ALBERTO ROMERO

La Mejor Hora del Día.

¡Por fin es la hora de salir! Ana cogió el bolso, la carpeta y salió corriendo al fi-
chero como si le fuera la vida en ello. Ella era una entusiasta de su trabajo, pero
también lo era de su vida familiar, de su vida social, de su vida con mayúsculas.
Hace dos años tuvo un accidente de coche y le cambió el chip: Se salvó de la
muerte por vuelta y media del coche, y por llevar el cinturón. Las únicas secuelas
que le quedaron fueron un par de cicatrices después de la operación de rodilla y
el pensamiento imborrable de que no era su hora. Había superado el miedo a volver
a conducir y a no pensar que otro loco se volvería a cruzar en su camino, pero
de vez en cuando le daba el vértigo al llegar a las rotondas.
Desde entonces, cada minuto de la vida era exprimible al máximo y trataba de
aprovechar el presente. Fichó en cuanto el reloj marcó las 14:00h, ni un segundo
más tarde. El mundo le esperaba fuera, sin planes cuadriculados, pero sin pausa.
Arrancó el coche y metió primera. En apenas 20 minutos llegaría a su lujoso
apartamento donde le esperaban Antonio y Rayo. Estaba deseando verles y contarles
que hoy por fin, después de 17 años en la misma empresa, su jefe le había
dado la enhorabuena por conseguir un cliente muy difícil y se sentía eufórica por
ello.
Aparcó en la misma acera de su casa y marcó el numero 3 de la botonera del
ascensor. Las puertas se tomaron su tiempo para cerrarse, o a ella le pareció una
eternidad, y por fin empezó a elevarse.
Mientras tanto sus pensamientos iban de norte a sur en micras de segundo
por su cerebro. No sabía ni por donde empezar la historia del que sería su ascenso
laboral más deseado, y que por fín se iba a materializar.
Abrió la puerta de casa casi sin darse cuenta de que sólo estaba cerrada de
golpe, sin vuelta de llave. Antonio era muy maniático de dejar siempre una vuelta
de llave cuando estaban en casa. Corrió por el pasillo hasta la puerta de la cocina
con una sonrisa de oreja a oreja. No encontró a Antonio en su interior, como también
era lo habitual, y se quedó seca al ver una nota encima de la mesa donde solían
comer.
La nota le cambió el gesto antes siquiera de leerla, no por lo que ponía, que
desde el dintel de la puerta era incapaz de distinguir, sino por la mancha oscura
que tenía impresa.
Era una huella ensangretada.

Un comentario sobre “Demasiado personal (2)

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