su amiga lo que realmente le pasa. Alba, que se da cuenta, intenta consolar a Ana:

  • Ana, puedes hacer lo que quieras, pero te aconsejo que dejes de juntarte con él –le dice Alba cogiéndola de la mano -. Si alguna vez necesitas ayuda puedes contar conmigo siempre. Yo nunca me portaré mal contigo.
  • Gracias Alba –responde Ana con una mezcla de emoción y alegría en la voz.

Anochece y es hora de volver a casa. Ana se despide de Alba y su familia deseando volver otro día. Mientras camina por las calles de su pueblo Ana va absorta en sus pensamientos, rememorando cada momento que ha vivido junto a Alba esta tarde, con las manos en los bolsillos y esquivando transeúntes. Piensa en lo que le ha dicho Alba, que nunca se portaría mal con ella y se da cuenta de que su amiga tiene razón. Es en este momento cuando Ana toma la firme decisión de estar siempre al lado de las personas que la quieren de verdad, las que nunca le harán daño, y alejarse de las malas personas. En definitiva, estar cerca de gente como Alba y lejos de individuos como Luis.

Tan despreocupada y feliz va Ana por la calle que no se da cuenta de por dónde camina. De pronto, choca con alguien. Ana se tambalea intentando no caerse al suelo y levanta la vista del suelo al frente. Delante de ella está Luis, con quien ha chocado, mirándola con desdén.

  • Hola Ana.
  • Hola Luis –responde Ana tímidamente.
  • ¿Te lo has pasado bien con Alba? –pregunta Luis con rencor.
  • Si, muy bien –responde Ana intentando aparentar normalidad -. Y tú, ¿cómo te lo has pasado esta tarde?
  • ¿Yo? Bien también…

En ese instante, un grupo de cuatro niñas, del colegio de Ana y mayores que ella, pasan por su lado y mirándola de arriba abajo comienzan a meterse con ella:

  • ¡Ana! ¡Ana! –la llama una de ellas con voz burlona.
  • ¡Tonta! –le dice otra con la misma voz burlona.
  • ¡Anita gordita! –exclama la tercera pasando por su lado.
  • ¡Anita tontita! –dice la cuarta mientras intenta contener la risa.

Las cuatro niñas pasan una a una al lado de Ana, observándola con mucho desdén y riéndose de ella. Ana se queda paralizada, impotente ante el ataque que su persona y su autoestima están recibiendo gratuitamente. No sabe qué hacer, simplemente aprieta los puños de pura rabia e intenta aguantar sus ganas de llorar. Busca la ayuda y el apoyo de Luis, pero este la mira fríamente y no actúa. Luis no habla ni hace nada para defenderla, solo se mueve para marcharse con las cuatro niñas. Ana se siente definitivamente traicionada por él.

Cabizbaja y entristecida Ana retoma el camino de vuelta a su casa. Ya no está feliz, ya no sonríe. Solo piensa en desaparecer de la faz de la tierra, en no existir nunca más. Se da cuenta de lo efímera que puede ser la alegría, cómo en segundos se puede pasar de la felicidad al llanto. Analiza cada una de las palabras y actos que ha vivido desde que sale de casa de Alba hasta que se encuentra con Luis, intentando dar con el motivo y la explicación de su desdicha. Preguntándose por qué todos los niños y niñas de su colegio la increpan de esa manera si ella nunca le ha hecho nada malo a nadie.

Al llegar a casa, Ana tiene los ojos hinchados y la garganta dolorida por intentar aguantarse el llanto. No le gusta que nadie la vea llorar. Sus padres la esperan con la cena en la mesa, la saludan con alegría pero Ana no tiene ganas de ver ni hablar con nadie.

  • ¿Cómo ha ido la tarde? ¿Te lo has pasado bien? –le pregunta su madre.
  • Sí –responde Ana con desgana mientras se lleva la comida a la boca.
  • ¿Qué habéis hecho Alba y tú? –dice su padre.
  • Jugar –vuelve a responder Ana con desinterés hacia sus padres.
  • ¿Y por qué estas tan triste entonces? –insiste su madre -. ¿Te has peleado con Alba? ¿Te ha pasado algo en la calle?
  • ¡Dejadme en paz! –grita Ana enfadada -. ¡No quiero hablar! ¡Dejadme tranquila!

Sorprendidos por la reacción de Ana, sus padres se miran ojipláticos intentando comprender la respuesta tan tosca de su hija. No esperan esa réplica ante su interés por saber cómo había pasado su hija la que se suponía que iba a ser una tarde feliz. La contestación de los progenitores no se hace esperar.

  • ¡Señorita! Esa no es manera de dirigirse a nosotros –le regaña su padre -. Somos tus padres y nos preocupamos por ti.
  • Estás castigada –interviene su madre -. Sube ahora mismo a tu habitación.

