ANNABEL VÁZQUEZ

Estoy enfrascada en mi faena, otorgando de color los puntos más relevantes dentro de la planificación, cuando Sofía cruza el vestíbulo corriendo hasta detenerse frente a mi mesa.

—¡Menos mal que estás aquí! –dice intentando recobrar el aliento tras la carrera.

—¿Ocurre algo?

—¡Ay, Anna…! No sé cómo decírtelo –empieza abatida–. Tienes que venir conmigo y no hacer preguntas.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? –pregunto alarmada omitiendo su petición.

—No has mirado tu correo, ¿no?

—Bueno, todavía no he tenido tiempo de… ¡¿Qué pasa?! –demando con impaciencia.

—Está bien, ven conmigo.

Me levanto sin hacer más preguntas dispuesta a seguirla allá donde sea que quiera llevarme, pero antes de llegar al pasillo, gira bruscamente y colisiona conmigo empujándome hacia atrás.

—¡Joder, no da tiempo! ¡Escóndete! ¡CORRE! ¡Yo te cubro!

—Pero ¡¿por qué…?!

No termino de formular la frase, cuando veo al peor de mis temores cruzando la puerta giratoria de la empresa. Se me congela el aliento, es como si mi propia alma hubiese abandonado mi cuerpo dejando tan solo un amasijo de piel y huesos en su lugar. No lo pienso demasiado, y sin tiempo de reaccionar, me escondo rápidamente debajo de la mesa mientras Sofía se coloca delante ojeando unos papeles para disimular.

—Buenos días. Sofía, ¿verdad?

—Sí, buenos días, señor Orwell –se dan la mano–. Es un placer tenerle aquí de nuevo.

—¡Señor Orwell! –mi jefe sale del despacho junto a Claudia, que ha ido a avisarle en cuanto Sofía le ha dado la señal–. Lamento no haber podido contestar a su mensaje antes; aunque me alegro de que haya decidido venir de todas formas.

—Comprendo que ha sido un poco precipitado, pero este es el único momento del que disponía; tengo la semana saturada de compromisos.

Alzo un poco la cabeza para mirar por una ranura que hay en mi mesa, y distingo claramente las piernas de Vanessa. ¡Mi Vanessa! ¡Como la echo de menos!

El señor Soriano, da unos pasos hacia los lados, se para y dice:

—¿Y dónde está A…?

—Si le parece bien, señor –se apresura a interrumpirlo Sofía–, voy a preparar la sala de juntas.

—No hace falta –responde James rápidamente–, no nos quedaremos mucho tiempo, así que si pudiéramos hablar en su despacho sobre la nueva campaña le estaríamos muy agradecidos.

—¡Por supuesto! – interviene Claudia con su habitual tono cordial –. Acompáñeme.

—Pero ¿se puede saber dónde diablos se ha metido la señorita Su…?

—Me temo que ha tenido que ausentarse un momento –le interrumpe Claudia.

—¿Y por qué nadie me dice nada al respecto? ¡Ella es mi secretaria y debería estar aquí!

—Yo tomaré las notas –se ofrece Sofía.

Solo puedo morderme la lengua y aguantar, pero todo esto me parece tan humillante… No sé qué hago debajo de la mesa como si fuera una criminal, y lo que es peor, aguantando como mi jefe me pone verde en mis narices.

—¡Usted no me sirve! ¡Quiero a Anna aquí! ¡Ahora mismo!

Mierda.

—Disculpe… ¿ha dicho Anna? –como era de esperar, a James no le pasa desapercibido ese nombre.

—Sí, Anna. Lleva tiempo trabajando con nosotros –intenta despistar Claudia, pero James permanece inmóvil, posiblemente mirando a su alrededor mientras yo no hago más que sudar aquí abajo.

—Esto me parece increíble, ¡qué poca seriedad! ¡Ausentarse así, sin más! Desde luego, esto sí que no me lo esperaba. ¿Tiene su número de teléfono? ¡Llámela ahora mismo!

—Pero señor…

—¡¿No ha oído lo que acabo de decirle?! ¡La quiero aquí ya! –se dirige a James–. Siento mucho este inesperado contratiempo, esto no acostumbra a pasar.

—No se preocupe, esperaremos el tiempo que haga falta –espeta con toda su tranquilidad.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡MIERDA! Y ahora, ¿qué hago?

—¿Y bien? ¿Ya la ha llamado? –pregunta mi jefe a Sofía– ¿Dónde se ha metido ese desastre de mujer?

Y en este momento me doy cuenta de que debo enfrentarme a mis miedos y verle; aunque eso suponga otros seis meses de calentamientos de cabeza. Por otra parte, no pienso dejar que mi jefe siga despotricando en mi contra, y menos teniendo en cuenta todo lo que he hecho por él en las últimas semanas.

—No hace falta que llame, estoy aquí –digo mientras salgo de mi escondrijo y estiro mi vestido negro intentando disimular las pequeñas arrugas.

—¿Anna? –pregunta James boquiabierto.

Respondo a su pregunta con un movimiento de cabeza a modo de saludo. Ha cambiado mucho, apenas es un vago recuerdo del hombre que hace tanto me robó el corazón. Su vestimenta sigue siendo elegante; aunque más adecuada a estos tiempos y a su edad. Ya no lleva esos trajes oscuros tan anchos, sin forma, y físicamente parece otra persona, está muy delgado y esconde su rostro bajo una espesa barba rubia parecida a la que le vi la última vez que hablamos; aunque ahora la tiene mucho más cuidada. Su cabello sigue igual, engominado y repeinado hacia un lado, si no fuera por su atuendo parecería un personaje salido de otra época.

—¿Lleva ahí todo el tiempo? –interrumpe mi jefe.

—Sí, se me habían caído unos clips –abro la palma de la mano mostrando los clips que me ha dado tiempo a recoger del suelo.

Las risas a mi espalda de Sofía y Claudia, desvían nuestra atención, las seguiría, de no ser porque por dentro me siento como un volcán en erupción.

—Esto es… ¡Es increíble encontrarte aquí! Te he buscado, pero jamás pensé que…

—Bueno… –le corto–, ahora ya lo sabes. Será mejor que comencemos de una vez la reunión, si mal no recuerdo teníais prisa, ¿no es así?

—¡Señorita Suárez! –exclama mi jefe visiblemente alterado–. ¿Qué le pasa? ¿Cómo se le ocurre hablar de esta forma a uno de nuestros mejores clientes?

—¡No le he hablado mal en ningún momento! –espeto a la defensiva.

—Sinceramente me desconcierta su actitud.

—No se preocupe señor Soriano, su secretaria ha sido correcta con nosotros en todo momento –interviene James excusándome.

—¡De eso nada! ¡Me avergüenza! Esconderse bajo la mesa y contestarle de esa manera… ¡Menuda desfachatez!

Ya no lo aguanto más. Estoy que hecho humo y no puedo callarme; una vez encendida la mecha, no puedo apagarla y exploto. Todo me da igual, llevo mucho tiempo aguantando, así que decido que ya no hay más, y alzando la voz, digo:

—¡¿Pero quién coño se cree que es para tratarme de esta manera?! ¡¿Piensa que tiene derecho para dejarme en mal lugar delante de los clientes sin conocer los motivos que me han impulsado a hacer esto?!

—Pero ¡¿cómo se atreve?!

—¡Pues sí! ¡Me atrevo! Me atrevo porque llevo muchos meses aguantando su mal humor y poniendo buena cara, porque he hecho todo lo que he podido y he estado al pie del cañón siempre que se me ha requerido, y la única cosa en la que no me he involucrado, el único error que he cometido, usted se empeña en hacerlo público en la empresa. No le tiembla la voz para dejarme en mal lugar repitiendo una y otra vez lo poco apta que soy para este puesto, avergonzándome de todas las formas y maneras imaginables.

Un corrillo de gente se ha formado a nuestro alrededor, alarmados por el volumen de mi diálogo, pero la fiera se ha despertado y nada ni nadie puede detenerla ahora.

