JANIS MULLIGAN

En un primer momento, no sabía si estaba despierto o dormido. Las sensaciones son muy vividas, así como los colores de mi entorno. El sueño tiene profundidad, si es que es un sueño. Me encontraba en una gran sala, con el suelo de madera bien pulida. Una gran chimenea crepitaba, cargada de leña. Éramos cinco a una gran mesa de roble cargada de vituallas. Por un momento, sentí un ansia increíble hacia toda aquella comida; deseaba acapararla toda, regodearme en su sabor. En mi mano, tenía una gran copa de vino que apuré. Sabía delicioso, afrutado y suave. Yo mismo me extrañé. No he probado jamás el vino, ni siquiera sé el sabor que tiene.

 

Mis cuatro acompañantes no dejaban de animarme a probar los diferentes platos que, según me decían, se habían preparado en mi honor. Al final, me dejé llevar por la tentación y comencé a pellizcar a un lado y otro. Pescado en salmuera, carnes confitadas, embutidos deliciosos, quesos aromáticos… todo pasaba por mi garganta con afán, como nunca he saboreado anteriormente.

 

Ellos se reían y brindaban. Les conocía, o, al menos, intuía que les conocía. Estaba seguro que si hubiera querido, sus nombres acudirían a mis labios. Uno de ellos era joven y jovial. Su rostro estaba adornado con una bien recortada perilla y un bigote fino. Sus ojos oscuros brillaban maliciosamente. Los demás, hombres maduros y de aspecto noble, coreaban las chanzas, pero sus ojos estaban serios, vigilantes. Algunos mesaban sus anchas barbas con nerviosismo. Todos vestían con elegancia y suntuosidad, pero con un estilo casi oriental, exótico.

 

Eché un vistazo a mis propios ropajes y, asombrosamente, yo aún era más exótico. Ellos vestían blusones de seda de vistosos colores, afirmados a sus cinturas por gruesos cordones dorados o bien un amplio cinturón de cuero. Todos portaban pantalones, aunque de estilos diferentes. Había un pantalón pegado que parecía una prenda de montar, al estilo húsar. Un pantalón de vestir, sin duda compañero de una levita que no aparecía a la vista, y dos pantalones amplios y cómodos que parecían elaborados con suaves pieles.

 

Yo vestía una amplia túnica celeste y negra, de amplias mangas y brocados satinados. Un cinturón recogía la tela a mi cintura y, además, servía para sostener una especie de bolsita o monedero. Mis pies estaban enfundados en suaves botas de piel de ¿foca?

 

De repente, sentí que estaba en peligro entre aquellos hombres. Sus sonrisas me parecían muecas crispadas más bien. Sus dedos y nudillos estaban blancos de apretar con fuerza la madera de la mesa. El esófago empezó a arderme con intensidad. Tosí repetidamente. El estómago se me encrespó y vomité sin contención ante ellos.

 

Todo cuando había ingerido brotó con fuerza, acompañado de fuerte bilis y coágulos de sangre. Sabía que me habían envenenado, no sé cómo, ni por qué, pero así era. Solo que mi cuerpo era muy resistente y ellos no lo sabían. Se había deshecho del veneno por la vía rápida.

 

Me levanté de un salto, tirando la alta y pesada silla al suelo. Me apoyé en la mesa, dejando salir un nuevo chorro de vómito que salpicó mis botas. El dolor me dejaba encorvado, tratando de buscar aire. Mis acompañantes se habían puesto en pie, mirándome atentamente. Ninguno hizo algo por ayudarme o socorrerme. Les pregunté por qué… ellos escupieron al suelo.

 

El más joven dijo que la zarina no merecía mis desagravios. La corte había decidido deshacerme de mí. La rabia subió por mi garganta. Estaban cerca, seguros de que el veneno me debilitaba rápidamente. Decidí llevarme alguno conmigo.

 

Puse una rodilla en el suelo, aprovechando otro espasmo, y aferré la tirada silla de una pata. Con un rugido, la volteé con una sola mano. Nadie se lo esperaba, ni nadie conocía mi verdadera fuerza. Sorprendí a uno de ellos, uno de los más viejos. El impacto fue tan fuerte que la silla se deshizo contra su cara. Escuché el tremendo crujido de su cuello. Los demás saltaron hacia atrás, gritando. Avancé hacia ellos. Solo me quedaba una pata en la mano, pero, al parecer, ya no se fiaban de mí.

 

Retrocedieron hacia una de las puertas. Allí se encontraban sus abrigos de calle y sus armas. Rugí de nuevo, obligándoles a correr hacia allá. Buscaba una salida, desesperado, pero no la había. El más joven de los hombres me apuntó con una pistola y pidió al cielo fuerzas para acabar con la ejecución. Escuché el estampido y el golpe en el pecho. El impacto me tiró al suelo con fuerza y todo se fundió en negro.

 

No podía ver nada, pero les oía hablar entre ellos. Estaban aparentemente asombrados de mi resistencia. Todos los platos estaban envenenados, así como el vino. Una mano aplasta la túnica sobre mi pecho, comprobando la herida.

 

“Está muerto. Le has atravesado el pecho”, dijo uno de ellos.

“Hay que deshacerse del cuerpo”.

“Tengo un bote preparado. Nos llevará a la isla Petrovski”.

 

La rabia volvió a apoderarse de mí en ese momento. ¿Quiénes eran ellos para osar apartarme de mi destino? Con un esfuerzo, abrí los ojos. El hombre que estaba sobre mí dio un chillido como el de una mujer. Me puse en pie de un salto y mi figura quedó reflejada en los cristales de un enorme aparador. Mi túnica estaba tinta en sangre; parecía echar espuma por la boca, o bien aún era vómito que cubría mi tupida barba, y mis ojos estaban terriblemente abiertos, desorbitados por el odio. Me encaminé hacia mi verdugo, quien no podía dar crédito a lo que veía. Balbuceaba de miedo y ni siquiera se acordaba de que tenía un arma en la mano.

 

Le atrapé por el cuello, intentando estrangularle. Los demás se echaron sobre mí, consiguiendo arrancarle de mis manos. Corrí hacia la puerta que estaba abierta y salí tambaleándome a un patio cubierto de nieve. Sentí un vahído de debilidad. Mi cuerpo intentaba curarse. Detrás de mi, resonaron unos gritos y advertencias, así como una serie de disparos. Sentí un impacto en el costado derecho. Las balas picotearon la nieve a mi alrededor. Caí de rodillas sobre la nieve. Miré el cielo nocturno de aquella Navidad sobre Rusia. Hacía mucho frío.

 

Una nueva descarga. Más balas en mi cuerpo. Dolor, agonía, negrura…

 

“¡El Monje Loco ha muerto!”

“¡Tirémoslo al lago!”

 

Desperté al sentir la frialdad del agua.

 

Nunca he tenido un sueño así. No soy de los que se acuerdan de los sueños. Duermo poco y profundo, así que los sueños no son más que fugaces sensaciones para mí; nada tan vivido hasta ahora. Cuantas más vueltas le doy, desnudo y a oscuras sobre mi cama, más convencido estoy de que no es un sueño, sino un recuerdo. Pero, ¿un recuerdo de qué? ¿Alguna película de la que me he olvidado? ¿La escena de un libro que me haya impactado? ¿Por qué sé algunos datos como que estaba en Rusia, o bien que era Navidad? ¿De dónde he sacado ese nombre del Monje Loco?

 

Demasiadas preguntas sin respuesta por ahora. Sin embargo, no puedo dejar de sentir el impacto de las balas en mi cuerpo, de forma absolutamente real, o la agonía del veneno.

 

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