ANNABEL VÁZQUEZ

 

Prefacio

 

Lo sé. No necesito abrir los ojos para ser consciente de lo que está sucediendo en mi habitación.

Aguanto la respiración mientras escucho el golpeteo de objetos al ser retirados de la mesita con brusquedad, la patada a unas deportivas que quedaron tiradas de cualquier manera la noche anterior o unos vaqueros al ser enfundados enérgicamente. Solo entonces, cuando he sido capaz de reunir el valor necesario para hacer frente a mi realidad, abro lentamente los ojos y parpadeo repetidas veces hasta vislumbrar la escena que se representa frente a mí; es inútil seguir retrasando lo inevitable, en el fondo sabía que esto iba a pasar.

Álvaro sonríe con tirantez justo antes de ponerse la camiseta. Mete en primer lugar los brazos por las mangas y luego enfunda la cabeza.

—Buenos días –dice educadamente una vez su cabello revuelto sale a la superficie; aunque en realidad, está molesto porque me he despertando antes de darle tiempo a emprender la huida.

—Te vas.

No pregunto, directamente afirmo.

—Sí… Tengo cosas que hacer.

—Ya.

Me tapo con la sábana, lo justo para cubrir mi desnudez, y continúo mirándolo mientras se sienta sobre la cama para ponerse los calcetines y las deportivas con urgencia, como si el suelo quemase bajo sus pies.

Se levanta cinco segundos después y acomoda sus vaqueros a las caderas; a continuación, se abrocha el botón y cierra la cremallera con rapidez. Tiene un culo horrible, prácticamente inexistente. Para ser exactos, la espalda le termina en las piernas.

—Bueno… –coge aire y me mira con intensidad; no sabe cómo decirme que posiblemente, esta sea la última vez que nos veamos.

No es nada nuevo, debo tener la piel recubierta de escamas porque siempre me ocurre lo mismo después del sexo.

Mientras espero a que proceda con su patética explicación, no dejo de pensar en la clase de hombre que será.

¿Será del tipo uno?: “Ha sido un placer conocerte. Lo hemos pasado muy bien juntos, pero no podemos ser más que amigos”.

¿Del tipo dos?: “Lo nuestro no puede continuar, Sara, olvidé que tenía novia. No sé qué ha pasado, me dejé llevar…, perdona”.

¿Quizás del tipo tres?: “He de confesarte que no soy hombre de una sola mujer, acabo de salir de una tortuosa relación y ahora solo quiero vivir la vida, disfrutar de cada momento tanto como pueda”.

O, tal vez, del tipo cuatro: “¡Oh, Dios, me acabo de dar cuenta de que soy gay!”.

 

—Me ha gustado pasar la noche contigo, ha sido…, interesante –dice en tono monocorde, y eso, me hace parpadear aturdida; aún no tengo claro en qué grupo ubicarlo–. Eres maravillosa, pero, ya sabes, no estoy preparado para una relación seria… –se acerca peligrosamente al tipo de hombre número tres–. Claro  que siempre podemos ser amigos.

¡Ah, no! Es del tipo uno.

Cojo aire y expiro lentamente por la nariz, debo jugar mi última carta, aprovechar esa cordial amistad que supuestamente quiere mantener conmigo y sacarle partido, ya que él, está aquí por un único motivo.

—En ese caso, si somos amigos, ¿puedo pedirte una cosa?

—¡Claro! –exclama aliviado por no haber montado un numerito–. Lo que quieras.

—Acompáñame a la fiesta de mi familia el próximo sábado. Solo te pido eso, luego podrás irte y no nos volveremos a ver.

Hace una mueca y menea la cabeza con fastidio.

—El sábado no puedo, lo siento. Pídeme otra cosa, o mejor aún –mete la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y me entrega unos papelillos arrugados–. Tengo consumiciones gratis para el pub Claro de luna, ese que está de moda.

Sonríe, siente que con ese gesto estamos en paz. Y sin alargar más esta agonía, se despide con un frío movimiento de cabeza dejando las consumiciones gratis sobre la mesita de noche.

