JUAN NADIE

—Pero…, nosotros no somos asesinos —dijo Abel, casi con un gemido.
La frase martilleaba incesante en la mente de Romualdo Tamal. Las palabras del
retraído becario sonaban una y otra vez en sus oídos, machacándole sin piedad y
persiguiéndole sin descanso como sanguijuelas aladas llenas de dientes y aguijones. No
dejaba de escucharlas desde que vio en la distancia a la señora García, esa misma mañana, y empezó a seguirla. Hacía ya varias horas de ello y desde entonces las palabras de Abel no dejaron de retumbar en su cabeza.
No, ellos no eran asesinos. Eran científicos, matemáticos. Estudiosos y académicos
dedicados a desentrañar la complejidad del universo en que vivían. Eran teóricos, ni
siquiera investigadores de campo. Su mundo estaba poblado de fórmulas algebraicas y
códigos binarios. Pero sobre ellos había recaído una responsabilidad terrible. El futuro
entero de la raza humana estaba en sus manos. Romualdo sintió que la nausea que lo
atormentaba desde la mañana se intensificaba sin piedad. Agarró con fuerza el escalpelo
que escondía en el bolsillo del gabán, la hoja de la cuchilla a salvo en su caperuza de
plástico rígido. El sudor hizo que la palma de la mano resbalase sobre la metálica superficie del utensilio.
No, ellos no eran asesinos. Pero eran los únicos que se interponían en el camino de
la humanidad hacia el colapso final. La última barrera. El último escudo de protección.
Sólo ellos lo sabían y sólo ellos podían hacer algo al respecto. No había tiempo para más.
El intervalo era demasiado reducido. La resolución del primer radiante había llegado
demasiado tarde. O casi. Sólo le quedaba una alternativa.
Tenía que matar a la señora García antes de las tres de la tarde.
Con las manos sacudidas por un ligero temblor, miró la hora en su reloj de muñeca.
Las doce y media. Aún tenía tiempo, pero la hora límite se acercaba. Refunfuñó y maldijo
entre dientes por enésima vez. La señora García seguía sentada en el banco del parque, en el mismo lugar en el que se sentaba a tomar el sol cada mañana, siempre que el clima lo permitiese, desde hacía innumerables años.
Clavó en la mujer sus ojos de miope, surcados de venillas rojas y adornados de
oscuras ojeras; ojos enfebrecidos que no dejaban de moverse, escondidos tras los gruesos
cristales y arropados bajo espesas y plateadas cejas. No había visto nunca a la señora García antes de aquel día. Jamás había hablado con ella. Hasta hace poco menos de una semana ni siquiera sabía de su existencia. Si se la hubiese cruzado por la calle, o en la sección de conservas del supermercado, ni siquiera le hubiese dirigido un segundo vistazo. Sin embargo, odiaba a esa apacible y frágil ancianita con todas sus fuerzas. Ella era el objetivo.
La única solución al problema. El nudo gordiano que él podía y debía cortar para liberar a la humanidad de su destino. Con el escalpelo que llevaba en el bolsillo.
Había robado el escalpelo en el laboratorio de anatomía patológica, en una de sus
frecuentes visitas a su amigo Damián Medario. Damián y Romualdo eran casi de la misma edad, con apenas unos días de diferencia entre sus respectivos cumpleaños, que ninguno de los dos celebraba. Se conocieron cuando eran estudiantes, inquilinos universitarios en el mismo colegio mayor. Damián estudiaba veterinaria y Romualdo matemáticas. Se licenciaron el mismo año, expusieron sus tesis doctorales en el mismo salón de grados, aunque ante tribunal y público completamente distintos, y los dos acabaron consiguiendo la plaza de profesor en la misma pequeña universidad de provincias, aquella en la que ambos habían cursado sus estudios universitarios. Desde entonces, hacía ya más de treinta años, las ocasionales cervezas y las visitas del uno al despacho del otro habían mantenido una amistad poco profunda y laxa, pero constante.
—Ya ves, Romualdo —decía Damián durante aquella última visita. Estaba
inclinado sobre la poyata del laboratorio, vestido con una bata blanca llena de arrugas, las manos enfundadas en guantes de látex amarillento y el cadáver a medio diseccionar de una enorme rata albina bajo la luz de un flexo y las lentes de una lupa bifocal—. A lo que hemos llegado. ¡Malditos recortes!
—Que me vas a contar a mí —replicó Romualdo.
—Protocolos de disección. Eso es casi lo único que podemos hacer ahora en el
laboratorio. Prácticas más propias de alumnos de secundaria. Y menos mal que las ratas se reproducen por sí mismas. Si tuviésemos que comprarlas, ni eso.
—Está todo bastante mal.
—A vosotros también os han jodido, ¿no?
—El departamento de matemáticas ya no existe. Nos hemos tenido que fusionar con
los informáticos para reducir costes y sobrevivir. Tres técnicos y dos administrativos a la
calle con la reestructuración. Eso sin contar con la reducción en el número de profesores
asociados. Con tanta hora lectiva, apenas vamos a tener tiempo de prepararnos las clases.
—Pues ni te cuento para corregir exámenes. Vamos a tener que poner las notas por
sorteo.
—Desde luego.
—¿Cómo se llama ahora vuestro departamento?
—Ahora somos el Departamento de Ciencias Matemáticas Aplicadas —dijo
Romualdo con una sonrisa torcida cargada de tristeza.
Damián se subió el puente de las gafas con un dedo enguantado y manchado de
sangre y soltó una áspera risotada.
—¿Aplicadas a qué?
Romualdo se encogió de hombros y también rió. No quiso replicar. En ese momento
no le apetecía enzarzarse de nuevo en la vieja discusión. Desde que se conocieron en su
juventud estudiantil, Romualdo y Damián sostenían la misma porfía. El veterinario
argumentaba que las matemáticas podrían ser una ciencia pura, pero eran demasiado
abstractas y de poca aplicación práctica. La fisiología y la biología eran más útiles, pues
trataba sobre cosas reales, sobre seres tangibles. Romualdo replicaba que sin las
matemáticas, nada sería posible, pues las matemáticas eran la base subyacente a todo el
conocimiento del hombre. Incontables litros de cerveza y café habían sido engullidos en
semejantes disputas. Era conversaciones amenas e interesantes. Incluso alguna que otra vez había participado algún compañero de departamento. Pero ese día Romualdo no tenía el ánimo para ello. Otras cuestiones ocupaban su mente desde hacía varios días. Sobre todo una de ellas. Una cuestión terrible. La visita a Damián había sido un vano intento por aliviar el estrés del acuciante problema. Apenas entró en el laboratorio, se dio cuenta de que había sido un craso error. Visitar a su viejo amigo no le serviría de nada.
—No tienes buena cara —dijo el veterinario—. ¿Problemas en el edén de los
cálculos infinitesimales?
—Bueno… Ya sabes. Los recortes —replicó el matemático con una sonrisa triste.
—Claro, claro. Aunque un pajarito me ha dicho que los chicos de tu recién
estrenado y flamante departamento tienen un juguetito nuevo.
—¡Vaya! Veo que los rumores viajan rápido por los pasillos del campus.
—Más rápidos que la luz.
—Lo único más rápido en el universo conocido.
—¿Pero hay algo o no?
—Algo hay.
—Una inteligencia artificial de esas, ¿no?
—¡Hombre, no! Mantengámonos dentro del ámbito de la ciencia real, por favor. De
momento, la inteligencia artificial cae en el campo de la ciencia ficción.
—¿Entonces?
—Se trata de un ordenador cuántico.
—¿Y eso qué demonios es?
Romualdo sonrió y trató de explicarle a su colega profesor en qué consistía el
último descubrimiento del departamento. Nada más empezar a hablar sobre el proyecto,
sintió como el alivio le relajaba, al menos un tanto, la tensión que desde hacía días le
atormentaba las cervicales. Quizás la visita sirviera para algo después de todo, pensó.
