JANIS MULLIGAN

La medida.

Mis padres me felicitan cuando regreso de lavarme las manos. Es mi cumpleaños. Cumplo diecisiete años. Mis hermanos también me felicitan. Pamela se cuelga de mi cuello y me da dos sonoros besos en las mejillas. Mamá ha hecho un pastel de nata, de esos que me gustan tanto, que saca después de almorzar todos juntos. Todos me cantan la susodicha canción, y mamá me abraza con mucho cariño. Suspiro entre sus brazos, sin que ella lo note.

La hora de los regalos. Saúl me entrega un machete nuevo, de afilada hoja. Ya tengo tres. Pamela me entrega un bien envuelto paquete que contiene tres libros que no he leído. Un buen regalo. Gaby me regala una piruleta enorme que guardaba para una mejor ocasión y todos reímos con ese detalle. Mamá me ha comprado nuevas sudaderas. Una de ellas lleva el símbolo de Batman a la espalda. Mi padre, con gesto grave, me hace entrega de un billete de cien euros y me dice que me tome el resto del día libre, que me divierta en el pueblo.

¿Con quien?, me pregunto cínicamente.

Después de una buena ducha, estreno una de las sudaderas y, tras dar un beso a mamá, cojo las llaves de la camioneta, un viejo Toyota del 97. Recorro la estrecha carretera que me lleva a Fuente del Tejo. Es viernes y pronto las calles estarán animadas. La verdad es que no sé que hacer. Nada de sitios concurridos y de moda. No tardarían en meterse conmigo. En el cine ponen una peli sobre una novela de Tom Clancy que ya he leído. Podría estar interesante. Espero a que empiece la sesión y me deslizo en la oscuridad hacia los últimos asientos.

La película me ha gustado. Bien realizada y con acción de principio al fin. Antes de que enciendan las luces, ya estoy de pie, dirigiéndome a la salida. Pero tengo mala suerte.

Un Ford Scorpio negro y descapotable con los cilindros fuera del capó, está aparcado frente al callejón de salida, con el motor arrancado. Pertenece a Luis Madeiro, un chaval de padres adinerados que está acostumbrado a hacer lo que le viene en ganas. Luis está al volante, su inseparable amigo Pedro en el asiento trasero. Junto a cada uno de ellos, hay una chica. Las conozco también, estaban en mi misma clase de instituto, cuando aún acudía de día. La que está al lado de Luis, se llama Loli Guzmán. La que hay atrás, al lado de Pedro, solo responde al apodo de Indiana.

  • ¡Hombre! ¿Qué hay? – exclama Luis, al verme. – Tenemos aquí a Goliat. Se ha dignado a bajar de las montañas. ¿Estás buscando a tu David?

No le hice caso, no suelo hacerlo nunca, pero en esta ocasión me molestan las risitas de las chicas. Pedro toma el relevo, demostrando su poca personalidad.

  • ¿Has entrado a ver la película o a que te vean a ti?

Con las manos metidas en los bolsillos, paso de largo, la cabeza entre los hombros alzados. Intento no mirar a las chicas. Siempre me han gustado. Loli es morena, de ojos oscuros, y con el pelo casi siempre recogido en una cola de caballo. Posee hermosos rasgos latinos, con los pómulos bien marcados y una boca pequeña y plena. Su piel debe de tener la textura de un melocotón y su aroma la brisa de las montañas. No es muy alta, pero posee un cuerpo rotundo, lleno de curvas letales, dignas de una diosa pagana. Tiene mi edad, pero se une a chicos mayores, exponentes de burguesía arrogante y maleducada.

En cambio, Indiana es muy diferente. Es una rubita de pelo suave y lacio, con alegres ojos azules, y una nariz respingona. Lleva un sutil aparato corrector contra sus dientes que le presta un aire casi infantil. Es esbelta, de cuerpo flexible y armonioso. Sus pechos menudos pero erguidos destacan bajo la liviana cazadora. Loli es hija de emigrantes sudamericanos que llevan ya años afincados en la zona. Indiana tampoco es española, sino de Estados Unidos, y no lleva más que tres años viviendo en la colonia extranjera de la Colina Hueca.

  • ¿Qué pasa? ¿No contestas? – grita Luis a mis espaldas.
  • Es mi cumpleaños… — aún no sé porque me giro y contesto. Es inútil.
  • Pero si tiene cumpleaños y todo – la nueva burla de Pedro hace que enrojezca. — ¿Cuántos cumples? ¿Cinco?
  • Ya es suficiente – dice suavemente Loli.

