GER GERTZEN

Me ocurrió la tarde del domingo 6 de marzo.

Fue en una playa, en un punto de la interminable costa arenosa que hay en Portugal, pongamos, para no dar demasiados detalles, que entre Porto y Lisboa.

Yo hacía turismo. Horas antes había llegado a la zona, aparcado en un pinar y caminado hasta el mar, que no era más que un indeterminado punto, hacia el oeste, claramente marcado por el sonido de las olas rompiendo y por las dunas.

Tras la caminata (durilla en los montículos más cercanos al mar, menos invadidos por las plantas, pues la arena había tenido menos tiempo para ser desalinizada y fertilizada) me di de bruces con el Atlántico. Y con kilómetros de playas inocupadas.

¡Nadie en kilómetros hacia el norte, nadie hacia el sur!

Disfruté un rato del paisaje.

Luego volví, a comer un bocado, a mi vehículo.

Mi intención era quedarme a dormir en el lugar.

Pero todo cambió unos minutos más tarde.

¡Paciencia!

No nos precipitemos.

Volvamos a mi cena.

Era invierno. Finales. Aunque la meteorología era bien primaveral, en pocos minutos el sol se iba a poner.

Yo aproveché para saciar mi sed y mi hambre.

Tras lo cual, me dije que sería bonito volver a la playa para ver el ocaso. Eso hice: me encaminé, nuevamente, hacia el mar.

Llevaba, de nuevo, mi cámara. Habían pasado unos minutos desde mi primera visita, en la que tomé, entre otras, la foto que ilustra la presentación de esta historia. En ella el sol estaba ya bajo. Ahora había desaparecido tras el horizonte, pero aún estaba claro y toda una gama de colores ígneos decoraba el océano, colándose entre nubes de distintas formas y tamaños.

Pero había cambiado algo más: a unos 200m de distancia, ligeramente envuelta por el agua, una persona se afanaba con algo que debía de estar a su pies. Me dio la sensación de que sujetaba, con una mano, una especie de barra metálica en posición vertical, y con la otra usaba algo como martillo para golpear la primera.

Mi primera idea fue que se debía de tratar de un surfer en dificultades.

En esa misma zona, en mi visita anterior, había constatado que asomaban rocas, de poca altura, de la arena. Era la única franja de tales características.

Él, aparte de mostrar un perfil masculino y joven, como de la veintena, llevaba un traje de neopreno oscuro. Creo que fino, como de un milímetro o dos de espesor.

Pensé que había tenido algún problema con la tabla y que estaba tratando de desencallarla de las rocas.

Yo esgrimí mi cámara (con la que acababa de tomar fotos de las dunas, del mar, del cielo) y lo capté en una imagen.

Y en una segunda, en la que, este individuo, había cesado en su actividad y me miraba. Guardo ambas.

Supongo que él podía verme bastante bien, recortado contra el fondo claro de una duna, sentado en ella, y apuntándolo con mi cámara.

No duró mucho dicha situación, pues, de pronto, el tiempo inició una especie de caída libre. Todo se aceleró: aquél chico se puso a correr hacia mí.

¡La adrenalina me hizo reaccionar de inmediato!

Mi cerebro desmontó la historia del surfista instantáneamente y se ha puso a tejer otra muy diferente, en la que el delgado joven del neopreno era un asesino que intentaba deshacerse del cadáver, un recolector furtivo de marisco o un traficante de drogas que acababa de señalizar el lugar del intercambio.

De hecho, en mi anterior visita a la playa (como una hora antes) había llamado mi atención un palo clavado verticalmente en la arena. Algo más al sur, como a 100m. En una playa donde no se veía a nadie. Ahora ese palo era una señal, cobraba sentido.

Y sí, yo acababa de ver huellas, muchas huellas que entraban en la arena.

No sé exactamente qué es lo que me impulsó, si una intuición, un reflejo… pero algo me hizo comprender que la moda en ese momento y en esa playa era ¡CORRER!

Mientras me desplazaba lo más rápido posible por el accidentado y complicado relieve, me di cuenta, de golpe, que mis huellas iban a chivar a quien quisiera leerlas por dónde acababa de pasar yo, luego no hacía falta más que seguirlas para darme caza. Así que me puse a buscar el más mínimo rastro de hierba o de vegetación algo más desarrollada para marchar sobre ellas.

