JUAN NADIE

No son muchos los que lo saben, y menos aun los que están dispuestos a
admitirlo. O tienen el valor de hacerlo. Pero escrito está en los arcanos libros que
aún guardan la sabiduría ancestral. Hubo un tiempo en que los hombres vivían
sometidos al yugo de los dioses, hasta que un héroe lo sacrificó todo para romper
las cadenas y liberar a la humanidad.
Los pueblos que vivieron en los primeros tiempos del mundo lo sabían y
con resignación lo aceptaban. La única manera de hacer realidad sus deseos era a
través del favor de los dioses. Sin su indulgencia, ningún anhelo era satisfecho,
ningún ruego colmado, ninguna esperanza alcanzada. Sin los dioses, nada se
podía conseguir. Pero los dioses no siempre escuchaban. Concedían los sueños
rogados por los hombres si su caprichosa y voluble naturaleza así lo determinada.
Pues la voluntad de los dioses era tornadiza como el viento entre los juntos. Los
hombres no podían hacer otra cosa que suplicar sin cesar su beneplácito.
El conocimiento de aquel mundo original se ha perdido ya en la memoria
del mundo, pero para Ere Nayak, la tiranía de los dioses era algo real y tangible,
pues él vivió en aquella época cuyo recuerdo no ha llegado a nuestros días.
Al pie de la ladera, Ere Nayak tiró a un lado el zurrón con las magras
provisiones que aún le quedaban. Estaba en la última etapa de su viaje y ya no le
servían para mucho. Tras unos instantes de vacilación, también arrojó lejos la
maciza espada de hierro que llevaba al cinto. Tan sólo conservó la lanza, que
podría servirle de cayado durante la escalada. Se arrebujó en sus gastadas ropas
de piel sin curtir y comenzó a subir con determinación. Desde hacía muchas
lunas, alcanzar la cumbre de la montaña se había convertido en el único motivo
de su existencia. Quizá también en el último.
―Tal vez lo consiga ―dijo #113 a sus dos compañeros en lo alto de la
montaña. El dios observó con los ojos entrecerrados a la pequeña figura que se
movía gateando entre las rocas, acortando la distancia de forma lenta, pero
inexorable.
―Eso es imposible ―contestó #54 con un deje de hastío―. Ninguno de
ellos ha llegado nunca hasta aquí.
―Una o dos veces sí que lo han conseguido, mi querido #54. Deberías
leer los Registros de vez en cuando.
El dios soltó un resoplido y expresó sin sombra de duda el fastidio y
aburrimiento que supondría la tarea sugerida por su divino colega. Se giró sobre
sus pasos y centró su atención en #69, que indolente y perezosa se recostaba
sobre la nieve.
―¿Tenemos que estar aquí todavía mucho tiempo? ―preguntó #69 con
un bostezo―. Estoy terriblemente aburrida. Aquí no hay nada que hacer.
―Te comprendo perfectamente, querida. Pero tenemos que esperar a que
el humano llegue a la cima de la montaña ―contestó #113.
―¿Para qué? ¡Yo quiero volver! ―insistió la diosa con un precioso mohín
de su boca mientras cambiaba de postura.
―Mucho me temo, querida mía, que no te queda más remedio que ejercer
la virtud de la paciencia. Esta es la montaña de los dioses. Si un humano
consigue alcanzar la cumbre, al menos uno de nosotros tiene que estar aquí para
recibirlo. Ya lo sabes. Son las reglas ―replicó #113 con una sarcástica sonrisa.
―Esto de la divinidad es a veces un auténtico fastidio ―replicó #69 con
un suspiro. Se recostó un poco más sobre el helado suelo y cerró los ojos.
—Tienes toda la razón —replicó #54 con otro bufido.
Ere Nayak miró hacia arriba un momento, a la cima que era el final de su
largo viaje. Su meta. Su destino. Aún le quedaban mucho por ascender y el frío
de la montaña drenaba con rapidez sus ya mermadas fuerzas. Soltó un gruñido de
dolor cuando uno de los desollados pies se apoyó sobre una piedra plagada de
filos cortantes. Paró unos instantes y maldijo por enésima vez a los dioses.
Él nunca había prestado demasiada atención a las antiguas historias de su
pueblo. Los dioses siempre le habían parecido criaturas remotas e impredecibles,
tiranos ciegos que regían el mundo llevados tan sólo por su capricho y su antojo.
Pero cuando el desastre abatió la aldea, Ere Nayak comprendió que la única
manera que tenía de cambiar el destino era subir a la montaña y hacer su
petición. Según contaba la leyenda, ya hubo una vez un hombre que lo consiguió.
Su deseo fue gobernar sobre el gran bosque y los ríos que lo surcaban. Él fue el
primer rey de su pueblo.
Apretó los dientes, se agarró con fuerza a las rocas y continuó su
ascensión. No estaba dispuesto a rendirse.