—Anna… Cálmate, por favor…

—¡No me pidas que me calme! –rujo con todo mi cabreo a James, ahora le toca recibir a él–. ¿A qué has venido? ¿A perturbarme, a arrebatarme el único empleo que me quedaba?

—¡No le hable así al señor Orwell! Pero ¿qué le pasa?

—No se preocupe, de verdad, esto no es nada –dice James dirigiéndose a mi jefe para intentar calmar los ánimos.

—¡Que no le hable así! ¡Pues le hablo así si me da la gana! ¡Usted no es quién para hacerme callar! ¡Ya no! ¡No pienso aguantar ni un solo desplante más por su parte! ¡DI-MI-TO! No quiero saber nada más de esta empresa, y, ¿sabe una cosa, señor Soriano? Jamás encontrará a nadie que le satisfaga, porque según su parecer, nadie está a la altura ya que usted se encarga de que eso sea así. Es fácil mirar a los demás y descubrir públicamente sus fallos; aunque es duro mirarse en un espejo y admitir los propios, ¿no? –cojo mi bolso y me lo cuelgo al hombro de mala gana–. Le daré un consejo, hoy me siento generosa –me mofo con sarcasmo–, si quiere que esto marche bien de verdad, solucione primero sus problemas personales, porque es obvio que los tiene y le impiden avanzar profesionalmente –tomo aire y vuelvo a descargar toda la artillería, no sea que me quede algo para luego–. Está estancado, y se empeña en arrastrar a todo el que esté a su lado a ese mismo pozo de angustia y frustración. ¡Pero no será a mí! ¡Ni hablar! Yo, al menos, estoy intentando poner mi vida en orden y seguir adelante, ¡¿qué hace usted?!

Y con esa última pregunta resonando en la sala, levanto la cabeza todo lo que puedo y me dirijo a paso ligero hacia la puerta giratoria.

 

Se acabó.

Oficialmente estoy en paro; pero no me importa en absoluto, iré a México con Elena, y cuando regrese me emplearé a fondo en encontrar otra cosa.

Continúo caminando hasta que escucho una voz que me llama, me giro bruscamente para ponerle nombre; pero en cuanto me doy cuenta de quién se trata, corro por la acera para darle esquinazo, paso de hablar con él. ¡Le odio! ¡Todo esto es por su culpa!

James me sigue dando enormes zancadas, está a punto de alcanzarme. Me pongo nerviosa, cruzo la calle y no lo veo venir, cuando un coche me corta el paso asestándome un golpe que me hace caer de espaldas contra el suelo. Me quedo sentada sobre el bordillo de la acera, completamente anclada y sin poder moverme. El dolor se va haciendo insoportable por momentos, me arden los glúteos, y esa misma quemazón asciende por la espina dorsal retorciendo mi cuerpo.

El conductor del vehículo se ha bajado de inmediato para hacerme reaccionar. Estoy en estado de shock y solo le oigo a lo lejos, como si estuviera hablándome desde el otro extremo de un largo túnel, por encima del fino y taladrante pitido que hay dentro de mis oídos.

—¡Dios mío! ¡Anna!

De repente, James se interpone en mi campo visual y me retira con cuidado el pelo de la cara. Su rostro hace temerme lo peor, está muy preocupado y no es capaz de controlarlo. Se centra exclusivamente en mí, mientras el otro hombre está llamando a la ambulancia. Me hace preguntas, y yo, tímidamente miro a mi alrededor, consciente de que soy el centro de todas las miradas.

—Dime algo. Por favor, cariño, ¿estás bien? ¿Puedes oírme? –arrugo el entrecejo. ¿Cariño? ¿Me ha llamado cariño?

Su cara de angustia y preocupación infinita me despierta sentimientos que creía ya olvidados, pero como una herida mal curada, la brecha ha vuelto a abrirse.

—Duele mucho… –susurro en un hilo de voz intentando contener las lágrimas; aunque advierto que en mi rostro se refleja el sufrimiento.

—Por favor, Anna. ¡Por favor! ¡Dime que estás bien! –suplica con la cara desencajada por la preocupación que le provoca la pena que destila mi voz.

—Estoy bien –consigo articular sacando toda mi entereza.

James me sostiene con firmeza el rostro y me besa la frente buscando su propio consuelo.

—Ayúdame a levantarme –le ordeno.

A medida que controlo la situación, voy haciéndome más fuerte, así que extiendo los brazos en su dirección a la espera de que él los sostenga.

—Creo que no deberías moverte hasta que llegue la ambulancia. Ten paciencia, ya están de camino.

—Voy a levantarme James, ¿me ayudas o no?

Suspira y, resignado, me rodea por los hombros con un brazo mientras tira de mí suavemente para ayudarme a ponerme en pie. Hago un enorme esfuerzo y siento como las piernas me flaquean, pero poco a poco consigo incorporarme. Una vez hecho esto, el dolor vuelve a sacudirme como un latigazo que recorre de punta a punta mi columna; tanto es así, que mis rodillas me traicionan. Por suerte, James no ha dejado que me caiga de bruces, y con mucho cuidado, ha vuelto a sentarme sobre la acera. ¡Como duele! ¡No lo soporto!

Tengo ganas de llorar, la impotencia de esta situación me supera; aunque afortunadamente las sirenas de la ambulancia logran tranquilizarme.

A pesar de que nos han visto, James se empeña en hacer gestos con las manos indicándoles el lugar. ¡Como si hiciera falta con toda esta gente a nuestro alrededor! Pongo los ojos en blanco; si no da la nota, no es feliz el pobrecillo…

El conductor del vehículo se afana en contarles lo ocurrido mientras James, hace verdaderos esfuerzos por intentar distraerme. No le escucho, estoy tan bloqueada por el espectáculo que estoy protagonizando, que soy incapaz de centrarme en cualquier otra cosa.

Los enfermeros me colocan sobre una camilla, seguidamente me conducen hacia la ambulancia. Como imaginaba, James sube conmigo, y no puedo prohibírselo, le conozco demasiado para saber que no piensa dejarme sola ni un momento, así que me resigno y cierro los ojos, irritados a causa de las lágrimas. Por suerte, me han administrado analgésicos y el dolor ahora es casi imperceptible.

 

Entramos en el hospital, en el que predomina la blancura de las paredes y de los suelos, y ese inconfundible olor a comida triturada y desinfectante que me provoca náuseas. Desde la camilla observo a James, le veo desorientado, y los enfermeros le hacen esperar en un pequeño reservado mientras me conducen hacia uno de los box para ser examinada. Tras un exhaustivo reconocimiento y un montón de pruebas, me tumbo en la camilla a la espera de los resultados. ¡Cómo odio los hospitales! Esto sí que puede conmigo…

Pasado un rato, que se me hace eterno, la puerta se abre y entra un chico joven, con uniforme verde y bata blanca. Advierto que es el médico y me incorporo en la camilla, reproduciendo una mueca de dolor tras el movimiento.

—Bueno, esto es lo que tenemos –empieza ofreciéndome una gran sonrisa; que sonría debe ser buena señal, eso me tranquiliza–. No hay lesión medular, solo ha sido un golpe. Un fuerte golpe, eso sí, pero nada que no se solucione con reposo y… –escribe en su bloc–, esta pomada –me entrega la receta–, además de las inyecciones para evitar la formación de coágulos, que tendrá que administrarse una vez al día, preferentemente por la noche.

—Ah… –contesto abrumada por la explicación del médico.

Menos mal que en casa está Elena, porque no creo que sea capaz de pincharme sola.

—Entonces, ¿puedo irme a casa ya?

—¡Por supuesto! –contesta con emoción el médico.

—¡Genial! –replico irónica.

Me ayuda a levantarme. Tengo el trasero muy dolorido y percibo un hormigueo intenso, así que giro la cabeza hacia atrás, dirigiéndola hacia la zona de donde viene la molestia.

—Es un hematoma bastante feo –constata escondiendo la risa.

—¿En el culo? –pregunto incrédula.

Asiente y me sonríe, intentando tranquilizarme.

—¿Puedo verlo?

—¡Claro!