Tras correr un ratito, obviamente con las dunas entre mí y mi hipotético perseguidor, me oculté. Primero tras una duna que quedaba bastante resguardada por otras y por la vegetación. Estaba parcialmente cubierta por un tipo de arbusto que alcanzaba como de metro y medio y que, incluso, me permitía desplazarme a ras de suelo, si me hacía falta, pues entre los troncos su follaje era más escaso.

Durante mi loca huida, había visto, ocultas entre dos dunas bajas, dos bolsas textiles, en pie, ordenadas una con respecto a la otra, y con forma muy paralelepipédica[1].

No me arriesgué a acercarme, ni siquiera para echar un vistazo, la prioridad, en ese momento, era otra:  ¡Largarme!

Me alejé unos cientos de metros, lo que se traducía en media docena de elevaciones arenosas y me paré en una zona ocupada por los matorrales.

Ningún ruido excepto el fuerte y constante murmullo del mar. Y mi aún agitada respiración.

Nada más que la arena y las plantas mecidas por el viento.

Estaba a salvo.

Por el momento.

Lo que sí deduje, era que me convenía poder ver lo que pasara a mi alrededor, pues si me escondía iba a poder quedarme así durante días, de miedo de no saber lo que pudiera haber en torno a mí y, gracias a ello, por no tener ni idea de lo que realmente pasaba.

Es más. Si realmente aquél tipo fuera un narcotraficante, quizá se pudiera permitir un ejército de gente que se pusiera a buscarme entre las dunas.

¡Y perros sabuesos!

Yo tenía las de perder, pues no conocía bien los alrededores. Supuse que él (ellos) sí.

Barajé la posibilidad de hacer un amplio rodeo por el sur, para llegar a mi vehículo (que se encontraba al este), caminando por el borde de la vegetación bastante desarrollada que se veía a unos cientos de metros de mí y dejando la zona más despejada de en medio como “póliza de seguros”, para detectar fácilmente a quien pudiera venir en mi busca.

Pero, el inconveniente de esa salida era que yo nunca sabría si todo había sido un malentendido o si realmente ahí se cocía algo. ¡Podría haber estado corriendo y escondiéndome por nada!

Así que, decidí subir con mucha precaución a la cima de mi duna y, así, tener un poco de perspectiva de lo que me rodeaba.

Eso hice: con infinita precaución, sin hacer el mínimo ruido, oteando en todos los sentidos antes de avanzar un milímetro más (esperando, así, que yo viera a quien fuera antes de que ocurriera al revés) y siempre preparado para ocultarme de inmediato, llegué a la cima.

Me protegía con las matas, giré la cabeza en todos los sentidos antes de erguirme. Y, ¡De pronto, lo vi!

¡Había otro varón joven!

Me oculté de inmediato, pero, a través de la vegetación lo mantuve en mi punto de mira.

¡Mi rival, mi perseguidor, no estaba solo!

Éste segundo llevaba un palo al hombro, del que pendían, en equilibrio, dos bidones o sacos (la luz flaqueaba) también paralelepipédicos. En la otra mano llevaba una barra o palo como de un metro de largo.

Seguí a mi nueva pesadilla en su trayectoria: caminaba hacia el lugar (más al norte) desde donde yo había visto al primer “surfer” (que ya no lo era) y punto hacia donde él debía de haberse encaminado.

De hecho, al poco, pude ver a ambos jóvenes hablar entre ellos: exsurfer 1 gesticulaba, señalaba hacia donde yo había estado y cambiaba impresiones con exsurfer 2. Al poco desaparecieron en esa dirección. Una o varias dunas me impidieron verlos.

Mi intención era arriesgarme lo menos posible a ser visto, pero, si era posible, mantener mi ventaja estratégica de saber por dónde andaban ellos.

Así que, me posicioné lo mejor posible para, con poco riesgo de ser descubierto, poder yo dominar sus posibles salidas.

Mi esperanza era verlos alejarse con todos sus pertrechos y dar el asunto por terminado.

Pero no.

Iba oscureciendo, el tiempo pasaba y yo no veía movimiento alguno por parte de ellos.

Al menos, como punto a mi favor, la falta de luz iba a ponerles muy difícil seguir mis huellas, bien camufladas entre los vegetales y muy discontinuas sobre la arena.

