PILAR CUÉLLAR

Marco era un muchacho valiente y decidido, vivía en un lugar en el que el sol se juntaba con el mar y las estrellas se dibujaban en la arena. Tenía una casa cerca de la playa y desde la ventana del salón, escondido entre las cortinas, veía a las sirenas que saltaban cerca de la orilla. Siempre era a la misma hora: las nueve y media. Seguramente cuando en la playa ya no quedaba nadie.

Las sirenas eran muy hermosas, chapoteaban y jugaban en el agua. Las gotas salpicaban la arena fina, sus colas de escamas brillaban como el arcoíris, los cabellos largos y

dorados sobrepasaban sus hombros.

Marco era feliz. Desde los cinco años no faltaba a la cita. Ahora a sus quince deseaba acercarse a la playa, ya no quería seguir escondido entre aquellos visillos beige.

Tenía que pensar muy bien su estrategia: ¿Como lo haría? ¿Las asustaría? ¿Le hablarían? ¿Él las entendería? O simplemente ¡Nadarían con él!

Marco se decía:

-Solo quiero conocerlas y que me enseñen historias sobre el mar y si es cierto todo lo que se cuenta sobre ellas.

Al muchacho le preocupaba la manera de comunicarse, ya que desde que nació no podía oír bien, tenía una pérdida de audición severa y necesitaba unos aparatos que se ponen en las orejas llamados audífonos.

Marco también había aprendido el lenguaje de los signos y a leer los labios. A sus padres, familiares y amigos ya los conocía y les leía los labios perfectamente y algunos de ellos habían aprendido ese lenguaje y se comunicaban sin problema.

Cuando era más pequeño le costaba un poco acostumbrarse a aquellos aparatos que, le picaban las orejas y a veces le hacían ruido.

Los compañeros le señalaban en él colegio, algunas personas, cuando pasaban a su lado, no dejaban de mirarle durante un rato.

– ¿Porqué me miran y me dicen que soy sordo? si ¡ya lo sé! -decía Marco a sus padres con una voz llena de sonidos que resonaban en su garganta.

Sus padres le miraban a los ojos y le decían:

-Te miran porque eres lo más bonito y especial que camina a nuestro lado.

A Marco le gustaban esas palabras que siempre le decían sus padres. Pero sabía que sus papás a veces, cuando la gente murmuraba, ellos se ponían tristes, aunque disimulaban.

Un día Marco decidió enseñarles a sus compañeros y amigos algo que seguro les haría cambiar su manera de pensar hacía alguien con necesidades especiales como él u otras personas que necesitan el apoyo de otra para poder realizar cualquier tipo de actividad.

Nuestro amigo llegó a clase con una fotografía que su padre había sacado un día de lluvia. Era una foto muy bonita de una hoja verde llena de gotas de agua.

Fue preguntado uno a uno:

– ¿Qué veis? – decía.

Todos contestaban lo mismo.

– ¡Vemos muchas gotas de agua en una hoja verde!

– ¡Muy bien! pero hay algo más, mirad bien. Les decía.

Una niña rubia que se sentaba siempre al fondo de la clase y que no solía hablar mucho contesto:

-Son gotas de diferentes tamaños, no hay ninguna gota igual, todas son hermosas.

Marco se quedó mirándola durante el segundo mas largo de su vida.

– ¡Eso es! Cada uno de nosotros y nosotras somos diferentes, no somos iguales y eso es lo que nos hace ser especiales.

Los compañeros de marco no sabían que decir, se miraban unos a otros y aunque no hablasen en ese momento, sus caras reflejaban enfado y vergüenza por su comportamiento. Se habían dado cuenta de que no se habían portado bien con algunos compañeros y sobre todo con Marco.

Desde aquel momento las cosas empezaron a cambiar y en la clase todos se respetaban y se ayudaban e incluso Marco en los recreos enseñaba lenguaje de signos.

Ahora lo que ocupaba la mente de Marco, a sus quince años, era conocer a las sirenas que veía desde su casa.

La noche del doce de agosto del año 2005, alrededor de las nueve y media, casi a hurtadillas, Marco salió de su cuarto, tiró del pomo de la puerta y cerró. Atravesó por el

pasillo en el que la alfombra le impedía el ruido de sus zapatos al caminar.

La habitación de sus padres estaba cerca, vio que salía luz por debajo de la puerta.

-Seguro que papá y mamá están leyendo, decía.

Él no quería contar a donde iba, no sea que, si se enteraba alguien, podría asustar a las sirenas y no volverían a la playa.

Llegó hasta la puerta de la calle. Estaba cerrada con llave. Giró la llave despacio y abrió.

Era ya de noche y solo se oía el ruido del mar. Cada vez estaba más cerca de la playa, se escondió detrás del primer banco situado en el paseo de madera junto a la playa.

