MARISA BÉJAR

—Mamá, voy a pasar la semana de Navidades en la casa de la montaña —dijo Ada con determinación.

—¿Qué?¡ Imposible! —exclamó  su madre inflexible—. Entregamos las llaves de esa maldita casa dentro de diez días, pasado mañana vendrán varios camiones a vaciarlo todo. Además tu tía y tus primos pasarán mañana a llevarse los electrodomésticos y la ropa que necesiten.

—No. Esta semana es mía. Nadie entrará en la finca. Avisa a quien creas conveniente.

—Deja de hacer tonterías que tienes cuarenta años —le recriminó en tono hostil—. Olvídate de esa casa, ya no existe —añadió resoplando.

—Jamás la olvidaré.

—¡Ada! ¡No vuelvas allí para nada! Ya está todo firmando, y nos hemos comprometido. Además tu tía ha alquilado expresamente una furgoneta para mañana —reiteró su madre con acritud.

— Voy a estar una semana allí y nadie me sacará. El plazo cumple dentro de diez días, aún tenéis margen —informó Ada con inusitada calma.

—¡No! —bramó su madre con desesperación, y antes continuar su discurso escuchó la drástica despedida de su hija y el mensaje del teléfono indicando que estaba fuera de cobertura.

Y llego con su perra  Maiden el día veinte de diciembre de 2014 a las cuatro de la tarde. Al abrir el portón enrejado la hoja chirrió sobre su eje con una estridencia extrema; era el martilleante sonido de la despedida.

Había nieve de más de un palmo, la perra cruzó la entrada a galope y se fue directa al jardín delantero a revolcarse en la nieve mientras cavaba anárquicamente.

Se trataba de una casa señorial del siglo XIX de tres plantas con cuatro casetas agrícolas anexas y dos cuadras.

Ada contemplo la finca en su extensión bajo los rayos del sol; todo dormía bajo el dulce manto de la nieve. Sólo se distinguían formas, los únicos colores que se mostraban eran el blanco y el azul del cielo.

Avanzó tres pasos y sintió el peso de la muerte en su interior. Aquella casa tenía alma y ya no le pertenecía. Empezó a temblar y a respirar fatigosamente, perdió el equilibrio y cayó hundiendo las rodillas en la nieve. Se cubrió el rostro con las manos y emitió un alarido que provocó la estampida de las aves de la zona. Maiden vino corriendo a lamerle la cara mientras escuchaba atenta el graznido de los pájaros surcando el cielo.

La casa no disponía de calefacción. Encendió todas las estufas eléctricas, descorchó una botella de vino tinto, cogió una copa y se fue al salón. Ocupó su sofá favorito mientras paladeaba el vino contemplando el danzarín centelleo de la chimenea. Se arremolinó y el sueño la atrapó.

Despertó a las diez de la noche en penumbra, con la insuficiente visibilidad que le ofrecía la titilante chimenea arropada por el abrazo de Violeta, un espíritu del siglo XIX que permanecía varado en aquella morada.

Se conocieron cuando Ada tenía cinco años, desde el primer encuentro  bajo la recomendación de Violeta, Ada siempre portaba una muñeca para simular que dialogaba con ella y no con el espectro.

—¡Violeta! —exclamó abrazada al espíritu—, sólo tengo esta semana y después no podré regresar.

—¿Pero qué estás diciendo? ¡Claro que podrás regresar! Del mismo modo que lo llevas haciendo desde que nos conocemos; viajarás en tus sueños atravesando el espacio y el tiempo —explicó ceremoniosamente.

—Pero yo necesito estar aquí de verdad, y ahora la casa ya está muerta para mí. Jamás lograré finalizar el duelo. Este lugar forma parte de mi alma —relató entre sollozos.

Violeta tenía una embriagadora mirada verdosa, el  cabello rubio  y el rostro de un camafeo. Siempre iba vestida con un traje largo  de seda negro ribeteado con puntillas blancas en los puños y el cuello.

Ada vio su propia alma reflejada en el espíritu; su amor la unió a aquella tierra y le impedía transitar.

Ada sintió pánico porque siempre había oído que cuando uno muere se va a un lugar de descanso. Pero Violeta permanecía allí, justificándose de que tenía que hacer muchas tareas. Continuamente mentaba la holgazanería de  los distintos trabajadores de la casa y la subsiguiente carga en sus funciones. Aludía a los problemas de la casa en general como si fuera necesaria su inmediata resolución. Continuaba percibiendo su espacio del mismo modo que el día de su muerte.

 

La tercera noche Ada se acostó en la cama intranquila. Era una noche de tormenta eléctrica y los truenos resonaban con especial ferocidad,  las vigas crujían ininterrumpidamente como si articularan un frenético discurso, y  el viento ululaba golpeando la morada con sus espeluznantes  voces fantasmales. Maiden se escondió presurosa debajo de la cama mientras gimoteaba. Ada oyó rechinar sonoramente el portón enrejado,  parecía que alguien lo estuviera  aporreando con virulencia. Quería atribuir la autoría al viento, pero la impetuosidad desvirtuaba el alegato.

Y de repente una fuerza sobrenatural arrancó el edredón lanzándolo al suelo. Vio su cuerpo elevarse un metro sobre la cama y sintió la aspereza de cuatro manos que la golpeaban en reiteradas ocasiones contra la cama. Sentía la ingravidez de su cuerpo en el aire y la consiguiente sacudida en la cama. Gritó y lloró hasta la extenuación presa de un pánico atroz ante la aquellos terroríficos hechos sobrenaturales.

Eran dos sombras que a bajo el amparo de la luz de los relámpagos descubrió como seres descarnados y putrefactos. La miraban con ojos huecos; una oscuridad que atravesaba el alma de Ada, era la opacidad de quien reside en las tinieblas. Se hallaba ante las ventanas hipnóticas del abismo.  Ada se sintió embutida por aquellos tenebrosos ojos. Perdió la corporeidad en su alcoba y continuó sintiendo el inmisericorde vapuleo en medio de la densa y fétida negrura.

Ada gritó reiteradamente llamando a Violeta, hasta que oyó el rugir de dos cañones de escopeta,  el sonido la trajo de vuelta a su cama. Vio salir a Maiden de debajo de la cama y acomodarse de nuevo junto a ella, los demonios no estaban.

En la puerta de su habitación observó a  Violeta  acomodando la escopeta en el suelo.

—No te preocupes, ya se fueron y no volverán. Duerme tranquila, me quedaré contigo esta y todas las noches que me necesites —dijo abrazándola hasta que dejó de temblar y pudo conciliar el sueño.

 

Violeta murió con treinta y dos años. Dos asaltantes, a sabiendas de la fortuna que se encontraba en la casa, entraron una noche en la vivienda. Oyó disparos en el exterior, y vio morir a uno de sus empleados mientras  intentaba defender la finca. El marido de Violeta no estaba en casa. Ella protegió a sus tres hijos con  la misma escopeta que sonó aquella noche. Fue un fuego cruzado en el que  murieron los malhechores, pero Violeta también.

Ada cumplió su palabra y permaneció toda aquella semana con su perra y Violeta. No podía salir huyendo porque el tiempo era irrecuperable. Violeta tenía razón: los demonios no regresaron.

 

Dicen que no es bueno aferrarse a nada. Pero lo cierto es que mi instinto me induce a consolidar mi propio terreno; y cuando no lo ubico en mi mundo tangible, lo transformo en un espacio fantasmal.

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