Nada más escuchar el golpe seco de la puerta de mi apartamento, me obligo a reaccionar y cerrar la boca, que se ha quedado abierta por lo insólito de la situación.

     «Ahí está, ¿la ves? Se acaba de escapar de entre tus dedos… Lo que acaba de irse por la puerta dando un sonoro portazo es tu felicidad». Profiero un largo suspiro mientras pienso esto.

Todos estamos hartos de oír hablar de ella, desde el mensaje que aparece en la caja de cereales que desayunas cada mañana hasta los anuncios de compresas, parecen haber sido diseñados para alcanzar ese ansiado estado del ánimo: “la felicidad está en tu mano; y en todas partes”, “puedes lograr todo lo que te propongas”, “cree en ti Y tú, vas y te aferras a esas falsas promesas como si fueran tu nueva religión, pensando realmente que si te levantas con una sonrisa tatuada en la cara, el día irá mejor. Pero no es así, no nos engañemos, por más que te esfuerzas no hay resultados, cada nuevo día es igual al anterior, y sigues sola, deprimida, viendo cómo las arrugas se amontonan en tu entrecejo y empieza a salir la primera cana, e incluso te parece escuchar cómo te susurra con malicia: “tranquila, vengo con amigas dispuestas a quedarnos contigo para siempre”.

Ese es, queridas mías, el momento en el que miras a los demás y piensas: “¿Por qué todo el mundo es más feliz que yo? ¿Por qué a mí no me quiere nadie?”.

Tras formular esas preguntas ya no te cabe ninguna duda: algo falla, y ese algo, eres tú.

 

Me levanto con ganas de auto torturarme inflándome a helado de chocolate mientras veo películas sensibleras cuyas protagonistas, son mártires del amor que superan todas sus desventuras, y al final, consiguen todo cuanto habían soñado. ¡Como si a mí pudiese ocurrirme algo parecido alguna vez! En fin, más vale bajar del cielo y centrarse…

Recojo un poco la habitación metida en mis cavilaciones, analizo las frases, gestos y reacciones de Álvaro, llegando a la conclusión de que solo era cuestión de tiempo. Su marcha no me ha pillado desprevenida, lo que realmente me molesta es que haya sido tan pronto.

Desde que le conocí, hace un par de semanas, creí poder retenerle lo suficiente para que me acompañase a la dichosa fiesta anual de la familia García. Me niego a ir sola, es una especie de tortura a la que me veo obligada a acudir para escuchar, año tras año, lo perfectas que son las vidas de mis primas y lo capaces que son de parir tantos hijos como para formar un equipo de fútbol, para después, recuperar su esbelta figura en dos días –supuestamente sin hacer dieta–. Luego me ven a mí y se lamentan: “Pobre Lili, siempre sola y perdida como un pajarillo al abandonar el nido. Nadie la quiere, y encima, cada año está más vieja. A este paso tampoco podrá tener hijos“.

Siempre es la misma canción. Soy la oveja negra de la familia, y para colmo no me parezco a nadie, a veces tengo la sensación de que mis padres me encontraron en un vertedero al poco de nacer, dudo que por mis venas corra la misma sangre.

Para que os hagáis una idea más exacta de mi situación, toda mi familia tiene los ojos azules, una inmaculada piel blanca y cuerpos que parecen haber sido esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel; además tienen un envidiable cabello liso, brillante y suave, sin distinción entre hombres y mujeres. En los genes de los García, todo es perfecto.

Y después estoy yo. Soy tan pequeña, que para hacerse una idea exacta de mi tamaño habría que ponerme junto a una moneda de un euro. Dado que esto no es posible, intentaré ser lo más descriptiva posible.

Rozo el metro cincuenta y ocho por los pelos, y soy de constitución delgada. Pero sin lugar a dudas, lo peor de mi cuerpo son los pechos, que brillan por su ausencia. Además, tengo la piel inusualmente bronceada y atópica, por lo que cada dos por tres, los jerséis enrojecen algunas zonas a causa de una alergia. Incluso los rayos del sol, o cambiar la marca del gel de ducha, me produce picores.

Luego está mi pelo, rizado, como no podía ser de otra forma. Un rizo suave en el que se forman tirabuzones indomables, que caen a su antojo en cascada hacia abajo.