Volví a la misma reflexión: si me quedaba oculto o bien podía estar haciendo el tonto, tanto por el hecho de que ellos no me estuvieran buscando (que lo hubieran dejado e incluso que se hubieran ido) como por el hecho de que, así, yo ignoraba lo que se me podía avecinar.

Y lo que se me podía echar encima era incalculable.

Eso me hizo moverme de nuevo.

Otra vez con infinitas precauciones, avancé hacia el norte (donde ellos deberían estar, al menos hacia donde habían desaparecido).

Llegué a la cima de otra duna.

Me moví con toda la precaución del mundo. Antes de atreverme a asomar la cabeza, miré, parapetado tras la maleza (que en este caso se había convertido en “bueneza”), en todos los sentidos.

¡Nada!

¡Heme ahí, subido a un montículo de arena, revestido de esas benditas plantas (que yo ya adoro) mirando a mi alrededor, buscando a mis buscadores!

Me adelanté un poco hacia el norte y, de golpe, ¡Descubrí dos masa negras en la base de mi duna, no, más bien a media altura de la misma, delante de mí, a menos de veinte metros!

Pese al esfuerzo que hice más tarde de intentar recuperar los detalles, no lo conseguí. No sé si ellos me habían detectado, o no, antes que yo a ellos, si ellos me habían oído, si eran los mismos tipos o no, si estaban mismamente vestidos, incluso si yo no había visto más que dos rocas (extraño en una zona donde brillaban por su ausencia, en todo caso).

Creo que mis sentidos no tuvieron, simplemente, ni tiempo de captar nada: me anticipé a todo.

¿Corre la luz de las siluetas más rápida que la de su relleno?

No tuve tiempo a responder a la científica pregunta.

¡Yo salí por patas como un loco!

Claro que por el lado opuesto al de ellos.

Puedo afirmar que, desde ese momento, ostento el récord mundial de 100m dunas.

Oí gritar detrás de mí. No sé si era frustración, intentos de intimidarme o de darse coraje ellos mismos.

Cuando, al cabo de ese espacio, eché un vistazo hacia mi reciente pasado, pude ver un potente haz de luz que barría por todas partes, como si de un campo de prisioneros se tratara: cielo, mi posición anterior, los matorrales, un montículo, las nubes y otro montículo… No alumbraba, desde luego, a mi persona, yo estaba ya a buena distancia.

Su luz no era tan rápida como yo.

Delimité todos las zonas ocupadas por la vegetación, me aventuré en todo el bosque bajo que pude encontrar a mi paso, y, sobre todo, me alejé de allí con toda la eficacia posible.

La luz ponía de manifiesto la posición de uno de mis perseguidores. Pero yo ignoraba el juego, incluso la posición, del otro.

Parecía que, desde que se habían juntado, la decisión que los guiaba era de mantenerse juntos. Eso había jugado a mi favor, pues perdían la ventaja que el número les brindaba, al menos, en el caso de haberse podido mantenerse ellos en contacto mediante teléfono o walkye-talkye.

Yendo juntos cubrían bastante menos terreno y no se valían de la presión que cada uno podía ejercer sobre mí para obligarme a hacer un movimiento equivocado y ponerme,  así, al alcance del otro. Iban los dos juntos, porque, seguramente, ellos tenían tanto o más miedo que yo.

¡Narcos aficionados!

Ignoraban quién era yo, mis intenciones (evidentemente tomando imágenes de ellos no serían “buenas”, al menos para sus intereses), ignoraban cuáles eran mis capacidades, si iba armado (hasta el momento no tuve evidencia de que ellos sí).

Pero aún no podía descartar el riesgo de que ellos contaran con apoyo externo. Podían haber llamado ya a alguien y encontrarme yo con sus “refuerzos” de golpe y porrazo.

Así que evité los caminos.

Cuando la vegetación no me permitía atravesarla y tenía que salir al (relativo) descubierto, lo hacía por el menos tiempo posible. Volvía al anonimato del follaje en seguida.

Cabía la posibilidad de que me perdiera.

Yo tenía memorizado en Google Maps la ubicación de mi furgón. Pero encender el teléfono y ponerme a mirar la luminosa pantalla, era demasiado arriesgado, habría podido atraer sobre mí alguna mirada de mortales intenciones.

Así que, tras buscar rincones lo más protegidos posibles, me agazapaba sobre la pantalla y echaba un vistazo a mi posición, para vez si iba en la buena dirección.