Me acompaña al baño y me deja sola frente al espejo. A pesar que mi culo no es ningún misterio para él, se queda fuera demostrando su buena educación. Subo cuidadosamente la falda de mi vestido y ya se puede intuir algo, pero mis pupilas se dilatan cuando retiro lentamente la ropa interior.

—¡Hay que joderse, menuda putada! –el chico ríe desde fuera–. ¡Tengo el culo completamente negro! ¡No he visto nada igual en la vida!

—Bueno, se podría decir que su culo hizo bien su función y amortiguó la caída.

—¡Cielo santo! ¡Parezco un chimpancé!

Vuelve a reír y eso me da rabia. ¡Menuda profesionalidad! Salgo del baño y le fulmino con la mirada.

—Sobre todo no olvide las inyecciones –me recuerda.

Asiento, y juntos, nos dirigimos a la sala de espera donde está James. Es imposible librarse de él, y nada más vernos, corre hacia nosotros con el rostro desencajado.

—¿Cómo está? –pregunta directamente al médico, como si yo no existiera.

—Está bien, solo que ahora debe tener cuidado y administrarse tanto la pomada como las inyecciones en el trasero, ha tenido mucha suerte.

¡Pero bueno! ¿Por qué coño revela mi diagnóstico completo así como así?

James parece aliviado, algo risueño tal vez, y eso me crispa por dentro porque tanto él como el joven médico, parecen mantener un diálogo interno a mi costa.

—¡Esa es una buena noticia! ¿No crees? –pregunta James, escondiendo una sonrisa que lucha a toda costa por salir.

—Habla por ti, yo todavía no sé cómo voy a sentarme.

—¡Ups! ¡Se me olvidaba! Aguarden un segundo.

El médico desaparece, y James, aprovecha para pasarme el brazo por los hombros. No dudo en deshacerme de su abrazo, manteniendo las distancias.

—Esto te ayudará.

El médico se coloca nuevamente junto a nosotros y me enseña un flotador blanco, mis mejillas se tornan rosas.

—Estará de broma… ¿Tengo que sentarme en eso? –pregunto con incredulidad.

James, que hasta ahora había permanecido inmóvil, muerde con fuerza su labio inferior recordándose a sí mismo que yo estoy visiblemente irritada, pero mi expresión desconcertada vence su resistencia y rompe a reír a mandíbula batiente. El médico no se corta un pelo en seguirlo sin poder frenarlo, y mientras contemplo estupefacta esta escena tan absurda, la piel de todo mi cuerpo estalla en llamas.

—¿Os parece bonito reíros así de mí?

Mi comentario solo incrementa más sus carcajadas. ¡Esto es increíble! ¡Qué poca consideración! Arrebato el flotador de las manos del joven, les esquivo y me dirijo con paso firme hacia la salida.

—Vaya par de capullos… –mascullo entre dientes.

Antes de llegar a alcanzar la puerta, James ya está a mi lado.

—Perdona –se excusa, y automáticamente mantiene la puerta abierta para mí con la amabilidad en los labios y la burla en los ojos.

Vuelve a desatar una sonora carcajada en cuanto pongo un pie en la acera.

—Hay que ver cómo te ríes ahora, ¿eh?, pero te recuerdo que hace media hora no reías tanto.

Haciendo un enorme esfuerzo, recompone su expresión.

—Tienes razón, lo siento. Es solo que… –esta vez, se guarda la risa para sí–, imaginarte sentada en esa cosa… ¿Cómo se llama?

Pongo los ojos en blanco y vuelvo a esquivarlo; el muy cabrón sigue riéndose.

—Anna, espera. Va, no te enfades.

—No estoy enfadada, ¡estoy molesta!

Su carcajada vuelve a dejarme sin palabras. ¡Menudo imbécil!

—Vale –hace un esfuerzo por tragar saliva–, perdona. Ya paro.

Sigo caminando sin decirle nada. La imagen que ahora obtengo de mí en los acristalados escaparates de las tiendas me resulta algo patética, ya que soy incapaz de caminar erguida y con las piernas juntas dado que aún me duele el culo, por lo que tiendo a sacarlo hacia fuera como una hormiga. Encima, para más inri, llevo un flotador a cuestas. ¡Ah!, ¡y eso sin mencionar que parece que en mi pelo se ha librado una pelea de gallos!

Toda mi entereza se desmorona ante ese reflejo de mí misma y termino recostada en una farola. Estoy hecha un desastre, y sin previo aviso, empiezo a ver borroso, se me escapan pucheros involuntarios y desato el llanto. Es una reacción estúpida, lo sé, las lágrimas son demasiado gruesas como para poder ver el rostro de James, y creo que eso es precisamente lo que me hace sentir aún peor.

—Vamos, Anna, esto no ha sido nada, ya has oído al médico –siento sus brazos a mi alrededor y me aparto de nuevo, no quiero que me toque, su simple contacto me produce calambres.

—¿Qué no ha sido nada? ¡Cómo se nota que tú no tienes el culo negro como el carbón!

Le escucho reírse de nuevo, y esa risa, cargada de musicalidad, me evoca recuerdos; y aunque me agrade verlo relativamente feliz, incrementa mi malestar. Vuelvo a sentir la presión de sus brazos a mi alrededor, pero esta vez no hago nada al respecto; me he quedado literalmente sin fuerzas.

—Siento mucho que estés llorando, pero no puedes imaginarte lo mucho que he echado de menos esto –se retira ligeramente para poder mirarme a los ojos–. No he vuelto a reír desde que te fuiste.

—Así que es eso, no soy más que un payaso para ti.

—No eres un payaso, Anna, eres la chispita que le da alegría a mi insulsa vida de inglés ex-estudiante de Oxford, como dices tú.

Esbozo una frágil sonrisa ante ese lejano recuerdo, en aquél entonces no pensaba que las cosas entre nosotros acabarían de este modo, era una soñadora estúpida.

—Bueno –cojo aire, saco pecho y sorbo por la nariz al tiempo que me separo nuevamente de él–, creo que por hoy ya he tenido bastantes emociones. Necesito descansar, así que me voy a casa.

—Te acompaño.

—No. No lo veo oportuno, James. Además, tienes que regresar a la empresa, has dejado las cosas a medias.

—¡A quién le importa el trabajo ahora, justo cuando acabo de encontrarte! No puedes hacerte una idea de lo mucho que te he buscado, jamás imaginé que te apartarías de todo lo que conocía de ti, y eso me ha impedido localizarte.

—Pues ahí tienes la prueba –le miro con crueldad–, a la vista está que no quería que me encontraras.

—¿Por qué?

—Porque no quiero verte, ni saber nada de ti. ¿Es que no lo ves?

—Entiendo tus motivos, pero el destino sí que quiere que nos encontremos.

—¡No digas tonterías! ¡No hay destino que valga! Siempre supe que aparecerías en Taos, pero no esperaba que fuese así, de repente, sin tener tiempo de esquivarte –tuerce el gesto, mirándome con incredulidad.

—Me duele todo lo que estás diciendo.

—Es lo que hay –digo encogiéndome de hombros.

—Pero ¿por qué tanta rabia? Siempre te he tratado bien.

Tras su comentario, reanudo mi camino hacia la parada del autobús. Lo hago muy despacio, pues se empieza a pasar el efecto de los calmantes.

—A veces, quien mejor te trata es quien más daño te hace, y pasado el dolor y la impotencia únicamente queda la rabia. Por eso no quiero verte, ni saber de ti, me trae recuerdos y preferiría morir antes de volver a pasar por todo eso.

El desmedido brillo de sus ojos me conmueve. Le han dañado mis palabras, lo sé, tal vez me he excedido, pero es pensar en su esposa y…

—No me merezco esto, Anna, estás siendo muy injusta conmigo.

Me giro bruscamente en su dirección.

—¡¿Injusta?! ¡¿Yo?! No me hables de injusticias, James, no tienes ni idea.

Retomo el camino y vuelvo a dejarlo atrás, ignorándolo una vez más y demostrándole que nada de lo que diga o haga podrá hacerme cambiar de idea, porque yo ya no soy la chica con la que estuvo hace unos meses, nuestra fugaz historia me caló hondo y me hizo cambiar, al menos lo justo para no cometer los mismos errores.