Mis ojos son de un común color marrón, y tan grandes que prácticamente abarcan mi rostro entero. No son saltones, gracias a Dios, son simplemente enormes. Hay gente que por mis rasgos me comprara con un dibujo Manga.

Tengo la nariz redondita, pequeña, a juego con mi boquita de piñón. Al menos puedo estar orgullosa de mis dientes, que contra todo pronóstico, salieron alineados sin necesidad de utilizar ortodoncia.

Como veis, mi aspecto es el de una chica del montón. No destaco absolutamente en nada, y tampoco comparto un rasgo físico con nadie de mi familia. A veces pienso que la única persona que realmente me quiere y me acepta tal como soy es mi padre, y porque no le ha quedado otra.

Él es un hombre guapo, rubio, de expresivos ojos azules. Jamás me ha hecho sentir mal, todo lo contrario, siempre que me ve decaída intenta animarme. No puedo reprocharle absolutamente nada, sin duda, es el mejor padre que hay.

A mi madre, en cambio, apenas la conocí. Murió a causa de una complicación médica cuando yo tenía cuatro años, así que los recuerdos que guardo de ella son escasos, solo he conseguido retener algunos olores e imágenes confusas de una mujer alta y delgada, con una espesa cabellera negra, a la que le gustaba bailar usando como pareja el mango de la fregona.

He visto miles de fotografías, que mi padre aún conserva, de cuando éramos una familia como otra cualquiera. En ellas se me ve contenta en brazos de mi madre, le encantaba hacerme posar como si fuera una muñeca de porcelana, vestida con conjuntitos de ganchillo y peinada con coletas, a las que anudaba un lacito rosa y dejaba que se formaran esos tirabuzones tan míos.

Por desgracia, creo que esas son las únicas fotos en las que parezco una niña, los años posteriores a la muerte de mi madre fue mi padre el encargado de vestirme, y me temo que su gusto para la moda femenina es un tanto peculiar. Prefería que utilizara pantalones de pana para que no se me pelasen las rodillas cuando caía al suelo, hecho que ocurría con más frecuencia de la normal –siempre he sido algo torpe, no lo voy a negar–.

De igual modo, me cortaba el pelo como a un niño porque no tenía paciencia para desenredar mis rizos, pero os lo creáis o no, guardo un bonito recuerdo de todo aquello.

Pese a las circunstancias, siempre procuró que tuviese una infancia sana y feliz, y si había algo que deseara más que nada en el mundo, hacía lo imposible para conseguirlo a cualquier precio. A veces pienso que me compraba juguetes para compensar la ausencia de mi madre y no pensar en su pérdida. Pero ¿para qué engañarnos?, una niña a esa edad, es consciente de que algo pasa, sabe que una parte importante de la familia ha desaparecido de la noche a la mañana, y por eso la lloraba a menudo, sobre todo por las noches, hasta que un día, su recuerdo se disipó lentamente como el humo de una habitación cargada y dejé de hacerlo. Así que, hoy por hoy, mi padre lo es todo para mí.

Pero no podemos decir lo mismo del resto de mi familia, a los que puedo incluir en dos grupos: los que me detestan y los que me compadecen. No entiendo por qué tienen esa fijación conmigo, tal vez se deba a que la larga estirpe de Garcías perfectos, ha sido alterada en el momento en que llegué a este mundo.

Sea como sea, lo cierto es que tendré que ir sola al dichoso encuentro un año más, y aguantar comentarios perniciosos, que intentaré mitigar con la astucia de mi ingenio irónico, pero tan pronto llegue a casa, descargaré toda la tensión acumulada ahogando sollozos contra la almohada, como hago siempre.

Es lamentable ser consciente de que ningún hombre me ha durado más de dos semanas. ¡Y pensar que quería a Álvaro únicamente para no acudir sola a la reunión familiar! Es increíblemente cruel no servir ni para eso, incluso accedí a acostarme con él para ver si así aguantaba más tiempo a mi lado, y en cuanto ha conseguido traspasar esa frontera, se marcha sin más dejando unas asquerosas consumiciones gratis que seguro están caducadas.

