FOXMAN

Apenas volvimos a nuestro vagón, el tren se puso en movimiento. Como me sentía muy avergonzado por lo ocurrido, le sugerí a Madelaine que solicitáramos un cambio de lugares si no se sentía cómoda con mi compañía. Ella arguyó que no había ningún problema conque continuáramos el viaje juntos y que me debía una explicación. Tomamos asiento y me relató lo siguiente:

—¡Oh, Peter! No tienes ni idea del gran pesar que tengo. No he parado de huir de todos y, principalmente, de mí misma. Hasta hace apenas unos días conservaba en mi fuero interno eso que llaman esperanza, pero ahora…

Se soltó a llorar. Intenté consolarla mientras mojaba mi abrigo con sus lágrimas. Se tragó su llanto y continuó:

—Puede parecerte una niñería lo que te voy a contar, pero es increíble lo que una mujer es capaz de hacer por amor. En mi relicario conservaba la foto del caballero al cual le entregué todo lo que una jovencita enamorada, como yo, puede dar. Su nombre es lord Andrew y lo conocí un verano durante el campeonato de Wimbledon del año pasado. Yo iba en compañía de unas compañeras del internado que estaban enamoradas de uno de los contendientes. Practico un poco de tenis, más para mantenerme en forma que por afición. Para mí el torneo era un excusa para conocer a gente nueva. Aunque el partido no despertó mayor interés en mí, el rebote de la pelota hizo su efecto hipnótico y no paré de seguirla con la vista. También recuerdo que hacía un día soleado lo cual es un verdadero milagro en un lugar como Londres. Cuando terminó el primer set, escuché que alguien me preguntó: “Un juego reñido, ¿no le parece?”. Volteé la vista y lo vi. Sentado muy cerca de mí estaba un encantador y gallardo caballero del cual me quedé instantáneamente prendada. No supe qué responderle para no quedar como una tonta y le dije que me daba igual quién ganara. Me sonrió y me dijo que también para él era un partido mediocre. Yo estaba atónita de que un hombre como él me dirigiera la palabra pues me sentía insignificante en compañía de mis amigas. A comparación de ellas yo soy un poco rolliza de complexión y también un poco infantil (aún me gusta usar pijamas con unicornios y esas cosas). Sin embargo, me sentí contenta de tener alguien con quien conversar ya que mis compañeras estaban demasiado ocupadas babeando por su tenista. Durante el juego intercambiamos información: él me dijo quién era y yo hice lo mismo. Resultó que teníamos amistades similares. El corazón casi se me parte en mil pedazos al ver su anillo de matrimonio, ¡pero qué tonta me sentí! ¡Y cuánto sufrí aquel detalle después del partido! Después que terminó el partido, se ofreció a invitarnos una taza de té a mis amigas y a mí. Aceptamos encantadas, por supuesto. Recuerdo haberme visto en el espejo del sanitario y sentirme ridícula: no iba muy arreglada y estaba tocada con una ridícula visera. A mi favor diré que mi camisa hacía muy poco por ocultar el tamaño de mis pechos, que sin cirugía eran más grandes que los de mis compañeras. La charla fue amena y el té espléndido, pero tuvimos que dejarlo pronto pues habíamos programado para ese día una agotadora sesión de compras. Lord Andrew se despidió de nosotras con mucha cortesía y yo me despedí de él con el ardiente deseo de volver a verlo. “Menudo ligue te anotaste, africana”, me dijo Casandra, la compañera más puta que tengo y que se ha acostado con medio Reino Unido. Yo intenté negarlo y hasta saqué a la luz el detalle que estaba casado; eso evidenció todavía más el hecho de que estaba interesada en él.