—Pues aunque no te lo creas, los informáticos no lo hubiesen conseguido sin los
malditos recortes —empezó a explicar Romualdo.
Desde hacía varios años, todos los departamentos de la pequeña universidad sufrían
los estragos de la crisis económica y la falta de presupuestos. Cada año las restricciones se volvían más y más severas. Cada año el dinero asignado era una cifra menor que el anterior, y el poco dinero que llegaba cada año daba para menos. No había ni un solo departamento que no hubiese tenido que abandonar, por falta de recursos, más de la mitad de los proyectos en los que otrora estaban embarcados. La asistencia a congresos internacionales, para presentar resultados y discutir con los pares de una misma área de conocimiento, se había convertido en algo casi anecdótico. El departamento de computación había sufrido como el que más. Pero los ingenieros e informáticos del mismo no se habían dado por vencidos. Rebeldes silenciosos tras los teclados y las conexiones de alta velocidad a los servidores, fueron incapaces de asumir las absurdas reglamentaciones ministeriales.
Normativas inútiles, más estorbo que ayuda, que les impedían renovar los ordenadores
antes de diez años, a pesar de que a los tres ya eran máquinas obsoletas. Deslizándose entre los entresijos de la red, habían buscado otros caminos. Con el dinero de facturas
falsificadas, en teoría dedicadas a la compra de tóner para fotocopiadoras o vasos de
plástico para la máquina de café, habían comprado piezas sueltas de ordenadores,
procesadores y microchips, en tiendas de ocasión y en el mercado negro, y construido sus propios ordenadores. La necesidad agudiza el ingenio, proclama el viejo axioma popular. Para cuando las estrecheces económicas los obligaron a fusionarse con el departamento de matemáticas, los chicos de los teclados habían alcanzado el último gran sueño de las tecnologías de la información: acababan de fabricar el primer ordenador cuántico auténtico.
—¿Y qué demonios hace un ordenador cuántico? —preguntó Damián—. ¿Viajar en
el tiempo?
—Casi —replicó Romualdo con una sonrisa—. Un ordenador cuántico utiliza qubits
en lugar de bits. Verás, basándose en los algoritmos de Grover y Deutsch-Jozsa, que
aprovechan el paralelismo inherente a los estados de superposición cuánticos, y los trabajos pioneros de Yugo Amaril, aunque en un plano meramente teórico, un ordenador de este tipo es capaz de realizar búsquedas en una secuencia no ordenada de datos de N componentes en un tiempo N elevado a un medio y con…
Damián levantó las manos con aire de consternación.
—¡Vale, vale! No te enrolles —dijo—. Esos galimatías de matemáticos no hay
quién los entienda. En resumidas cuentas, ¿para qué sirve un cacharro de esos?
—Tiene una capacidad de computación entre medio millón y un millón de veces
superior al ordenador digital más potente.
Damián lanzó un silbido.
—¡Joder! El amo del mundo, como quien dice. ¿Ya lo habéis publicado?
Romualdo sintió un estremecimiento ante las palabras de su amigo. El veterinario
no tenía ni idea de lo proféticas que eran.
—Todavía estamos en las programaciones preliminares —dijo el matemático con un
casi imperceptible tremor en la voz. No se le daba bien mentir—. Pero pronto tendremos a punto la versión beta para realizar las primeras computaciones complejas. Entonces publicaremos los resultados.
—¿Y qué pensáis calcular, el número de la lotería? No nos vendría nada mal —dijo
el veterinario, mientras se subía de nuevo el puente de la nariz.
—Esperamos conseguir el primer radiante —dijo el profesor de matemáticas casi
con un murmullo.
—Bonito nombre. Y eso es…
—¿Sabes algo de psicohistoria? —preguntó Romualdo.
—No tengo ni la más remota idea de lo que pueda ser.
—Pues se trata de…
—¡Espera! Déjame limpiarme un poco y me lo cuentas invitándome a un café.
Romualdo sonrió.
—De acuerdo —dijo.
Damián recogió el instrumental de disección. Lavó las distintas herramientas con
rapidez bajo el agua del grifo y las colocó sobre una bandejita metálica.
—¡Fíjate! —le dijo a Romualdo mientras sostenía en alto el escalpelo—. Antes eran
de usar y tirar. Ahora los lavamos, con cuidado de no rebanarnos un dedo, y rezamos para que no se oxiden y poder utilizarlos en la próxima disección. ¡Qué miseria! ¿No te parece?
—Sí, sí, desde luego.
Los oscuros y miopes ojos de Romualdo se clavaron en el instrumento, y siguieron
sus movimientos mientras Damián lo secaba despacio con un cuadrado que desgajó de un rollo papel de cocina y colocaba la funda de plástico protector sobre la cuchilla. Notó como se le aceleraba el pulso y las palmas le empezaban a sudar. Había encontrado el arma homicida.
Damián le dio un amistoso manotazo en el brazo.
—¡Qué te duermes, Romualdo! —rió el veterinario—. Te quedaste pensando en las
musarañas. Te encuentro un poco más distraído de lo habitual, matemático. Claro que todos los matemáticos sois unos bichos raros.
—Claro, claro —dijo Romualdo con una risa forzada.
—Bueno, ¿qué? ¿Me invitas a ese café y me explicas qué demonios es esa
psicohistoria tuya?
—Claro, vamos.
Con el hombro apoyado contra el tronco de un árbol del parque, Romualdo
rememoró la conversación con el veterinario. Fue la última vez que habló con él. Se
preguntó si volvería a hacerlo. Sacudió la cabeza en un vano intento de alejar funestos
pensamientos, y volvió a clavar la mirada sobre la señora García. La diminuta anciana
continuaba con su inamovible actividad, con el rostro rosado y cuajado de arrugas
levantado hacia el sol. Un mechón de cabello plateado le onduló con la brisa sobre la sien.
Romualdo odiaba a esa mujer con todas sus fuerzas. Ella representaba todo lo malo y
odioso de este mundo. Por eso tenía que morir. A sus manos. Para que el mundo se salvara, pues la señora García era…
Romualdo se rió por lo bajo. Sólo se estaba diciendo a sí mismo tonterías. Tratando
de convencerse. Tratando de aceptar que lo que iba a hacer era lo más adecuado. Por
supuesto que no odiaba a esa dulce ancianita. Hasta pocos días antes ni siquiera sabía de su existencia. Y por lo que había aprendido sobre ella, no era más que otra apacible mujer de edad que compartía sus achaques en la consulta del médico, era visitada por sus nietos y tomaba el sol en el parque. Pero aunque la señora García no tuviese ni idea, ella era la clave del futuro de la humanidad.
Si los resultados del primer radiante eran correctos.
—Pero…, nosotros no somos asesinos —había dicho Abel, casi con un gemido.
Las palabras del inteligente becario volvieron a sonar en sus oídos. Las dudas se le
revolvieron en la boca del estómago como serpientes cubiertas de espinas. Qué ironía, se
dijo, acabar siendo un asesino, aunque fuese el asesinato más justificado de la historia.
Claro que Romualdo nunca había sido un gran seguidor de Maquiavelo. A sus cincuenta y tres años, soltero, sin hijos ni parientes cercanos, aferrado a sus hábitos cotidianos, su vida eran las matemáticas y las clases en la facultad. Sus compañeros de departamento
constituían casi la totalidad de su vida social, aunque apenas los conocía más allá de los
resultados de los proyectos y los logaritmos discutidos en las reuniones. Sus alumnos eran su mayor ventana al mundo de los vivos. Su horizonte era una jubilación tranquila en suave pendiente hasta la tumba. Aunque los recortes salariales y la supresión de las pagas extras en los últimos tiempos habían hecho que la pátina dorada de esa jubilación se resquebrajase un tanto.
Pero si los resultados del primer radiante eran ciertos, la jubilación se convertiría en
menos de diez años en un espejismo inalcanzable.
