MARCELA VARGAS

Una noche, una muchacha caminaba sobre una vereda de un barrio llamado Chacra 148. La joven iba triste, como siempre, porque quería hacer muchas cosas, tenía importantes planes para su vida. Sin embargo, no podía cumplirlos porque ellos requerían entablar relaciones con las personas. Y ahí estaba su debilidad: se sentía una niña apocada y solitaria. Su anhelo era superarla para poder alcanzar su objetivo, pero con eso no bastaba. En este sentido, uno de sus grandes sueños era tomar la fotografía perfecta de la luna, que durante tres días luciría un tamaño considerable y un hermoso color añil. Un lucero cercano complementaría la belleza del satélite terrestre. El problema era que en la comunidad, había un gran grupo de fotógrafos quienes, como profesionales, no se perderían el evento. Si ella quería captar la imagen, debía tomar contacto con ellos, cuestión que, de sólo pensarlo, la inhibía. Su deseo era estar sola en el espacio verde del barrio y tomarse el tiempo para hallar la ubicación adecuada a fin de sacar de una única vez la mejor foto e irse inmediatamente.

Pero ella estaba decidida a eternizar el momento, así que se dirigió al lugar mencionado. A medida se iba acercando, veía que algunos fotógrafos se retiraban tras la sesión. Esperó que el sitio estuviera vacío y se encaminó hacia allá. Una vez allí, alzó la vista y vio una grandiosa luna azulina, junto a una estrella esplendente. Ella se creía capaz de perdurarlas como Dios mandaba, pensaba que nadie lo haría mejor. Preparó su cámara digital compacta, accionó el botón, pero le falló el pulso y la imagen salió fuera de foco porque la muchacha se asustó debido a las risas que escuchó. Eran las de dos jóvenes a quienes no había visto dada la pobre iluminación. Estaban apuntando al cielo dos cámaras fotográficas de gran calidad. Ante eso, la muchacha se cohibió. Los chicos la vieron cuando intentó obtener la foto y se rieron de la situación. La joven, angustiada, se retiró torpemente.

Al atardecer del día siguiente, la chica se fue a pasear. Atravesó gran parte de la plaza del barrio próximo, y en el trayecto pensaba en la gente, a quien sólo veía de reojo. Se sentó en un lugar apartado para descansar. Nadie la miraba, excepto por un adulto mayor que la observaba, sonriente. El hombre estaba sentado en el banco ubicado frente al de ella. La saludó, tratándole de señorita. Le habló del fenómeno de la luna y le dijo que no entendía por qué el grupo de fotógrafos sólo se reunía para tomar una única imagen de momentos como ése. “Yo no sé por qué se compran cámaras si no las van a usar”, expresó.

Más tarde, la joven continuó su camino. En la orilla de un arroyo, vio a muchos vecinos agolpados y a oficiales de Policía. Es que flotaba el cadáver de un hombre. La muchacha quedó impresionada, nunca había visto en primera persona la muerte concreta de un ser humano. También se sorprendió de cómo la gente se asombraba, se compadecía, y consolaba a quienes parecían ser parientes del fallecido. Observaba el trabajo de los policías. Y no se sintió tan sola. Había sido que las personas se interesan por sus pares, al menos, en determinadas circunstancias.

La chica prosiguió la marcha y vio que una de sus vecinas de edad recibía la visita de otras tres mujeres coetáneas. La primera les manifestaba su pesar por la muerte de su hijo –la chica sabía que había fallecido hacía muchísimo tiempo-. A la muchacha le pareció que la dama se había hundido en el recuerdo y que si todas ellas se llegaran a enterar de la presencia del cadáver en el arroyo, o peor aún, llegaran a verlo, se chocarían con la realidad.

Luego, la joven emprendió el camino de retorno a su barrio, más específicamente, al espacio público, al lugar privilegiado para observar el fenómeno de la luna y la estrella. Allí, encontró a los dos jóvenes que se habían mofado de ella y su cámara. Estaban  intentando sacar la mejor fotografía de una sola vez. Ella se acercó al lugar, y no le importó sus burlas. Sacó su cámara compacta y comenzó a realizar varias fotos, numerosas, desde muchos ángulos y con distintos filtros. Los muchachos se sorprendieron de la predisposición de la chica y de su perseverancia. Más todavía cuando se dieron cuenta de que no buscaba la mejor foto, sino de que disfrutaba practicando.

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