LU

Querida Lidia:

Esta tarde estaba preparando una hamburguesa y se me cayó al suelo. Imagínate cómo se me revolvieron las tripas, con lo perfeccionista que soy, ¿lo recuerdas? Quise recogerlo antes de que apareciera el encargado y me pegara la bronca con esa voz de pelícano que tiene. Me agaché y, al contemplar los pepinillos desparramados, me acordé de ti y de que siempre se te caían cuando salíamos a cenar. Me quedé como hipnotizada hasta que un eructo detrás de mí me dio la voz de alarma: el pelícano se aproximaba. Me incorporé y continué la faena como si nada, pero no te pude sacar del pensamiento en todo el día y me entraron unas ganas terribles de escribirte, ya ves, después de casi diez años.

Quería contarte que las cosas han cambiado mucho desde que te fuiste; explicarte cómo acabé luciendo este polo y esta gorra ridícula si saqué la carrera con sobresaliente.

El primer curso en la universidad ya llevábamos dos años de crisis, así que pensé que todo se solucionaría para cuando yo terminara y el trabajo de mis sueños me estaría esperando con los brazos abiertos. Me lo tomé muy en serio, tenía que mantener el apodo que me pusiste: «La chica de los nueves». Conseguí varias becas, matrículas de honor, me saqué el C1 de inglés y trabajé de voluntaria, en fin, me esforcé al máximo porque, como nos habían inculcado desde primaria, con esfuerzo todo se consigue. «Triunfarás, llegarás donde te propongas», aseguraban los profesores. Y yo me lo creía y me esforzaba aún más para que me lo repitieran. Tendrías que ver mi cara de porcelana en las fotos de la graduación, creo que desde entonces no sé sonreír de esa manera.

Han pasado cuatro años. Los primeros meses di tumbos de empresa en empresa con currículums bajo el brazo, me apunté a todas las webs de búsqueda de empleo y  me preparé unas oposiciones que nunca salieron. Luego me presenté en el paro con la cabeza bien alta; la mujer que me atendió me miró con ojos maternales y me dijo sin atragantarse: «Necesitas formarte más y coger experiencia. Tenemos un puesto en El Príncipe de las Hamburguesas». Yo pensé: «¿Qué coño tiene que ver eso con mi titulación?», pero necesitaba dinero si quería prepararme más, así que agaché la cabeza, aprendí a hacer hamburguesas y me volví vegetariana. Desde que trabajo aquí no soporto el olor de la carne, creo que me pasa algo parecido a lo que le pasó a Teresa, ¿te acuerdas de ella? Estudió Medicina y el primer año dejó de comer jamón serrano porque decía que los cadáveres del depósito olían así.

A veces, entre loncha de queso y tira de beicon, me quito la gorra, me seco el sudor y me da por pensar en los años de instituto; entonces el corazón me late más deprisa, como si recuperara aquella ilusión que hace tiempo que no encuentro. Mi madre dice que he cambiado, que me he vuelto una pesimista. «Pues claro, mamá, cómo no voy a cambiar —le digo yo de mala gana—, si todo lo que me contasteis eran quimeras». ¿Sabes cómo nos llaman? «La generación perdida o los Millennials». Con lo que te gustaban los motes estoy segura de que te habría hecho mucha gracia, habrías soltado alguna de tus sátiras y todos lo habríamos sobrellevado mejor.

En fin, no creas que he sucumbido, sigo metida en la trampa. Ahora, además de una carrera con sobresaliente, tengo dos másteres con notable alto, voy a empezar un experto y he ganado muchísima experiencia como analista de hamburguesas.

Te preguntarás por qué te cuento todo esto si no puedes leerlo. Es solo que me acordé de ti y de aquellos buenos tiempos cuando era «La chica de los nueves» y lo aireaba por todas partes. No como ahora, que se me incendia la cara y me vuelvo tartamuda cada vez que alguien quiere saber a qué me dedico.

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