PSIQUE W.

Es domingo y, como cada domingo, Ana va a comprar chuches después de hacer los deberes. Cuando atraviesa el parque de vuelta a casa se da cuenta de que los niños de su clase no están allí. Así que, como hace buen tiempo, decide quedarse un rato. Ana busca un árbol apartado y se sienta bajo su sombra. Cómodamente situada sobre el césped verde, Ana come feliz de la bolsa que tiene en su regazo llena de regalices rojos.

Entonces, saca su libreta fucsia y su pluma mágica de los bolsillos de su sudadera granate. En su libreta de anillas, Ana escribe y describe todos y cada uno de sus deseos, relata todas las historias y mundos que crea con su infantil imaginación. Abriendo la libreta por la última página manuscrita, Ana escribe: “Quiero ver a Blancaflor”.

Al instante, la libreta fucsia comienza a vibrar en las manos de Ana y un torbellino tinta negra la absorbe por completo, haciéndola desaparecer de la sombra del tilo bajo la que se encuentra. Lo siguiente que Ana ve es a una sonriente y radiante Blancaflor que la recibe con los brazos abiertos.

  • ¡Hola Ana!
  • ¡Hola Blancaflor! –chilla Ana llena de alegría abrazando a Blancaflor.
  • ¿Cómo te ha ido la semana? –pregunta Blancaflor a Ana.
  • Como siempre… -responde Ana con tristeza -. ¿Quieres chuches? –recupera la sonrisa mientras le enseña su bolsa llena de regalices, golosinas y chocolates a Blancaflor.
  • ¡Gracias! –exclama Blancaflor cogiendo una bola de chocolate blanco y llevándosela a la boca.
  • ¿Qué podemos hacer hoy? –pregunta Ana entusiasmada.
  • ¿Quieres que volemos hasta la montaña rosada? –propone Blancaflor.
  • ¡Sí! –responde Ana con euforia.

Como si hubiera estado escuchando la conversación entre Ana y Blancaflor, la dragona baja volando desde el cielo azul y se planta delante de ellas. Ana y Blancaflor se suben sobre el lomo rojo de la dragona y comienzan a sobrevolar el mundo mágico y fantástico que las rodea. Bandadas de pájaros de colores cuyos cantos se asemejan al sonido de las arpas, hipogrifos, elfos, centauros, ninfas, unicornios, sátiros, dríadas y sílfides se arremolinan a su alrededor o bajo su sombra al verlas pasar montadas en la dragona.

Al fondo, en el horizonte, se ve la montaña rosada. En realidad, la montaña no es del todo rosada, simplemente esta impregnada de todos y cada uno de los colores cobrizos, rojizos y anaranjados del atardecer. La visión de la montaña cubierta por el atardecer le recuerda a Ana aquellas vacaciones en el pueblo de sus abuelos paternos, trayendo a su mente esos interminables paseos de la mano de ambos mientras el sol se ponía en el horizonte. Por eso le gusta tanto esa montaña. Al llegar a ella, la dragona aterriza en la cumbre permitiendo bajar a Ana y Blancaflor de su lomo.

  • ¿Qué nombre podría ponerle a la dragona? –pregunta Ana a Blancaflor mientras se recuesta sobre la hierba fresca de la montaña.
  • El que tú quieras –responde Blancaflor colocándose a su lado.
  • ¡Llamarada! ¡Flor de fuego! –chilla Ana todos los nombres que se le ocurren, pero ninguno la convencen -. ¡No! ¡Atenea!
  • Me gusta Atenea –reconoce Blancaflor -. Y a esta montaña donde nos encontramos, ¿cómo la llamarías?
  • Um… -medita Ana un instante -. La Montaña Solar –sentencia finalmente.
  • ¿Por qué? –pregunta Blancaflor con curiosidad.
  • Porque el sol la ilumina al ponerse y le da unos colores muy bonitos. A mí me gustan mucho –explica Ana con pasión -. Además, me recuerda a los paseos con mis abuelos en mis vacaciones de verano.
  • Vaya, no me había dado cuenta de los colores de la puesta de sol –responde Blancaflor ensimismada -.
  • ¿Y al sireno? ¿Cómo lo llamo? –vuelve a preguntar Ana.
  • ¿Cómo quieres llamarlo tú? –dice Blancaflor.
  • ¡Alfredo! -exclama de pronto Ana -. El sireno Alfredo. Ja,ja,ja,ja,ja –rompe Ana a reír sin parar.
  • ¡Qué graciosa eres Ana! –dice Blancaflor a carcajadas.
  • Y al águila real la podría llamar Zeus. ¿Qué te parece? –pregunta Ana a Blancaflor con los ojos muy abiertos.
  • Me parece fantástico Ana.

Otro ataque de risa se apodera de Ana y Blancaflor que ríen hasta quedarse sin aliento. Tumbadas en el suelo, cogidas de la mano y mirándose fijamente a los ojos, Ana le pide a Blancaflor que le cuente un cuento.

