ALBERTO ROMERO

La Taza Voladora.

El médico terminó de darle las instrucciones para que la herida de su brazo curase
correctamente. Antonio cogió la receta que le daba el médico casi sin escucharle.
En su cabeza no dejaba de resonar el “te mataré” de su suegra.
No sabía si iba en serio o fue fruto del calentón de rabia que le había entrado
a Josefa, pero sus ojos no parecían hablar en broma. Antonio era mucho de mirar
a los ojos, y aquellos ojos no le gustaron nada. Podría decirse que le asustaron
aunque estuviese acostumbrado a ver la oscuridad que le transmitían cuando le
miraba.
Salió del hospital pensando en la amenaza y preguntándose donde estaría su
maldito teléfono móvil. Juraría que esa mañana lo había dejado en el mueble del
recibidor después de despedir a Ana, pero cuando salió corriendo con el corte
sangrando camino del hospital no lo encontró. Tampoco se paró a buscarlo porque
bastante tenía con los nervios del corte, así que le dejó una nota a Ana en la
cocina. No paraba de sangrar.
En Urgencias le tuvieron toda la mañana. Le recibieron con gasas, pero una vez
que se calmó un poco el sangrado tuvo que esperar como el resto de pacientes
que se encontraban en aquella sala de espera. ¿Sería por eso que se llamaban pacientes?
Ironías del destino él se impacientaba sin remedio y también se preguntaba
si debería terminar con la paciencia que gastaba con Josefa después del incidente.
El médico que le atendió no se creyó su versión de la taza de café voladora
que cae al suelo y rebota cortándole en el brazo. Más que nada porque hubiera
sido un rasguño en vez de un corte con seis puntos de sutura que tuvieron que revisar
bien por si era o no muy profundo. Pero el médico tenía bastante con sus problemas
y agobios laborales.
Después de cinco horas en urgencias Antonio se preguntó si Ana estaría ya en
casa. Por la hora justo estaría entrando en el garaje de casa. Esperaba no haberle
asustado demasiado con la nota en la cocina. Conociéndola se habría puesto nerviosa
como un flan. Menos mal que llegaba casi a la misma hora a casa.
Entró en el piso y gritó el nombre de Ana sin obtener respuesta. Quizás aún no
había llegado. Miró al reloj de la cocina que marcaba las 14:45h y pensó que quizás
se retrasaba un poco. Así le daba tiempo a poner la mesa para comer juntos y
alarmarla lo menos posible. Cogió la nota que seguía sobre la mesa y la dejó en la
bandeja donde solían dejar el correo. Mientras esperaba puso a calentar la comida.
A los pocos segundos sonó el teléfono fijo de casa. Se acercó a la sala y vió en
la pantalla un número muy largo. Torció el gesto al descolgar y recibir la noticia.
¿Es usted Antonio? Su mujer Ana ha tenido un accidente de coche hace media
hora y está aquí en el hospital. Debe venir cuanto antes, es grave.
Antonio, blanco, corrió.

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