TAROPIO

00:07:17 am. Vaya hora para regresar… La lluvia cesa. Las calles húmedas, encharcadas,
embarradas, se pintan penumbrosas. – Ni si quiera poder tomarse una café. Sube el cuello del gabán para cubrirse hasta las orejas – Ni un mísero tinto de 600. Observa la calle vacía, toma aliento y corre. Toma las precauciones necesarias para no meter los pies en algúnpozo de agua. Corre en puntillas. Dos metros adelante su pie se desliza y cae sentado. Una mujer lo observa desde la otra acera. No se decide si ayudarlo o dejarlo que se las arregle solo. Al final consigue ponerse de pie. Se soba la nalga más golpeada. Maldice. La imagen de la ropa sucia de una semana aparece por su mente. Continúa su marcha.
Llega al destartalado verdoso portón. El frío de la noche le tiene los dedos tiesos. Mete la
mano al bolsillo y saca las llaves. Su mano tiembla. La mujer aparece de nuevo.
Sospechan. No es normal toparse con la misma persona a esa hora. Ella teme. Se
observan las vestiduras. Se miran los pies. Las manos tiemblan y el corazón se acelera. La mujer toma valor y continúa. Las llaves ingresan apresuradamente en la chapa.
Sube hasta el tercer piso.- No tener agua caliente para tomar un baño. Doña Esperanza
aparece en las escaleras. Su cara demuestra angustia. Tiene un rosario en la mano. – Mijo
¿no vio a Lorena por ahí? – No. Doña Esperanza desaparece por el pasillo del segundo
piso.
Llega a su habitación – ¿Habrá llegado ya?. Se quita el pantalón mojado, el gabán
humedecido y las botas embarradas. Se sienta en la cama y busca en su bolso la caja de
cigarrillos. La puerta se abre -¿Ya llegó, Ismael? – Sí
– ¿Y por qué no prende esa luz?…
– No la vaya a prender…
– ¿Dónde está?
– En la cama… venga. No cierre la puerta.
La luz de la noche ingresa por la escotilla del techo.
– ¿Escuchó esta mañana a Doña Esperanza?
– Sí… ¿Será que Lorena no vuelve?
– … jum, no sé. Yo escuché que se consiguió un man con plata. Aunque a Doña Esperanza
no le guste… Lorena ya es adulta… ¿cuántos años tiene? ¿Veinte?
– Dieciocho recién cumplidos
– Apenas. La edad de buscar marido o un trabajo… pero yo no me refería a ella ¿Escuchó
que Doña Esperanza dijo que quería vender la casa? Como que el hijo mayor quiere que
viva con él en Medellín
– ¿De verdad? No lo escuché ¿Será que se va?
– No sé… pero qué problema. Si vende la casa, mínimo el que la compra nos cobra el doble de arriendo… y toda destartalada.
– Bueno, igual me quería mudar
– ¿Ah, sí? ¿Y para dónde?
– … como a Chapinero o algo así
– ¿A Chapinero? ¿Y por qué tan lejos?
– ¿Lejos? ¡Si es el centro del mundo!.. Lejos este cuchitril
-… ¿Y si le alcanza para eso?
– Más o menos… tendría que vivir un poco más ajustado
– ¡¿Más?! – soltó una risotada – Está loco. Le tocaría vivir como en el monte –
– Es que me conseguí otro trabajo. Ya no voy a ser mesero. Un amigo me ayudó a entrar a
un taller.
– ¿A hacer qué?
– A lavar carros. Me pagan el mínimo…
– ¿Y no habrá otra vacante?
– Yo creo que sí… voy a averiguar…
Voces chillonas, que siguen el estruendo de una puerta estrellándose con furia suficiente
para sacarla del marco, suben por las escaleras y llaman la atención de Ismael. Doña
Esperanza grita – ¡Le dije o no le dije! – Los berrinches despiertan a todo el tercer piso.
– Mario, ya que está aquí ¿no tiene un pantalón que me preste? Se me ensució el único que tenía limpio y mañana me toca ir al restaurante
– Ahora se lo traigo. Todo bien
– ¿Y me presta su estufa? Quiero bañarme con agua caliente.
– Sí, sí. Todo bien.