  • Te voy a contar uno muy cortito –le dice Blancaflor.
  • Te escucho –responde Ana.
  • Había una vez –comienza Blancaflor a relatar -, una niña guerrera muy, muy, muy valiente. Esta niña guerrera protegía a su aldea de un brujo malvado que enviaba maleficios contra sus paisanos siempre que podía. Hasta que un día decidió enfrentarse cara a cara con él. Pero el brujo malvado sabía que la niña guerrera tenía un punto débil: el miedo. Así que el brujo malvado lo aprovecho para hacer daño a la niña guerrera. Cuando la niña guerrera fue al encuentro del brujo malvado, este la esperaba junto a un feo monstruo que representaba todos sus miedos. La niña guerrera, asustada, se escondió detrás de una gran roca para que el monstruo no la encontrara. El monstruo la buscaba por todas partes, mientras que el brujo malvado se reía de la cobardía de la niña guerrera. Entonces la niña guerrera se dio cuenta de que si no plantaba cara a sus miedos el monstruo y el brujo malvado arrasarían su querida aldea. Por eso se armó de valor, salió de detrás de la gran roca y se plantó delante del monstruo diciendo: “No te tengo miedo. Yo soy más fuerte que tu.” Entonces el monstruo grito de terror y dolor y desapareció, y con él también lo hizo el brujo malvado. Y así la niña guerrera venció a sus miedos y salvó su aldea.

Ana, sorprendida por el cuento que le acaba de contar Blancaflor, se queda sin habla por un instante. Hasta que se da cuenta de la hora que es.

  • ¡Ay! ¡Qué tarde es! –exclama mirando su reloj -. Tengo que volver a casa.
  • Regresa pronto Ana –se despide Blancaflor.

Ana vuelve a sacar su libreta fucsia y su pluma mágica escribiendo: “Esta aventura toca hoy a su fin”. Otra vez el remolino de tinta negra la absorbe y la devuelve a la sombra del tilo bajo la que estaba sentada hace un rato. Poniéndose de pie y sacudiéndose la hierba de sus pantalones vaqueros, Ana guarda su libreta y su pluma en los bolsillos de su sudadera y se va a casa con la bolsa de chucherías en la mano.

Camina lentamente hacia la salida hasta que antes de cruzar la puerta del parque, un niño se cruza en su camino. El chico es rubio, con pecas, ojos azules, alto y delgado. Él se planta delante de Ana y le dice intentando imitar un tono de timidez:

  • Hola… -responde Ana desconcertada y desconfiada.
  • Me llamo Luis –dice el chico, que es mayor que Ana.
  • Yo soy Ana –responde Ana nerviosa, con muchas ganas de marcharse.
  • ¿Qué es lo que has hecho antes? –pregunta de sopetón Luis.
  • No… Nada –vuelve a responder Ana bajando la cabeza. Está incomoda.
  • ¡Sí! De pronto estabas junto al árbol y luego has desaparecido –insiste Luis reclamando una respuesta.
  • Eso es mentira –responde Ana muy nerviosa.
  • ¡No! –insiste Luis -. Yo te he visto.

Ana, asustada por la forma intimidante en que Luis se dirige a ella, sale corriendo del parque. Con las lágrimas asomándoles en los ojos, se lleva las manos a la cara para que nadie la vea llorar. El camino a casa nunca se le había hecho tan largo. Cuando por fin llega, antes de entrar al salón, se limpia las lágrimas y respira hondo antes de entrar a comer. Tiene que disimular su estado antes de ver a sus padres.

  • ¿Dónde estabas? –pregunta su padre.
  • En el parque –responde Ana.

Ana se sienta a la mesa y comienza a comer sin pronunciar palabra, mientras piensa en lo que acaba de sucederle. Se le hace un nudo en el estomago y se da cuenta de han estado a punto de descubrir su secreto. Entonces comienzan a llenarla pensamientos negativos sobre las consecuencias de ese descubrimiento. ¿Qué pasaría si alguien se enterara de que tenía un pluma mágica y podría crear mundos y seres fantásticos con ella? Todo el mundo querría usarla y ella se quedaría sin un lugar donde poder ser feliz. La sola idea aterroriza a Ana, que intenta sacársela de la cabeza como puede. “No debo preocuparme. No sé quién es ese niño, y probablemente no vuelva a verlo nunca más”, piensa Ana.

A la mañana siguiente, de camino a la escuela, Ana ya se ha olvidado de lo sucedido ayer en el parque. Cuando entra al patio de la escuela se pone en fila esperando a que sea la hora de entrar a clase. Mientras está ahí, habla tímidamente con Alba sobre todo lo que han hecho el fin de semana. Ana y Alba ríen sin parar cuando Alba le cuenta lo bien que se lo pasó jugando con sus primos en el pueblo de su madre. Pero dejan de sonreír cuando Luis se acerca a Ana por la espalda y la aparta un momento de la fila.

