FOXMAN

—¿Tienes una historia? ¿También huyes de algo?

Preguntó Madelaine. Nada de lo que me contó podría compararse con cualquier anécdota mía. Sin embargo, y ya que me había relatado algo tan íntimo, pensé que sería una inconsideración no hacer lo mismo:

—Algo así. Todas las vacaciones de diciembre voy a St. Lorenz y siempre lo paso bien ahí. Pero esta vez el semestre se me hizo eterno y deseé que el invierno llegase lo más pronto posible. Verás: desde el año pasado estoy enamorado de una chica llamada Lizzie Smith. No es muy guapa y, aunque se ufana de ser única y extravagante, lo cierto es que eso es más una impostura que un hecho. No obstante, la quiero por ser quien es. Punto. La conocí en el club de aficionados a la animación que tenemos en la secundaria. Ahí realizamos debates y discutimos la horrible decadencia en la que han caído los estudios de animación nacionales. A veces nos prestan el salón de audiovisuales y su proyector para ver las películas y cortos que nos gustan. Es un buen lugar para conocer inadaptados. En la primera reunión, recuerdo que la vi sentada en los asientos del fondo del salón. Parecía como que no quería ser notada; pasar desapercibida ante todos. Asimismo, iba en compañía de su amiguita lesbiana cuyo nombre nadie sabe pero es por todos conocida como “Star”. Apagaron las luces y proyectaron la película Akira. Después de la función tuvimos un encarnecido debate en donde defendí mi postura acerca de la enorme deuda que tienen los japoneses con el cine de Ridley Scott y Terry Gilliam (más concretamente las películas de Blade Runner y Brazil). Creo que mi opinión no fue muy popular, pero recuerdo que Lizzie me miró con admiración. Desde ese día no paré de seguirla sin decidirme a hablarle. Era tanto su misterio que sentí miedo de que la idea que me estaba haciendo de ella no coincidiera con la realidad. Pero una tarde después de clases la encontré, por casualidad, fumando con Star adentro de las gradas de fútbol y me decidí. Dije que quería hablar con ella. Star refunfuñó algo y Lizzie dijo que estaba bien y que aceptaba charlar conmigo. Su amiga se fue y nos quedamos solos. Estábamos como en una penumbra y casi no podía verla a la cara. Le compartí de uno de mis chocolates que me compró mi mamá y ella aceptó. Hablamos de videojuegos, caricaturas extranjeras, grupos de rock, cine y de todas aquellas cosas que podrían parecerte infantiles pero que, para nosotros, significaban algo más. Lizzie no era lo que soñé, aunque tampoco se distanciaba mucho de mi ideal. Recuerdo que le comenté que en la mañana había roto una cuerda de mi guitarra al tratar de afinarla y ella me confesó su sueño de viajar a Japón y dedicarse a dibujar mangas. El resto fue silencio. Luego la acompañé hasta la estación de autobús más próxima y ahí nos separamos. La música es parte integral de cualquier persona y, en mi caso, al escuchar el estribillo de la canción de Interpol Obstacle 1 (el que dice “She can read, she can read, she’s bad”), me acuerdo de ella.

No sé si Madelaine me ponía atención. A ratos me miraba fijamente; a ratos sacaba su espejo y se acomodaba un mechón. Sin embargo, sentí consuelo al desahogar mi cuita y, sin saber si me escuchaba o no, continué:

—Desde ese día comencé a esperarla a la entrada de la escuela para acompañarla hasta su salón. Esto llegó a molestarla y me lo expresó, muy enojada, una de las tantas veces que lo hice. Ya no supe qué hacer y durante las reuniones del club ella me trataba fríamente. Los celos son algo nefasto y comencé a darme cuenta de que no era el único que estaba enamorado de Lizzie; esto me atormentó hasta lo indecible. Fue tanta mi desesperación que escribí una obra de teatro escolar que recibió moderados aplausos en su primera y única representación. Ella comenzó a tratarme como la mierda (perdón por la soez palabra) y la chica soñada se convirtió en una pesadilla. Me distancié, pues, de Lizzie y, a lo lejos, vi su desfile de novios ocasionales. Inclusive una vez tuve una confrontación con Star. Seguramente ella me vio como un rival y comenzó a increparme de un montón de cosas en las que yo no tenía nada que ver, sin embargo, al final me dijo algo muy extraño: “sigue así y quizá te haga caso en cuarenta años”. Terminé, desde luego, muy confundido. Luego que rompió con su último novio, y, sin ser precisamente amigos (Lizzie sólo te admite en su cerrado círculo de amistad si logras comprender su “locura”), comenzamos a tratarnos civilizadamente. En el club continué con mis apasionados argumentos y Lizzie me contradecía o apoyaba dependiendo la ocasión, aunque siempre sin mala voluntad. Una vez que jugamos a “la botella” la besé. Fue más un choque de labios que otra cosa: un beso hecho sin ningún arte, pero un beso a final de cuentas. Aun con la férrea voluntad que puso en no corresponderme, el recuerdo más dulce que tengo de ella es el siguiente: Fue en octubre, el mes en que cumple años. Conozco sus gustos, así que no fue difícil para mí saber qué regalarle. Llegó el día. Yo la esperé, impaciente, en el salón de audiovisuales. Entró. Le entregué el presente, sin esperanzas, sin esperar nada a cambio. A ella le conmovió que recordara su onomástico. Al abrir su regalo, pegó un brinco y gritó emocionada: “¡Oh, por Dios!” Luego, puso el disco que le regalé encima de un pupitre y, en contra de todo pronóstico, me abrazó con todas sus fuerzas. Yo me sentí como mantequilla en medio de sus brazos y, por un segundo, fui el hombre más feliz sobre la tierra. Al separarnos y declarármele pensé que de ahora en adelante nuestras almas serían, como dice un poema en prosa de Baudelaire, una sola. Mas ella me desengañó, ¿por qué me elevaba a los cielos y, de pronto, me dejaba caer a pique? Lizzie se dio cuenta que mi cerebro era incapaz de procesar tanta dicha combinada con tanta pena y me exhortó a que me calmara. Lo tomé lo mejor que pude y pensé que, a pesar de todo, el ansiado noviazgo no estaba muy lejos. Durante el viaje de regreso a mi casa en ómnibus, cerraba los ojos y me abrazaba a mí mismo para recrear tan maravillosa experiencia. No tardó mi existencia en convertirse un infierno cuando la vi, la semana siguiente, en la calle y de la mano de un hombre un poco mayor que ella. Quise agarrarme a golpes contra él, pero sabía que no tenía ninguna oportunidad. Los siguientes días me porté muy grosero y eso, en consecuencia, causó un serie de malos entendidos que no sé si tendrán solución.

El tren paró y, antes de apearnos, Madelaine comentó:

—Veo que ambos sufrimos por el amor.

—Yo no sufro por eso. Simplemente estoy solo.

 

Salimos para estirar las piernas y vimos que el café de la estación estaba abierto. Entramos.

Habíamos parado en la estación de Pamanuck. Un pueblo que, antes de que llegaran los ingleses, fue descubierto por el explorador novohispano Gerardo Ordaz López a finales del siglo XVIII. Cuenta la leyenda que él y su séquito murieron bajo las fauces de unos lobos hambrientos durante un cruento invierno. Quizá sea por eso que la localidad tiene fama de estar maldita. Lo cierto es que apenas y sucede algo ahí. Salvo por su rebuscada arquitectura victoriana que adorna el pueblo y que da la ilusión de estar atrapado en un pueblo inglés, no hay nada.

El local me gustó mucho por su modestia. Parecía como si estuviera pausado en algún momento de la posguerra. De hecho, me recordaba mucho al plató de una vieja película británica en blanco y negro cuyo nombre no recuerdo. Cerca del mostrador había un árbol de Navidad. Tomamos asiento y pedimos té y emparedados. De las bocinas de un equipo de sonido se escuchó un concierto de piano. Madelaine reconoció la pieza:

—Es el concierto para piano y orquesta número dos de Rachmaninoff, lo escuché una vez en el Royal Albert Hall.

No recuerdo haber probado antes un té más delicioso, ni haber estado en compañía más exquisita. Traté de no desanimarme ante el inevitable fin de nuestro viaje. Pasamos aquella hora hablando de temas menos personales y más superfluos. Fue un instante de felicidad que me pareció muy breve. Afuera nevaba.

