FRANCISCO J. MARTÍN

Me acecha, me persigue, sé que está ahí pero no veo a nadie. Voy calle abajo apretando el
paso, no puedo permitir que llegue antes, sería un fracaso para mí.
Las calles están muy húmedas al amanecer. Estar al lado del mar hace que la sensación de frío aumente, pero tengo que seguir, debo andar más rápido.
Al cruzar una bocacalle veo un destello, me paro y vuelvo atrás, miro bien y veo a lo lejos lo que parece la cúpula dorada de la Catedral y tomo esta nueva calle, ese es mi objetivo, debo llegar el primero.
Continúo por la calle que ahora sube con algo de pendiente, ya voy corriendo, el corazón se me sale, pero no puedo parar. Presiento algo detrás, una presencia conocida, me siguen. Me paro en un soportal, acalorado, tratando de relajar la respiración, miro atrás y nada, no viene nadie.
Sigo la marcha, comienzo a correr de nuevo, ya está cerca, muy cerca, tengo que llegar
primero. Ya casi sin fuerzas llego a la plaza y creo ver algo en la puerta de la Catedral, ¿será ella?, ¿habrá llegado antes?
Rápidamente me acerco, no hay nadie, subo las escaleras que dan a la gran puerta de entrada, ya casi la toco, estoy a punto de entrar, pero antes me paro, me vuelvo y miro atrás, sigo notando su presencia pero no veo nada ni a nadie, solo al Sol que me deslumbra.
Sin más dilación empujo la gran puerta y entro, la vista es espléndida y otra vez he llegado el primero. En este juego, mi sombra siempre me persigue, pero siempre llego antes que ella.

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