—¿Dónde vas ahora? –pregunta acompasando mi paso ligero.

—A coger el autobús.

—De eso nada.

—No estás en posición de prohibirme nada, recuérdalo –replico mordazmente.

—Cogeremos un taxi.

—¿¿¿Cogeremos??? –pregunto alterándome ante ese plural.

—En esto no admito discusión alguna, te acompañaré a casa y punto.

—No lo permitiré.

—O a tu casa o a la mía, tú decides, pero sola no vas a ningún lado.

Suspiro sonoramente. ¿Por qué siempre tenemos que estar así? Es la misma historia que se repite, y se repite…

—Ahora vivo en Sants –le aclaro y dejo que me guíe por la acera hasta llegar a la parada de taxis, de nada sirve protestar.

Esta vez no se ríe cuando pongo el flotador en el asiento trasero del taxi y me siento encima con todo el cuidado del mundo. Omito los alaridos de dolor y me concentro en la carretera.

—Almorranas, ¿eh?

—¿Cómo dice? –pregunto al taxista que me mira sonriente a través del espejo retrovisor.

—Yo una vez tuve una almorrana del tamaño de un limón. No veas como dolía la condenada, recuerdo que…

Mi mente desconecta de la conversación a los cinco segundos. Ha tenido que tocarme el único taxista hablador y gracioso de toda Barcelona. Realmente este día no puede empeorar.

Al menos James también permanece ausente, de vez en cuando me mira, pero no se atreve a hablar; está molesto por mi frialdad. No sé qué esperaba tras nuestro reencuentro, la verdad, igual pensaba que iba a lanzarme a sus brazos como antaño sin importarme las consecuencias.

Le facilito las indicaciones oportunas al conductor, y cuando llegamos a mi barrio, hago que el coche se detenga. Un solo comentario más acerca de las almorranas y le estrangulo con la correa de mi bolso, ganas no me faltan. ¡Con todo lo que me ha explicado tengo para una tesis!

Caminamos unos cuantos metros en silencio hasta llegar a la puerta de mi edificio, consciente de que ahora, James sabe dónde vivo. Solo espero que no intente inmiscuirse más en mi vida, considero que ya es lo bastante dura sin su constante presencia.

 

—¡Por Dios, Anna, menuda puntería! Bueno, al menos toda la fuerza de tu cuerpo ha caído en blando.

—¡Calla! No me lo recuerdes, no puedo ni mirarme el culo; me da miedo.

Elena me pone la inyección y me obliga a tomarme un ibuprofeno.

—Pero ¡esto es increíble! Siempre que aparece ese hijo de puta las cosas se tuercen –añade Lore.

—Bueno, ahora ya da igual, creo que ha entendido que lo nuestro no puede ser de ninguna manera y por fin va a dejarme en paz.

Elena, que ha empezado a aplicarme la crema, presiona más fuerte de lo debido mi trasero.

—¡Aaauu! –chillo en respuesta.

—Perdona –se excusa.

—Eso espero, reina –continua Lore–. La verdad es que no sé de qué otras formas puedes decírselo. Si quieres consejo legal, te diré que…

—Vamos, Lore, no será necesario.

—Bueno, la verdad es que conviene tener sobre la mesa todas las opciones, a la vista está que ese tío no se da por vencido. Todavía recuerdo el mosqueo de tu padre cuando se presentó en su casa… ¡Madre mía, hay que tener huevos!

—Sí… –me echo a reír–, mi padre no sacó la escopeta de milagro; aunque no solo se enfadó con él, estuvo más de una semana sin hablarme, ¿recuerdas?

—¡Normal! ¿En serio le dijiste que James era un compañero tuyo y no tu jefe?

—Me pilló desprevenida –alego en mi defensa.

—Aun así. Sabes que de tonto no tiene un pelo, además tenía todos sus datos personales, no le debió costar mucho enterarse de quién era James en realidad.

—Sea como sea ya está olvidado, me ha perdonado. O eso creo… –sonrío.

—¡Cómo no va a perdonarte estando tu madre de por medio!

Elena empieza a subirme con cuidado la ropa interior, y yo, me incorporo en la cama; aunque no puedo disimular una mueca de dolor.

—Entonces, tú y James…

Lore y yo, interrumpimos nuestro diálogo para mirar con incredulidad a Elena.

—Yo y James…, ¿qué? –demando.

—En fin, que ya lo habéis zanjado todo, ¿no?

—Creo que sí. ¿A qué viene esa pregunta?

Se pone en pie estirando su camiseta con nerviosismo.

—Por nada, simple curiosidad…

—Elena…

—¡Oye! –exclama tratando de desviar su comentario–. ¿Pedimos algo de comida china hoy? Me apetece arroz tres delicias y rollitos de primavera.

—¡¿Por qué cambias de tema?! –le pregunto alterada por su pésima actuación.

—¡¿Yo?! No cambio, es que no hay más que decir. Todo claro entre vosotros, ¿no? Pues ya está. Ahora, si me disculpas, voy a lavarme las manos, que las tengo llenas de crema –sale de la habitación y miro a Lore frunciendo el ceño.

—¿Qué le pasa a esta?

—Ni idea. ¿La regla? –pongo los ojos en blanco y le doy una colleja.

—Vamos, Lore, céntrate… –se echa a reír.

—La verdad que lleva un tiempo que está rara de cojones.

—¿Tú también lo has notado?

—Conviviendo entre mujeres, ¡como para que se me pase por alto algo así! En fin, voy a enviar unos cuantos e-mails, si necesitas algo, ya sabes.

Lore me da un beso y sale de la habitación dejándome sola, únicamente está Calcetín desparejado a mi lado, que al ver mi expresión, se acerca recostándose junto a mi brazo. No me resisto a achucharlo y darle unos cuantos besos mientras le digo monerías. Cada día me gusta más este animal.

Me retiro de él cuando empieza a vibrar mi teléfono móvil, descuelgo rápidamente y me lo llevo a la oreja.

—¡Hola!

—Hola, Anna. ¿Cómo estás? Te llamé varias veces para decirte que iríamos a Taos el señor Orwell y yo, pero no me contestabas.

—Lo sé, lo sé… No me di cuenta. Estaba concentrada al máximo y bajé la guardia.

—Pero ¡te has despedido! ¡No puedo creer que lo hayas hecho! –hago una mueca, por un momento lo había olvidado.

—Ya me conoces, tengo poco aguante, además, no soportaba más a ese tío.

—Sí, parece un hueso duro de roer.

—Lo es –confirmo.

Mi teléfono emite unos pitidos extraños y percibo que otra persona me está llamando; es Claudia, desde el despacho.

—Oye, Vane, hagamos una conversación a tres, ¿vale? Me está llamando Claudia por la otra línea.

—De acuerdo.

Presiono la tecla de conversación compartida y me sorprende escuchar de fondo a Sofía; al parecer están hablando con el manos libres puesto.

—Pero ¡¿se puede saber qué has hecho?! –me reprende Claudia a bocajarro.

—Me he liberado chicas, y me siento mejor que nunca –Sofía empieza a reír.

—Me ha encantado todo lo que le has dicho a ese imbécil.

—Ya te digo –la apoya Claudia–, jamás se había atrevido nadie a hablarle así –me echo a reír.

—Pero ¿no estás triste? –pregunta Vanessa aún incrédula.

—Pues no, la verdad es que ahora mismo me da igual, aún no he acabado de asimilarlo.

—El señor Soriano lleva encerrado toda la mañana en su despacho. Se ha quedado a cuadros tras tu numerito, y en la oficina, ya sabes… Hoy has sido el centro de todas las conversaciones.

—Me lo puedo imaginar…

—Pero a lo que íbamos, ¿qué ha pasado entre tú y James?

—¡Eso! –dice Vanessa–. Lleva todo el día sin aparecer por aquí, he tenido que anular todas sus reuniones.

—Pues a ver…, por dónde empiezo…

 

 

(…)

 

Nuevas aventuras de Anna y sus amigos, novela de humor y romanticismo con toques eróticos.