Llegar a la montaña y conseguir el favor de los dioses no había sido tarea
fácil, como bien le advirtieran las leyendas de su tribu. Ere Nayak tuvo que
atravesar desiertos calcinados habitados por criaturas extrañas y ponzoñosas.
Surcar pantanos abarrotados de mosquitos y sanguijuelas que se pegaban a su
piel por docenas. Se vio obligado a luchar contra enemigos sanguinarios y bestias
feroces. Ninguno de los que partieron con él al comienzo del viaje había
conseguido llegar. Sólo la obstinación y el odio le impulsaban a seguir, a
mantenerse en pie. Y la última prueba había sido la peor de todas. Tuvo que
elegir entre aquella pobre gente o continuar su largo viaje. Muchos inocentes
murieron, incluyendo mujeres y niños. En su búsqueda lo había perdido todo,
familia, amigos, honor, dignidad y hasta la bondad de su corazón. Ya no le
quedaba nada. Ya nada podía detenerlo. Sabía que no habría viaje de vuelta a
casa.
―¡Creo que aquí llega! ―exclamó el dios de menor rango.
―¿Qué se supone que debemos hacer con él? ―preguntó #54.
―Hay que concederle lo que nos pida, según creo. Es el premio por subir
a la montaña ―contestó #113.
―¿Y qué nos pedirá?
―Riquezas, fama, poder, la resurrección de algún ser querido…, eso suele
ser lo normal.
#69 se desperezó con voluptuosidad y emergió de la aparente modorra en
la que estaba sumida.
―¿Podemos resucitar a los mortales? ―preguntó.
―Según los Registros, creo que sí ―contestó #113.
―¡Qué interesante! Aun así, sigo pensando que todo esto es una
verdadera pérdida de tiempo. Deberíamos olvidar a ese estúpido mortal y
regresar. ¡Me aburro! ¿Por qué me habéis traído aquí? ¿Por qué no se lo pedisteis
a #27? ―refunfuñó la diosa.
―Lo hice, querida ―dijo #113―. Pero ella tiene un rango superior al
tuyo, así que podía permitirse elegir.
La diosa recostada sobre la nieve escupió una maldición que era a la vez
un soez y despectivo insulto para su correligionaria deidad.
Un brazo sucio y medio congelado asomó por el borde del último risco. Le
siguió un cuerpo que una vez fue musculoso y fuerte, pero que ahora se
encontraba desecho, como un muñeco de lana a punto de deshilarse. La cabeza
del hombre estaba oculta en parte por un burdo vendaje manchado de oscuro que
cubría uno de sus ojos. Los pies y las manos no eran más que llagas heladas.
#113 sintió un conato de asombro, incluso de admiración ante la visión del
desdichado mortal. #54 se vio invadido por la confusión. #69 lanzó una mueca de
asco.
―¿Sois los dioses? ―preguntó Ere Nayak, con todo el aplomo que el
terror que aleteaba en su pecho le permitía.
―Yo soy… uno de los… eh… dioses de la montaña ―respondió #54 en
la lengua del hombre―. Bienvenido a nuestra sagrada presencia… eh… mortal
del pueblo de… eh… los… de abajo de la montaña.
#54 lanzó una mirada de interrogación a su compañero. #113 respondió
con una leve inclinación de cabeza.
Ere Nayak observó con su único ojo sano a la sonriente deidad. El temor
que sintió al principio empezó a desvanecerse como la niebla en un vendaval.
―¿Os avendréis a conceder mi petición? ―preguntó.
―Esa es la regla. Todo aquel que alcance la cima de la montaña de los
dioses tiene ganado su favor —dijo #113.
―¿Cualquier cosa?
#69 lanzó un resoplido de impaciencia.
―Lo que pida tu corazón ―respondió #54.
Ere Nayak se dejó caer de rodillas, agotado, delante de la divina trinidad
que lo contemplaba. Tras unos segundos, levantó el rostro con esfuerzo y miró a
los dioses con desafió.
―Pido que los dioses abandonen la montaña y nunca más intervengan en
el mundo de los hombres ni en sus vidas. Que nunca más dependamos de los
dioses ni tengamos que rogar sin tregua por su benevolencia. Que no nos veamos
sujetos a su capricho ni a su ira. Deseo que los hombres sean los dueños y
señores de su propio destino.
Las tres deidades se miraron unas a otras en profunda consternación.
―Las reglas son las reglas ―dijo #113 con un encogimiento de hombros.
Ere Nayak dejó escapar un suspiro y se desplomó. Su cuerpo hizo un
sonido apagado al chocar contra la helada nieve de la cima.
Cayó muerto a los pies de los dioses de la montaña, pero su viaje no fue en
vano. Consiguió su propósito. Los dioses abandonaron el mundo y nunca más se
inmiscuyeron en los asuntos de los hombres.
Aunque algunos lo hayan olvidado.
************************************
Del Qenya (alto élfico) y/o del Sindarin (élfico gris):
Ere  solitario
Nayak  dolor, doloroso

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