El llanto de Lorena sigue ocupando esos rincones silencioso de la casa. Ismael camina con Mario hasta la habitación contigua. Le cuenta de su nuevo empleo. Mañana tendrá que renunciar y debe procurar que su jefe no se enoje para que le pague de una vez.
1:54:12 am. Sale del baño. Camina hasta su cuarto. El frío lo carcome. Rápidamente se
mete bajo las cobijas. No se pone pijama. Es decir: no se pone calzoncillos ni camisa,
porque el pijama, en este lado del mundo, está destinado para la gente de mentiras. Las
personas de verdad sólo se ponen ropa más vieja que aquella que llevan en el día. Cuando entra en calor, saca los brazos, toma el bolso y busca la linterna. Luego saca el libro que le robo a El Tuerto por mala paga. Lee las primeras páginas. – Ese Tuerto marica sólo lee pendejadas… Y uno sin televisor.
Durante el alba, como pequeños murmullos, se escuchan suaves golpes de ollas, chorros
de agua fría corriendo por cuerpos gastados, delicadas voces perezosas que temen hablar muy fuerte porque de pronto se les escapa el sueño; jóvenes criaturas de ojos saltones que observan el vacío mientras desayunan aguapanela con leche, arepa y huevo. Quizá a algunos – muchos – sólo aguapanela. La ciudad entera se despierta a un ritmo lento que poco a poco, cuanto más cerca de la seis esté, aumenta la velocidad. Cuando son las seis y quince las voces que antes parecían pequeños rumores, sin dejar su condición anónima, casi invisible, se vuelven estruendosos alaridos furiosos, angustiados, muy pocas risas contenidas. Lo importante son aquellas que guardan silencio y sólo gritan en su interior. Su malestar mañanero se siente en su estómago, pero nunca avanza hasta la lengua. A estas ahogadas voces se suma Ismael, que siempre puntual, llega a las 8:17:54 am al trabajo, cuando su ingreso es a las 8:00:00 am.
-¡Quién lo diría! Al juicio final llegará también tarde… Me dijo Cristina que necesitaba hablar conmigo, pero dadas las circunstancias, será al final de la jornada. Por ahora ayúdeme a atender esas mesas de allá. Lleve estas bandejas a la mesa 5.
– Jefe, pero es que… yo no me puedo quedar hoy…
– ¿Disculpe?
– Venía a renunciar
– ¿Sí?… ¿Y puedo saber por qué?
Encogió los hombros, agachó la cabeza y esperó que sus zapatos le dieran una respuesta
convincente – Eh… pues… – se rascó el ojo – Es que me ofrecieron otro empleo y entro hoy
-… Ya.. Bueno, pues váyase. Para decirme eso no tenía que venir hasta aquí… Me hace
perder mi tiempo ¿No ve que hay un montón de personas esperando? ¡Cristina!. Venga.
Lleve estas bandejas y pregunte que qué van a tomar… ¿Sigue aquí? ¿No se le está
haciendo tarde para su nuevo trabajito?
– …. ah… esto… No… entro a las 10
– Ah
– Pero… eh
– ¿Qué?
– ¿Y mi sueldo?
– ¿Qué con eso?
– ¿Cuándo lo voy a recibir?
– El próximo mes… ahora déjeme trabajar
– Sí, pero… es que ayer fue quincena y usted dijo que me iba a pagar hoy
– … Sí pero como ahora me toca hacer esa vaina de la liquidación, me demoro. Ya déjeme
trabajar
Su estómago volvió a arder. Al saberse ignorado, dio media vuelta, metió las manos frías en en la chaqueta y caminó – Gordo hijueputa. Y el taller tan lejos – Y quedarme sin plata
¡Hijueputa!.
Anduvo hasta la plaza. Allí se sentó en una banca a contemplar la mañana. Miró hacía la
iglesia. Un hombre se acercó – ¿Le embolo los zapatos?. Tenía tenis. Las únicas converse
negras que pudo comprar en su vida. – No…. ¿De casualidad no tiene un cigarrillo que me
regale?
-Claro – el hombre metió su mano grasienta de betún en un bolsillo del overol azul – Tome…
¿Tiene candela?
– Sí, gracias.
– ¿Me la presta?
– Claro – le acercó el encendedor. El hombre se sentó a su lado. El frío de la mañana calaba en ambos organismos: sus huesos se retorcían tanto que parecía que se iban a quebrar sus articulaciones – ¿Está esperando a alguien?
