GABRIELA AMAY

Los comienzos casi siempre son bien recordados. No he conocido historia alguna que, por muy desastroso que haya sido su inicio, no quieran traerlos por un ratico al presente. Puede que sí los haya, pero a mí me falta mucho por vivir y que voy yo a saber…  Pero a lo que a mí respecta, puedo hablar de mis experiencias: inicios buenos, aburridos e inesperados. Sobre los finales… estos sí dejan mucho de qué hablar.

Estamos en la era del miedo, de la incertidumbre, de no querer entregarnos por completo “por si acaso”. Por si acaso el otro no sienta lo mismo, por si acaso no nos convenga, por si acaso el gusto se vaya muy rápido, por si acaso jueguen con nosotro/as… Y creo que de cierta forma está justificado. Ya lo he dicho antes, uno con el tiempo se vuelve más exigente y el amor no es la excepción.

Cada vez se me hace más difícil querer a alguien de verdad. Con esto no quiero decir que me he convertido en una mujer frívola con corazón de hielo. Nada de eso. Es más, me considero una mujer sensible que se encariña muy rápido con las personas. Pero una cosa es el cariño y otra querer a corazón abierto. La segunda tiene que ver con entregarte por completo a alguien, ya saben, sin medias tintas. Sin tener la necesidad de frenar a medio camino. Tiene que ver con tener las ganas de seguir hasta el final, de dejarte llevar sin temores, o con temores, pero dejarte llevar.

Y precisamente todo eso, es lo que me siento incapaz de lograr ¿Les pasa igual? Es como si el miedo se apoderara de estas situaciones e interviniera por mi, frenando las típicas acciones que dejan en evidencia que alguien te importa. Y como resultado… las cosas no fluyen y deben quedar en amistad, y en otras ocasiones ni en eso.

Pensándolo bien, no todo es tan malo. Si bien el miedo o las dudas (como quieran llamarlo) debilitan nuestra capacidad de querer, esto tiene su explicación. Las malas experiencias: ciclos viciosos, finales dolorosos, duelos muy prolongados, etc…

Todo esto va creando una armadura en nuestro ser, que con el tiempo nos hace más escépticos al amor, pero también más sabios. Pues así como evitamos volver a pasar por estos malos ratos, cuando sucede de nuevo, nuestra armadura amortigua el dolor de tal forma que podemos sobrellevarlo y recuperarnos más rápido. Después de todo, aunque los finales sean los menos gratos, son los que más aprendizajes nos dejan.

Un comentario sobre “Sobre la incapacidad de querer

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