Era de noche. El café cerró antes de que nuestro tren se retirara. Nosotros nos quedamos sentados en una banca admirando las pequeñas luces de una ciudad en el horizonte. Estornudé y, luego de limpiarme, levanté la vista y noté que pendía del techo un muérdago. Supe que tenía que aprovechar la ocasión que se me presentaba. Le comenté mi hallazgo a Madelaine y, ruborizada y sonriente, me dijo:

—¿Quieres acaso contagiarme tu catarro, Peter?

Y en un acto de desmañada galantería contesté:

—Créeme que valdrá la pena.

Le hizo gracia lo anterior, musitó un “¡Ay, Peter!”, nos tomamos de las manos, cerramos los ojos y principiamos el beso. Aun en un clima gélido como aquel sentí la tibieza de sus labios.

Luego dijo algo que, aún el día de hoy, me da vueltas en la cabeza:

—Me da mucho gusto haberte conocido.

Yo pedí disculpas por los malos entendidos que tuvimos a lo largo de nuestro viaje. Ella me contestó diciendo que no fuera tonto y que eso era parte del trayecto.

Y juntos y cogidos de las manos regresamos a nuestro vagón.

Ya adentro, Madelaine se sintió cansada y se recostó en su asiento. Le di un beso de buenas noches y el resto del viaje lo pasamos muy acurrucados, compartiendo una cobija y con nuestros meñiques engarzados debajo de ella. Tal vez no la había gozado como lord Andrew, pero para mí éste era un momento hermoso.

Tuve que despertarla con delicadeza durante la madrugada, pues ya estábamos por llegar a Reindeer Town. Madelaine se desperezó y me preguntó que qué ocurría. Le informé que faltaba poco para llegar a su destino. Ella se despabiló y me dijo:

—Supongo que es aquí cuando nos despedimos, querido.

—Madelaine, amor. ¿Te volveré a ver?

—Tal vez… Quizá… No sé…

—Podemos vernos en estos días: St. Lorenz no está muy lejos de Reindeer Town.

—¡Oh, querido Peter! No sé ni cuánto tiempo voy a estar ahí o si regresaré a Inglaterra antes de Navidad. Además, todos en mi familia son una bola de estirados.

—¿Ahora me rechazas porque soy un plebeyo?

—¡No digas tonterías, Peter!

—Entonces dame tu número de celular o algo para que podamos seguir en contacto.

—No lo recuerdo; nunca me marco a mí misma.

Quise tener control de mí mismo, así que crucé los brazos, desvié la mirada y le contesté:

—Entonces no me resta más que desearle una feliz Navidad a usted, lady Madelaine.

Al ver que faltaba casi nada para llegar a la estación, ella intentó consolarme diciendo:

—Peter…, sé que jamás podremos moldear la realidad conforme a nuestros deseos. Este ha sido un viaje maravilloso y si tú no hubieras estado en él hubiera sido muy amargo. Agradezco mucho tu compañía, en serio. No volvamos de esto un recuerdo funesto y dejémoslo así. Será mejor reencontrarnos en una mejor ocasión. Por favor, trata de entender que esta no es la mejor circunstancia y que yo tengo una vida en Inglaterra.

—¿Nada de lo que compartimos en este viaje significó algo para ti?

—Mira…, ¿por qué no nos prometemos una cosa? Recuerdas ese maravilloso café de la estación de… ¿cómo dices que se llama ese pueblo?

—Pamanuck…

—¿Qué te parece si nos volvemos a ver, dentro de un año, a la misma hora y a la misma fecha, en ese mismo lugar?

El tren paró, como esa era la única esperanza a la que me podía aferrar, acepté el trato.

—¿Juras, querida Madelaine, que nos volveremos a encontrar en ese lugar?

—¡Claro que sí, amor!

Antes de acompañarla a la salida, la abracé con mucha desesperación. Nos besamos por última vez y, a través de mi ventana, vi como salía de la estación y se perdía en el horizonte…

Y al sentirme solo de nuevo, todo lo que me sucedió, desde que salí de casa hasta la despedida de Madelaine, cobró un cariz ficticio.

