ALBERTO ROMERO

Oscuridad.

¡¡¡Socorro, Socorro!!! Nadie me escucha, no puedo mover los labios, estoy paralizada.
Lloro pero mis ojos no sueltan lagrimas. Tengo mucho miedo. Quiero
abrirlos pero no puedo. Le ordeno a mi cerebro que los abra, me pesan toneladas,
no hay manera de moverlos.
Se me acelera el pulso y oigo a las enfermeras correr junto a la cama en la que
me encuentro para tratar de estabilizarme. ¡¡¡Ayúdenme por favorrrrr!!! No puedo
despegar los labios, ni emitir ningún sonido. Que angustia madre mía. ¿Qué me ha
pasado? ¿Por qué estoy atrapada dentro de mi misma?. Me estoy muriendo y nadie
se da cuenta. Que alguien me ayude, lo suplico.
Trato de calmarme, poner la mente en blanco. Intento levantar los brazos que
me pesan como kilos de hormigón. Pruebo a mover las piernas pero están paralizadas
y nada en mi cuerpo responde a mi angustia. Uf, Uf, Uf. Trato de calmarme
de nuevo pero no puedo. Vuelven las enfermeras. Me pinchan algo en uno de mis
inútiles brazos. Me duermo…
Hace un rato ha venido un médico que hablaba con alguien cuya voz soy incapaz
de reconocer. Le ha explicado que estoy en coma después del accidente de
esta mañana. Que tengo fracturadas las dos piernas, el cuello y un golpe en la cabeza
que quizás sea el motivo por el que no recobro la conciencia. Puede que la
perdamos, dice. Habla de un montón de daños que tengo con un lenguaje muy
técnico que no entiendo. Yo lloro de impotencia. Me estoy enterando de todo, les
oigo, les huelo, les siento, pero mi cuerpo es incapaz de demostrarlo. Ni mis ojos,
ni mis músculos reaccionan. Estoy atrapada.
Vuelvo a despertarme y vuelvo a llorar. Es como estar atada en un ataúd a cinco
metros bajo tierra. Amordazada, inmóvil. Oigo la voz de Antonio que también
llora mientras habla con la enfermera. Le dice que no pierda la esperanza, que mucha gente despierta del coma, que me hable. Antonio trata de calmarse y me habla
con su dulzura habitual. Me dice cariño, mi amor, que lo siente, que la culpa es
suya. Vuelve a trabarse su voz y pausa la conversación. Emocionado continúa diciéndome cosas bonitas. Trato de respirar despacio para mantener la calma y escuchar
todo lo que me dice. Me promete que me compensará si me despierto, que
mueva un dedo si le oigo.
Te oigo mi amor, te oigo, pero mis dedos no quieren moverse. Sácame de
aquí, por favor. No estoy enfadada, no te culpo. Me distraje yo sola, ¡ayúdame!.
¡¡¡Aaaahhhh!!!
No me puedo creer que esta mañana estuviese tan contenta con mi ascenso
laboral y ahora estuviese atrapada en mi propio cuerpo sin poder dar señales de
vida. ¿Se me pasará? ¿Me despertaré? Trato de respirar despacio y poner la mente
en blanco. Lo único que piensa mi cerebro es que ojalá me muera. Lloro.
De nuevo oigo voces familiares, son la de Antonio y la de mi madre. Hablan
entre ellos en voz muy baja y no soy capaz de entenderlos. Ahora entra una enfermera
que me destapa. Oigo a mi madre con la voz rota. La enfermera toca una de
mis piernas y me desmayo de dolor. De nuevo oscuridad…el miedo me vuelve a
invadir.

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