JANIS MULLIGAN

  1. El sueño

Miro la noche. Sentado sobre mi cama, a oscuras, en silencio. Miro por la ventana, hacia la oscuridad que se extiende plácidamente. Me encanta esa sensación, contemplar el cielo jaspeado de rutilantes estrellas, de encendidas brasas desperdigadas. Me gusta esa peculiar brisa nocturna que eriza la piel de los amantes furtivos, que seca el sudor del ladrón tras su escalada. Diría que soy una criatura nocturna por placer y no por naturaleza.

 

A través de los cristales distingo la silueta de nuestros dos perros, siguiendo el rastro de algún zorro. Buen provecho, les deseo. El ingente bulto del gran tractor y de la cosechadora señala la existencia de la cerca que delimita el círculo interior de la granja. Más allá de esta valla de madera y alambre, los campos y cultivos están abiertos, salvo la parte del ganado.

 

Me llamo Sergio y todo esto pertenece a mi familia.

 

Me gusta estar desnudo en la oscuridad, en la intimidad de la gran buhardilla que he convertido en mi refugio. Nadie sube aquí, nadie me molesta. Un nuevo destello llama mi atención. La noche es terriblemente oscura y está empezando a ser surcada por incandescentes líneas de fuego eléctrico. La tormenta se acerca.

 

El silencio es total. Todos duermen en el piso bajo. Solo yo me mantengo despierto, contemplando la majestuosidad de los elementos desencadenados. En realidad, siempre soy el último en acostarme y el primero en levantarme; siempre ha sido así desde que recuerdo, desde que aprendí a amar la soledad. Por eso me gusta la buhardilla del desván. Me complace su tranquilidad, su intimidad, su seguridad…

 

Mi padre me deja utilizarla, siempre que yo me ocupe de mantenerla limpia. Tenía diez años cuando abandoné la habitación del piso bajo, al lado de la de mis padres, para subir aquí arriba, bajo el tejado de pizarra, y dormir mirando las achatadas vigas de madera, inclinadas sobre la cama.

 

Me siento aislado de los demás miembros de la familia, voluntariamente excluido, sin tener que relacionarme con todos ellos más de lo necesario. Nadie sube aquí, nadie me echa de menos. ¿Acaso soy un mal hijo? ¿Un descastado? No lo sé. Puede que si. Incluso mi madre se ha acostumbrado a esta rutina. Sin duda me quiere, pero, al menos, le quito trabajo. Yo limpio, hago mi cama, lavo mi ropa. Sé cuidarme solo… soy independiente.

 

Un nuevo relámpago, más potente que los anteriores, ilumina el desván. Por un momento, tengo una visión completa de mi cuerpo en el gran espejo adosado a una de las paredes. Mi cuerpo, mi grandioso y maldito cuerpo, fuente de todos mis problemas…

 

A causa de él, trabajo más que ninguno de los que viven en la granja; a causa de él, me hice un solitario.

 

Me faltan dos centímetros para alcanzar los dos metros, y peso ciento treinta y cuatro kilos. Ah, y tengo dieciséis años.

 

Me han llamado demasiadas veces el Chico Masa en la escuela y no he sabido nunca contestarles. Soy muy alto y terriblemente obeso. Según mi madre, no soy feo. Poseo rasgos atractivos, pero… ¿Quién puede creer a una madre? De todas formas, aunque fuera bello como un dios, esa belleza estaría oculta bajo rollos de grasa y manteca.

 

Quizás lo más bonito sean mis ojos, pues son claros, muy claros, de un celeste tan desvaido que más bien parecen muertos. Mis padres siempre dicen que no saben a quien he sacado ese color de ojos; no pertenece a nadie de las ramas familiares. Todos somos morenos y de ojos oscuros, salvo mi hermana Pamela que es pelirroja, de las peligrosas, como el tío Juanca.

 

¡Que importa! Hay algo que compensa todo eso, todos esos complejos.

 

Aún no sé cuanto, ni cómo, pero procuro mantenerlo en secreto. No creo que sería muy bueno si se supiera. He descubierto que soy muy resistente. No es eso que se dice cuando queremos fardar, no. Resistente de verdad. Mi cuerpo aguanta cualquier cosa. Puedo trabajar de sol a sol, sin apenas cansarme. Apenas siento frío, mi cuerpo siempre está caliente. Nunca he estado enfermo, que recuerde, y, cuando me partí dos dedos, cambiando la correa del tractor, se me curaron en un par de días.

