FRANCISCO J. MARTÍN

En una mañana soleada, y sentada en una mesa del vagón restaurant, Frida degustaba con placer un exquisito desayuno mientras por la ventana veía pasar los paisajes montañosos entrecalados de verdes y frescos prados. Algo le decía que el día podía ser magnífico.
Se la veía una mujer elegante y atractiva, con una expresión agradable y quizás algo pícara, que atraía la mirada de cuantos hombres pasaban a su lado. Su cabello ondulado reflejaba los rayos del Sol haciendo que por momentos pareciera rodeada de un aura de luz.
Viajaba con los sentimientos descorazonados de quien hace tiempo que no disfruta de la
relación con sus amantes, más allá de la pasión efímera de unas intermitentes noches de
deseo. No se sentía querida, ni tan siquiera recordaba si alguna vez se había sentido así, por lo general sus relaciones amorosas fueron más bien aventuras que no le llegaron realmente al corazón. En el fondo estaba llena de alegría contenida y esperanza, quizás en ese viaje encontrase a alguien que la mirase con otros ojos.
Mientras desayunaba contemplaba de tanto en tanto la decoración del vagón, le resultaba muy acogedora, la relajaba y la transportaba a otras épocas. Con sus alfombras, cortinajes, paredes enmoquetadas, su madera noble y sus luces simulando farolillos y quinqués, el ambiente reinante hizo que sus pensamientos se trasladaran años atrás, cuando era una chica joven, alegre y muy activa, con una vida repleta de romances amorosos.
De familia acomodada, Frida no se había planteado ningún tipo de objetivo en la vida más que dejarse llevar por lo que cada día fuese ocurriendo. Era un tanto irreflexiva y con un carácter bastante temperamental, lo que no era óbice para que su belleza y permanente sonrisa la situasen en el número uno en el ranking de las chicas del Instituto. Por momentos llegó a ser una verdadera rompecorazones.
Al avanzar en sus recuerdos vinieron a su mente momentos románticos que había vivido con compañeros de clase, que siempre acababan en encuentros fugaces de pasión que al poco tiempo se iban apagando. A medida que ganaba en experiencia controlaba mejor esos romances para que no le afectaran negativamente, ya que no llevaban aparejado ningún sueño, ninguna ilusión, nada en común con sus parejas de aventura que trasladar hacia el futuro. En esos momentos no le preocupaba demasiado, tenía suficiente con sentirse deseada, con disfrutar al ver la sensación que creaba en los hombres, y con lucir a sus amantes en las numerosas fiestas a las que acudía. Y así continuó en la Universidad y más adelante en su vida social.
—¡Gran error! –pensó.
Ese devenir le había llevado a una gran soledad, aunque rodeada continuamente de gente en todo tipo de eventos sociales: bailes, fiestas, hípica, teatro, …
Estaba inmersa en sus pensamientos cuando el camarero se acercó y le pidió permiso para retirarle el servicio de desayuno, se sobresaltó un poco y perdió el hilo de lo que estaba recordando. Era pronto y aún faltaban horas para llegar al siguiente destino, así que decidió ir  a su espléndida habitación, situada en el lujoso vagón vip, para recostarse en la cama y quizás intentar leer, o escuchar música mientras seguía contemplando los espectaculares paisajes que le ofrecía la primavera. Optó por poner el canal de música clásica y empezó a deleitarse con una selección de valses de Johann Strauss.
Al poco se relajó, y entre luces y sombras le vino a la mente un amigo del Instituto con el que había pasado largos ratos hablando, riendo y divirtiéndose: Mike.
—¿Cómo le habría ido la vida? –se preguntaba.
A Frida nunca le pareció nada atractivo, era inseguro y tímido, pero sin embargo no recordaba a nadie con quien hubiese tenido tanta confianza como para contarle sus más profundos pensamientos, sus deseos, y hasta sus íntimos secretos de juventud.
“Le gustaría hablar con él de nuevo como ambos hacían años atrás” —pensaba. Mike era una persona bastante cabal ya desde muy joven, pero por otro lado no tenía mucha autoestima y pasaba épocas en las que ni tan siquiera creía en ser lo bastante para una mujer, y con su timidez a veces hasta dudaba de si realmente le gustaban las féminas. Así como a Frida no le faltaba con quien hablar, ir a bailar, o salir a cualquier sitio, a Mike le era difícil la relación con los demás, y más si “los demás” eran chicas. Sin embargo, con Frida se entendía muy bien, y hasta llegaba a contarle algunos de sus sentimientos, y sus inseguridades y miedos. Sus caminos se separaron cuando Frida se fue a la Universidad, a una ciudad lejana, y Mike empezó a trabajar de aprendiz en la empresa de su tío. Con el paso del tiempo, Mike tuvo varias relaciones amorosas y también algún que otro desengaño. En el fondo seguía siendo bastante inseguro de sí mismo, cuando realmente creía que quería a una chica, unas veces tenía dudas y rehuía la relación, otras no se atrevía a confesárselo, y algunas creía que no lo querría tal y como era. No obstante, Mike buscaba la felicidad, deseaba que fuese posible junto a alguien, pero ¿Cómo? ¿Con quién? ¿Debería escapar, romper con todo, y crearse una nueva vida lejos de allí? ¿Sería capaz?
—“uhh-uhhhhh” –resonó el silbato del tren.
Frida despertó de su sueño con la sensación de haber revivido lo que acababa de soñar. No sabía cuánto tiempo había estado así, ni en qué lugar se encontraba. Un nuevo silbido le hizo regresar al presente,
—¿estarían llegando ya? –se preguntó. Tenía que prepararse y arreglarse, le habían dicho que aquella parada era fantástica: primero una breve visita al Museo de Arte, después un almuerzo en un lujoso restaurante de la ciudad, y finalmente la visita al Casino. ¡Debía ir elegante para la ocasión!
Llamaron a la puerta de su habitación avisándole de que debía salir ya para ir a la visita
programada. Al abrir la puerta,
—¡Mike! —gritó Frida
Lo agarró por las solapas de la chaqueta y sin mediar palabra lo besó. Por primera vez notaron el roce de sus labios. Mike estaba sorprendido, sonrojado y encantado con la respuesta de Frida. Por un momento ésta pensó en cerrar la puerta y disfrutar de una gran tarde de amor, ardía de pasión,…pero de pronto sintió que debía cambiar su forma de amar si quería sentirse  querida además de deseada. Así que se recompuso, miró a Mike fijamente a los ojos y le invitó a ir juntos a la visita, tenían mucho de qué hablar.
—¿Vamos cariño? —sugirió Frida.

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