Iba.

Cada paso que conseguía dar me colocaba más cerca de mi salvación.

Pero, vista la actitud de mis perseguidores, ya no había duda: me jugaba la vida.

Y yo desconocía el lugar, no sabía si ellos podían haber detectado mi coche, si iban a movilizar a más gente, si ya habían renunciado a buscarme por las arenas y se habían decidido a controlar los accesos, si eran de la zona, con lo que, de toparse alguien conmigo iba a cantar mucho quién no era del lugar… Eran demasiadas incógnitas

Pensé que podía llamar a la policía, pero, en un lugar desconocido para mí y con muchas lagunas para comunicarme en portugués, preferí no arriesgarme: ellos podían tener compinches por todas partes.

Seguía caminando.

Estaba ya oscuro, bien oscuro. Luna decreciente, casi nueva, por lo que se había ocultado ya antes que el sol, y el cielo estaba cada vez más cubierto. Ni estrellas.

Renuncié a hacer campo a través hacia mi vehículo, pues, aparte de poderme meter en un cenagal (ya había detectado aguas estancadas en las proximidades) me podía dejar la piel en la maleza, incluso perder un ojo con una rama traidora o torcerme un tobillo: no estaba en el mejor momento para correr riesgos.

Así que, me dirigí a la raya más cercana según lo que me mostraba Google Maps.

Di con un camino. Pisé, al rato, asfalto.

Poca actividad en la zona.

Casas dispersas.

En todo momento mis ojos saltaban de un posible escondite al siguiente, por si algún vehículo se me acercara o yo detectara a alguien en las proximidades.

Ningún perro que me pusiera en evidencia.

Caminé, siempre guiado por los mapas de mi smartphone, hacia una calle meridiana que me permitiera avanzar hacia el norte y, de ese modo, me colocara justo a la altura de mi furgón, o del trazo horizontal que me llevaba hasta el mismo.

Iba comprobando los nombres de las callejuelas para confirmar mi ruta y mi destino.

En un momento dado, un turismo, con un solo ocupante, un joven, me pilla al descubierto. Me mira de arriba a abajo y se va. Mal agüero. Ni me molesté en intentar esconderme, continué lo más natural posible, como si pasearse a esas horas por esos lares fuera la cosa más normal del mundo. Al menos para un guiri despistado.

Tuve la precaución, eso sí, de fingir una ruta diferente. Al menos para encaminar, a quien pudiera seguirme, lo más errado posible.

Desapareció.

También mi interpretación.

“Caminho Do Moinho” decía el cartel.

Lo tomé.

No era la ruta por la que había yo llegado, pero sí la paralela más próxima. Me llevaba a mi destino. Pero evitaba el suelo ya marcado por mis neumáticos.

Toda precaución era poca.

No tenía más que una vida que me pudieran arrebatar.

Margen de error cero.

Todos los sentidos al 150%, continué mi largar e irregular ruta. La oscuridad me protegía, pero arriesgaba mis tobillos sobre el firme irregular.

En cuanto estuve cerca de mi furgón (antes de ser yo detectable desde el mismo), tomé una circunvalación. Me aproximé desde el norte al punto atento a cualquier movimiento en su entorno. E intentando no ser yo quien se pusiera en evidencia.

Nada.

Con infinitas precauciones, me aproximé: nada ni nadie que me alertara.

Di un rodeo por la segunda fila atento a toda posible manifestación enemiga en primera.

Nada.

Agazapado, de árbol en árbol, me aproximé, saqué la llave, la introduje en la cerradura y tuve la precaución (aparte de no usar el mando a distancia, pues éste hace destellar todos los intermitentes) de hacer un solo movimiento de muñeca, así no desbloqueaba más que mi puerta.

Cerré la puerta tras de mí y eché el seguro.

Introduje la pala perforada en su receptáculo, la giré, haciendo que el motor rugiera y, agradeciendo haber tenido la precaución de aparcar facilitando la salida (como acostumbro y raramente hago excepción a dicha regla), salí por ruedas.

Encendí las luces una centena de metros más al este, cuando el camino se complicaba un tanto.

Respiré.

Vivo.

Libre.

[1] ”Paralelepípedo” es al cubo lo que el rectángulo al cuadrado, es decir, una forma tridimensional de seis caras, paralelas de dos en dos, pero de altura, anchura y fondo no (exactamente) iguales.

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