El coche acelera con un ruido de potente turbina, las ruedas chirrían sobre el pavimento. Escucho sus risas al alejarse. Mi ánimo se ha ido al infierno. Decido irme a casa.

* * * * * * *

A partir de mi cumpleaños, las cosas han ido sucediéndose rápidamente, cada vez más extrañas. Esta noche ha sido decisiva. Me he despertado sudando y jadeando. Cuando he conseguido enfocar la mirada, he comprobado que estaba en el desván y que solo era de nuevo una pesadilla. Como siempre, he intentado recordar, pero no lo consigo.

Me dolían algunas partes de mi cuerpo, como si alguien me hubiera estado golpeando. A los pocos minutos de despertar, solo era capaz de evocar sensaciones aisladas, como una caída, un golpe, o bien una caricia, que se iban difuminando en mi mente.

Sigo soñando, noche tras noche, al parecer casi lo mismo que la primera vez al comparar las sensaciones, pero no soy capaz de recordar. Me despierto con el cuerpo dolorido, lleno de moratones que van desapareciendo muy deprisa. ¿Impactos de balas?

Sin embargo, las sensaciones siguen a flor de piel. El dolor, el miedo, la angustia…

Noche tras noche, lo mismo. Me estoy obsesionando, me vuelvo paranoico. Temo dormirme. Me acuesto muy tarde y me levanto aún más temprano, trabajando más que nunca para agotarme. Ha empezado a repercutir en mi trabajo, en mi carácter, y en mi salud. Me he vuelto más callado que de costumbre, incluso ya no hablo con Pamela. Mis manos tiemblan y no tengo apenas apetito.

Desde hace unos días, un sordo rumor llena mi cabeza, haciéndome padecer horribles jaquecas. Es como un parloteo interminable en la parte posterior de mi cabeza. Algunas veces, me asaltan olores extraños que los demás no perciben, o bien, como alguien susurra un nombre o una palabra que no puedo entender bien.

Hasta esta noche. Al despertar, con el corazón a ritmo desenfrenado y los dientes encajados, un susurro en la oscuridad del desván desgranó aquella esquiva palabra.

 Rasputín…

                                      * * * * * * *

Es sábado. Dispongo de tiempo para investigar ese nombre. Sé poco sobre él, solo lo justo. Era un curandero o algo así en la Rusia de los Zares. Tenía fama de mujeriego y de hipnotizador. No tenemos Internet en la granja, así que me acerco al centro de Juventud. Allí consigo un terminal y empiezo a abrir páginas sobre Gregori Efimovich Rasputín.

Nada más aparecer las primeras fotografías, reconozco el rostro. Le vi en mi sueño, en el reflejo de la cristalera del aparador. Era yo, o yo era él, quien sabe. ¿Cómo era posible? Leo con ganas y curiosidad.

Nace en Siberia. Niño extraño e introvertido – dicen que se arrancaba los pañales cuando pequeño –, místico en su adolescencia. Se hizo monje jlystý, un extraño credo que predicaba que Dios gustaba de perdonar a los más grandes pecadores, así que esta secta se dedicaba a practicar orgías y depravaciones para poder ser perdonados, y Rasputín fue un acérrimo integrante. Se casó a los diecinueve años y tuvo varios hijos.

Más tarde, abandonó a su familia y viajó por tierras eslavas, Grecia y Tierra Santa, donde aprendió Historia, esoterismo, y Teosofía, así como otras artes. Regresó a Rusia y consiguió cierta fama como adivino popular y curandero, lo que le llevó a atender al hijo del Zar, el príncipe Alexei Nicolaevich, de su dolencia hemofílica. Gracias a unas aparentes curaciones milagrosas, la zarina Alexandra confió ciegamente en él, ya que las pruebas de sanación que le producía a su hijo eran inexplicables. Confió también en los vaticinios del monje sobre el destino de la Madre Rusia. Al parecer, la zarina tenía mucha influencia sobre las opiniones de su esposo.

Sin embargo, los nobles de la corte se sentían amenazados en sus intereses por Rasputín y propagaron rumores que sirvieron de alimento para los revolucionarios enemigos del régimen zarista. Finalmente, el príncipe Yusupov y el primo del zar, el gran duque Demetrio Romanov, decidieron asesinarlo en Petrogrado la noche del 29 al 30 de diciembre de 1916, para acabar con su influencia sobre la zarina.