Ahora mismo no tengo mucho más qué añadir, después de haber hecho un repaso general a la realidad de mi vida, no me quedan fuerzas. Necesito un cambio radical, ver las cosas desde otro prisma para no dejarme arrastrar por la desesperación. La pregunta es, ¿qué puede hacer una chica como yo para cambiar el rumbo de su destino?

Señoras y señores, bienvenidos a la patética vida de Sara García, una treintañera del montón con mala suerte e incapacidad absoluta para retener a un hombre.

 

 

1

Cojo el móvil  y lo primero que veo es un mensaje de mi prima Denís, tan simpática como de costumbre:

 

«Buenos días, Lili, ¿estás preparada para la fiesta de este sábado? Yo tengo un buen lío, no sé si llevar a Edu o a Jorge, ¿tú qué opinas?»

 

Mi prima tiene la gentileza de adjuntarme fotos de los presuntos candidatos a entrar dentro de la secta familiar. No sabría decir cuál de los dos es más guapo, son asquerosamente perfectos. Si mi intención era olvidarme de Álvaro, con esto acabo de hundirme. Vuelvo a dejarme caer a plomo sobre la cama, enterrando la cabeza en la almohada; a esto se le llama una gran putada.

Es injusto que haya mujeres con dos novios cuando aún queda población femenina soltera, pienso fervientemente que esto debería estar penado por ley.

Emito un sonoro bufido y desconecto el teléfono para pasar de todo. Estoy cansada de estas situaciones, de la gente que disfruta haciéndome la vida imposible. ¿Por qué? ¡¿Qué mal tan grande he hecho para merecer este castigo?!

 

Cuando consigo recobrar la compostura, enciendo la radio y la primera canción que se escucha es Talk about you, de Mika. Me gusta, es lo suficientemente animada para distraerme mientras me visto con mi ropa habitual: camiseta lisa, vaqueros desgastados y zapatillas de deporte. Es una costumbre heredada de papá, ya que esta forma de vestir tan funcional, hace que me sienta mucho más cómoda. No soy de esas que se embuten en un vestido de lycra y se suben a unos zapatos de tacón de aguja, las escasas ocasiones que he intentado feminizarme un poco, estoy tan rígida y me siento tan desubicada que… ¡Bah! ¿Para qué esforzarse tanto? Ni vestida así la gente llegaría a fijarse en mí, a veces pienso que una de mis mejores cualidades es la invisibilidad.

Antes de acabar de domar mi pelo, atándolo en una coleta alta para que se alborote lo menos posible, escucho el timbrazo del interfono y me apresuro a descolgar el telefonillo; aún albergo la vaga esperanza de que pueda ser Álvaro, que en un arrebato de sensatez y arrepentimiento, ha reconsiderado su decisión y ha decidido acompañarme a la fiesta como acto de solidaridad.

—¿Nos abres, marmota, o vamos a tener que usar la llave?

Sonrío más animada. Me pongo las gafas de pasta que anoche dejé en el mueble del recibidor y me apresuro a abrir, deseosa de recibir a mis mejores amigas: Raquel y Gina.

 

     Raquel:

 

Treinta y cuatro años. Soltera. Padece hipocondría crónica, motivo por el cual, sus costumbres y rituales de desinfección y limpieza son un tanto extravagantes.

Trabaja desde casa escribiendo artículos de opinión para una editorial, ya que le cuesta salir debido a que las aglomeraciones y multitudes le generan mucha ansiedad.

Como dato de interés, lleva años acudiendo a un psicólogo para intentar solventar parte de sus problemas.

 

     Gina:

 

Treinta y cinco años. Soltera. Lesbiana y feminista extrema. Odia a los hombres, y si por ella fuera, los castraría a todos con una catana oxidada y sin anestesia; palabras textuales.

Es una escultora que empieza a despuntar en determinados círculos, aunque prefiere mantenerse en el anonimato, y hasta ahora, sus apariciones públicas han sido contadas.