Su relato se vio interrumpido porque uno de los revisores nos preguntó por nuestros billetes. La inesperada intimidad que había tenido con Madelaine nunca la tuve con Lizzie. Con la primera no tenía nada en común y, no obstante, quien nos viera de lejos y no nos conociera creería que éramos amigos de toda la vida e, inclusive, amantes. Con la segunda me unían tantas cosas que aun el día de hoy me sorprende que seamos poco menos que conocidos. Luego que le mostramos los billetes al revisor, ella continuó:

—Creo en el destino; más de una vez he comprobado esta afirmación que no puedo explicar con simples palabras. Como fui educada bajo los más firmes valores anglicanos, creo fuertemente en la predestinación. Un día una amiga me invitó a una fiesta que se celebró en una exclusiva mansión de la campiña. Fue una alegre reunión, nada del otro mundo, hasta que volví a ver a lord Andrew. Me lo encontré mientras intentaba hallar la salida de un laberinto de pasto. Él estaba admirando unas estatuas grecolatinas que adornaban la fuente ubicada en el centro. Me sobresalté al verlo y tiré la copa de champán que me estaba bebiendo. Se veía espléndido con su esmoquin. Él me saludó con una reverencia y yo le respondí de igual manera tocando los pliegues de mi vestido rosa con mis guantes blancos. Pregunté por el camino de regreso, pero él insistió en que lo acompañara y que, juntos, halláramos la salida. Sería imposible explicar la enorme emoción que sentí al agarrarme de su brazo. Platicamos de nimiedades. Una vez que salimos del laberinto, él me invitó a que pasara las vacaciones de invierno en su casa y, como éramos parientes, no fue difícil convencer a mis padres a la hora de solicitar su permiso. Aquel semestre en el internado fue para mi eterno, pues no paraba de contar los días para reencontrarme con mi adorado lord Andrew. Soñaba con casarme con él. Después de esa tortuosa espera, llegó el día y conocí a su hermosa familia. Su esposa y sus hijos eran encantadores. Sentía felicidad en medio de mi desdicha. Era feliz siempre y cuando estuviera cerca de lord Andrew.

El mensaje de un altavoz interrumpió su anécdota: Nos advertía que, debido a la tormenta de nieve, el paso del tren sería más lento y rogaba porque disculpáramos esa molestia. Ella no se mostró muy impaciente por llegar a su destino y prosiguió:

—Juro que nunca vi un matrimonio más feliz que el que tenían lord Andrew y su esposa. Creí que para él yo no era más que una mocosa; prácticamente una hija. Pero, en aquella mañana de Navidad, recibí un regalo por parte de lord Andrew que me devolvió las esperanzas: me obsequió el relicario que contenía una foto suya; aquel mismo que tiré a las vías. Estaba muerta de amor y, una noche, una en que un ardiente insomnio no me dejaba dormir, salí de la recámara donde me alojaba para tomar un vaso con agua. Recuerdo que nada me sosegaba pues di mil vueltas en mi cama e, inclusive, llegué a realizar solitarias prácticas nocturnas que, aunque no son ajenas a nosotras las mujeres, nos da vergüenza admitir que disfrutamos plenamente de ellas. Después de beber agua directamente del grifo, pues tenía mucha sed, y al tomar el camino de regreso a mi habitación, vi que la puerta de la biblioteca estaba abierta. Mi curiosidad fue más fuerte y decidí entrar. Encontré a lord Andrew, vestido con un albornoz y leyendo un tomo bellamente encuadernado de Dickens. ¿Holgará decir que él podría pasar, sin ningún problema, como mi padre y que, de hecho, fueron compañeros en el internado Eton? Sería más revelador, en todo caso, relatar mi poca decorosa apariencia: llevaba puesto un camisón que hacía muy poco por ocultar lo que es conveniente que no se vea de una jovencita. Él se desconcertó por mi inesperada intromisión y yo le contesté que fui por un vaso de agua, asimismo, le dije que no tenía sueño y que si podía disfrutar un poco más de su compañía. A él le encantó la idea y notó que en mi cuello llevaba el relicario. Le dije que me había encantado. Platicamos. Una cosa llevó a la otra. Yo le confesé mi amor. Él me llenó el cuello de besos. Cerró la puerta de la biblioteca y yo le entregué aquello que una mujer da y ya nunca vuelve a recuperar. Llegó el amargo día en que tuve que regresar a mi casa y lord Andrew, naturalmente, se ofreció a llevarme a la estación. Como una forma de despedida, terminamos haciéndolo, también, en los asientos de su Rolls Royce. De regresó al internado ya no era la misma. Sabía que mi amorío no conduciría a nada. Me sentía rota por dentro, sin embargo, tuve algunos encuentros fortuitos con lord Andrew: siempre que estaba en Londres, me escapaba de mi cautiverio, cenábamos y terminábamos en un hotel de Piccadilly Street. A veces, mientras contemplaba, sola, las calles a bordo de un ómnibus carmesí, no dejaba de sentirme sucia y vacía. Hubo una temporada en que no supe nada de él y sentí que la vida se me iba. Disimulé lo mejor que pude mi estado de ánimo cuando estaba con mis compañeras para que no sospecharan. A nadie, excepto a ti, le he confesado esto. Pero lo que realmente me destrozó el alma sucedió hace poco y es por eso que ando de fugitiva. Estoy en el Canadá porque mis padres quisieron visitar un pueblo montañés que es muy frecuentado por los aficionados al esquí. Ya adentro del hotel, mis padres y yo bajamos a la recepción y ahí nos encontramos, ¡oh, qué pequeños es el mundo!, a mi lord Andrew. Él se portó encantador con mis progenitores, como es natural, y nos invitó a una fiesta que se realizaría en una finca suya muy cerca de donde estábamos, a la cual aceptamos ir muy complacidos. Se despidió de ellos como el perfecto modelo de cortesía y caballerosidad que es, y de mí, con una genuflexión y un abrasador beso en mi helada mano que la calentó más que todo el calor de la chimenea del lobby. La vida casi se me fue con un suspiro, pero noté algo inusual: no vi ni a su esposa ni a sus hijos.