 

A medida que leo sobre su muerte, voy encajando cuanto he soñado. ¡He estado allí! ¡He visto su muerte, sentido su agonía! ¿Cómo es posible tal cosa? Esto es peor que una película de miedo…

En serio, apenas había escuchado hablar antes de Rasputín. No conozco ninguno de estos detalles, ni de su vida, ni de su obra. Sin embargo, siento un particular interés por este personaje. Busco más datos. Es extraño, en esas viejas fotografías en blanco y negro, Gregori Rasputín parece poseer los mismos ojos que los míos, tan claros y carentes de vida.

Al final de la búsqueda, mi cabeza da vueltas. Todos esos datos no me dicen más de lo que ya había presentido en los diferentes sueños. ¿Qué tengo que ver con Rasputín, o que tiene él que ver conmigo?

Más por fastidio que por otra cosa, pincho en el último enlace, algo de Rasputín en un museo raro de San Petersburgo. La primera foto me deja atónito. ¡Hay una polla tremenda metida en un gran frasco de cristal! Leo la leyenda al pie: “Durante el proceso de su asesinato, Rasputín fue castrado y su enorme pene de treinta y un centímetros (¡31!), se conserva en formol en el museo erótico de San Petersburgo, desde 2004”.

¡Ese tío tenía una serpiente bajo los pantalones!

¿Sería por eso que quisieron matarlo? Jeje, yo también le mataría. Menudo caballo. Joder.

Bueno, es la hora de ir a casa.

* * * * * * *

Me despierta un terrible dolor de huevos. Enciendo la luz y me los miró. Estoy desnudo, como siempre. ¿Me habré dado un golpe en los testículos mientras dormía? No creo ser tan tonto, pero no se sabe. Están doloridos e hinchados. El dolor se empieza a derivar a la polla. Mientras la palpo, me viene a la cabeza el aparato de Rasputín. Ni comparación con la mía. Es normalita. No sé, no me la he medido nunca, pero calculo que unos quince o dieciséis centímetros y delgadita. Hasta se ve pequeñita ante el espejo, comparándola con mi cuerpo.

Coño, sigue doliendo y no sé por qué. Tengo que moverme con cuidado para acostarme. De lado no puedo, boca abajo ni pensarlo. Hala, a roncar boca arriba.

Al día siguiente sigue igual y duele un taco al moverme. Saúl se ríe al verme. Me pregunta si es que los llevo cargados. ¿A qué se refiere? Menos mal, Pamela no está en casa. Sigue en Madrid con una campaña. Disimulo cuanto puedo ante mamá. Mal rollo, ni he podido sentarme al tractor. La vibración me hacía vomitar de dolor. Estoy acojonado.

Tercera noche sin apenas dormir. El dolor de genitales no se marcha. Esta mañana me ha parecido que la polla ha crecido y me la he medido finalmente. He apuntado las medidas: largo, dieciocho, gruesa, unos tres centímetros de diámetro. La verdad, que creía que era más pequeña. Lo que si tengo más hinchados son los testículos, pero no se han amoratado ni nada. He leído que es bueno ponerse hielo.

Como no puedo dormir me ha dado por pensar. Nada en concreto, tonterías mías. Pero, de repente, no paraba de venirse a la cabeza la secta esa a la que pertenecía Rasputín, los jlystý. Básicamente eran unos viciosos tremendos que hacían verdaderas guarradas para después sentir la dicha de que Dios les perdonara. Muy católicos no estaban, no señor.

Pero, mira por donde, a lo largo de la noche, he cambiando de idea. Tenían su parte de razón, los jlystýs esos. Si Dios es todo amor y perdón, ¿de que sirve ser tan bueno e inocente? No sentirían jamás su abrazo, la calidez de su perdón, el amor que los aliviaría. Así que comprendo que esa gente, más analfabeta que un cerdo de granja, se lanzara a pecar, cuantas más perversiones mejor, para disfrutar del perdón de Dios.

