JOHN LEE DOWN STREET

Había caminado horas. La oscuridad del cielo y los enormes edificios, de fachada gris, la habían desconcertado. Estaba muy cansada. La lluvia había calado su ropa. Al fondo de la oscura calle vio un parque, el verde de sus árboles la atrajo, y siguió caminando hasta llegar a él.
Llevaba tiempo sentada en el banco. El pelo mojado cubría su cara, inclinada hacia delante con la cabeza agachada. Estaba agotada.
Levantó la cabeza y observó los árboles que había al otro lado del centro del parque, éste despoblado y amplio con sólo una estatua, abstracta, indescifrable, rompía su monotonía de la nada, su color parecía reflejar el cielo. Miró, ella, a sus lados, rodeada de más árboles. Intentó recordar qué tipo de árboles eran. Miraba el tronco, ancho; miraba las copas, frondosas; las hojas, verdes – amarillas y rojizas – y grandes, escurriendo el agua que sobre ellas caía. No conseguía recordar su nombre.
Volvió a mirar hacia los árboles del fondo -al otro lado del espacio vacío – y a través de los cristales, empañados, distinguió el tendido eléctrico que justo por encima de las arboledas destacaba, con sutileza. Centró la mirada, mientras una gota distorsionaba la visión. Consiguió ver, encima de los cables, sobre éstos posados, un grupo de pájaros permanecían inmóviles, quietos.
Un rápido movimiento aéreo llamó su atención, una sombra fugaz. Giró el cuello, rápido, en la misma dirección de lo que fue. Era un pájaro, volaba. Había roto las normas implícitas que tienen: volar bajo la lluvia. Volaba alrededor de aquel parque, solo. Trató de distinguir la especie, pero no lo consiguió. Pensó que: bajo un cielo cerrado todas las figuras son oscuras y difíciles de distinguir, al alzar el cuello. Discernir. Reflexionó: bajo la bóveda azul tampoco el color se aprecia; son sombras al alzar el cuello para mirar.
Volaba. Era un ave; no un tren, tan rápido como éste, o más. Sólo era un pájaro, o más. No pensaba. Empezó a sentir los rápidos latidos, su fuerza, su ímpetu. Miró hacia abajo: había miles de flores, amarillas como una alfombra cubrían la tierra; veía su color. Lejos, acercándose vio un bosque. Cayó empicada y fugaces comenzaron a pasar cerca de ella ramas y hojas, adentrándose en la espesura ocre. Paró. Miró alrededor: rodeada de maleza, de anchos troncos, de torcidas ramas, de verdes y amarillentas hojas. El olor de la humedad cerró sus ojos un instante; al abrirlos, centró su mirada en una ella, rojiza, por la que una gota de agua se deslizaba; mientras, las pisadas de un animal, grande, escondido entre arbustos alteraba sus sentidos; el aleteo de otra ave, pasó cercano; se asustó un poco y sus uñas se agarraron con fuerza a la corteza, que bajo sus patas sentía: la dura suavidad de aquella madera mojada; en ella, una ínfima gota de agua junto a sus patas, llamó su atención, acercó el pico hasta tocarla con él, saboreó lo etéreo. Al levantar la vista un pequeño resplandor atravesó el enjambre.
Latió el corazón. Levantó el vuelo. Atravesó la frondosidad. Vertical. Salió a la inmensidad. Volaba. No podía ver, estaba deslumbrada. Volaba con más fuerza, era brío, sentía alejarse aquel olor, el sabor, el color.
Volvió en sí. No llovía. Miró donde estaban los pájaros; no estaban. Buscó aquel que volaba; no estaba. Se levantó, no estaba, …, ya cansada. Caminaba; paró. Olió la tierra mojada. Quiso mirar hacia arriba; no lo hizo.
Comenzó a llover: abrió la boca y era una niña. Así que, sacó la lengua intentó coger aquella gota de agua de la que había olvidado su sabor. Cerró, …, antes, es la norma de los inocentes, …, los ojos.

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