Llegué por fin a la casona de mi clan. Mi abuela y mis tíos me recibieron con mucha alegría. Disimulé lo mejor que pude el desconcierto que me provocó el viaje y, asimismo, decidí olvidarme de todo: de Lizzie, de Madelaine y de toda esta puta vida. En Noche Vieja comimos haggis, y en Navidad, con el kilt puesto, me di la borrachera de mi vida. Luego de recuperarme de esa congestión alcohólica, mi tío Seamus fue a verme a mi cuarto para ver cómo estaba. Al observarme algo más descompuesto de lo normal, me preguntó:

—¡Peter, pequeño canalla! ¿Se puede saber por qué andas con el ánimo tan apagado?

Mi tío fue a la única persona que le conté mi historia. Una vez que terminé de relatar, se carcajeó, me dio una palmada en la espalda y dijo:

—Sé que no es lo mismo, pero eso me recuerda a mis días en la universidad de Edimburgo. Yo practicaba canotaje. Un día realizaron una competición cuyo premio sería pasar una agradable velada (ya sabes de lo que hablo, ¿verdad?) con una muchacha que habían rentado para la ocasión y que escondieron en una especie de granero. Con semejante motivación remé como nunca y gané. Entré, pues, al granero a reclamar mi premio. Ya ahí, admito que la sorpresa fue mayor de la que esperaba pues, para ser una mujer de mala nota, ella era hermosa. Era de cabellos dorados como tu Madelaine. Aunque la ilusión se disipó un poco cuando comenzó a hablar y detecté un acento cockney muy marcado (¿tú chica no será en realidad una de esas?). Como sea, hice lo que tenía que hacer y ya cuando me retiré no dejé de tener lástima por la pobre chica. Una vez me sentí tentado a viajar a Londres para buscarla, pues había pasado un momento increíble con ella, pero, a final de cuentas, llegué a la conclusión de que un buen polvo es un buen polvo y pensar que algo se va a repetir como la primera vez es pensar puras pendejadas. Un día que vayamos a Escocia te invitaré una puta.

Curiosamente, esa peregrina plática me ofreció mucho consuelo.

Regresé a casa sin olvidar, durante todo el año, la promesa que Madelaine y yo hicimos. Los días transcurrieron con parsimonia. Hubo muchos descontentos, la mayoría relacionados con Lizzie, pero la vida siguió su habitual rutina. No fue un mal año del todo, pero la esperanza de reencontrarme con Madelaine hizo tolerable todos los fracasos. Volvieron las vacaciones de invierno y, de nuevo y más impaciente que antes, hice mis maletas, me despedí de mamá con un beso y me fui a la estación. Esta vez no hubo tan mal clima, aunque tuve que compartir asiento con una vieja loca y su gato. El viaje fue incómodo, sufrí inexplicables retrasos y tuve momentos de amarga impaciencia al sentir que no llegaría a tiempo a la cita prometida. Sin más preámbulo y con un poco de retraso, llegué a la estación de Pamanuck. Noté algo diferente el lugar y ya no me gustó tanto. Tomé asiento en la mesa que, según yo, nos habíamos sentado el año pasado. Mi pierna no dejó de temblar. Luego divisé una silueta que se me figuró a la de Madelaine. Cuando le toqué el hombro y ella me volteó a ver, me entristeció encontrarme con un rostro que, aunque era igual de hermoso que el de Madelaine, no era ella. Le pedí disculpas y ella me dijo que no tuviera cuidado. Por alguna razón me hizo compañía y me dijo que se llamaba Audrey Ledoux y que esperaba a su esposa (un tal Ernest). Recuerdo que llevaba un niño en los brazos. Llegó su marido, que tenía apariencia de ser un médico, y se retiraron. Esperé hasta que el café cerró. Esperé un poco más, con un frío de los mil diablos y exponiéndome a pescar una pulmonía, en el andén de la estación. Abordé el último tren para pasar rápido a la casa de mi abuela y, ya estando ahí, inventar un pretexto y regresar, en la mañana, a la estación de Pamanuck. Hice eso y al llegar al café de la estación, desayuné un té y una magdalena con tranquilidad, pues ya estaba resignado a la idea de que Madelaine había roto su promesa.

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