JUAN NADIE

París a finales del siglo diecinueve. Una húmeda y silenciosa noche, alumbrada por la
tenue luz de las farolas de gas. Entre el silencio de las calles vaga una sombra triste y
apesadumbrada.
Pero la pesadumbre y tristeza del hombre no se deben a un mal de amores. No hay corazón roto, fortuna perdida en el casino ni primeros síntomas de una tisis fatal.
¿Por qué deambula el hombre por las calles del París decimonónico rodeado de un aura de fatalismo? La razón es tan sencilla como definitiva. Fue un accidente. El más
irremediable accidente que se pueda imaginar, pues el último hilo de esperanza acaba de romperse.
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Las pisadas del hombre resonaron húmedas sobre los adoquines en la
quietud de la noche. Una neblina pegajosa subía del Sena y empapaba los edificios
de la ciudad, cubriéndolos de un sudario de telarañas. Notre Dame aparecía entre la
bruma como la sombra de un terrible monstruo bicéfalo de cabezas cercenadas. Las
farolas de gas del alumbrado público lanzaban con esfuerzo sus mortecinos charcos
de luz amarillenta que apenas conseguía disipar las tinieblas de la madrugada.
Caminaba despacio, con un andar vacilante. Las manos en los bolsillos, los
hombros hundidos, la mirada perdida entre la niebla y una expresión mezcla de
desencanto y añoranza dibujada en su rostro de pronunciado mentón. Había sido
una larga visita, aunque como tantas otras, igual de decepcionante y yerma. Acudió
a la casa del profesor, uno de los químicos más celebérrimos de la Sorbona, a
primera hora de la tarde. Lo que empezó con una taza de té acabó por prolongarse
en amena y estimulante conversación mucho más allá de la hora de la cena. El
egregio mentor se había mostrado perspicazmente interesado en sus preguntas, en
sus conjeturas y en sus especulaciones. Era un magnifico conocedor de la ciencia
de su tiempo.
Pero ahí es donde residía el problema.
El hombre torció sus pasos para adentrarse en uno de los innumerables
puentes de piedra que cruzaban el río de la ciudad de las luces. En mitad del
puente, pegada contra el pretil, una solitaria farola siseaba en la noche, proyectando
su débil resplandor en un círculo dorado. Levantó la mirada y lanzó al aire una
torcida sonrisa. Luz de gas, pensó, el asombroso prodigio que transformó la vida en
las ciudades del siglo XIX, que prolongó el día y civilizó las calles, las cuales
dejaron de ser peligrosos vertederos de delincuentes y maleantes tras la puesta de
sol.
Esa primitiva mezcla de hidrógeno, metano y óxidos de carbono era uno de
los buques insignia de la gran revolución social y tecnológica de la época, esa
época en la que se encontraba atrapado desde hacía ya más de quince años.
Desde el día del fatídico accidente.
Arropado por el frío y el amortiguado sonido de un carruaje de caballos
perdiéndose entre la niebla, se encaminó hacia la larga avenida de los Campos
Elíseos. Una hilera de farolas incandescentes le marcaba el camino a casa. La que
había sido su casa en los últimos años, y la que, cada vez con más probabilidad,
sería su última morada.
Más allá de la hilera de fanales de gas de la avenida, una isla de oscuridad.
Tras ella, en la bruma que empezaba a disiparse, podía vislumbrar la inconfundible
silueta de las carpas y los bultos oscuros de los carromatos, parcialmente
iluminados por la llama de las antorchas. Volvió a sonreír con tristeza. El París que
ahora pisaba era muy distinto de aquel que conoció en su juventud, una urbe que
brillaba luminosa y resplandeciente gracias a maravillas que sus correligionarios
del circo no podían ni siquiera imaginar.