Han pasado dos noches más. Tenía razón, me cago en todo lo que se mueve… la polla me está creciendo. ¡Que no, que no estoy majara! Ha crecido, a lo largo y a lo ancho. Está en veintidós centímetros de larga y ha engordado otro centímetro más. Además, los huevos me pesan. Los noto tirando hacia abajo…

Por mucho que he buscado en la red no he encontrado enfermedad alguna que tenga estos síntomas. Todo lo más, algunos casos de elefantiasis en la India, pero es una enfermedad por picadura de un raro mosquito y no avanza tan rápido. Ahora si que estoy preocupado. ¿Y si se me cae la polla a pedazos, como la lepra? ¡Es horrible! ¡Aún no la he utilizado!

Joder, me he pasado toda la noche llorando, como las chicas. Esto me está afectando de verdad. Hoy me duele menos, puedo moverme mejor. Quizás ya se esté pasando. Pamela ha venido de Madrid para pasar el finde. Se ha traído una compañera de Cataluña, toda una zorra. Se llama Maby y es ab-so-lu-ta-mente vegetariana. ¡No te jode! Pues podría comerme la zanahoria que me está creciendo en los bajos.

Padre me ha enviado a cortar algunos álamos con la motosierra y empaquetarlos en el remolque. El día se ha puesto chungo, el otoño está acabando y parece que hace frío. Como siempre, ni me doy cuenta, pero cuando estoy apilando los troncos ya desbrozados, escucho algo detrás de mí. La amiga catalana de mi hermana me está mirando, con los ojos como platos.

  • ¿Qué pasa? ¿Tengo bichos? – pregunto, más que nada para que cierre la boca. Puede entrar algo volando…
  • No, no… estás apilando los troncos tú solo…
  • Si – digo mientras muevo la pila para que asiente mejor. – Son álamos, apenas pesan. ¿Qué haces por aquí? ¿Y Pamela?
  • Decidí dar un paseo y escuché la sierra. Pami está hablando por teléfono – dice, apartando de sus ojos un oscuro mechón de su trasquilada cabecita. Lleva uno de esos peinados a capas, muy corto por detrás y con un largo flequillo, maravillosamente teñido de un tono negro opalescente.
  • ¿Pami?
  • Si, así la llamamos en los camerinos.
  • Ah, claro. ¿Con quién está hablando?
  • Con Eric, un modelo que conocimos en la pasarela Cibeles.

Parece que Maby tiene un mejor día hoy. Al menos, está conversando y no dice borderías. Parece hasta una buena chica, así en frío.

  • No sabía que Pamela estuviera saliendo con nadie – dije, arrancando la motosierra.
  • ¡No es nada serio! ¡Están tonteando! – grita ella para que la entienda.

Asiento para hacerle saber que la he escuchado y acabo de cortar el árbol. Me deshago de las ramas con un par de pasadas y lo subo al remolque. Maby está detrás de mí, sin que me hubiera dado cuenta.

  • Eres muy fuerte – me dice, colocándome una mano en uno de mis brazos.
  • Psshée… es por estar todo el día currando. ¿Llevas tiempo de modelo? – algo hay que preguntarle para disimular que me he ruborizado.
  • Es mi primer año. Aún no tengo buenos contratos, pero no tengo prisa. Solo tengo quince años.

¡La ostia! No me lo puedo creer… ¡Quince años! La tía está que se sale. No tiene mucho pecho, pero de lo demás va sobrada y es más alta que mi hermana aún. ¿Qué les dan para comer? Caigo en la cuenta que no soy el más indicado para hablar de esos menesteres.

  • Te echaba yo más años, ya ves – le digo yo en plan caballeroso.
  • Todos lo hacen – se ríe ella. — ¿Y tú? Al menos, veintidós, ¿verdad?
  • Tampoco estás muy fina. He cumplido los diecisiete hará un par de semanas.
  • ¿Qué dices? ¡Anda ya, no puede ser! – dice, dándome una palmada en el hombro. Sus ojos, azules cielo, parecen esconder interesantes secretos.
  • Pregúntale a Pamela – le digo mientras coloco la funda a la motosierra. — ¿Te vienes? Regreso a la casa.

Esa noche, sueño con Maby. Los genitales me pican más que dolerme. Es un picor enervante, sordo y profundo, que molesta bastante. El hecho es que aún recuerdo el sueño y eso no es normal. Los únicos sueños que recuerdo, en mi vida, son los relacionados con Rasputín. Así que si recuerdo este, algo tendrá que ver, ¿no?

¿Qué lo cuente? No sé yo… está bien.

