FOXMAN

 

And love is like a high prison wall

But you could leave me standing so tall

Fragmento de la canción Gold de Spandau Ballet

 

When I hear the engine pass

I’m kissing you wide

The hissing subsides I’m in luck

When the evening reaches here

You’re tying me up

I’m dying of love

It’s OK

Fragmento de la canción Trains de Porcupine Tree

 

Hice mis maletas, me despedí de mamá con un beso y me fui a la estación. Ya ahí, compré un boleto para St. Lorenz: un pueblo perdido en algún lugar de la Colombia Británica. Y mientras esperaba en el andén vi, por uno de los televisores, el informe del clima. Al parecer, iba a caer una tormenta de nieve. No le di ninguna importancia pues, con tal de estar en la mansión de mis familiares, los MacLeod, lo más pronto posible, era capaz de cualquier cosa. Necesitaba con desesperación estar bajo el cobijo de la gran chimenea de la sala, sosteniendo una taza de chocolate caliente al mismo tiempo que miro, a través de la ventana, cómo la nieve cae. Inclusive, recuerdo que hasta tenía ganas de componer una triste canción en la vieja guitarra Martin de mi tío Seamus. Asimismo, quería atiborrarme de comida, dormir muchas horas y olvidarme de Lizzie Smith. Pensaba en ella a menudo y, sobre todo, en lo que nunca fuimos.

Abordé el vagón y me senté cerca de la ventanilla. Cuando viajo me gusta admirar el paisaje, aunque sólo sean ocho horas de ver bosque tras bosque de pino. Me repanchingué y, antes de que el tren se pusiera en movimiento, caí dormido pues estaba desvelado. Soñé que paseaba por el zoológico en un día nublado y que Lizzie me esperaba en una isla que se asemejaba a un quiosco. Yo me quedaba viéndola desde la orilla pues en mi sueño no había una valsa que me llevara hasta ella. Sentí tristeza.

Desperté con la sensación de haber invernado hasta la primavera, pero, al revisar mi reloj, vi que tan sólo descansé una hora. Me sentí muy repuesto y quise tomarme un té en el vagón-comedor. Al voltear la vista noté que el otro asiento ahora estaba ocupado por un bolso y un chal, mas no vi a la dueña de esas pertenencias. No me despertó mayor curiosidad y me fui.

El comedor estaba vacío y mi taza humeaba. El paisaje que veía a través de mi ventanilla era insuperable: El cielo estaba nublado, nevaba y, al fondo, una colosal montaña se reflejaba en un inmenso lago circundado por un bosque de arces. Manché de vaho mi ventana y dibujé un kanji. A Lizzie le gusta dibujar esas cosas. Pensé que sería cómico encontrarnos en el tren, pero recordé que ella ni de coña traería un bolso como el que vi ni un chal de seda engarzado en el cuello (quizá una bufanda de estambre sí). Además, soy el único que conozco que pasa la Navidad en St. Lorenz. Sin nada más que hacer, me puse mis audífonos y escuché mi música. Almorcé, mientras tanto, una baguette con salami que traje desde casa y dejé que mis pensamientos se anegarán de una nostalgia indigna para alguien que había vivido tan poco (en ese entonces tenía dieciséis años). Luego, me perdí en la contemplación del paisaje hasta que mi ventana se empañó y, en consecuencia, me hizo imposible ver algo. Fue entonces cuando la vi: Estaba sentada hasta el fondo del vagón. Sorbía con delicadeza su taza y su porte me resultó aristocrático. Su cabello era el más rubio que había visto en toda mi vida y lo tenía arreglado con un peinado alto. Llevaba puesto un abrigo con botones muy grandes. Se veía linda, aunque aparentaba más edad. En primera instancia creí que era imposible que ella fuera mi compañera de viaje, pero al ver que llevaba puesto el chal enredado en el cuello y que su bolso colgaba de un perchero, ya no me quedó la menor duda. Un escrutinio más detallado me reveló que iba muy maquillada, como si se hubiera arreglado para una reunión. Además, de su cuello colgaba un relicario de oro con forma de corazón, mismo que a veces miraba con un cierto dejo de tristeza. Después de unos minutos, tomó sus cosas y se marchó. Quise seguirla al instante pero preferí terminar con calma mi té.