Para él y para el resto de la humanidad.
No. Él no era un asesino. Era un profesor de matemáticas, quizás algo aburrido y
solitario, según las mofas de sus alumnos. Su vida habían sido las matemáticas desde que
tenía uso de razón. Se enamoró de los números y las ecuaciones algebraicas ya en su
temprana pubertad, hacia los que se sentía tan atraído como sus compañeros de secundaria hacia las revistas ilustradas con orondas rubias sin ropa. Cuando pudo poner sus manos por primera vez sobre un ordenador, descubrió los placeres de la teoría computacional de números, la aritmética de los algoritmos, la elegancia del pensamiento abstracto puro.
Pero cuando llegó a la facultad descubrió que su amor por las matemáticas no era
suficiente. Las matemáticas eran el esqueleto mismo del universo. Todo lo que existe y
todo lo que ha existido se puede explicar con las matemáticas. Incluso, gracias a la
estadística y a sus proyecciones, la magia de los números le permitía vislumbrar las
posibilidades del futuro. Pero había parcelas en el inmenso campo de conocimiento que le costaba comprender. Acabó la licenciatura con unas notas mediocres, y hubo asignaturas que aprobó casi por milagro tras incontables tentativas. Comprendió que nunca sería un gran maestro, ni siquiera un virtuoso. Se quedó al borde del Edén, las puertas cerradas para siempre, la mirada cargada de fracaso mientras oteaba a través de las rejas. Así que se dedicó a la enseñanza.
Nunca fue, sin embargo, un docente vocacional. Tratar de inculcar un mínimo de
conocimientos algebraicos en las duras molleras de sus alumnos se convirtió pronto en una tarea ardua y llena de insatisfacciones. Por fortuna, cada año parecía que el nivel de sus alumnos era más y más deficiente. Acabó enseñándole a sus alumnos conceptos que el recordaba haber estudiado en sus tiempos de instituto. Eso hacía que las clases fuesen cada vez más fáciles. Más fáciles, más aburridas y más faltas de interés.
Sus únicos momentos de pasión intelectual eran los proyectos que llevaban a cabo
en el departamento de la facultad. Presentar los pírricos datos, obtenidos tras arduo trabajo, en congresos internacionales. Compartir la diminuta porción de conocimiento extraído con otros enamorados de los números. Aunque en los últimos años, por culpa de los incesantes recortes de presupuesto, esos momentos eran cada vez menos numerosos y más distanciados en el tiempo. Al menos la vida de profesor en una pequeña universidad de provincias era tranquila, segura y exenta de sobresaltos. No obstante, a veces echaba de menos una cierta excitación, una imprecisa aventura que no estaba seguro de poder definir, y ni siquiera de desear realmente.
Lloró de emoción y envidia cuando Andrew Wiles consiguió por fin, tras siglos de
esfuerzos, resolver el último teorema de Fermat. Durante meses acarició la más voluptuosa de sus fantasías. Si él consiguiera realizar una proeza tal, sería maravilloso. Él, Romualdo Tamal, anónimo profesor de matemáticas, conseguía resolver uno de los grandes problemas pendientes de las matemáticas. Durante un tiempo jugueteo con la hipótesis de Riemann o con la conjetura de Poincaré. Por supuesto, no consiguió avanzar ni un solo paso. Pero la fantasía ya nunca le abandonó. Fueron muchas las noches solitarias en las que conseguía conciliar el sueño fantaseando que la fama y la gloria matemáticas llamaban a su puerta.
Entonces ocurrió lo inesperado. Por una de esas serendipias de probabilidad casi
cero, las circunstancias confluyeron en la conjunción perfecta. El ordenador cuántico y el primer radiante. Por fin, una contribución significativa al área del saber a la que había
dedicado toda su vida. Que su nombre pasase a la historia era una posibilidad real que
empezaba a acariciar con la punta de los dedos.
Los resultados del primer análisis fueron tan sorprendentes que Romualdo y los
miembros de su departamento tardaron varios días en comprender que es lo que tenían entre las manos.
Cuando por fin lo comprendieron, tuvieron que admitir que los datos no eran sólo
sorprendentes. Eran devastadores.
La belleza de la ciencia pura había desplegado sus magníficas alas con toda su
plenitud. Pero esa belleza resultó ser tan pasmosa como aterradora. Pues sobre sus hombros había caído la más grande responsabilidad que jamás pudiera concebirse.
Todos estuvieron de acuerdo, habían realizado el descubrimiento del siglo, era
innegable. Probablemente el mayor descubrimiento de la historia, sí. Pero el precio a pagar era terrible. Lo peor de todo es que nadie más podía hacerlo. No había tiempo para nada más. Para nadie más. El plazo se acababa ese día a las tres de la tarde. Como cabeza
administrativa y catedrático senior del departamento, Romualdo había asumido la
responsabilidad de llevarlo a cabo. Él se encargaría. Él lo haría. Con sus propias manos.
Por el bien del mundo, mataría a la señora García.
¡Malditos sean Hari Seldon y su maldita psicohistoria!
Por fin la anciana decidió que la ración de sol había sido suficiente por aquel día. Se
levantó despacio, con cierto esfuerzo, y echó a caminar con pasitos cortos hacia la salida
del parque. Romualdo la siguió tratando de disimular al máximo posible.
La parsimoniosa persecución duró casi tres cuartos de hora. La anciana caminaba
con lentitud, apoyándose en un bastón de madera oscura. Romualdo se paraba aquí y allá simulando mirar un escaparate o atarse el cordón de un zapato. De vez en cuando, alguien lo miraba, y el terror lo invadía al pensar que habían descubierto su acecho a la pobre anciana. El sudor le corría a raudales por la espalda y un molesto ardor de estómago empezaba a hervirle en las entrañas.
Finalmente llegaron a la residencia de la mujer. La señora García vivía en un
pequeño chalecito adosado, con jardincito y césped a la entrada, en una calle residencial
tranquila y con poco tráfico. Por lo que Romualdo sabía, gracias a la labor de detectives
aficionados que habían realizado los miembros de su departamento, vivía sola. Recibía las visitas de fin de semana de alguno de sus nietos, pero era jueves, así que no tendría por qué encontrarse con familiares inoportunos.
Romualdo visualizó la escena cien veces en su mente. El mejor momento sería
cuando la anciana estuviese entrando en la casa. Antes de que consiguiese cerrar la puerta, entraría de un empujón, agarraría a la mujer por el hombro y de un firme tajo le seccionaría la yugular. No sería elegante, y probablemente resultaría bastante sangriento, pero era efectivo. Después arrojaría a la mujer al suelo, donde se desangraría con rapidez, mientras el corría para alejarse del lugar del crimen con la mayor celeridad posible. No tendría que ser difícil. Una débil ancianita a la que le sacaba dos cabezas y no debía pesar más de cuarenta kilos no debería oponer demasiada resistencia. Incluso estuvo practicando en casa el movimiento de seccionar la garganta de un ser humano con aquella asquerosa muñeca hinchable.
La muñeca fue el gran premio de una broma pesada que sus compañeros del
claustro de profesores de la facultad le dejaron en el coche cuando por fin consiguió
aprobar los exámenes de acceso a la cátedra. Por alguna razón nunca la tiró a la basura. Se limitó a sacarla del maletero en medio de la noche, mirando a todos lados para que ningún vecino fisgón pudiese llegar a ninguna conclusión errónea sobre los posibles vicios del profesor de matemáticas, y la guardó en el altillo del armario. Ironías de la vida, aquel aberrante juguete sexual le vino ahora de perlas.