Ana deja la comida en el plato y sube corriendo a su habitación. Llorando, se sienta sobre el edredón de la cama y se abraza fuertemente a sus rodillas. Mientras solloza, intenta no hacer ruido para no llamar la atención de sus padres y que así no sigan haciéndole preguntas que ella no quiere responder. Ana vuelve a preguntarse por qué es tan desgraciada, por qué no puede vivir su vida con tranquilidad sin que nadie se meta con ella. Preguntas que se hace en vano puesto que no es capaz de encontrar respuestas.

Minutos después, cuando ya se ha desahogado lo suficiente, busca su pluma mágica de color verde y su libreta fucsia. Las pastas de la libreta están gastadas por el uso y apenas quedan una veintena de hojas en blanco en las que poder escribir. Ana la abre por la última página escrita y pone: “Necesito ver a Blancaflor”. Esas cuatro palabras se emborronan lentamente dando lugar a un tornado de tinta negra que aumenta poco a poco de tamaño. La libreta vibra con energía y Ana se inclina sobre el tornado de tinta. Cegada por la intensa luz blanca que desprende Ana se va abriendo camino hacia su mundo mágico.

Al llegar, Ana se encuentra con un paisaje triste y lánguido, diferente al que ella siempre imagina. El cielo está nublado y gris, el sol apenas brilla. Las flores y los árboles aparecen marchitos. Los unicornios no corretean por los prados verdes. Los pájaros no cantan y las mariposas no revolotean alrededor de Ana. Atenea y Zeus tampoco recorren el cielo haciendo gala de su esplendido vuelo. Ana lo observa todo desolada.

  • Hola Ana.

Blancaflor aparece al lado de Ana y la saluda con un tono suave en su voz. Ana se vuelve hacia ella, abrazándola rápidamente y rompiendo a llorar desconsoladamente.

  • ¿Qué te pasa pequeña? –pregunta Blancaflor intentando consolarla mientras le acaricia la cabeza.
  • ¡Estoy triste y tengo miedo! –grita Ana con la voz rota por el llanto sin despegarse de Blancaflor.

La bruja buena se agacha para poder mirar a Ana a los ojos y le responde con dulzura:

  • Una niña tan maravillosa como tú no puede sentirse así. Ven conmigo –dice Blancaflor a Ana ofreciéndole su mano.

Las dos caminan hasta el pozo que da de beber lo que cada uno desee. Blancaflor saca una cubeta de agua de su interior y se la ofrece a Ana para que beba un poco. Después se sientan en unas rocas junto al lago, donde Blancaflor intenta tranquilizar a Ana y limpiarle las amargas lágrimas que inundan sus mejillas. La respiración de Ana se suaviza poco a poco volviéndose normal. En ese momento Alfredo emerge a la superficie del lago de agua dulce.

  • ¿Qué te pasa Ana? –pregunta el sireno.
  • Está triste y tiene miedo –responde Blancaflor en lugar de Ana.
  • ¿Cómo es eso? –exclama Alfredo.
  • No lo sé. No me ha dicho nada todavía –responde Blancaflor -. Ana, ¿por qué sientes miedo y tristeza?
  • Porque yo nunca le he hecho nada malo a nadie y el resto del mundo si me hace daño a mí –solloza Ana.
  • ¿Quién es “el resto del mundo” Ana? –pregunta Alfredo con curiosidad.
  • Los niños y niñas de mi colegio –responde Ana.
  • Ana, una de las maneras que tenemos de crecer es superar nuestros temores. Tú eres muy joven todavía, pero lograrás superarlos y vencerlos –dice Alfredo mirando fijamente a Ana -. Lo que esos niños y niñas te hacen está mal.  Sé que es insoportable para ti y no te gusta que lo hagan. Pero recuerda que tú eres muy valiosa, que tienes a muchas personas que te quieren, te admiran y lo último que quieren es verte triste y con miedo. Reúne todo el valor y la fuerza que tienes dentro de ti y planta cara a tus miedos. Como la niña guerrera del cuento –le recuerda.

Ana mira perpleja a Blancaflor y esta le dice:

  • Alfredo tiene razón.

Ana, mucho más tranquila y reconfortada, sonríe y poniéndose de pie le dice a Blancaflor y a Alfredo:

  • Muchas gracias por vuestra ayuda y vuestros consejos. Sois unos amigos muy leales. Os quiero mucho.

Ana se abraza primero a Blancaflor, que le devuelve el gesto y le da un tierno beso en la coronilla. Después, Ana se acerca a la orilla del lago y hace lo mismo con Alfredo, que le acaricia suavemente la mejilla cuando se despide de ella. Feliz de nuevo, Ana escribe en su libreta las palabras que la llevan de su mundo mágico al su mundo real: “Esta aventura toca hoy a su fin”.

Segundos después aparece en su habitación. La casa está en silencio, Ana intuye que sus padres ya se han acostado. Agotada por el día tan intenso que ha vivido, con tantos altibajos emocionales, Ana cae rendida en su cama. Sin ponerse el pijama y ni deshacer el lecho, se tumba sobre el edredón mientras abraza su pluma mágica y su libreta fucsia. Lentamente cierra los ojos y se va dejando llevar por el sueño mientras una lágrima nace de sus pestañas y una leve sonrisa de dibuja en su rostro.

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