MARCELA VARGAS

Casi al terminar el viaje, desde las ventanillas del colectivo distingo la estatua de un hombre que limpia pisos, situada en un espacio verde. La figura me recuerda a ese texto que una vez escribió una compañera de la universidad, acerca de la obra “El pensador”. Un relato contado desde el punto de vista de dicha escultura. Remitir a esto también me lleva a evocar la crónica que redacté en relación a una clase en la que observaba las perfectas cabelleras de unas chicas y las comparaba con mi melena. En el mencionado texto, a su vez, me retrotraigo a una clase durante el primer año de la facultad, cuando elaboré otra crónica referida a una tormenta cuyo viento revolvió mis cabellos crespos. El profesor la leyó frente a todos, y la descripción causó la burla de un compañero. Recuerdo que, tras su mofa, yo miré hacia la ventana del aula y vi la imagen del limpiador.

Ahora que lo veo mejor, siento que me indigna su posición incómoda. Me enfurece más la gente, porque no le importa. Las personas de carne y hueso dejan rastros de sus actividades automáticas; mientras el empleado, encorvado, las adolece. Siento lástima por el pobre -a mi entender- hombre. ¿Por qué tiene que hacer eso? Limpiar eternamente para que ensucien su plaza todos los días, sin descansar. It’s a clean  machine. Sólo es eso para los humanos insensibles.

Y a diario, las cotorras defecan desde las palmeras, mientras abajo, el trabajador elimina las huellas que deja la gente cuando camina.

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