El pulso de Romualdo latía desbocado mientras levantaba el pestillo y cruzaba la
pequeña puerta en la verja del jardín. Las bisagras chirriaron en sus goznes y se quedó
congelado a mitad del movimiento. Apretó los dientes con tanta fuerza que le dolieron las mandíbulas mientras clavaba la mirada en la espalda de la señora García. La anciana debía ser dura de oído, pues siguió cruzando el jardín, con su paso lánguido y vacilante sobre el caminito de baldosas cuarteadas, sin percatarse sobre lo que ocurría tras ella. Romualdo tuvo que esforzarse en mantener los labios cerrados para que el suspiro de alivio no se escapase de su boca. Miró con rapidez a todos lados. Ningún vecino a la vista. Nadie pasaba en ese momento por la acera. Sintió que las piernas le temblaban y se le volvían gelatina. Estuvo a punto de darse la vuelta y salir corriendo de allí como la proverbial rata de un barco a punto de naufragar.
Apretó con fuerza el escalpelo en el bolsillo del anorak y cruzó el jardín con pasos
sigilosos. Tuvo que detenerse al pie de los dos escalones que subían al pequeño porche
mientras la señora García abría el bolso y sacaba la llave. Los engranajes de la cerradura al girar dos vueltas le sonaron a Romualdo como disparos de cañón.
Sacó el escalpelo del bolsillo y le quitó la funda protectora de la hoja. La arrojó
sobre el césped.
Volvió a mirar a todos lados y se secó el sudor de la frente con la mano izquierda.
La señora García abrió la puerta y avanzó un par de pasitos hasta colocar un pie en el
interior de la vivienda.
Romualdo subió de un salto los dos escalones. Apretó los puños con fuerza, cruzó el
pequeño porche y se abalanzó sobre la señora García justo en el momento en que esta se
giraba.
—¿Quién… quién es usted? ¿Qué quiere? —dijo la señora García.
La sorpresa en la cara de la anciana se transmutó con rapidez en miedo. Las arrugas
de su rostro se crisparon y sus ojos turbios se clavaron en la afilada hoja del escalpelo.
—Lo siento. Yo… —balbuceó Romualdo. Levantó la mano izquierda, los dedos
engarfiados, para sujetar a la mujer por el hombro. Su cara era una máscara congelada en el horror y la determinación.
La señora García dio un paso atrás. Trastabilló y por un momento pareció que iba a
caer. En ese fugaz instante, Romualdo sintió lástima por ella. La tensión se aflojó un tanto en sus redondeadas facciones y disminuyó la presión de sus dedos. Pobre mujer, pensó. Tan sólo es una pobre anciana. Ella no tiene la culpa. Pero lo que ha de hacerse, ha de hacerse, por el bien de todos.
Sin embargo, la anciana no cayó. Logró mantener el equilibrio, aunque dejó caer el
bastón, que al estrellarse contra las baldosas de la entrada sonó como un trallazo.
La señora García gritó. Mientras gritaba, con una rapidez sorprendente, giró el
brazo con un ademán enérgico. El ajado bolso de piel que llevaba en la mano describió un arco perfecto en el aire del zaguán y se estrelló con un ruido de calabazas maduras contra la sien del profesor de matemáticas.
Un estallido de dolor se abrió como una flor de fuego en la cabeza de Romualdo.
Cayó hacia un lado y se estrelló contra un mueble de aspecto anticuado que era una mezcla de recibidor y paragüero. Su hombro chocó contra el espejo y uno de sus pies se enredó con el gran cono de latón. Entre las luces y las sombras, un raudo pensamiento cruzó su mente:
¿qué demonios guarda la vieja en el bolso?
No pudo mantener el equilibrio, el recibidor, el paragüero y él se derrumbaron al
suelo entre un estrépito de metal que chocaba, madera que crujía y cristal que se hacía
añicos.
La señora García no desperdició la ocasión. A toda la velocidad que pudo imprimir
a su viejo y encorvado cuerpo, corrió hacia el jardincito de entrada, con las manos en alto, dando alaridos y pidiendo socorro.
Romualdo perdió unos preciosos segundos tratando de recuperar el completo
dominio de sus sentidos. El escalpelo había caído dentro del paragüero. Metió la mano
dentro de un zarpazo y la sacó con igual rapidez, con un grito de dolor y una maldición en voz alta. Se miró la mano, atónito. Dos dedos lucían profundos cortes, uno parecía llegar casi hasta el hueso. Empezaron a manar sangre en abundancia.
Con un rugido de rabia, se levantó ignorando el creciente dolor de sus dedos, volcó
el paragüero hasta que el escalpelo surgió con un sonido metálico. Arrojó el paragüero al
otro lado del zaguán e intentó coger el escalpelo, pero el dolor en su mano le hizo desistir.
Lo cogió con la mano izquierda y se lanzó hacia la puerta. Un rosario de gotas rojas le
siguió por el suelo. El sudor le chorreaba por la espalda, le caía por la frente y le entraba en los ojos. Se limpió con brusquedad con el dorso de la mano, manchándose el entrecejo de rojo, y cruzó los escaloncitos de la entrada de un solo salto. La anciana se agitaba, entre gritos y aspavientos, a mitad del camino de la verja del jardín.
Prácticamente tuvo que hacerle un placaje a la anciana para detenerla. Los dos
rodaron por el suelo del jardín. Romualdo gruñía y respiraba con dificultad. La señora
García chillaba y pataleaba. El tacón de su zapato se estrelló contra la nariz del profesor de matemáticas, que volvió a sentir un estallido de dolor dentro de su cabeza. Notó como la sangre le manaba de las fosas nasales y le caía por el mentón. No se molestó ni siguiera en limpiarse. Con su mano herida consiguió sujetar la cara de la anciana, que pronto se llenó de la sangre que surtía sin cesar de los dedos cortados. La vieja le mordió uno de ellos.
Romualdo rugió de dolor, pero no soltó su presa. Con gran esfuerzo, debatiéndose sobre el cuerpo de la mujer, levantó la mano izquierda, que empuñaba el escalpelo, y se lo hundió en el estómago. Los gritos y los pataleos de la señora García se incrementaron. Una rodilla se estampó contra la mandíbula de su agresor, que se mordió la lengua y notó como la boca se le llenaba de un sabor dulce y metálico. Romualdo se sentía perdido en una vorágine de sangre y dolor. Sin embargo, no cedió. Utilizó el peso de su propio cuerpo para tratar de controlar los movimientos de la anciana. Levantó de nuevo la mano con el escalpelo y volvió a clavarlo en el estómago. Luego otra vez, y otra, y otra.
De pronto, Romualdo se dio cuenta que la señora García ya no pataleaba, ya no
gritaba, ya no se debatía. La miró con genuina sorpresa. Ni siguiera parecía respirar.
Las losas del jardín y el mal cortado césped estaban manchados de sangre. Una gran
mancha roja crecía bajo el cuerpo de la mujer. Había sangre por todas partes. Sangre que
manaba de sus dedos cortados y mordidos; sangre que goteaba de su nariz rota; sangre que se le acumulaba en la boca; sangre que brotaba del vientre de la mujer; sangre que
empapaba las ropas de él y las de ella.
Jadeante, agotado y confuso, Romualdo Tamal, profesor de matemáticas, se quedó
de rodillas junto al cuerpo aún caliente de la señora García. Su mano izquierda aún
empuñaba el escalpelo. La manga del anorak y del jersey húmedas y goteantes, rojo y
viscoso. Durante unos segundos, tuvo la impresión de que el universo se había detenido. No existía nada más que aquel trozo de jardín, el cuerpo de una anciana yaciendo ante él y la sangre que lo inundaba todo. Tuvo que hacer un esfuerzo mental para recordar qué era aquello que veía y qué hacía él allí.
Un grito rompió el hechizo.
Romualdo levantó la mirada. Quien gritaba era la vecina del al lado, desde su propio
jardín, que con el horror y el espanto dibujados en el semblante, se llevaba las manos a la boca y rompía la paz del mediodía con sus alaridos.