 

 

 

 

 

Estoy enfrascada en mi faena, otorgando de color los puntos más relevantes dentro de la planificación, cuando Sofía cruza el vestíbulo corriendo hasta detenerse frente a mi mesa.

—¡Menos mal que estás aquí! –dice intentando recobrar el aliento tras la carrera.

—¿Ocurre algo?

—¡Ay, Anna…! No sé cómo decírtelo –empieza abatida–. Tienes que venir conmigo y no hacer preguntas.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? –pregunto alarmada omitiendo su petición.

—No has mirado tu correo, ¿no?

—Bueno, todavía no he tenido tiempo de… ¡¿Qué pasa?! –demando con impaciencia.

—Está bien, ven conmigo.

Me levanto sin hacer más preguntas dispuesta a seguirla allá donde sea que quiera llevarme, pero antes de llegar al pasillo, gira bruscamente y colisiona conmigo empujándome hacia atrás.

—¡Joder, no da tiempo! ¡Escóndete! ¡CORRE! ¡Yo te cubro!

—Pero ¡¿por qué…?!

No termino de formular la frase, cuando veo al peor de mis temores cruzando la puerta giratoria de la empresa. Se me congela el aliento, es como si mi propia alma hubiese abandonado mi cuerpo dejando tan solo un amasijo de piel y huesos en su lugar. No lo pienso demasiado, y sin tiempo de reaccionar, me escondo rápidamente debajo de la mesa mientras Sofía se coloca delante ojeando unos papeles para disimular.

—Buenos días. Sofía, ¿verdad?

—Sí, buenos días, señor Orwell –se dan la mano–. Es un placer tenerle aquí de nuevo.

—¡Señor Orwell! –mi jefe sale del despacho junto a Claudia, que ha ido a avisarle en cuanto Sofía le ha dado la señal–. Lamento no haber podido contestar a su mensaje antes; aunque me alegro de que haya decidido venir de todas formas.

—Comprendo que ha sido un poco precipitado, pero este es el único momento del que disponía; tengo la semana saturada de compromisos.

Alzo un poco la cabeza para mirar por una ranura que hay en mi mesa, y distingo claramente las piernas de Vanessa. ¡Mi Vanessa! ¡Como la echo de menos!

El señor Soriano, da unos pasos hacia los lados, se para y dice:

—¿Y dónde está A…?

—Si le parece bien, señor –se apresura a interrumpirlo Sofía–, voy a preparar la sala de juntas.

—No hace falta –responde James rápidamente–, no nos quedaremos mucho tiempo, así que si pudiéramos hablar en su despacho sobre la nueva campaña le estaríamos muy agradecidos.

—¡Por supuesto! – interviene Claudia con su habitual tono cordial –. Acompáñeme.

—Pero ¿se puede saber dónde diablos se ha metido la señorita Su…?

—Me temo que ha tenido que ausentarse un momento –le interrumpe Claudia.

—¿Y por qué nadie me dice nada al respecto? ¡Ella es mi secretaria y debería estar aquí!

—Yo tomaré las notas –se ofrece Sofía.

Solo puedo morderme la lengua y aguantar, pero todo esto me parece tan humillante… No sé qué hago debajo de la mesa como si fuera una criminal, y lo que es peor, aguantando como mi jefe me pone verde en mis narices.

—¡Usted no me sirve! ¡Quiero a Anna aquí! ¡Ahora mismo!

Mierda.

—Disculpe… ¿ha dicho Anna? –como era de esperar, a James no le pasa desapercibido ese nombre.

—Sí, Anna. Lleva tiempo trabajando con nosotros –intenta despistar Claudia, pero James permanece inmóvil, posiblemente mirando a su alrededor mientras yo no hago más que sudar aquí abajo.

—Esto me parece increíble, ¡qué poca seriedad! ¡Ausentarse así, sin más! Desde luego, esto sí que no me lo esperaba. ¿Tiene su número de teléfono? ¡Llámela ahora mismo!

—Pero señor…

—¡¿No ha oído lo que acabo de decirle?! ¡La quiero aquí ya! –se dirige a James–. Siento mucho este inesperado contratiempo, esto no acostumbra a pasar.

—No se preocupe, esperaremos el tiempo que haga falta –espeta con toda su tranquilidad.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡MIERDA! Y ahora, ¿qué hago?

—¿Y bien? ¿Ya la ha llamado? –pregunta mi jefe a Sofía– ¿Dónde se ha metido ese desastre de mujer?

Y en este momento me doy cuenta de que debo enfrentarme a mis miedos y verle; aunque eso suponga otros seis meses de calentamientos de cabeza. Por otra parte, no pienso dejar que mi jefe siga despotricando en mi contra, y menos teniendo en cuenta todo lo que he hecho por él en las últimas semanas.

—No hace falta que llame, estoy aquí –digo mientras salgo de mi escondrijo y estiro mi vestido negro intentando disimular las pequeñas arrugas.

—¿Anna? –pregunta James boquiabierto.

Respondo a su pregunta con un movimiento de cabeza a modo de saludo. Ha cambiado mucho, apenas es un vago recuerdo del hombre que hace tanto me robó el corazón. Su vestimenta sigue siendo elegante; aunque más adecuada a estos tiempos y a su edad. Ya no lleva esos trajes oscuros tan anchos, sin forma, y físicamente parece otra persona, está muy delgado y esconde su rostro bajo una espesa barba rubia parecida a la que le vi la última vez que hablamos; aunque ahora la tiene mucho más cuidada. Su cabello sigue igual, engominado y repeinado hacia un lado, si no fuera por su atuendo parecería un personaje salido de otra época.

—¿Lleva ahí todo el tiempo? –interrumpe mi jefe.

—Sí, se me habían caído unos clips –abro la palma de la mano mostrando los clips que me ha dado tiempo a recoger del suelo.

Las risas a mi espalda de Sofía y Claudia, desvían nuestra atención, las seguiría, de no ser porque por dentro me siento como un volcán en erupción.

—Esto es… ¡Es increíble encontrarte aquí! Te he buscado, pero jamás pensé que…

—Bueno… –le corto–, ahora ya lo sabes. Será mejor que comencemos de una vez la reunión, si mal no recuerdo teníais prisa, ¿no es así?

—¡Señorita Suárez! –exclama mi jefe visiblemente alterado–. ¿Qué le pasa? ¿Cómo se le ocurre hablar de esta forma a uno de nuestros mejores clientes?

—¡No le he hablado mal en ningún momento! –espeto a la defensiva.

—Sinceramente me desconcierta su actitud.

—No se preocupe señor Soriano, su secretaria ha sido correcta con nosotros en todo momento –interviene James excusándome.

—¡De eso nada! ¡Me avergüenza! Esconderse bajo la mesa y contestarle de esa manera… ¡Menuda desfachatez!

Ya no lo aguanto más. Estoy que hecho humo y no puedo callarme; una vez encendida la mecha, no puedo apagarla y exploto. Todo me da igual, llevo mucho tiempo aguantando, así que decido que ya no hay más, y alzando la voz, digo:

—¡¿Pero quién coño se cree que es para tratarme de esta manera?! ¡¿Piensa que tiene derecho para dejarme en mal lugar delante de los clientes sin conocer los motivos que me han impulsado a hacer esto?!

—Pero ¡¿cómo se atreve?!

—¡Pues sí! ¡Me atrevo! Me atrevo porque llevo muchos meses aguantando su mal humor y poniendo buena cara, porque he hecho todo lo que he podido y he estado al pie del cañón siempre que se me ha requerido, y la única cosa en la que no me he involucrado, el único error que he cometido, usted se empeña en hacerlo público en la empresa. No le tiembla la voz para dejarme en mal lugar repitiendo una y otra vez lo poco apta que soy para este puesto, avergonzándome de todas las formas y maneras imaginables.

Un corrillo de gente se ha formado a nuestro alrededor, alarmados por el volumen de mi diálogo, pero la fiera se ha despertado y nada ni nadie puede detenerla ahora.