 

Soy muy fuerte, lo sé, pero no se nota para nada. Mi cuerpo no está definido como el de los chicos del equipo de fútbol de la escuela. Es más bien una masa amorfa de carne, llena de pliegues de grasa, de piel pálida y temblorosa. Mis manos son descomunales, de rollizos dedos capaces de engarfiarse sobre cualquier herramienta, y mis piernas son columnas sin líneas estéticas.

 

Nunca llevo pantalones cortos, ni permito que me vean sin camisa. Utilizo, sobre todo, petos de trabajo, pantalones anchos y amplias sudaderas, sea invierno o verano. De todas formas, por lo que he podido comprobar, mi cuerpo parece mantener un especial control de la temperatura interna. Tengo que recordar probarlo en un clima más caluroso, pues aquí, en estas latitudes no es que el sol se caiga a pedazos.

 

Tanto en el pueblo como en la escuela, mi nuevo apodo es Goliat… Pero, como he dicho, mi verdadero nombre es Sergio Tamión, tengo dieciséis años, y soy… esto… virgen.

 

Me levanto de la cama y me acerco al espejo. La tenue luz de las lámparas del porche, aún encendidas, me permite verme reflejado. Aparto un mechón moreno de sobre mi frente. Debería cortármelo. Está grasiento y su roce me produce acné en la frente.

 

A veces fantaseo con la idea de que no soy absolutamente humano y que, un día, mi verdadera familia vendrá a buscarme con un alarde de efectos pirotécnicos al menos. Sin embargo, no puedo quejarme de mi familia, salvo quizás, de lo cómoda que parece sentirse conmigo aquí arriba.

 

Mi padre, Samuel, tiene cuarenta y cinco años y es propietario de una granja de varias hectáreas a las afueras de Fuente del Tejo, en Salamanca. Aparte de la granja propiamente dicha, disponemos de una pequeña vaqueriza y un poco de ganado, así como varias parcelas plantadas de arces, chopos y álamos para talar. Visitación, mi madre, tiene cuarenta años y se ocupa del pequeño taller de envasado que instalaron hace unos años, y con el cual dan salida a los productos de la granja. Mis padres están muy orgullosos de esta granja, que ha pasado de mano en mano de los Tamión desde hace al menos doscientos años. Se jactan de que todo cuanto producen es, cien por cien, ecológico y natural. Nada de pesticidas, ni abonos químicos, ni nada de maquinaria ultramoderna.

 

A pesar de haber alcanzado una situación económica cómoda y floreciente, seguimos trabajando la tierra como hace cincuenta años. Nos apañamos con un par de tractores, una cosechadora, y un par de mulas mecánicas, sin contar con las motosierras de papá, ni la ordeñadora automática. Pero no me quejo, yo también estoy orgulloso de mi trabajo.

 

La familia la completan otros tres hermanos. Saúl es el mayor, con veintitrés años. Hasta hace poco, ha estado trabajando con nosotros, pero ahora se ha puesto a trabajar en el taller mecánico de su futuro suegro. Según sus palabras, alguien debe hacerse cargo del negocio familiar ya que su única hija (su novia Carla), no se mancharía jamás las manos. Saúl es una persona alegre y servicial, aunque siempre me tache de palurdo, dotado para los deportes, en los que destacó en su época estudiantil, pero de escasa voluntad para los estudios, por lo cual pronto estuvo trabajando.

 

Después, está Pamela, la dulce y hermosa Pamela. Ha cumplido dieciocho años y, junto a mi madre, es la única que no me demuestra lástima o desprecio cuando me mira a los ojos. Sin embargo, pasa mucho tiempo en la capital y en Madrid, pues es modelo. Cuando se reúne con sus compañeras de trabajo, casi todas unas pijas de cuidado, todas muy guapas y muy creídas, su carácter cambia, y se vuelve pretenciosa, orgullosa y engreída. Eso me enfurece. Pero cuando está a solas conmigo, es muy cariñosa y comprensiva. Está pensando en hacer una carrera universitaria, pero aún no se ha decidido por cual.

 

Tanto Saúl como Pamela son hermosos, cada uno a su manera. Quizás mamá tenga razón y si no estuviera tan obeso, luciría como ellos… en fin, no hay remedio. Saúl es alto, aunque no tanto como yo, atlético, de buen porte, seguro de si mismo, y también muy pagado de su imagen.