Miró alrededor. Varios transeúntes se habían detenido en la verja del jardín. Todos
con el rostro contraído con muecas del más genuino de los terrores. Una pareja joven
empezó a alejarse del lugar de los hechos casi a la carrera. Un tipo de aspecto elegante
hablaba nervioso con el móvil. Romualdo no hizo nada. Simplemente se quedó allí de
rodillas, mirando a la gente con expresión de absoluto vacío.
Entre ulular de sirenas y destellos azules, rojos y ámbar, una ambulancia y dos
coches de la policía nacional pararon con chirridos de neumáticos frente al jardincito de la señora García. No tardaron mucho en llegar, aunque el intervalo le pareció a Romualdo a la vez una eternidad y un suspiro.
Cuando los agentes lo encañonaron, no ofreció resistencia.
~~~******~~~
Tres meses y medio más tarde, el ex profesor de matemáticas esperaba la llegada de
su abogado en la sala de visitas de la prisión provincial. En las últimas semanas, se había
entrevistado con el letrado cada pocos días. Dadas las circunstancias y todo lo que estaba
ocurriendo, era lo más lógico. Los acontecimientos se habían acelerado en de una manera que ninguno de ellos podía haber previsto. Tanto, que Romualdo sentía una confortable seguridad, resguardado, al menos de momento, por la rutina, la tranquilidad y los muros con alambre de espino y cámaras de vigilancia de la prisión.
Paseó la mirada por la estancia. Era amplia y desangelada, de techos altos y
lámparas halógenas protegidas por rejillas entre las que se acumulaban las telarañas y los cadáveres de las moscas. Varias mesas metálicas atornilladas al suelo, cada una rodeada de cuatro pequeños taburetes también atornillados, constituían todo el mobiliario de la sala.
Las paredes, de un color mostaza sucio y resquebrajado, estaban completamente desnudas.
A un lado, una pesada verja desde el suelo al techo, con una sección corrediza, los separaba del mundo exterior tras varios pasillos y controles enrejados. Al otro lado, unas ventanas altas y rectangulares dejaban pasar la poca luz del sol que era capaz de atravesar la triple barrera de gruesos barrotes, malla metálica y cristal doble cubierto de polvo.
Sólo otras dos de las mesas estaban ocupadas, en extremos opuestos de la sala. En
una un tipo viejo y barbudo hablaba con amplios ademanes de las manos con una mujer
joven, probablemente un familiar. La chica mantenía una expresión impertérrita antes las explicaciones del viejo convicto. En la otra, un joven recluso charlaba en voz baja con una mujer, presumiblemente su pareja. Sus manos se enlazaban por debajo de la mesa y los susurros, inaudibles, tenían un inequívoco aire de romanticismo cutre y deslavazado.
Probablemente estarán planeando su próximo vis-a-vis, pensó Romualdo.
Junto a los barrotes de la entrada, montaba guardia Emilia. El cabello rubio sucio,
peinado en una apretada cola de caballo, adusta y sólida en su uniforme azul marino, la
porra de caucho y la pistola eléctrica ostensiblemente visibles en el cinturón. Emilia era una de las pocas vigilantes femeninas de la prisión. Montaba guardia en el comedor y en la sala de visitas; nunca entraba en el ala donde estaban las celdas de los reclusos. Con su estatura y su envergadura, tenía el aspecto de una valquiria capaz de descabezar a un hombre de un guantazo. Y probablemente lo haría si así lo consideraba necesario. Pero Romualdo sabía que bajo ese aspecto de vikinga implacable se escondía una mujer llena de amabilidad y comprensión. Al menos esa había sido su impresión tras el breve y ocasional trato que había tenido con ella desde que ingresó en prisión.
Con un chasquido metálico y un zumbido eléctrico, la verja de entrada a la sala de
visitas se corrió a un lado, justo el espacio que permitía pasar a una persona. Un hombre de traje color beige claro atravesó la apertura provisional. Venía acompañado de un vigilante de prisiones uniformado, que se quedó junto a la entrada. Emilia acompañó al hombre del traje hasta la mesa en la que esperaba Romualdo. Después se alejó y volvió a su puesto de guardia.
—Profesor Tamal —saludó el hombre del traje al sentarse.
—Abogado Villares —replicó Romualdo.
Fermín Villares era un hombre joven, apenas acababa de sobrepasar la treintena.
Moreno, de pelo alborotado y piel oscura, siempre vestía impecables trajes coloridos y
portaba un gastado maletín de cuero marrón. Fue el abogado de oficio adjudicado por el
Estado para la defensa de Romualdo Tamal. Aunque debido al revuelo mediático que el
caso del profesor de matemáticas había causado, Fermín estaba considerando abrir su
propio bufete. La defensa del acusado le estaba brindando una fama y un prestigio que
nunca imaginó. Al menos eso le confesó a Romualdo en su anterior visita.
El abogado puso el maletín sobre la mesa, lo abrió, extrajo un manojo de
documentos y los colocó frente a Romualdo.
—Estas son las resoluciones del tribunal supremo y del tribunal europeo de los
derechos humanos, que revocan la resolución inicial de la audiencia provincial —dijo.
Romualdo apenas le dedicó un vistazo a los papeles. Levantó el rostro y clavó la
mirada en el rubicundo rostro del abogado.
—¿Y bien? —preguntó.
—Libertad sin cargos. La causa se considera sobreseída. Los dos tribunales le
reconocen como benefactor de la humanidad y le absuelven de los cargos de asesinato y
homicidio premeditado, aunque tendrá que pagar una indemnización a la familia de la
señora García, indemnización que pagará íntegramente el Estado, a través de la
Universidad, claro está.
—¿La Universidad?
—Todos quieren salir en la foto —replicó Villares con una sonrisa.
—Claro, claro.
—Le acabo de entregar una copia de las actas al director de la prisión —dijo el
abogado—. Podrá salir de aquí en un par de horas. Enhorabuena.
Una amplia sonrisa iluminó el rostro del matemático. Dejó escapar un profundo
suspiro de alivio. Sin embargo, la mueca tenía un poso de tristeza, de esos que parece que nunca van a desaparecer. Libertad sin cargos. No tendría que pasar el resto de su vida tras las rejas. Sin embargo, eso jamás borraría el hecho innegable de lo ocurrido.
Él, Romualdo Tamal, había asesinado a la señora García.
Las razones del acto podían justificarlo. Así lo declaraban los tribunales. Pero el
cadáver ensangrentado de la pobre anciana nunca se borraría de su mente. Durante el juicio rápido preliminar que se celebró al poco tiempo de su ingreso en prisión preventiva, lloró como un niño. Pidió disculpas a los familiares de la buena mujer de todas las formas que pudo y supo. Pero el remordimiento, la vergüenza y la culpa ya nunca lo abandonarían.
—Imagino que habrá visto los noticiaros, ¿verdad? —preguntó el abogado.
—Nos dejan ver la tele dos horas cada tarde. Sí, los he visto.
—Es usted el hombre del momento.
Romualdo se encogió de hombros y forzó una risa de sabor agridulce.
—Fama y gloria. Menuda cosa. Y de menuda manera me vino —replicó.
—Las declaraciones de su colega, el profesor Norberto Mendoza fueron sumamente
decisivas. Incluso vehementes, diría yo. No hay programa de tertulia en el que no haya
aparecido.
—Norberto siempre ha sido un poco histriónico.
—Sin embargo, siempre acababa dando explicaciones un tanto enrevesadas y
ampulosas. Por suerte, en algunas ocasiones estaba allí ese becario suyo, Abel Cámara. El
chico era capaz de explicarlo mucho mejor. Aunque es más bien parco en palabras y no
parece sentirse cómodo en un plató de televisión .
—Abel siempre ha sido un chico bastante tímido, sí.
—He investigado un poco el tema, desde luego. Pero nadie parece tener muy claro
que es exactamente esa psicohistoria suya.
—Bueno… En realidad no es mía, la desarrolló Hari Seldon hace ya algunos años.