  • Perdona lo de ayer… -se excusa Luis -. Yo también lo pasó mal en la escuela –reconoce con la intención de acercarse a Ana.
  • No pasa nada –responde Ana con timidez.
  • ¿Me perdonas? –pregunta Luis con arrepentimiento.
  • Vale –dice Ana asintiendo con la cabeza.
  • ¿Amigos? –le propone Luis a Ana sonriendo y tendiéndole la mano.
  • Amigos –responde Ana devolviéndole el gesto.

Cuando Ana vuelve a la fila, Alba la espera con cara de preocupación.

  • No te fíes de él –le advierte Alba -. Es un repetidor. Va a clase con mi hermano, dice que tiene trece años y que no le hace caso al profesor.

Ana no responde ante la advertencia de Alba. Es cierto que al principio Luis no le inspiraba confianza, pero si dice que el también tiene problemas en la escuela no puede ser tan malo. “Quizás otros niños se metan con él”, piensa Ana para sus adentros. Sin mediar palabra, Ana y Alba se dirigen a la clase siguiendo a la fila de compañeros y compañeras.

La semana va pasando y poco a poco Ana y Luis se van haciendo amigos. Se esperan al salir de la escuela para volver a casa y se saludan en todos los recreos. Incluso Luis la defiende cuando los matones de la clase de Ana se meten con ella. Luis se va convirtiendo en un confidente, en una especie de héroe para Ana. Tanto es así, que el carácter de ella comienza a cambiar. Ya no está triste, ni llega corriendo o llorando a casa. Ahora es una niña feliz de once años.

El domingo, Ana vuelve a ir a comprar chuches después de terminar sus deberes, pero esta vez se encuentra con Luis en el parque. Mientras comparten las golosinas, Ana le dice a Luis:

  • Luis, ¿puedo contarte un secreto?
  • Sí, claro –responde Luis.

Ana guarda silencio un instante y vuelve a decir:

  • No se lo digas a nadie, ¿vale? –le advierte -. Es un secreto entre tú y yo.
  • De acuerdo. Te lo prometo –dice Luis -. ¿Qué quieres contarme?
  • Tengo una pluma estilográfica que es mágica –suelta Ana de repente.
  • ¿En serio? –exclama Luis -. No me lo creo.
  • ¡De verdad! Todo lo que escribo con la pluma se hace realidad –cuenta Ana con una sonrisa en la cara.
  • ¿Y qué escribes con ella?
  • Me invento un mundo mágico, lleno de seres y animales fantásticos. Como en los cuentos y las leyendas –explica Ana entusiasmada -. ¿Quieres visitarlo conmigo?
  • ¡SI! –grita Luis eufórico -. ¿Qué tengo que hacer?
  • Seguirme al interior del tornado de tinta.

Ana saca su libreta fucsia y su pluma mágica ante la cara de asombro de Luis. “Quiero ir a ver a Blancaflor y que Luis venga conmigo”, escribe Ana con letra infantil. Las hojas de la libreta se mueven y estremecen, hasta que la tinta plasmada en ella se arremolina y se convierte en un torbellino de luz. Entonces Ana salta dentro tirando del brazo de Luis para que la siga.

Segundos después, Ana y Luis aparecen en el mundo mágico, Blancaflor los espera sonriente.

  • ¿Quién es esta? –pregunta Luis al ver a Blancaflor.
  • Es Blancaflor, mi amiga –le explica Ana -. Es una bruja buena.
  • Hola Luis –saluda Blancaflor.
  • ¡Puf! Menudo nombre… -exclama despectivo Luis -. ¿Y eso?

Detrás de Blancaflor están la dragona roja Atenea y el agila real gigante Zeus, que han llamado la atención de Luis.

  • Son Atenea y Zeus –explica Ana sonriente -. Atenea es una dragona y Zeus es el águila real.
  • ¿Una dragona?, ¿y se llama Atenea? Estás un poco loca –le dice Luis a Ana en tono de burla -. ¿Y aquello que es?
  • Un pozo –señala Ana.
  • Buah… Menuda birria de mundo mágico. Qué imaginación tan mala tienes Ana –sigue quejándose Luis.
  • Puedes beber lo que quieras de él. Cualquier cosa. –le explica Blancaflor.
  • ¿En serio? –pregunta Luis.

Tanto Ana como Blancaflor asienten a la pregunta de Luis que sale corriendo hacia el pozo y comienza a beber y a reír con carcajadas estruendosas y maléficas. Ante el ruido producido por Luis, Alfredo el sireno sale a la superficie de las aguas de su lago de agua dulce. Cuando Luis lo ve, comienza a tirarle piedras consiguiendo asustar a Alfredo. Pero su vandalismo no queda ahí. Luis empieza a correr de un lado a otro, destrozando todo lo que encuentra a su paso. Ana y Blancaflor se miran la una a la otra con pena. Es ahora cuando Ana se da cuenta de que Alba tenía razón, no debería haber traído a Luis a su mundo mágico.

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