Pues va de que dábamos un paseo después de cenar, ella, yo y mi hermana Pamela. Hacía buena noche y había luna llena. Pamela contaba cosas del tal Eric, que si era muy romántico y tal. A mi me estaba cayendo ya como una patada en el culo, el tío. De pronto, Maby se cuelga de mi brazo y dice que yo si que era romántico. Que había talado un bosque entero para ofrecérselo.

¡Dios, hay que ver que chorradas sueña uno!

Entonces, Pamela va y suelta, así como si nada:

  • Pues el árbol más interesante de mi hermano es el que lleva entre las piernas… anda, cari, enséñaselo…
  • A ver como te deja una cosa así, aunque sea un puto sueño.
  • ¿De verdad? – Maby le falta tiempo para ponerse de rodillas, intentando sobarme el paquete. Yo la aparto, avergonzado.
  • Uy, que va. Así no vas a conseguir nada. Es cantidad de cortado – le dice mi hermana. – Deja que te eche una mano.

Como en todos los sueños raros, no tengo salida, no puedo huir. Mi hermana se acerca, terriblemente insinuante, como una diosa sensual, y coloca sus manos en mis hombros.

  • Relájate, pequeñín – susurra y acerca sus labios a los míos.

Huelo su tenue perfume. Percibo el aliento que se escapa por sus entreabiertos labios. Distingo la punta de su maravillosa lengua, y, finalmente, saboreo la miel de sus labios. Una experiencia para los cinco sentidos. Lástima que sea solo un sueño, por muy real que parezca. Sus brazos se enroscan en mi masivo cuello y se cuelga totalmente de mí, izándose a pulso. Devora mi boca como si quisiera sacarme los pulmones por ella. No me suelta, es insaciable.

Por otro lado, Maby, siempre de rodillas, ha desabrochado mi bragueta. Mi pene surge, morcillón y gigantesco, desplegándose cual manguera. ¡Por Dios, es enorme! Ya mide lo mismo que el de Rasputín…

Maby se lleva una mano a la boca, impresionada. Mi hermana aparta su boca de la mía y posa su mano sobre la cabeza de su compañera, diciéndole.

  • Te lo dije… ahora, no nos queda más remedio que chuparla…

Aún no sé como será una mamada, pero os juro que si se parece lo más mínimo a lo que experimenté en ese sueño, me voy a gastar mucha pasta en putas. Dicen que en los sueños solo puedes sentir lo que ya has experimentado en la vida real: el sabor de un postre, la textura de una fruta, un salto en el vacío…

Nunca me han hecho una mamada, por lo tanto, he tenido que imaginarme la sensación, ¿no? Entonces, ¿cómo he podido ser tan específico, tan descriptivo y literal? Noté cada pase de sus lenguas, cada succión, recuerdo cómo se peleaban por atrapar el glande y tragarlo, y el chasquido húmedo de sus lenguas entrelazadas. Me estremezco cuando evocó la sensación de vacío que Maby creaba en mis testículos al metérselos en la boca y sorberlos.

No, todas esas sensaciones han tenido que salir de algún lado. Las he tenido que aprender de alguna manera… leerlas en algún sitio.

El caso es que mi miembro se puso tan duro como un astil, creciendo en toda su magnitud. Parecía tener vida propia y, por lo tanto, sus propios deseos. Ni siquiera se refrenaba con los imprudentes arañazos que los dientes de las dos chicas le producían, dado su ardor. Para aquel miembro solo existía el placer y la urgencia por obtenerlo. Tuve que apoyar mis manos en sus cabecitas cuando mi orondo pene empezó a temblar espasmódicamente, como si anunciara una pronta erupción.

El cabrón tiraba de mí, se movía en todas direcciones, como una manguera, intentando escapar de las manos y bocas de mis amantes. Con un rugido descargué níveos chorros, cálidos y espesos, que mancillaron rostros y cabellos de las dos ninfas arrodilladas.

Cuando desperté, estaba amaneciendo. Una tremenda corrida manchaba las sábanas de mi cama. Aquello no era el resultado de una polución nocturna, sino el trabajo de toda una noche de juerga. Contemplé mi tremenda polla erguida, dura como el hierro, como la de todo adolescente al despertar. Cogí el metro que tenía en la mesita… treinta y un centímetros de larga y seis centímetros de grosor… unos huevos enormes colgando de mi entrepierna…

Suspiré.

Bienvenido, Rasputín…

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