 

Como os podéis imaginar, mis amigas y yo formamos un trío de lo más variopinto, cariñosamente nos he bautizado con el sobrenombre de X-Girls; no descarto la posibilidad de que seamos mutantes, tan raras y distintas que puede que formemos parte de alguna otra especie manipulada genéticamente, o también, barajo la posibilidad de que hayamos sido expuestas a altas dosis de radioactividad en el útero materno. Sea como sea, nuestro principal objetivo es pasar desapercibidas, con mayor o menor éxito, entre los humanos.

 

—Hola, chicas, ¿qué tal? –las saludo, echándome hacia un lado para dejarlas pasar.

—¡Madre mía! ¿Es que anoche practicaste una orgía en este apartamento o qué? ¡Está todo revuelto! –Gina le da una patada a una lata de cerveza vacía que hay en el suelo, junto a un cartón de pizza repleto de migas.

—No he tenido tiempo de limpiar, estaba a punto de ponerme ahora mismo –miento para intentar excusarme.

Raquel desciende los parpados como diciendo: “¡al igual!” mientras se recoloca la mascarilla de papel que lleva para cubrirse la boca y la nariz, al estilo japonés.

—¡Es que lo sabía! –exclama achinando los ojos mientras se dirige con paso firme a la habitación que hay a mi espalda. Automáticamente empiezo a reír; seguro que montará un cirio en cuanto detecte el fuerte olor a hombre que todavía queda entre las sábanas.

—¡¿Ves?! ¡Si es que no se puede ser más guarra!

Gina empieza a reír mientras me pregunta con la mirada el motivo por el que nuestra amiga se ha puesto así. Me encojo de hombros como si fuera la criatura más inocente sobre la faz de la tierra y espero a que vuelva a personarse en el salón.

—¿Se puede saber qué es esto?

Gina y yo soltamos una fuerte carcajada cuando vemos aparecer a Raquel sosteniendo unas pinzas de ensalada en una mano, en las que sostiene unos calzoncillos usados que ha encontrado por ahí.

—¿Sabes la cantidad de gérmenes y microbios que contiene esta insignificante prenda de ropa?

Nos mira muy seria, y eso, desata aún más nuestras carcajadas.

—Tengo que saberlo, Raquel, ¿de dónde has sacado unas pinzas para ensalada?

—Bueno, siempre llevo unas en el bolso, por lo que pueda pasar –volvemos a reír, sin duda, ese bolso es mejor que el de Mary Poppins, dentro hay todo lo que puedas imaginar–. No deberías dejar estas prendas radioactivas tan cerca de tu lugar de descanso, que debería ser tu santuario.

—Estoy completamente de acuerdo contigo, ¿qué propones que hagamos con la prenda radioactiva?

—Prepara una olla, hay que quemarla.

Hace un gesto con las pinzas, y sin querer, los calzoncillos caen a plomo al suelo con tan mala suerte, que rozan el dedo meñique de su pie derecho.

—¡Joder, JODER! ¡AHHHHHHHHHHH! ¡Hoy llevo sandalias! –chilla dando saltitos por todas partes– ¡¡¡LOS GÉRMENES!!!

Intento contener la risa, pero Gina es incapaz y se tira de espaldas contra el sofá, cubriéndose la barriga con ambas manos para reírse a gusto.

Conduzco a Raquel hacia el baño y abre su bolso mágico. De él, saca una bolsa hermética que contiene dos toallas, una la utiliza para ponerla en el borde de la bañera y sentarse sobre ella, la otra, la coloca sobre sus rodillas al tiempo que abre el agua caliente. Espera a que salga hirviendo, el humo es intenso, y entones me quedo de piedra cuando mete el pie debajo del chorro hirviente sin tan siquiera quitarse la sandalia.

—¡Te vas a quemar! –exclamo perpleja, pero ella aprieta los ojos y mantiene el pie debajo. Transcurrido un tiempo lo retira, y con sumo cuidado lo seca con la toalla que tenía sobre las rodillas–. Si quedaba algún germen vivo lo has chamuscado, ¡hay que ver! Y luego decís que la exagerada soy yo.

Se levanta con lentitud, dobla cuidadosamente las toallas y vuelve a colocarlas dentro de la bolsa, cerrándola herméticamente.