El pasillo se me hizo eterno y cada paso que daba me henchía de emoción. No creo en el amor a primera vista, sin embargo, ese encuentro fortuito me hizo recobrar las esperanzas que se fueron desmoronado durante todo el año. Nos esperaba un viaje largo y, aunque ella se apeara en la estación más próxima, calculé que tardaríamos en llegar tres horas; tiempo de sobra para iniciar una relación (y con el mal tiempo, quizá hasta serían más). Antes de descorrer la puerta que comunicaba con nuestro vagón, me quedé quieto y la observé un breve instante por la ventanilla. Por ridículo que parezca, estaba indeciso de si ir para allá o no. Caminé hasta mi asiento y la encontré hablando por su celular. No reparó en mí al momento y tuve que interrumpir su conversación para que me dejara pasar a mi lugar. Se hizo a un lado, me ofreció una disculpa y me permitió el paso. Todo esto lo hizo sin voltear a verme. Me sentí desilusionado (¿pero de qué?). Escuché su conversación y no sé porqué se me erizaron los pelos al notar un inconfundible acento británico salir de sus labios. «¡Pero qué opio, querida!», dijo ella. «La recepción, los invitados, la fiesta. Juro que si me quedaba un momento más me moriría. ¿Qué a dónde me dirijo? A la finca de mi tío, el duque Holdsworthshire, en Reindeer Town». Al escuchar lo anterior, creí que le estaba tomando el pelo a su receptora. ¿Una noble sentada junto a mí? ¿En clase económica? ¡Ni en mis más disparatadas fantasías! Yo, en cambio, siempre me sentí orgulloso de que mis ancestros fueran unos hidalgos pertenecientes a un clan que se mantuvo fiel a la corona inglesa y que luchó contra sir William Wallace. Mi tatarabuelo, Peter MacLeod (que también es el nombre de mi padre y el mío) emigró a Canadá a mediados del siglo XIX e hizo una modesta fortuna fabricando tocino, que, aún hoy, sigue siendo el negocio familiar. Mi condición era mediana, pero en esos momentos deseé no ser un plebeyo. Cuando mencionó que bajaría en la estación de Reindeer Town, me tranquilicé, pues era una antes de la mía. Aún faltaba mucho trayecto. Ella se puso de pie, seguramente para ir al baño, y continuó con su coloquio. Debo hacer notar que el vagón no estaba muy lleno, ¿acaso ella eligió el primer asiento que le asignaron? ¿Tanta prisa llevaba? Yo quería un lugar ubicado en la ventana y me alegré de que hubiera muchos disponibles, ¿no pudo ella hacer lo mismo? Después de un rato regresó: lucía molesta. Unos minutos más tarde cerró los ojos y yo traté de aparentar que su presencia no me turbaba, sin embargo, una vez que tomó su siesta, su cabeza se fue inclinando lentamente hasta tocar mi hombro. No supe si sentirme dichoso o despertarla con delicadeza y decirle que estaba invadiendo mi espacio personal. Huelga decir la decisión que tomé ante ese dilema: Dejé, pues, que su rubia cabellera descansara en mi hombro; no tenía queja alguna.

Para alejar los pensamientos indecentes, recordé todo lo que suelo hacer durante el invierno. Por ejemplo: cuando el viejo estanque de St. Lorenz se congela, mi tío Seamus, sus colegas y yo, salimos a jugar curling con los otros vecinos. Siempre me toca ser un sweeper, función que yo desempeño encantado, aunque cada vez que le cuento mis proezas a mi madre, ella me reprende de la siguiente manera: «¡Pero mira qué bien, jovencito! Para barrer el agua congelada te luces como ninguno, pero cuando se trata de ayudar con el que hacer de la casa siempre buscas cómo salirte con la tuya». Mi madre no entiende de tradiciones escocesas.

Luego, recordé que, en el vagón-comedor, mi compañera se sentó con las piernas cruzadas y, a pesar de que estaban cubiertas por unas medias de lana, se podía intuir que las tenía bien torneadas. No pude apartar de mi mente eso ni de imaginármela con nada puesto salvo esas medias.

Cómo no tenía otra cosa con qué entretener mi vista, la miré. Creo que ni un hada se vería más hermosa que ella cuando duerme. No sé cuánto tiempo pasé observándola, pero una vez que el tren se detuvo en una estación, ella se despertó. Despegó su cabeza con tanto sobresalto que lo sentí como si me hubieran amputado una extremidad.

—¡Oh, Dios mío! Disculpe la molestia que le cause.

—Descuide. No hay cuidado.

—¡Pero qué vergüenza!, desde que salí de Inglaterra no he parado de hacer el ridículo. Con su permiso, caballero ––se puso de pie y taconeó hasta el andén.

El altavoz anunció que haríamos una parada de una hora. Me quedé sentado un rato. Atónito. Como si me hubieran despertado de un hermoso sueño.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s