—Anna… Cálmate, por favor…

—¡No me pidas que me calme! –rujo con todo mi cabreo a James, ahora le toca recibir a él–. ¿A qué has venido? ¿A perturbarme, a arrebatarme el único empleo que me quedaba?

—¡No le hable así al señor Orwell! Pero ¿qué le pasa?

—No se preocupe, de verdad, esto no es nada –dice James dirigiéndose a mi jefe para intentar calmar los ánimos.

—¡Que no le hable así! ¡Pues le hablo así si me da la gana! ¡Usted no es quién para hacerme callar! ¡Ya no! ¡No pienso aguantar ni un solo desplante más por su parte! ¡DI-MI-TO! No quiero saber nada más de esta empresa, y, ¿sabe una cosa, señor Soriano? Jamás encontrará a nadie que le satisfaga, porque según su parecer, nadie está a la altura ya que usted se encarga de que eso sea así. Es fácil mirar a los demás y descubrir públicamente sus fallos; aunque es duro mirarse en un espejo y admitir los propios, ¿no? –cojo mi bolso y me lo cuelgo al hombro de mala gana–. Le daré un consejo, hoy me siento generosa –me mofo con sarcasmo–, si quiere que esto marche bien de verdad, solucione primero sus problemas personales, porque es obvio que los tiene y le impiden avanzar profesionalmente –tomo aire y vuelvo a descargar toda la artillería, no sea que me quede algo para luego–. Está estancado, y se empeña en arrastrar a todo el que esté a su lado a ese mismo pozo de angustia y frustración. ¡Pero no será a mí! ¡Ni hablar! Yo, al menos, estoy intentando poner mi vida en orden y seguir adelante, ¡¿qué hace usted?!

Y con esa última pregunta resonando en la sala, levanto la cabeza todo lo que puedo y me dirijo a paso ligero hacia la puerta giratoria.

 

Se acabó.

Oficialmente estoy en paro; pero no me importa en absoluto, iré a México con Elena, y cuando regrese me emplearé a fondo en encontrar otra cosa.

Continúo caminando hasta que escucho una voz que me llama, me giro bruscamente para ponerle nombre; pero en cuanto me doy cuenta de quién se trata, corro por la acera para darle esquinazo, paso de hablar con él. ¡Le odio! ¡Todo esto es por su culpa!

James me sigue dando enormes zancadas, está a punto de alcanzarme. Me pongo nerviosa, cruzo la calle y no lo veo venir, cuando un coche me corta el paso asestándome un golpe que me hace caer de espaldas contra el suelo. Me quedo sentada sobre el bordillo de la acera, completamente anclada y sin poder moverme. El dolor se va haciendo insoportable por momentos, me arden los glúteos, y esa misma quemazón asciende por la espina dorsal retorciendo mi cuerpo.

El conductor del vehículo se ha bajado de inmediato para hacerme reaccionar. Estoy en estado de shock y solo le oigo a lo lejos, como si estuviera hablándome desde el otro extremo de un largo túnel, por encima del fino y taladrante pitido que hay dentro de mis oídos.

—¡Dios mío! ¡Anna!

De repente, James se interpone en mi campo visual y me retira con cuidado el pelo de la cara. Su rostro hace temerme lo peor, está muy preocupado y no es capaz de controlarlo. Se centra exclusivamente en mí, mientras el otro hombre está llamando a la ambulancia. Me hace preguntas, y yo, tímidamente miro a mi alrededor, consciente de que soy el centro de todas las miradas.

—Dime algo. Por favor, cariño, ¿estás bien? ¿Puedes oírme? –arrugo el entrecejo. ¿Cariño? ¿Me ha llamado cariño?

Su cara de angustia y preocupación infinita me despierta sentimientos que creía ya olvidados, pero como una herida mal curada, la brecha ha vuelto a abrirse.

—Duele mucho… –susurro en un hilo de voz intentando contener las lágrimas; aunque advierto que en mi rostro se refleja el sufrimiento.

—Por favor, Anna. ¡Por favor! ¡Dime que estás bien! –suplica con la cara desencajada por la preocupación que le provoca la pena que destila mi voz.

—Estoy bien –consigo articular sacando toda mi entereza.

James me sostiene con firmeza el rostro y me besa la frente buscando su propio consuelo.

—Ayúdame a levantarme –le ordeno.

A medida que controlo la situación, voy haciéndome más fuerte, así que extiendo los brazos en su dirección a la espera de que él los sostenga.

—Creo que no deberías moverte hasta que llegue la ambulancia. Ten paciencia, ya están de camino.

—Voy a levantarme James, ¿me ayudas o no?

Suspira y, resignado, me rodea por los hombros con un brazo mientras tira de mí suavemente para ayudarme a ponerme en pie. Hago un enorme esfuerzo y siento como las piernas me flaquean, pero poco a poco consigo incorporarme. Una vez hecho esto, el dolor vuelve a sacudirme como un latigazo que recorre de punta a punta mi columna; tanto es así, que mis rodillas me traicionan. Por suerte, James no ha dejado que me caiga de bruces, y con mucho cuidado, ha vuelto a sentarme sobre la acera. ¡Como duele! ¡No lo soporto!

Tengo ganas de llorar, la impotencia de esta situación me supera; aunque afortunadamente las sirenas de la ambulancia logran tranquilizarme.

A pesar de que nos han visto, James se empeña en hacer gestos con las manos indicándoles el lugar. ¡Como si hiciera falta con toda esta gente a nuestro alrededor! Pongo los ojos en blanco; si no da la nota, no es feliz el pobrecillo…

El conductor del vehículo se afana en contarles lo ocurrido mientras James, hace verdaderos esfuerzos por intentar distraerme. No le escucho, estoy tan bloqueada por el espectáculo que estoy protagonizando, que soy incapaz de centrarme en cualquier otra cosa.

Los enfermeros me colocan sobre una camilla, seguidamente me conducen hacia la ambulancia. Como imaginaba, James sube conmigo, y no puedo prohibírselo, le conozco demasiado para saber que no piensa dejarme sola ni un momento, así que me resigno y cierro los ojos, irritados a causa de las lágrimas. Por suerte, me han administrado analgésicos y el dolor ahora es casi imperceptible.

 

Entramos en el hospital, en el que predomina la blancura de las paredes y de los suelos, y ese inconfundible olor a comida triturada y desinfectante que me provoca náuseas. Desde la camilla observo a James, le veo desorientado, y los enfermeros le hacen esperar en un pequeño reservado mientras me conducen hacia uno de los box para ser examinada. Tras un exhaustivo reconocimiento y un montón de pruebas, me tumbo en la camilla a la espera de los resultados. ¡Cómo odio los hospitales! Esto sí que puede conmigo…

Pasado un rato, que se me hace eterno, la puerta se abre y entra un chico joven, con uniforme verde y bata blanca. Advierto que es el médico y me incorporo en la camilla, reproduciendo una mueca de dolor tras el movimiento.

—Bueno, esto es lo que tenemos –empieza ofreciéndome una gran sonrisa; que sonría debe ser buena señal, eso me tranquiliza–. No hay lesión medular, solo ha sido un golpe. Un fuerte golpe, eso sí, pero nada que no se solucione con reposo y… –escribe en su bloc–, esta pomada –me entrega la receta–, además de las inyecciones para evitar la formación de coágulos, que tendrá que administrarse una vez al día, preferentemente por la noche.

—Ah… –contesto abrumada por la explicación del médico.

Menos mal que en casa está Elena, porque no creo que sea capaz de pincharme sola.

—Entonces, ¿puedo irme a casa ya?

—¡Por supuesto! –contesta con emoción el médico.

—¡Genial! –replico irónica.

Me ayuda a levantarme. Tengo el trasero muy dolorido y percibo un hormigueo intenso, así que giro la cabeza hacia atrás, dirigiéndola hacia la zona de donde viene la molestia.

—Es un hematoma bastante feo –constata escondiendo la risa.

—¿En el culo? –pregunto incrédula.

Asiente y me sonríe, intentando tranquilizarme.

—¿Puedo verlo?

—¡Claro!