De manera teórica, claro. Aunque luego ha resultado ser bastante distinta de lo que nadie, incluido el propio Seldon, se hubiese imaginado.
—Sí, pero ¿cómo funciona exactamente?
—Verá, señor Villares, la psicohistoria es una mezcla de estadística, psicología e
historia. Sirve, o ese era su propósito inicial, para predecir el comportamiento estadístico de grandes poblaciones. Fue propuesta por primera vez hace veintinueve años por el gran matemático y estadístico Hari Seldon, en el Congreso Internacional de Matemáticas de San Francisco. Fue una elegante y hermosa pieza de matemática pura. Seldon fue muy alabado por ello, incluso le concedieron algún galardón que otro. Pero claro, era todo pura teoría. Por aquel entonces nadie tenía la capacidad de manejar la ingente cantidad de datos que los análisis propuestos por Hari Seldon requerían.
—No había ordenadores capaces de hacer algo así por aquella época, ¿no?
—No. No los había. Aunque diecisiete años más tarde, otro gran matemático, Yugo
Amaril propuso una serie de ecuaciones y algoritmos que permitirían llevar a cabo los
cálculos psicohistóricos de Seldon. A la matriz de algoritmos diferenciales resultante la
llamó el primer radiante. Otra maravillosa pieza de ingeniería matemática, si me permite decirlo. Pero, de nuevo, no ha habido desde entonces ordenador lo suficientemente potente para realizar los cálculos necesarios.
—Hasta que llegaron ustedes y desarrollaron el ordenador cuántico, ¿no?
—Sí. Aunque parece una carambola de proporciones cósmicas, fue mi departamento
el que construyó el primer ordenador cuántico auténtico.
—¿Qué ocurrió? —preguntó el abogado.
—Que funcionó. Obtuvimos resultados. Unos resultados claros y contundentes.
Unos resultados que ninguno de nosotros se esperaba.
La mirada de Romualdo se perdió unos instantes en la luz sucia y polvorienta que
entraba por las altas ventanas de la sala de visitas de la cárcel.
Recordó los días del gran descubrimiento. La excitación y la maravilla de
contemplar algo completamente nuevo y que había sido creado por ellos mismos. La
grandeza del pensamiento lógico y el método científico dando su fruto, trayendo al mundo una nueva pieza de conocimiento, alumbrando una nueva herramienta con la que desentrañar un poco más los avatares del universo. Después, la sorpresa, la angustia y el terror cuando comprendieron la naturaleza del hallazgo. Aún recordaba aquella primera reunión tras el análisis de los resultados finales que mostró Abel a todo el departamento.
Una reunión ominosa, cargada de aprensión y angustia, que, ahora lo comprendía,
pasaría a la historia.
Estaban todos los miembros del recién creado grupo de informáticos y matemáticos,
sentados alrededor de la desgastada mesa en la sala de juntas. El atávico cenicero de cristal, que nadie había quitado de allí después de tantos años, dormía el sueño injusto de las reformas sociopolíticas y reflejaba la luz de los fluorescentes del techo. Todos los rostros estaban serios y pálidos, muchos crispados con muecas que evidenciaban la presión a la que estaban sometidos. Fue en aquella reunión cuando Abel, con una voz que fue poco más que un susurro, dijo aquellas palabras que Romualdo nunca olvidaría:
—Pero…, nosotros no somos asesinos.
Pobre Abel, pensó Romualdo. O afortunado Abel, quizás. Después de todo, nada de
lo ocurrido hubiese sido posible sin él.
Todo empezó con los malditos recortes y la orden que les llegó de la administración
de fusionar los departamentos de informática y matemáticas para reducir costes. Todo el
mundo refunfuñó, protestó y pataleó, pero no sirvió de nada. Tras varias agotadoras y casi totalmente inútiles reuniones, con incesantes tiras y aflojas, pírricas victorias y luchas de mezquindades en el submundo del poder académico, se llegó a un acuerdo. Durante el próximo año lectivo, Romualdo Tamal sería el director del nuevo departamento de Ciencias Matemáticas Aplicadas. Norberto Mendoza, anterior cabeza del departamento de informática, sería el subdirector. Para el curso siguiente se intercambiarían los cargos.
Ese año, el único becario doctoral entre los dos departamentos fusionados era Abel
Cámara. La concesión de becas era una de las cosas que habían descendido en picado desde que las penurias económicas empezaron a atenazar a la pequeña universidad. Aquellos miembros de la administración que otorgaban las becas, fuesen quienes fuesen, debieron considerar que un doctorando en matemáticas no necesitaba demasiado material. Le bastaría con su cerebro, y lápiz y papel para hacer cálculos. En realidad un ordenador.
Aunque por fortuna de eso ya tenían. Además, las notas de Abel eran inmejorables. Fue el primero de su promoción, con matrícula de honor en casi todas las asignaturas. Si él no conseguía una beca, nadie lo haría.
En realidad, Abel hizo la carrera de grado de informática. Pero durante sus años de
facultad se fue decantando cada vez más hacia las ciencias puras. Incluso, por simple
afición, participó de oyente en muchas asignaturas de la carrera de matemáticas. Se
presentó a los exámenes y todo, aunque al no estar matriculado, las notas no pudieron
constar en su expediente. Pero Romualdo había visto los exámenes. No bajó del nueve con cinco en todos. Un joven con unas facultades excepcionales, desde luego. Un niño prodigio perdido en la vorágine intelectual del campus.
Abel era, probablemente, la única persona de ambos departamentos feliz con la
fusión.
Como director del reunificado departamento, le correspondió a Romualdo hablar
con Abel para decidir el tema de la tesis doctoral.
La primera vez que el becario entró en el despacho del director, lo hizo con la
misma actitud de un creyente entrando en la cámara del Arca de la Alianza. Tartamudeaba, se retorcía las manos sin cesar y gotitas de sudor perlaban la piel algo aceitosa de su frente.
Abel parecía ser patológicamente tímido, sobre todo con las mujeres. Por fortuna, no había demasiadas chicas en el departamento de Ciencias Matemáticas Aplicadas. Con la cara llena de granos, el flequillo mal cortado casi sobre los ojos y una sombra de bigote con aspecto de churrete, Abel Cámara parecía un adolescente postpuberal antes que un recién graduado con honores. Pero su coeficiente intelectual no dejaba lugar a dudas: el chaval era un genio.
Cada vez que hablaba con él, Romualdo no podía evitar el preguntarse si el tímido
becario era todavía virgen. A sus veinte pocos años, con esa actitud y ese aspecto, era lo
más probable. El pensamiento a su vez le traía a la memoria a Berta, la única mujer que
alguna vez significó algo en la vida del catedrático.
Berta fue compañera de licenciatura de Romualdo, aunque apenas la trató durante
los años de carrera. Ambos consiguieron la plaza de profesor adjunto casi a la vez, aunque en departamentos distintos. Poco después empezaron a salir. Ninguno de los dos era especialmente brillante en sus habilidades sociales. Ninguno de los dos podía considerarse físicamente atractivo, al menos no de acuerdo con los cánones de la época. Ninguno de los dos sentía ningún tipo de atracción sexual hacia el otro. Su relación, carnal a la fuerza y casi con calzador, no fue más que un moderadamente patético intento de aliviar la picazónsexual que, a pesar de las matemáticas y los pensamientos elevados, no dejaba de incordiaren lo más profundo de sus cortezas cerebrales. Un vano intento de ponerle asedio a unasoledad que cada día se hacía más persistente y más duradera. No duró mucho. Una relación basada en el conformismo y en el mejor esto que nada no podía florecer. Berta era más brillante que Romualdo. Consiguió un par de buenas publicaciones que le abrieron algunas puertas. La última vez que supo de ella, su ex novia había conseguido la dirección del departamento de estadística de una de las dos universidades más importantes de la capital del país. Después de Berta, no hubo ninguna más. El onanismo ocasional se convirtió en el único compañero de las solitarias noches de Romualdo.