Saludó con un vago gesto de la mano a uno de los guardas nocturnos, que le
devolvió un adormilado gruñido. Se desplazó por el borde de la gran carpa central
hasta llegar a un pequeño carromato en cuyo lateral había pegado un cartel, copia
de los muchos que se habían repartido por toda la ciudad. Aunque apenas podía
verlo, lo conocía como la palma de su mano, pues con él había viajado por las
mayores metrópolis del continente. Era un dibujo de él mismo, vistiendo una
amplia capa de terciopelo rojo y un exótico turbante de maharajá que lucía un
enorme brillante falso sobre su frente. Sobre el dibujo, unas ostentosas letras
doradas anunciaban su nombre: ODISEO, EL GRAN MAGO LEVITADOR.
Tras el accidente fue fácil encontrar trabajo en el fastuoso circo Maxentius
Giraldini, que llevaba por toda Europa el mayor espectáculo del mundo. Su
itinerante forma de vida le permitía visitar las bibliotecas y las universidades de
todas las grandes ciudades. Sus compañeros de espectáculo lo contemplaban con
curiosidad. Se preguntaban que llevaba a aquel tipo extraño a leer todo libro sobre
ciencia que caía en sus manos y a entrevistarse con sesudos y eruditos profesores.
Pero lo toleraban sin más. Eran gente avezada en las turbulencias de la vida y
acostumbrada a tratar con bichos raros, pues ellos mismos eran parte de la eterna
parada de monstruos que constituía el gran mundo del circo.
Además su número era uno de los más populares y de los que atraían más
público bajo la voluminosa carpa rayada. Y eso siempre significaba dinero y
comida para todos. El espectáculo del gran mago era sencillo, pero cada vez
lograba dejar al público con una expresión de desencajado pasmo en sus
semblantes. Odiseo era capaz de hacer flotar en el aire, tanto tiempo como quisiera,
a cualquier voluntario del público que tuviese el valor de ofrecerse a la prueba.
Nadie nunca había conseguido averiguar la metodología del truco, así que el gran
Odiseo se había ganado con los años la reputación de ser uno de los mejores
ilusionistas de la época, y también uno de los más herméticos.
La explicación, sin embargo, era simple.
El truco consistía en que no había truco. Ni finos alambres ni delgados hilos
invisibles movidos con presteza. Las personas, simplemente, flotaban de verdad.
Sólo él sabía que la falsa joya de su turbante no era tal, sino un pequeño
dispositivo antigravedad que podía enfocarse sobre cualquiera a voluntad,
accionado a través del pequeño control remoto escondido bajo la manga de su frac.
Unos cuantos pases mágicos, unas palabras extrañas e incomprensible
pronunciadas con voz grave, unos momentos de simulada concentración con los
brazos cruzados y…¡oh là là!… el voluntarioso miembro del público, para estupor
de propios y extraños, acababa balanceándose en el aire por arte de magia.
El rayo antigravitatorio era una de las pocas cosas que pudo salvar tras el
percance con su máquina de traslación temporal que lo había dejado varado en
plena centuria decimonónica, a más de trescientos años del futuro, de su casa y de
su hogar.
Durante largos años había tratado de reparar la máquina del tiempo. Y casi
lo había conseguido. Tan sólo le faltaba un último detalle, un ingrediente final. El
combustible. El artefacto necesitaba quemar 239Plutonio, un elemento metálico
radiactivo que no sería descubierto por la ciencia hasta 1940. Había buscado por
todas partes, había leído cada libro técnico y científico de la época. Había hablado
con todos los especialistas y eruditos que pudo encontrar. Pero era demasiado
temprano en la historia del mundo. En ese año de 1884 Pierre y Marie Curie aún no
se habían conocido, y todavía faltaban unos cuantos años para que la genial
pareja descubriera al mundo las maravillas de la radiactividad natural.
Lanzó un ahogado suspiro y abrió la pequeña puerta del carromato que era
su hogar. Mañana había función, y tenía que preparar los ropajes para su número.
Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la
magia.
Sir Arthur C. Clarke

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