– ¿Eh? … ah, sí.. a El Tuerto ¿lo conoce?
– ¿El Tuerto? sí, sí, sí… trabajamos juntos desde hace como 25 años… Muy mala paga
¿no?
– Bastante
– Con decirle que le presté un cajón con carácter devolutivo hace 15 años y todavía trabaja con él – Ismael sonrió. Seguía viendo la iglesia. Estaba esperando a que en cualquier momento, en la esquina derecha, apareciera el Tuerto con su cojeante paso, saludando a todo aquel que creyera conocer.
– Bueno.. buen día, amigo. Tome le devuelvo su encendedor.
Ismael revisó su celular: 8.45:15 am. Aún no era hora. El Tuerto salía de su pieza a las
8.30:00 y tardaba veinte minutos bajando de la loma. Y si en el camino que encontraba
milagrosamente con un cliente, se detenía y empezaba a embolar.
De repente la Iglesia abrió la enorme puerta de madera. Unas mujeres vestidas de monjas salieron en grupo. Ismael las observó: caminaron hasta la esquina y luego voltearon por la esquina por donde esperaba a El Tuerto. Pensó que si se las encontraba en el camino, el hombre se ofrecería a lustrarles esos horribles zapatos negros de cuero. – Con este frío, la iglesia parece un buen lugar. Caminó hasta ella.
Antes de ingresar, su celular empezó a vibrar. Contestó – Menos mal me llamó. De pronto
me demore un poco, pero yo llego….. ¿qué? ah… ¿Entonces?… ¿Y qué le dijo su jefe?…
Sí, es que acabo de renunciar… como usted me dijo que hoy… pero ¿y no puede decirle?
Sí, hágame ese favor… Yo lo espero. Me llama. Adiós… ¡Hijueputa! Lo que faltaba.
El gran altar brillaba con los pequeños rayos de luz que se metían por los huequitos de los ventanales. Llamaba la atención a Ismael que estaban mal pintados… Claro. Él no sabía mucho – Pero en el colegio me enseñaron a pintar mejor que esos mamarrachos… Y el que
pinta debe estar picho en plata. Y uno sin con qué devolverse… para colmo, tengo plata
hasta el otro mes… ahora sí me jodí. Ya no voy a poder mudarme… ¿A qué hora comienza
el sermón?
Giró su cabeza a la calle para intentar ver a El Tuerto. En esas, unas quince personas
empezaron a entrar. Una de ellas llamó su atención. La vio como si fuera de otro mundo. No sabía decir qué lo cautivó, pero sin duda algo en ese ser lo había raptado, tanto que esperó hasta que dieron las 10, cuando el sermón de la mañana había terminado.
Sentado donde estaba, vio pasar a su lado aquella criatura magnífica. Sólo sintió la tibieza que su cuerpo expedía por escasos dos segundos, incluso menos, pero aquello le bastó para calentarse. Esperó a que saliera y luego se puso en pie. La vio caminar hacia el edificio de Avianca. Siguió sus pasos hasta que giró a la derecha. Mientras aterrizaba sus pensamientos al momento presente, El Tuerto caminaba presuroso hacia él.
– ¡Qué hubo, pelao!
– Hola Tuerto..
– Por ahí me dijeron que me estuvo buscando
– Sí, necesitaba un favor, pero parece que ya no será necesario
– ¿Y eso? ¿Qué era?
– Es que me vine con sólo lo de los pasajes, porque pensé que ese puto gordo me iba
a pagar pero me dijo que hasta el otro mes
– Mucho… ¿Y entonces no tiene para devolverse para la casa?
– No, sí tengo, pero sólo para devolverme y como pensé que tenía que ir al taller…
¿Se acuerda que ayer le dije? Que me iban a contratar de lavacarros, pero ahorita
me llamó Michael a decirme que su jefe le dijo que todavía no me necesitaba, que el
trabajo estaba poco… ah, qué mierda. Y eso que él me dijo: sí, mono, venga
mañana, todo bien que yo lo empleo. Puras palabras dulces
– Yo por eso digo: es mejor embolar zapatos que lamer culos. ¡A lo bien!
