SEBASTIÁN HOYOS

No me atrevía a bajar por las escaleras. El aire era pesado, y me impedía respirar con normalidad. Abajo, en la oscuridad del sótano, escuchaba una voz débil, como un murmullo de un rio lejano, que nunca paraba. Podía intentar imaginar que era solo un producto de mi mente, pero eso sería un simple engaño. Respiré profundo, y puse mi pie tembloroso sobre el primer escalón de madera. Chirrido agonizante. Continué bajando muy despacio, con el corazón dando tumbos en mi pecho. El sudor me empapaba la espalda. Los murmullos, ahora eran palabras entendibles. “Ven pequeño de mierda”. “No oigo nada, no oigo nada”. Me repetí a punto de llorar. Me encontraba en la mitad del trayecto, inmóvil, lleno de miedo, y con la mirada perdida en la oscuridad. Tenía que continuar, no sabía por qué, pero lo tenía que hacer. Reanudé de nuevo. Vi como una luz mortecina se encendía abajo, iluminando mínimamente el sótano, sumiéndolo en una penumbra espectral. La voz continuaba. Eran frases incoherentes, acompañadas de obscenidades como: Ven de una puta vez, pequeño de mierda. La voz carecía de género, algo que nunca había oído en mi vida, pero se me hacía extrañamente familiar. Bajé el último escalón. La voz se esfumó de inmediato, sin dejar siquiera algún eco. Dando la impresión de que nunca había existido, y que solo había sido producto de mi imaginación. Pasé la mirada por todo mí alrededor, pero tan solo pude ver las sombras de las cajas en la tenue oscuridad, y el resto de trastos. Un olor putrefacto me envistió. Estuve a punto de vomitar. Por el rabillo del ojo, advertí un sutil movimiento tras de mí. Volví la vista por completo, pero no había nada. No estaba solo. Ya lo sabía. Miré en dirección a la escalera. Se veía demasiado lejos, casi como al final de un estrecho pasillo. Se me hizo un nudo en la garganta, y mi respiración se volvió más fuerte. Retumbaba en el silencio. Di el primer paso hacia las escaleras, pero me detuve de inmediato, ante el terror que sentí. Las falanges, de una estrecha mano, aprisionaban mi tobillo. La raquítica luz empezó a parpadear. Todo se volvió de una lentitud extrema, mientras giraba la cabeza. La luz iba y venía. Una mujer. Arqueada por completo, me miraba desde abajo, con una sonrisa diabólica. Unos ojos emocionados. “Hasta que llegas, pequeño de mierda”.

Me desperté con un grito atorado en la garganta. Sudor por todo el cuerpo. Estaba lloviendo, y los rayos producían sobras en la oscuridad de mi cuarto. Me incorporé en el borde de la cama. Atrás de mí, mi esposa dormía como un bebé. Verla así, hizo que me tranquilizara, así que, con la certeza de que ya todo había pasado, me volví a acostar.

-Cariño, ¿estás bien?-Me preguntó ella de espaldas a mí.

-Sí. Tan solo tuve un mal sueño. Mañana te lo cuento, ¿Bueno?

-Claro, intenta descansar, pequeño de mierda.

-¿Qué dijiste?- Pregunté asustado.

No hubo respuesta. La lluvia seguía cayendo. El olor putrefacto lo invadió todo, mientras ella se giraba hacia mí.  Ya sabía con lo que me encontraría, así que cerré los ojos con mucha fuerza, y desee volver a despertar. El sueño había traspasado el umbral, y ahora se encontraba en la realidad.

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