—Hasta que no desinfectes esta pocilga no volveré a venir, ha faltado poco.

Reprimo la risa mientras nos dirigimos de nuevo al salón, donde un inconfundible olor a quemado nos aturde.

—¿Ves, Raquel?, para que luego digas que no te hago caso. Estoy quemando estos calzoncillos de macho –comenta Gina, dedicándonos una sonrisa traviesa–. ¿Cómo los queréis, chicas, al punto o muy hechos?

Se me escapa otra carcajada mientras remueve con una cuchara el interior de la olla, asegurándose que el contenido se desintegra por completo.

—Estáis como una cabra, ¿lo sabíais?

—Oh, vamos, solo te ayudamos a deshacerte de recuerdos dañinos. Por cierto, ¿cómo fue anoche? Dime que tuviste un orgasmo por lo menos y que ese picha floja sirvió para algo.

Me siento en la silla de la cocina y cierro los ojos con resignación.

—Me ha dejado. Se ha ido nada más salir el sol, como los vampiros. Y para colmo de males, en la cama tampoco era nada del otro mundo.

—Si es que no aprendes –me reprocha Gina, negando con la cabeza–, nunca entenderé esa manía tuya de seguir buscando al hombre perfecto. No escarmientas, Sara, todavía no te has dado cuenta de que la idea de hombre que tienes en la cabeza no es más que un concepto machista que crearon las producciones Disney, donde la mujer es cándida y bobalicona y el hombre la salvaba de todos y cada uno de los peligros en los que se involucraba por pura estupidez. El hombre que buscas, el que esperan todas las mujeres insensatas como tú, no existe, así que no insistas, con eso solo lograrás perder tiempo.

—El mundo está lleno de parejas. Hay gente que se quiere de verdad, y su amor perdura en el tiempo y vence todas las adversidades, ¿por qué yo no puedo encontrar algo así? –espeto con indignación.

—Antes de que continúes por ahí –interviene Raquel con prudencia–, piensa el riesgo que supone intercambiar fluidos con otra persona. ¿Cómo puedes estar segura de que ese hombre realiza diariamente los cuidados necesarios de higiene para no exponer tu salud?

—Eso es fácil –claudica Gina, dando la espalda a la olla para mirarnos–. Partiendo de la base que todos los hombres, sin excepción, son unos cerdos, no hay cuidados de higiene que valgan, de hecho, y esto no es broma, leí un artículo estadounidense de hace unos años en el que le preguntaban a las mujeres acerca de los puntos flacos de los hombres. Un noventa y siete por ciento de la población femenina destacó las siguientes áreas de deficiencia masculina: las tareas domésticas, donde entra todo ese rollo de la higiene y demás, y…

—¡Ay, Dios! No sé si quiero oírlo… –digo tapándome la cara con ambas manos.

—…y los orgasmos –concluye, quedándose satisfecha–. Y cuando digo orgasmos, no estoy dando a entender, ni mucho menos, que los hombres no tengan orgasmos, no. La gran queja que plantean las mujeres es que con frecuencia, los hombres no saben inducir al orgasmo.

—¿Era necesario matizar? –expongo.

—Sí.

Suspiro. Esto se nos está yendo de las manos…

—Eso es verdad –la secunda Raquel, ¡la que faltaba!–. Con frecuencia el sexo causa infelicidad, porque cuando un hombre y una mujer intentan mantener una relación sexual, él suele llegar al clímax antes de que ella esté preparada.

—Y en ocasiones él llega al clímax antes de que ella esté técnicamente en la habitación –remata Gina, y las tres, rompemos a reír.

—¿En qué os basáis para decir eso, en vuestra vivencia personal? Porque si no me fallan los cálculos… –digo contando años exageradamente con los dedos.

—Mira, Sara, en el sexo admito que pueden existir las excepciones, no es que ninguna de nosotras tengamos mucha práctica en este área en concreto –reconoce Gina–, pero en la higiene…, eso sí es una realidad. He convivido con ellos y sé de lo que hablo. Os pondré un ejemplo…

—No, por favor, creo que no hace falta…

—¡Quiero oírlo! –exclama Raquel–. Cuenta, cuenta…

Se acabó, no hay nada qué hacer, debemos aceptar una aplastante realidad: están locas.