– Sí, sí… eso no me ayuda…
– … deje esa cara y camine más bien y me acompaña mientras camello… Ah, si viera
lo que me pasó ahorita, cuando venía para acá – El Tuerto relató cómo se topó
accidentalmente con un senador:
Como todas las mañanas, pasó por el negocio de Nelly para tomarse un café bien amargo y comerse una empanada de carne. Mientras hablaba con Nelly de sus hijos, entró un hombre en traje, con tono pretencioso, un poco serio y poco amigable. Pidió un té helado, sacó su celular e hizo una llamada. Como buen embolador, El Tuerto sabía que el mejor momento para abordar un cliente, es cuando más distraído está: en ese momento no tiene  oportunidad de reflexionar sobre si sus zapatos requieren o no de una lustrada – Entonces me le acerqué y muy cordialmente lo saludé y le dije que si quería una embolada. El señor estaba hablando por teléfono y yo me estaba preparando para insistir, pero no tuve la necesidad: tan pronto acabé de ofrecer mis servicios, me sonrió. Oigame bien: ¡Me sonrió!
Ese tipo que entró todo engreído me dijo : Uy, sumercé, si me puede hacer el favor… tengo esos zapatos vueltos nada. Esta mañana salí tarde y no me dio tiempo para nada – De una vez la ilusión de El Tuerto aumentó. Se frotó las palmas con dicha, puso su banquito frente al hombre y empezó su trabajo. Mientras lo hacía el hombre empezó a hacerle preguntas: que cómo se llamaba, que cuántos años tenía – muy amable el tipo ese. Yo le conté un poco de mi vida: de las veces que me metieron al guandoca y de cómo llegué a Bogotá. El señor quedó fascinado con mis historias. Dijo que la próxima vez me busca para que le embolara los zapatos. Es decir: me volvió embolador oficial.
– Entonces ahora son amigos
– Ojalá. Ese aprovechado sólo quería hacer campaña política. Si viera lo que me dijo
después – Caballero, me conmovió con sus historias, tenga por su buen trabajo – y
me dio un billete de 10. Yo vi eso y me puse de todos los colores, porque apenas
estaba comenzando y no tenía cambio. El señor me ve en esas todo afanado y me
dice – No se preocupe. Me paga después y luego me acercó un volante. Pillelo –
Mete la mano en el bolsillo y extrae un arrugado papel con la foto del Senador y un
número grande – Un descarado…. quería comprarme por 10 mil. ¡Por 10 mil! Mi voto
vale más que eso ¿Qué tal?
– ¿Y entonces Usted qué le dijo?
– Nada ¿Qué iba a decirle? Le di las gracias y seguí hablando con la Nelly. Si viera
esa cómo se reía del tipo. Es que fue muy tacaño. Esos hasta para sobornar quieren
estarlo timando a uno… Pelao, entonces ¿Qué va hacer?
Aguardar hasta las doce la llamada de Michael ¿qué más podía hacer? Incluso si tardaba
años, él sólo podía esperar, igual que esperan a las migajas, las palomas de la plaza.
Esperar era lo único que le servía de motor cada mañana: esperar que el bus no lo hiciera llegar tarde; esperar que el gordo no lo regañara y lo hiciera trabajar el doble; esperar que al día siguiente lo llamarán de un mejor lugar; esperar que Doña Esperanza no se fuera para Medellín; esperar a Mario cada noche, decirle que tiene ganas de irse, que espera que su hermana le ayude con el trabajo, que su mamá no se muera, que su exnovia lo llame, que el dibujo que envió para el concurso sea el ganador… tanta espera: 24 años esperando ¿Qué más podía hacer? Era parte de su biología: esperar era un gen divino. Era de los que creía que el juicio final llegaría pronto y que así como él, otras 70 millones de personas ascenderían al reino de Dios ya ya no tendrían que trabajar, ni estudiar, ni preocuparse por nada: ya no tendrían que esperar la llamada de Michael.

A las 12:04:15 pm sonó el celular – ¡Hola! ¿Qué pasó? ¿Qué le dijo?…. ¡De verdad! ¡Qué
alegría! ¿Pero seguro? Que no vaya a ir para perder tiempo… Bueno. Listo. Gracias. Ya
nos vemos…. ¡Óe, Tuerto!: présteme dos mil para el pasaje. Al fin me llamaron.

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