Hizo un pequeño mutis. Recuerdo su perfil enmarcado por la ventana (una ventana que era como la nada misma pues todo se veía obscuro a través de ella) y se me asemejó al de una estatua de mármol. El tren llevaba horas sin moverse, pero no las noté. Al lado de Madelaine era incapaz de percibir el transcurso del tiempo.

—Ilusionada, me vestí con mis mejores galas. Quise realizarme un cambio de look y me hice este tocado alto que ves. Abordo del coche de mis padre, y desde mi ventana, vi a una cierva trotar por un umbrío bosque. Llegamos a la finca. Hacía una maravillosa noche estrellada. Entramos a la estancia. El salón estaba atestado de las mejores familias de Inglaterra y Canadá. Conocía a todos y ellos también me conocían. Pero no encontraba a lord Andrew. Desesperada, tomé mi abrigo y salí a buscarlo. El álgido viento del exterior lastimaba mi cutis. Temía pescar un resfriado, pero nada me importaba con tal de verlo una vez más. Entré, por pura casualidad, a una caballeriza y, en medio del establo, escuché muchos jadeos. Mi sorpresa aumentó al ver que se trataba de lord Andrew disfrutando de mi compañera Casandra. Me llevé la mano a la boca, pero no pude reprimir un gran sollozo. Al sorprenderlos infraganti él gritó ¡Madelaine! y ella ¡africana! Salí de ahí dejando un rastro de lágrimas. Fingí ante mis padres tener una indisposición y regresamos a nuestro hotel de inmediato. No recuerdo noche más amarga que la que pasé ayer. Lloré hasta caer dormida. Desperté en la madrugada. Sentí la urgencia de huir, escapar. Dejé una nota en mi recámara advirtiéndole a mis padres que me iría a la finca de mi tío el duque. Abordé un taxi que me dejó en la estación de trenes más cercana y, como no tenía mucho efectivo y mis tarjetas estaban sobregiradas, compré un boleto de clase económica. Encontrarnos quizá fue algo fortuito, pero… ¿qué en la vida no lo es?

Nos quedamos en silencio un rato. Luego, el tren comenzó a marchar.

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