—Antes de dignarse a lavar la ropa, los hombres utilizan el SM.

—¿SM? –pregunto con el ceño fruncido.

—Sí –continúa Gina–, el Sistema del Montón, que consiste en dejar los calzoncillos sucios en el suelo hasta que forman un montón que te llega a la cintura.

Inevitablemente volvemos a reír dibujando la imagen en nuestra mente.

—Joder, chicas, no puedo escuchar ni una palabra más al respecto. Por si no lo sabéis, sois únicas animando, incitáis al suicidio que da gusto –espeto con sarcasmo.

—Es que realmente es innecesario todo este auto sufrimiento que te infliges. De verdad, Sara, no hay nada como estar sola, haces lo que quieres y lo que te apetece sin tener que rendir cuentas a nadie.

Finalmente dejo caer la cabeza sobre la mesa de la cocina, manifestando así mi rendición. Hay momentos en los que son inaguantables, pero, qué se le va a hacer, me consuelo pensando que son los efectos secundarios de la mutación genética.

—Creo que la única realidad –susurro poniéndome seria–, es que no entiendo a los hombres. Me esfuerzo muchísimo en saber cómo piensan, en comprender por qué son como son, pero se me escapa algo, os lo juro. No es normal que siempre tenga tan mala suerte y acabe topando con el típico hombre que lo único que busca es aprovecharse de mí una noche, para luego largarse y no volverlo a ver. Algo falla; o son ellos o soy yo.

—Yo creo que no enfocas bien el asunto –añade Gina, con cara de indiferencia–, entender a los hombres es fácil, solo debes tener en cuenta que, muy en el fondo, son criaturas biológicas igual que las medusas o los árboles, solo que menos propensas a limpiar el cuarto de baño o hacer la colada; sinceramente no creo que haya mucho más qué rascar, así que tus esfuerzos son en vano a menos que aceptes esa incuestionable realidad y dejes de comerte la cabeza.

Mis amigas desatan una sonora carcajada, pero en este momento no puedo seguirlas, una parte de mí empieza a creer que, tal vez, hay algo de razón en sus palabras.

—No le hagas caso, Sara –interviene Raquel, conmovida por mi expresión ausente–, puede que el único problema sea que te fijas en los hombres inadecuados.

—O puede que «el problema» sea exclusivamente mío: soy fea, una chica sin ningún tipo de atractivo y no puedo permitirme el lujo de elegir. Lo cierto es que no me importaría estar con un chico feucho, así como yo –me señalo convencida–, siempre y cuando tenga algo que me atraiga, como un carácter con el que pueda congeniar, por ejemplo. ¿Pido demasiado?

Raquel acaricia mi mano a través del guante de látex que lleva puesto, mientras sus ojos se suavizan con ternura. Es como si, dejando las bromas de lado, pudiera comprenderme pese a no compartir mis pensamientos.

Gina, en cambio, ha dado por concluido el diálogo sacando una cerveza de la nevera para bebérsela toda de un trago, en cuanto acaba, eructa como un camionero y se sienta sobre el mármol de la cocina.

—Cuando acabéis con las escenitas sensibleras me avisáis –interviene con la misma empatía que un molusco.

     Sin saber por qué, ese último comentario vuelve a hacerme sonreír y decido apartar todo lo que me aflige y volver a sacar fuerzas. Todavía no sé lo que me deparará el destino, por ahora todo apunta a que seré una vieja solterona que morirá sola en casa, devorada por los gatos que recogeré en el transcurso de mi larga y patética vida. Pero eso no significa que no pueda dar un giro inesperado en cualquier momento, y ese leve atisbo de esperanza, es el que me anima a continuar adelante manteniendo una gran sonrisa; tarde o temprano todo se solucionará, estoy segura.

 

(…)

 

¿Encontrará Sara a alguien que la quiera y la comprenda sin condiciones?

Esta es una divertida comedia que pretende analizar las relaciones desde un punto de vista diferente. Sara, sus peculiares amigas y Aitor harán que te sumerjas en una historia de amor real.

 

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