De vez en cuando, sobre todo tras hablar con Abel, Romualdo se recreaba en el
placer agridulce de rememorar sus días con Berta. Incluso llegó a pensar en llamarla, por
los viejos tiempos. Nunca se animó a hacerlo.
Fue el propio Abel Cámara, con su hablar entrecortado y su brillantez de ideas, el
que propuso el tema de la tesis doctoral. Aquellos días el departamento estaba bastante
revuelto y la excitación intelectual crujía como la electricidad estática. Por un lado las
tensiones de la fusión interdepartamental. Por otro el anuncio de los informáticos de que
tenían casi a punto la primera versión del ordenador cuántico. Abel lo tuvo claro desde el principio. Y así, no sin esfuerzo, se lo expuso a su director. Podrían utilizar el nuevo
ordenador para llevar a cabo, por primera vez en la historia de la ciencia humana, el primer análisis psicohistórico válido.
Ahora tenían las herramientas necesarias para procesar la colosal miríada de datos y
variables.
Ahora podrían construir un auténtico primer radiante.
Romualdo se sintió atraído desde el principio por la idea. Se lo comentó a Norberto,
y, para su sorpresa, el jefe de los informáticos se mostró entusiasmado. Ambos lo
comprendieron enseguida. Si el proyecto funcionaba, el departamento ascendería a la
gloria. Y ni siguiera tendrían que pedir limosna a la administración para financiarlo. Tenían todo lo que necesitaban.
Durante semanas, el departamento al completo se dedicó a la ingente tarea de
suministrarle al ordenador todo dato y estadística que estuviese al alcance de un par de clics de ratón. La máquina lo engullía todo con una voracidad insaciable. Abel prácticamente vivía en el departamento. Sus dedos casi acabaron por entrar en simbiosis con el teclado.
Tres meses más tarde, con sus balbuceos y sus manos sudorosas, el becario anunció
en la reunión bisemanal que estaba casi terminado. El primer radiante estaba listo y a punto para los primeros análisis. El deseo y la avaricia brillaron en los ojos de Romualdo y Norberto.
Ninguno de ellos, ni en la más horrenda de sus pesadillas, podría haber previsto los
resultados.
Repitieron el análisis una y otra vez. Añadieron más datos. Eliminaron otros.
Permutaron las variables. Reconfiguraron las ecuaciones y los algoritmos. Usaron distintos inicios. Con pequeñas variaciones en la horquilla temporal, el resultado fue siempre el mismo. Y la manera de remediarlo, también.
—El problema fue que nadie tuvo en cuenta el efecto mariposa —le dijo Romualdo
al abogado Fermín Villares en la sala de visitas de la prisión.
—¿Efecto mariposa? —replicó el letrado con una mueca de sorpresa.
—El efecto mariposa es un concepto de la teoría matemática del caos. Según esta
idea, una pequeña variación en las condiciones iniciales de un sistema caótico pude dar
lugar a una evolución de dicho sistema totalmente distinta, dando lugar a condiciones
finales completamente diferentes —explicó el catedrático.
—No sé si acabo de comprenderlo.
—Verá. Los análisis con el ordenador cuántico siempre nos daban los mismos
resultados. No importa como lo hiciésemos o que variables tomásemos como fijas o a qué
paquetes de datos le diésemos prioridad. El primer radiante siempre nos conducía al mismo corolario.
—La destrucción de la humanidad —afirmó el abogado.
Romualdo emitió una risita nerviosa.
—Bueno… eso es un poco una exageración por parte de la prensa —dijo—. En
realidad, lo que el primer radiante predecía era que, dadas las condiciones políticas,
económicas y ambientales del momento, la civilización planetaria actual entraría en
colapso. En un periodo de entre diez y veinte años, todo el sistema se vendría abajo.
—Lo sé, lo sé. Eso lo sabe cualquiera que haya estado pendiente de los medios en
los últimos días. ¿Pero que tenía que ver con ello la señora García?
—Ahí es donde entra el efecto mariposa —replicó Romualdo agitando el dedo
índice frente a su rostro.
—¡Ajá!
—Verá. La psicohistoria se supone que sirve para predecir el comportamiento
estadístico de grandes grupos de personas. Por lo tanto, para modificar esos
comportamientos harían falta medidas a gran escala, ¿no le parece?
—Imagino.
—Todos pensábamos que para modificar un desenlace futuro harían falta campañas
de educación y divulgación que, al cabo de los años, consiguiesen evitar el cataclismo que se nos venía encima.
—Pero se equivocaron.
—Absoluta y totalmente —rió Romualdo—. Entiéndame, señor Villares. Todos
esperábamos resultados en cifras referentes a millones de individuos, porcentajes,
tendencias. Cosas así. Imagínese nuestra sorpresa cuando el análisis nos dio el nombre de un individuo. Un único individuo concreto.
—La señora García.
—¡Exacto! Fue algo de locos. Pero el primer radiante nos guardaba una sorpresa
inimaginable. Verá, gracias al efecto mariposa, una pequeña variación en el sistema, una
modificación en la vida de un solo individuo, podía hacer que toda la humanidad cambiase.
—Y en este caso la pequeña variación fue…
—¡Exacto! Por horrible que pareciese, la única manera de evitar que la humanidad
acabase en regresión a la prehistoria era que la señora García muriese antes de las tres de la tarde del día veintitrés de abril.
—Sí, pero… ¿cómo?
Romualdo se encogió de hombros.
—Bueno… eso es algo que tampoco nosotros hemos acabado de dilucidar. Verá. El
output final del primer radiante, el resultado definitivo, es claro y fácil de leer. Pero los
pasos psicohistóricos intermedios de la matriz que conducen a ello no son tan fáciles de ver.
Por lo que yo sé, Abel sigue analizando las cadenas contingentes del primer radiante para tratar de arrojar algo de luz sobre la cuestión.
—Ya.
—Entiéndalo, señor Villares. El primer radiante era irrefutable. El desenlace final
podía variar ligeramente en el tiempo, pero no en su naturaleza. El desastre ocurriría, y sólo había una manera de evitarlo.
—Por eso mató a la señora García.
El profesor dejó escapar un suspiro y bajó la mirada. Con la uña del dedo índice,
empezó a jugar con la rayada superficie de la mesa.
—No me quedó más remedio, señor Villares. Tuve que hacerlo yo.
Romualdo rememoró de nuevo aquella tensa y angustiosa última reunión en el
departamento. Estaban todos los miembros presentes, todos con caras pálidas, serias y
cargadas de ojeras. Ninguno había dormido demasiado en los últimos diez días. Se habían enfrentado a una actividad frenética tratando de encontrar una salida al dilema. No lo habían conseguido. El primer radiante siempre vertía la misma conclusión. Estaban aveintiuno de abril y la señora García tenía que morir antes de cuarenta y ocho horas. O lahumanidad estaba condenada.
—¿Pero, quién es esa señora García? ¿Por qué es tan importante? —preguntó
Romualdo con un tono de voz un par de octavas demasiado alto, con la corbata torcida y el cuello de la camisa sucio, en un desesperado intento por evitar lo inevitable.
—Bueno… es… la señora que… —balbuceó Abel Cámara.
—Aparentemente es una ancianita de lo más normal —intervino Silverio Gutiérrez,
uno de los informáticos.
Silverio había colaborado estrechamente con Abel en el proyecto y era el
responsable principal de la entrada y selección de datos para el primer radiante. Cuando por primera vez apareció el nombre de la señora García, él y otros miembros del departamento jugaron a los detectives aficionados para averiguar todo lo que supieran sobre aquella mujer en cuyos hombros parecía descansar el destino de toda la especie.
—Todavía no podemos analizar por separado los algoritmos secuenciales —
continuó Silverio—. Pero parece que tiene que ver con uno de sus nietos.
—¿Un nieto? —preguntó Romualdo sin disimular su cansancio.