 

Como he dicho antes, Pamela es la única de la familia que no tiene el pelo oscuro. Posee un pelo que parece fuego y unos rizos naturales que algunas comprarían sin dudar en una peluquería de estilo. Medirá sobre el metro setenta y cinco, y unas formas potentes y preciosas, fruto de años de natación. Tiene unas pupilas del color de la miel, casi en el centro, y verdes en los bordes. Son unos ojos muy seductores, enmarcados por largas pestañas. Su nariz es un poco ancha pero definida por los marcados pómulos, todo cubiertos por diminutas y preciosas pequitas. Cuando sonríe, te hace creer en los ángeles, con esa boca amplia y sensual, bordeada de dientes perfectos. Que queréis que os diga, estoy enamorado de mi hermana, en el buen sentido de la palabra.

 

Finalmente, mi hermano pequeño, Gabriel, al que todos llamamos Gaby. Tiene seis años y es un torbellino de niño. Siempre hay que vigilarle por sus travesuras, quizás demasiado mimado por mamá, ya que fue un hijo inesperado y tardío. Se parece como una gota de agua a Saúl cuando tenía su edad.

 

Esperemos que no sea tan capullo cuando crezca.

 

Como comprenderéis, yo soy el que se lleva la mayor parte del trabajo en casa. Saúl ahora aprende mecánica y solo se ocupa de mantener el tractor y la maquinaria a punto. Pamela ha terminado su Bachiller y gana un buen sueldo. Apenas ayuda cuando está aquí, salvo ocuparse algunas veces del forraje o de la ordeñadora; no se le pide más. Mamá está todo el día envasando, almacenando, o controlando diversas cosechas. Papá y yo somos los que nos ocupamos de talar, del granero, de los diferentes cobertizos, de cuidar del ganado, y, finalmente, de cosechar. Un par de braceros temporales nos ayudan en los días de mayor trabajo, pero eso es todo. A todo eso debo sumarle la escuela y cuanto me ocurre en ella debido a mi aspecto, así que comprenderéis que dejara de asistir para iniciar un curso nocturno, que era cuando disponía de tiempo para mí. Así, al estar rodeado de gente más adulta que trata de ponerse al día con sus estudios, o estudiantes con problemas propios, que no disponen de tiempo ni deseos de burlarse de otros, no me siento tan discriminado. El único problema que tuve fue con unos gamberros que acudían a clase por orden del juez. A esos, todos mayores que yo, podía meterles en cintura, dejándoles claro que no podían abusar de mí.

 

Lo que si echo de menos, es no poder sentarme detrás de todas esas lindas chicas que acuden a las clases diurnas y que huelen tan bien. Podía fantasear con ellas, a pesar de que me miraran casi con miedo, o bien no me hicieran caso alguno. Sin embargo, puedo verlas pasar, en las tardes de los sábados, cuando acudo a la ferretería del señor Serros para ayudarle. Solo me atareo en el almacén. Ordeno estantes, coloco nuevos pedidos, o bien descargo bultos. Nada de atender al público, pero, tras las enrejadas ventanas, puedo observar a las bellezas locales, exquisitamente arregladas, acudir a los pubs o al cine.

 

Con el señor Serros obtengo dinero para mis gastos personales: un libro, un DVD, o ir al cine, donde me siento en un rincón tratando de pasar inadvertido. Esos son mis únicos vicios. No bebo, ni fumo, ni tampoco salgo por las noches, ya que no tengo amigos.

 

Un nuevo relámpago cae. Parece que la tormenta se aleja. Así es como transcurre mi vida, aburrida, patética, sin ningún fundamento. Escucho toser a mi padre en el piso de abajo. Miro el reloj. Son las dos de la madrugada.

 

Fuente del Tejo es una población mediana, con unas doce mil almas, y está muy cercana a Salamanca, con buenas comunicaciones, o sea, carreteras y tren de cercanías. Sin embargo, es de una apacible vida rural, pues no hay grandes industrias que eleven el nivel de vida. La agricultura, la ganadería, y la tala de árboles siguen siendo, desde hace siglos, las fuentes de ingresos más relevantes de la comarca. El pueblo posee un instituto hábil para unos seiscientos alumnos, una escuela taller, un centro de Formación Laboral, cinco iglesias, varios bares y cafeterías, así como restaurantes, diversos locales nocturnos, entre ellos un pequeño club de alterne, y algunas fábricas artesanales. No hay más, pero se vive bien y, sobre todo, tranquilo.

 

Es todo cuanto os puedo contar del lugar donde vivo.

 

Todo esto se me ha venido a la cabeza porque no quiero pensar en lo que me ha despertado. No, no fue la tormenta, sino un sueño. Un sueño muy extraño. Aún tengo todo el cuerpo tembloroso y el vello de punta. En cuanto dejo que mi mente divague, vuelvo a recordar y me pongo a temblar.

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