Me acompaña al baño y me deja sola frente al espejo. A pesar que mi culo no es ningún misterio para él, se queda fuera demostrando su buena educación. Subo cuidadosamente la falda de mi vestido y ya se puede intuir algo, pero mis pupilas se dilatan cuando retiro lentamente la ropa interior.

—¡Hay que joderse, menuda putada! –el chico ríe desde fuera–. ¡Tengo el culo completamente negro! ¡No he visto nada igual en la vida!

—Bueno, se podría decir que su culo hizo bien su función y amortiguó la caída.

—¡Cielo santo! ¡Parezco un chimpancé!

Vuelve a reír y eso me da rabia. ¡Menuda profesionalidad! Salgo del baño y le fulmino con la mirada.

—Sobre todo no olvide las inyecciones –me recuerda.

Asiento, y juntos, nos dirigimos a la sala de espera donde está James. Es imposible librarse de él, y nada más vernos, corre hacia nosotros con el rostro desencajado.

—¿Cómo está? –pregunta directamente al médico, como si yo no existiera.

—Está bien, solo que ahora debe tener cuidado y administrarse tanto la pomada como las inyecciones en el trasero, ha tenido mucha suerte.

¡Pero bueno! ¿Por qué coño revela mi diagnóstico completo así como así?

James parece aliviado, algo risueño tal vez, y eso me crispa por dentro porque tanto él como el joven médico, parecen mantener un diálogo interno a mi costa.

—¡Esa es una buena noticia! ¿No crees? –pregunta James, escondiendo una sonrisa que lucha a toda costa por salir.

—Habla por ti, yo todavía no sé cómo voy a sentarme.

—¡Ups! ¡Se me olvidaba! Aguarden un segundo.

El médico desaparece, y James, aprovecha para pasarme el brazo por los hombros. No dudo en deshacerme de su abrazo, manteniendo las distancias.

—Esto te ayudará.

El médico se coloca nuevamente junto a nosotros y me enseña un flotador blanco, mis mejillas se tornan rosas.

—Estará de broma… ¿Tengo que sentarme en eso? –pregunto con incredulidad.

James, que hasta ahora había permanecido inmóvil, muerde con fuerza su labio inferior recordándose a sí mismo que yo estoy visiblemente irritada, pero mi expresión desconcertada vence su resistencia y rompe a reír a mandíbula batiente. El médico no se corta un pelo en seguirlo sin poder frenarlo, y mientras contemplo estupefacta esta escena tan absurda, la piel de todo mi cuerpo estalla en llamas.

—¿Os parece bonito reíros así de mí?

Mi comentario solo incrementa más sus carcajadas. ¡Esto es increíble! ¡Qué poca consideración! Arrebato el flotador de las manos del joven, les esquivo y me dirijo con paso firme hacia la salida.

—Vaya par de capullos… –mascullo entre dientes.

Antes de llegar a alcanzar la puerta, James ya está a mi lado.

—Perdona –se excusa, y automáticamente mantiene la puerta abierta para mí con la amabilidad en los labios y la burla en los ojos.

Vuelve a desatar una sonora carcajada en cuanto pongo un pie en la acera.

—Hay que ver cómo te ríes ahora, ¿eh?, pero te recuerdo que hace media hora no reías tanto.

Haciendo un enorme esfuerzo, recompone su expresión.

—Tienes razón, lo siento. Es solo que… –esta vez, se guarda la risa para sí–, imaginarte sentada en esa cosa… ¿Cómo se llama?

Pongo los ojos en blanco y vuelvo a esquivarlo; el muy cabrón sigue riéndose.

—Anna, espera. Va, no te enfades.

—No estoy enfadada, ¡estoy molesta!

Su carcajada vuelve a dejarme sin palabras. ¡Menudo imbécil!

—Vale –hace un esfuerzo por tragar saliva–, perdona. Ya paro.

Sigo caminando sin decirle nada. La imagen que ahora obtengo de mí en los acristalados escaparates de las tiendas me resulta algo patética, ya que soy incapaz de caminar erguida y con las piernas juntas dado que aún me duele el culo, por lo que tiendo a sacarlo hacia fuera como una hormiga. Encima, para más inri, llevo un flotador a cuestas. ¡Ah!, ¡y eso sin mencionar que parece que en mi pelo se ha librado una pelea de gallos!

Toda mi entereza se desmorona ante ese reflejo de mí misma y termino recostada en una farola. Estoy hecha un desastre, y sin previo aviso, empiezo a ver borroso, se me escapan pucheros involuntarios y desato el llanto. Es una reacción estúpida, lo sé, las lágrimas son demasiado gruesas como para poder ver el rostro de James, y creo que eso es precisamente lo que me hace sentir aún peor.

—Vamos, Anna, esto no ha sido nada, ya has oído al médico –siento sus brazos a mi alrededor y me aparto de nuevo, no quiero que me toque, su simple contacto me produce calambres.

—¿Qué no ha sido nada? ¡Cómo se nota que tú no tienes el culo negro como el carbón!

Le escucho reírse de nuevo, y esa risa, cargada de musicalidad, me evoca recuerdos; y aunque me agrade verlo relativamente feliz, incrementa mi malestar. Vuelvo a sentir la presión de sus brazos a mi alrededor, pero esta vez no hago nada al respecto; me he quedado literalmente sin fuerzas.

—Siento mucho que estés llorando, pero no puedes imaginarte lo mucho que he echado de menos esto –se retira ligeramente para poder mirarme a los ojos–. No he vuelto a reír desde que te fuiste.

—Así que es eso, no soy más que un payaso para ti.

—No eres un payaso, Anna, eres la chispita que le da alegría a mi insulsa vida de inglés ex-estudiante de Oxford, como dices tú.

Esbozo una frágil sonrisa ante ese lejano recuerdo, en aquél entonces no pensaba que las cosas entre nosotros acabarían de este modo, era una soñadora estúpida.

—Bueno –cojo aire, saco pecho y sorbo por la nariz al tiempo que me separo nuevamente de él–, creo que por hoy ya he tenido bastantes emociones. Necesito descansar, así que me voy a casa.

—Te acompaño.

—No. No lo veo oportuno, James. Además, tienes que regresar a la empresa, has dejado las cosas a medias.

—¡A quién le importa el trabajo ahora, justo cuando acabo de encontrarte! No puedes hacerte una idea de lo mucho que te he buscado, jamás imaginé que te apartarías de todo lo que conocía de ti, y eso me ha impedido localizarte.

—Pues ahí tienes la prueba –le miro con crueldad–, a la vista está que no quería que me encontraras.

—¿Por qué?

—Porque no quiero verte, ni saber nada de ti. ¿Es que no lo ves?

—Entiendo tus motivos, pero el destino sí que quiere que nos encontremos.

—¡No digas tonterías! ¡No hay destino que valga! Siempre supe que aparecerías en Taos, pero no esperaba que fuese así, de repente, sin tener tiempo de esquivarte –tuerce el gesto, mirándome con incredulidad.

—Me duele todo lo que estás diciendo.

—Es lo que hay –digo encogiéndome de hombros.

—Pero ¿por qué tanta rabia? Siempre te he tratado bien.

Tras su comentario, reanudo mi camino hacia la parada del autobús. Lo hago muy despacio, pues se empieza a pasar el efecto de los calmantes.

—A veces, quien mejor te trata es quien más daño te hace, y pasado el dolor y la impotencia únicamente queda la rabia. Por eso no quiero verte, ni saber de ti, me trae recuerdos y preferiría morir antes de volver a pasar por todo eso.

El desmedido brillo de sus ojos me conmueve. Le han dañado mis palabras, lo sé, tal vez me he excedido, pero es pensar en su esposa y…

—No me merezco esto, Anna, estás siendo muy injusta conmigo.

Me giro bruscamente en su dirección.

—¡¿Injusta?! ¡¿Yo?! No me hables de injusticias, James, no tienes ni idea.

Retomo el camino y vuelvo a dejarlo atrás, ignorándolo una vez más y demostrándole que nada de lo que diga o haga podrá hacerme cambiar de idea, porque yo ya no soy la chica con la que estuvo hace unos meses, nuestra fugaz historia me caló hondo y me hizo cambiar, al menos lo justo para no cometer los mismos errores.

