ALBERTO ROMERO

La verdad de Josefa.

Antonio miraba a Ana con los pensamientos en el día de su boda. Sonreía al
recordar los bellos momentos que les hicieron vibrar aquel día. Agarró la mano de
Ana con suavidad y de repente le pareció que le devolvía la presión. Repitió la caricia
con esperanzas de que fuese algo más que un espejismo de su ilusión. No se
repitió la sensación y su ilusión se quedaron en mueca de tristeza.
Por la puerta entró Josefa sonriendo sin mirar a quien. Antonio se puso tenso y
la mueca de tristeza se convirtió en asco sin poder evitarlo. La madre de Ana entró
como si nada hubiera pasado entre ellos esa misma mañana. Con gesto preocupado
se interesó por su hija y preguntó todos los detalles de lo sucedido.
Cuando Antonio le explicó que había dejado una nota a Ana tras su supuesto
accidente doméstico ella bajó la mirada. No quería que este descubriera en sus
ojos la satisfacción maligna que recorrió su espinazo.
-Creo que tenemos que hablar en privado, Antonio- le dijo Josefa en
tono grave.
-Es buena idea- contestó Antonio con sequedad. Los médicos han dicho que
en estos estados de coma es posible que el paciente pueda enterarse si le hablan
o le muestran cariño.
Josefa besó a su hija en la frente y le acarició el pelo mientras los ojos se le llenaban
de lágrimas. No quería que Antonio la viera demasiado sensible y se ofreció
a bajar a por unos cafés y templarse los nervios.
Antonio se quedó desconcertado ante la actitud conciliadora de Josefa. Durante
unos segundos por su mente se pasó confesar a Ana lo que había sucedido
esa mañana. Descartó hacerlo al instante porque Ana no le podía contestar, quizás
ni siquiera oírle, pero tampoco estaba muy seguro de que le fuese a creer.
Josefa asomó con dos cafés por la puerta de la habitación. Antonio le hizo un
gesto de salir fuera para tomarlos y así aprovecharon para aclarar sus asuntos.
La actitud de Josefa desconcertó a Antonio desde que esta comenzó a hablar.
Su cara de corderillo le estaba saliendo tan bien que le hubiera gustado darle un
Oscar a la mejor interpretación, o mejor estampárselo en mitad de la cara. Antonio
no se sintió con ganas de discutir en aquél delicado momento, así que aceptó la
versión de Josefa de que se había puesto nerviosa y que no era con mala intención.
Se tomaron el café y entraron a despedirse de Ana por separado. Se acababa
el horario de visitas y allí no podían hacer mucho más hasta el día siguiente.
Llegó a casa sintiéndose mareado y con el estómago revuelto. También le dolía
el brazo de la herida y se cagó en su suegra de pensamiento. Estaba claro que
aquel día era de los peores de su vida y no le iba a dar tregua ni al anochecer. Se
sujetó el estómago al entrar en el ascensor y corrió a vomitar en la taza del baño
en cuanto entró en casa. ¿Sería la conversación con Josefa lo que había terminado
estropeándole el estómago?
Podía ser eso, o el café que tomaron antes de salir del hospital. Ya se sabe que
esos cafés remueven hasta a los estómagos de acero…

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