—Sí, doctor Tamal. Por lo visto, uno de los nietos de la señora es un pez gordo en
cuestiones económicas —dijo Norberto Mendoza—. Es subdirector de algo en el banco
central. Creemos que, quizás provocado por el dolor de la muerte de su querida abuela, el nieto llevaría a cabo una serie de cambios internos en la política económica del banco,
aunque no sabemos cuáles. Esto provocaría una reacción en cadena que modificaría toda la economía mundial y, pensamos, salvaría el sistema monetario actual de la catástrofe.
—¿Piensan?
—Sí, pensamos.
—Pero no están seguros.
—No sabemos a ciencia cierta como ocurriría. Como bien ha dicho Silverio, los
análisis intermedios aún se nos escapan. Pero el output final es claro y contundente.
Romualdo sacudió la cabeza con desesperación.
—Tenemos que avisar a las autoridades —dijo.
—No nos creerían —dijo Norberto en tono lapidario—. El primer radiante aún no
ha sido validado. Además, no hay tiempo. La fecha límite es pasado mañana. Después será demasiado tarde para modificar el curso de los acontecimientos.
Un silencio espeso como melaza podrida flotó en la sala de reuniones.
—Entonces… —dijo Romualdo.
—Sólo hay una opción —dijo Norberto.
—Tenemos que matar a la señora García —sentenció el catedrático.
—Pero…, nosotros no somos asesinos —dijo Abel, casi con un gemido.
El silencio se estiró y se hizo más profundo, más depredador, casi como un agujero
negro.
—Yo lo haré —dijo Romualdo Tamal.
Él era el director del departamento. El líder intelectual del grupo y el responsable
último de todos los proyectos que allí se realizasen. Entendió que era su responsabilidad y su deber. Si alguien tenía que hacer algo así, él lo haría. No podía arrastrar al resto de sus subordinados a la fatalidad. Nadie se opuso.
Marchó a casa, con la mente casi al borde de colapso. Al día siguiente no acudió a
la facultad. No respondió a ninguna llamada ni a ningún correo. En la mañana del
veintitrés, tras cuarenta y ocho horas sin apenas dormir, salió temprano de su apartamento para seguir a la señora García.
—Pero al final el nieto no tuvo nada que ver, ¿verdad? —preguntó el abogado
Fermín Villares.
—No. De nuevo, nos equivocamos de pleno —respondió Romualdo. Contempló
con aire ensimismado como la luz entraba por los ventanucos de la sala de visitas.
—¿Qué ocurrió?
—Verá. Uno de los axiomas de la psicohistoria propuestos por Hari Seldon es que
la población cuyo comportamiento se quiere modelar debe permanecer ignorante de la
aplicación del análisis psicohistórico al que se la somete.
—Pero todo saltó a los medios.
Romualdo asintió. En los primeros días tras su detención, los miembros del
departamento guardaron silencio. Ante los interrogatorios de la policía, todos afirmaron no tener idea de quién era la señora García ni porqué su director había atentado contra la vida de la dulce ancianita. Ese fue el acuerdo tácito. En sus declaraciones, Romualdo admitía el crimen. No le quedaba más remedio. Pero ante las preguntas sobre el móvil, se limitaba a encerrarse en un obstinado mutismo. Los titulares de los periódicos y las cabeceras de los telediarios de todo el país se llenaron durante unos días con la noticia. De forma inesperada y sorprendente, un tranquilo profesor de una universidad de segundas había asesinado a una mujer con la que aparentemente no tenía ninguna relación. Apenas duró una semana. A fin de cuentas, sólo se trataba de otro asesinato. Pronto los noticiarios estuvieron ocupados con nuevas calamidades.
Cinco semanas más tarde, el silencio se rompió.
Nunca explicó por qué lo hizo. Quizás fuese por remordimientos, o por un sentido
de fidelidad hacia su jefe, o quizás movido por una idea de honestidad y justicia mucho más sólida de la que sus compañeros de departamento podía sospechar. El tímido y apocado becario, Abel Cámara, fue a la policía y contó todo lo que sabía del asunto. Al principio no lo entendieron, ni tampoco le hicieron mucho caso. En realidad, ni siquiera le creyeron.
Pero él insistió. Fue a diversos periódicos, mandó correos, escribió un blog en la red al
respecto. Al final, un periodista avispado pensó que ahí podía encontrar una noticia jugosa en la que hincar el diente y le concedió una entrevista. A partir de ahí, la bola de nieve mediática empezó a rodar. Norberto Mendoza, como subdirector del departamento y jefe en funciones ante el encarcelamiento de su director, se opuso al principio a lo que él consideró una actitud suicida por parte de su principal y único becario. Sin embargo, cuando la vorágine en los noticieros empezó a rugir, Norberto apoyó incondicionalmente al apocado pero decidido Abel. Se ofreció para toda entrevista que le propusieran y explicó con pelos y señales, quizás incluso con demasiados tecnicismo, lo ocurrido en el departamento de Ciencias Matemáticas Aplicadas. Tal vez lo hizo por un sentido innato de lo ético y correcto que por fin acabó por imponerse. O quizás fue porque vio la oportunidad de dejar de ser un simple profesor de informática en una universidad de provincias. Fuese la razón que fuese, la bola de nieve se convirtió en avalancha.
La avalancha trajo resultados inesperados.
—Verá —explicó Romualdo a su abogado—. El axioma de Hari Seldon estaba
equivocado. Cuando la gente supo que el primer radiante predecía su ruina, empezó a
cambiar.
—Hasta el gobierno lo ha hecho.
—Sí. Incluso los gobernantes y poderosos empezaron a mostrar actitudes y a llevar
a cabo medidas que hubiesen sido impensables poco antes. Medidas reales y efectivas. A
pesar de Hari Seldon, no era necesario que la población permaneciese ignorante. Al
contrario, el conocimiento de los resultados de su comportamiento le dio fuerzas para
cambiar dicho comportamiento.
—Y la catástrofe se conjuró —dijo Fermín Villares.
—Bueno… Eso no lo sabemos todavía con seguridad. Pero según me han
informados los chicos del departamento, Abel realizó un nuevo primer radiante con los
nuevos datos y las ecuaciones ajustadas a la situación actual. El resultado fue que la
probabilidad de que la civilización humana actual acabe colapsándose se ha reducido a un quince por ciento.
—Eso son buenas noticias, ¿no?
—Sí. Buenas noticias, en efecto. Muy, muy buenas —replicó el profesor de
matemáticas con una sonrisa que casi se pudo calificar de beatífica.
Apenas hora y media más tarde, tras una breve entrevista con el director de la
prisión y tras devolverle sus pertenencias personales, Romualdo Tamal abandonó la prisión para no volver a entrar.
A la salida, le esperaba Fermín Villares, con su traje color beige, su maletín de
cuero gastado y una sonrisa enigmática en su rostro moreno. Nada más poner un pie en la calle, Romualdo se paró en seco, presa del asombro y el espanto.
—¿Qué… qué es esto? —balbuceó.
Una muchedumbre se agolpaba a las puertas de la cárcel. La calle entera no era más
que una gigantesca masa de carne humana apelotonada. Muchos de ellos portaban
pancartas con su nombre. Nada más aparecer, el gentío estalló en un alud de vítores y
silbidos.
Fermín Villares miró al catedrático con una sonrisa torcida, cargada de entusiasmo
y aquiescencia.
—Es usted un héroe, profesor. Todos lo saben —dijo.
Romualdo tragó en seco y permaneció en silencio sin estar muy seguro de que hacer
o decir a continuación.
—Por cierto, enhorabuena por el premio —dijo el abogado.
—¿Qué premio? —lo miró el matemático con genuina sorpresa.
—Le han propuesto para el Premio Abel.

Como es evidente, a la memoria del Gran Maestro.
Espero que Asimov me perdone por esta herejía.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s