—¿Dónde vas ahora? –pregunta acompasando mi paso ligero.

—A coger el autobús.

—De eso nada.

—No estás en posición de prohibirme nada, recuérdalo –replico mordazmente.

—Cogeremos un taxi.

—¿¿¿Cogeremos??? –pregunto alterándome ante ese plural.

—En esto no admito discusión alguna, te acompañaré a casa y punto.

—No lo permitiré.

—O a tu casa o a la mía, tú decides, pero sola no vas a ningún lado.

Suspiro sonoramente. ¿Por qué siempre tenemos que estar así? Es la misma historia que se repite, y se repite…

—Ahora vivo en Sants –le aclaro y dejo que me guíe por la acera hasta llegar a la parada de taxis, de nada sirve protestar.

Esta vez no se ríe cuando pongo el flotador en el asiento trasero del taxi y me siento encima con todo el cuidado del mundo. Omito los alaridos de dolor y me concentro en la carretera.

—Almorranas, ¿eh?

—¿Cómo dice? –pregunto al taxista que me mira sonriente a través del espejo retrovisor.

—Yo una vez tuve una almorrana del tamaño de un limón. No veas como dolía la condenada, recuerdo que…

Mi mente desconecta de la conversación a los cinco segundos. Ha tenido que tocarme el único taxista hablador y gracioso de toda Barcelona. Realmente este día no puede empeorar.

Al menos James también permanece ausente, de vez en cuando me mira, pero no se atreve a hablar; está molesto por mi frialdad. No sé qué esperaba tras nuestro reencuentro, la verdad, igual pensaba que iba a lanzarme a sus brazos como antaño sin importarme las consecuencias.

Le facilito las indicaciones oportunas al conductor, y cuando llegamos a mi barrio, hago que el coche se detenga. Un solo comentario más acerca de las almorranas y le estrangulo con la correa de mi bolso, ganas no me faltan. ¡Con todo lo que me ha explicado tengo para una tesis!

Caminamos unos cuantos metros en silencio hasta llegar a la puerta de mi edificio, consciente de que ahora, James sabe dónde vivo. Solo espero que no intente inmiscuirse más en mi vida, considero que ya es lo bastante dura sin su constante presencia.

 

—¡Por Dios, Anna, menuda puntería! Bueno, al menos toda la fuerza de tu cuerpo ha caído en blando.

—¡Calla! No me lo recuerdes, no puedo ni mirarme el culo; me da miedo.

Elena me pone la inyección y me obliga a tomarme un ibuprofeno.

—Pero ¡esto es increíble! Siempre que aparece ese hijo de puta las cosas se tuercen –añade Lore.

—Bueno, ahora ya da igual, creo que ha entendido que lo nuestro no puede ser de ninguna manera y por fin va a dejarme en paz.

Elena, que ha empezado a aplicarme la crema, presiona más fuerte de lo debido mi trasero.

—¡Aaauu! –chillo en respuesta.

—Perdona –se excusa.

—Eso espero, reina –continua Lore–. La verdad es que no sé de qué otras formas puedes decírselo. Si quieres consejo legal, te diré que…

—Vamos, Lore, no será necesario.

—Bueno, la verdad es que conviene tener sobre la mesa todas las opciones, a la vista está que ese tío no se da por vencido. Todavía recuerdo el mosqueo de tu padre cuando se presentó en su casa… ¡Madre mía, hay que tener huevos!

—Sí… –me echo a reír–, mi padre no sacó la escopeta de milagro; aunque no solo se enfadó con él, estuvo más de una semana sin hablarme, ¿recuerdas?

—¡Normal! ¿En serio le dijiste que James era un compañero tuyo y no tu jefe?

—Me pilló desprevenida –alego en mi defensa.

—Aun así. Sabes que de tonto no tiene un pelo, además tenía todos sus datos personales, no le debió costar mucho enterarse de quién era James en realidad.

—Sea como sea ya está olvidado, me ha perdonado. O eso creo… –sonrío.

—¡Cómo no va a perdonarte estando tu madre de por medio!

Elena empieza a subirme con cuidado la ropa interior, y yo, me incorporo en la cama; aunque no puedo disimular una mueca de dolor.

—Entonces, tú y James…

Lore y yo, interrumpimos nuestro diálogo para mirar con incredulidad a Elena.

—Yo y James…, ¿qué? –demando.

—En fin, que ya lo habéis zanjado todo, ¿no?

—Creo que sí. ¿A qué viene esa pregunta?

Se pone en pie estirando su camiseta con nerviosismo.

—Por nada, simple curiosidad…

—Elena…

—¡Oye! –exclama tratando de desviar su comentario–. ¿Pedimos algo de comida china hoy? Me apetece arroz tres delicias y rollitos de primavera.

—¡¿Por qué cambias de tema?! –le pregunto alterada por su pésima actuación.

—¡¿Yo?! No cambio, es que no hay más que decir. Todo claro entre vosotros, ¿no? Pues ya está. Ahora, si me disculpas, voy a lavarme las manos, que las tengo llenas de crema –sale de la habitación y miro a Lore frunciendo el ceño.

—¿Qué le pasa a esta?

—Ni idea. ¿La regla? –pongo los ojos en blanco y le doy una colleja.

—Vamos, Lore, céntrate… –se echa a reír.

—La verdad que lleva un tiempo que está rara de cojones.

—¿Tú también lo has notado?

—Conviviendo entre mujeres, ¡como para que se me pase por alto algo así! En fin, voy a enviar unos cuantos e-mails, si necesitas algo, ya sabes.

Lore me da un beso y sale de la habitación dejándome sola, únicamente está Calcetín desparejado a mi lado, que al ver mi expresión, se acerca recostándose junto a mi brazo. No me resisto a achucharlo y darle unos cuantos besos mientras le digo monerías. Cada día me gusta más este animal.

Me retiro de él cuando empieza a vibrar mi teléfono móvil, descuelgo rápidamente y me lo llevo a la oreja.

—¡Hola!

—Hola, Anna. ¿Cómo estás? Te llamé varias veces para decirte que iríamos a Taos el señor Orwell y yo, pero no me contestabas.

—Lo sé, lo sé… No me di cuenta. Estaba concentrada al máximo y bajé la guardia.

—Pero ¡te has despedido! ¡No puedo creer que lo hayas hecho! –hago una mueca, por un momento lo había olvidado.

—Ya me conoces, tengo poco aguante, además, no soportaba más a ese tío.

—Sí, parece un hueso duro de roer.

—Lo es –confirmo.

Mi teléfono emite unos pitidos extraños y percibo que otra persona me está llamando; es Claudia, desde el despacho.

—Oye, Vane, hagamos una conversación a tres, ¿vale? Me está llamando Claudia por la otra línea.

—De acuerdo.

Presiono la tecla de conversación compartida y me sorprende escuchar de fondo a Sofía; al parecer están hablando con el manos libres puesto.

—Pero ¡¿se puede saber qué has hecho?! –me reprende Claudia a bocajarro.

—Me he liberado chicas, y me siento mejor que nunca –Sofía empieza a reír.

—Me ha encantado todo lo que le has dicho a ese imbécil.

—Ya te digo –la apoya Claudia–, jamás se había atrevido nadie a hablarle así –me echo a reír.

—Pero ¿no estás triste? –pregunta Vanessa aún incrédula.

—Pues no, la verdad es que ahora mismo me da igual, aún no he acabado de asimilarlo.

—El señor Soriano lleva encerrado toda la mañana en su despacho. Se ha quedado a cuadros tras tu numerito, y en la oficina, ya sabes… Hoy has sido el centro de todas las conversaciones.

—Me lo puedo imaginar…

—Pero a lo que íbamos, ¿qué ha pasado entre tú y James?

—¡Eso! –dice Vanessa–. Lleva todo el día sin aparecer por aquí, he tenido que anular todas sus reuniones.

—Pues a ver…, por dónde empiezo…

 

 

(…)

 

Nuevas aventuras de Anna y sus amigos, novela de humor y romanticismo con toques eróticos.

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