Observo a aquellas maravillosas sirenas juguetear con el agua. Marco se acercó y las sirenas en un abrir y cerrar de ojos se habían escondido bajo el agua. Todas menos una,

era rubia con los ojos marrones y grandes, pestañeando sin parar.

– ¡No te asustes! Le decía Marco, sacando su voz que venía desde dentro e intentando comunicarse con ella.

Se ponía nervioso, no podía gritar, no le salía el sonido.

-Ella también se escondería, se repetía en su cabeza.

Pero cuando parecía que la sirena hacía un movimiento para irse, levantó una mano y otra mano y comenzó a comunicarse con Marco haciendo signos.

Nuestro protagonista no se lo podía creer, estaba entendiendo todo lo que le decía la sirena e incluso sabía

muchas cosas sobre él.

– ¡Pero como puede ser, me conoce y sabe cosas sobre mí! Se repetía Marco una y otra vez.

– ¡No puede ser! ¡no puede ser! – decía.

– ¡La conozco, se quién es, no puede ser!

Marco se fijó una y mil veces antes de decir:

– ¡Es la niña de la clase, la de la última fila, la que casi nunca habla y la que contestó hace años cuando llevé la fotografía de las gotas de agua! Ella también venía en los

recreos a aprender lenguaje de signos!

En el rostro de Marco se reflejaba, alegría e ilusión. La sirena le decía que le había gustado conocerle y que juntos podrían hacer grandes cosas.

Marco estaba feliz, se sentó en la arena y por la emoción una lagrima recorrió sus pestañas hasta caer en su mano. Cuando levanto la cabeza, se agitó. Ya no veía a la sirena, se había escondido bajo el agua.

– Pero ¿dónde estás, donde te has metido? Quiero preguntarte, donde vives y si eres tú realmente mi compañera de la última fila. ¡Vuelve!

Él esperó durante un rato, pero ella no regresó. Marcó volvió a casa. Despacio y casi sin hacer ruido llegó hasta su habitación, la luz del cuarto de sus padres ya estaba

apagada. Se quitó los audífonos y se sentó en la cama, pensando en aquel día tan diferente y especial.

-Tengo que volver a verla. Esperaré a mañana. Y como dice mi padre: ¡Hay que tener paciencia hijo!

A Marco le costó dormirse, daba vueltas y vueltas en la cama, no podía conciliar el sueño y se puso a escribir la carta más difícil que jamás había escrito. Una carta para

ella, porque esperaba volver a verla.

A las ocho de la mañana su despertador con luz intermitente le despertó, era la hora de levantarse y prepararse para un nuevo día, hoy sabría si la chica de la última fila era la sirena que había conocido. Estaba impaciente, casi ni desayunó.

A las nueve menos diez estaba en la clase, solo, esperando a que entrase por la puerta aquella muchacha con silueta de sirena.

Fueron entrando los compañeros, ya era la hora de comenzar la clase, faltaban escasos segundos para que entrase el profe y cerrase la puerta.

-Seguro que ha sido un sueño lo de ayer, lo soñé. ¡Despierta Marco! ¡Ha sido un sueño! se repetía en su cabeza.

De pronto un aire fresco recorrió toda la clase, Marco se giró hacía la puerta.

Era ella, con su melena rubia, sus ojos marrones y sus piernas largas y delgadas.

Sus miradas se cruzaron, no hacían falta palabras. Ella ocupó su sitio y la clase comenzó.

Cuando el profesor se giró a escribir en la pizarra, Marco, con la mano temblorosa, le dio a la muchacha la carta que había escrito la noche anterior. Ella alargó su mano y sus

dedos se rozaron lentamente, la muchacha abrió el sobre, sacó un papel amarillento que lentamente desdobló y comenzó a leer:

“Hoy, doce de agosto de 2005 he visto algo increíble, algo maravilloso.

Mi corazón late sin parar, no hay forma de que se calme desde que he visto tus ojos brillar como las aguas cristalinas de ese maravillo mar, no dejo de pensar en ti, quiero que me enseñes la luz de las aguas y que los días nublados se conviertan en días de colores.

Deseo que seas la chica sensible y especial de la última fila y quiero conocerte”

Marco.

Cuando Luna, que así se llamaba la joven, hubo leído la carta levantó la cabeza y dijo muy despacio para que Marco pudiese leerle los labios:

-Yo también quiero conocerte.

Y, así fue como, Luna y Marco, salieron juntos al recreo y siempre mirándose a los ojos y hablando despacio,  comenzaron a conocerse.

 

Nadie sabe el misterio de Luna, caminando de día y nadando sirena de noche, solo, solo el conocerá su secreto.

Un comentario sobre “Quiero conocerte

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