LOURDES BLANCO

No puede dejar de mirarse las uñas mientras apoya sus manos en el regazo, echada en el sofá con los pies sobre la mesita del salón, desvencijada.

Tiene las uñas rotas, astilladas, como la patas de la silla que agoniza en medio del comedor.

Su cuerpo dolorido descansa sobre el sofá, inmóvil, sin atreverse siquiera a respirar porque cada exhalación es un puñal que se hunde en su pecho.

Ya ni sus ojos pueden consolarse con el llanto porque las lágrimas se perdieron en el tiempo y la agonía.

No espera.

La muerte se la llevó con la primera bofetada.

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