MARÍA FLORENCIA SASSELLA

-Camilo, ¿no crees que cuanto más profundos son tus pensamientos, más te exiges a ti mismo y a los demás? 

-¿Qué cosa? ¿Es que acaso sigues tratando de impresionarme con tu poco redituable discurso de siempre? ¿Por qué te empeñas en demostrarme tu notable inteligencia, Dámaso? 

-No hago nada de lo que dices. En cambio, tú me contestas con preguntas cuando deberías emplear proposiciones. 

-¿Es que acaso también te atreves a corregirme y manipularme? 

-Nuevamente has cometido el mismo error. ¿Lo has advertido? 

-Realmente, querido, me interesa muy poco lo que consideras un acierto o un error. 

-¿Por qué te enojas cuando no tienes motivo para hacerlo? Yo simplemente te formulé una pregunta relativamente interesante, y mira a lo que hemos llegado. 

-… 

-¿…? 

-Creo que sí, Dámaso. A veces me parece que razono absolutamente todo, que ese todo lo paso una y mil veces por el tamiz de la abstracción y que, al final, no me queda en limpio ningún sentimiento puro. Eso sí es bien triste. 

-No te preocupes entonces, Camilo, porque no estás solo. A mí, por lo menos, me ocurre exactamente lo mismo. 

-Eso es bueno. Tú sabes, el hecho de que a ti te ocurra lo mismo. El saberse acompañado en el sentimiento es invalorable, aunque tiene como contrapartida la pérdida parcial o total de la originalidad. 

-Estoy de acuerdo. Necesitamos permanentemente sentirnos únicos, ser el centro de los pensamientos propios y ajenos, y creer que somos verdaderamente especiales, porque contamos con un talento extraordinario, algo así como un don, que hará que un día nuestra vida cambie y sea maravillosa para siempre y… 

-Espera un minuto; no comparto del todo tu opinión. ¿Acaso no existen momentos en los que pedimos imperiosamente un escondite, privacidad, ocultar la cabeza, porque sabemos fehacientemente que hemos cometido una grave falta que nos hará repudiables ante los ojos del prójimo, o tan sólo ante los de nuestra conciencia? Otras conductas similares se dan con frecuencia en las personas que buscan desesperadamente la fama durante gran parte de su vida, y una vez que la obtienen, reniegan de ella, o sencillamente fingen una timidez que no es tal. 

-Eso es muy cierto también. Pero no puedes negarme, estimadísimo Camilo, que todos nosotros somos en extremo cambiantes, moldeados por el tiempo y el espacio al cual pertenecemos; ni siquiera las personas viajadas y las no saben de fronteras pueden eludir este condicionamiento. Sólo se me ocurre imaginar excepciones muy notables, tal vez brillantes científicos, artistas, adelantados a su época, precursores… 

-Ha habido muchos, Dámaso. Y es muy positivo que seamos cambiantes, que crezcamos, que adquiramos nuevas formas de ver a nuestro amado mundo. Es la única vía para progresar. Fíjate si no en este ejemplo tan infantil: lees por primera vez un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro, una noticia periodística, un chiste, un ensayo, una enciclopedia. Evidentemente, le atribuirás un significado o varios. Luego de un tiempo (que pueden ser minutos, días o años) lo lees nuevamente. Encontrarás allí mismo nuevos significados, porque has cambiado y has crecido, indistintamente de si lo has hecho para bien o para mal. 

-Nuevamente debo darte la razón, camarada. Me parece que tengo mucho por conocer y entender, especialmente de ti que eres cultísimo, genial y de espíritu sensible. Noto minuto a minuto que percibes hasta el más mínimo atisbo de belleza y arte, incluso en las cosas vulgares y cotidianas. Te admiro muchísimo, Camilo, y  quisiera pedirte consejo sobre la vida en general, dado que tenemos más similitudes que diferencias, según mi modesto entender. 

-No me gustaría interpretar que estás burlándote de mí, pequeño. Me temo que pecas de exceso de estética en tus expresiones. ¿Para qué deseas que te aconseje? Soy partidario de la teoría de la superioridad innata, es decir, a mi criterio no te es en absoluto provechoso cursar estudios de todo tipo, informarte y cultivarte, si no tienes una base de brillante inteligencia previa a todos esos procesos. Si me aseguras que eres capaz de interpretaciones grandiosas sobre temas que desconoces por completo, recibirás las pautas que anhelas. 

-Infinitas gracias de todos modos, maestro. Con tus sabias palabras ya me has dado las mejores lecciones de mi vida. Sin embargo, concluyo que tú eres aún más reflexivo que yo, cosa que debe resultarte bien problemática. 

-Escucha, querido, no me gustaría sonar crítico, pero me obligas a recordarte que tuviste catorce noviazgos oficiales, cinco matrimonios, treinta y cinco hijos, incontables amoríos, cuarenta tipos diferentes de trabajo y  ocupación, notables y frecuentes cambios de apariencia, e incluso, perturbadoras modificaciones de personalidad. Suelo razonar analógicamente, y esto me permite arribar a una conclusión que no encaja: a mí, el problema o la virtud de pensar demasiado me hace cauteloso, reticente a estrambóticos despilfarros de tiempo, e incluso, y lo reconozco, algo cobarde. ¿Cómo explicas entonces, buen amigo, tu comportamiento absolutamente opuesto, si padeces el mismo problema o, si prefieres, gozas de la misma virtud? 

-Me extraña, querido Camilo, qué sólo utilices un tipo de razonamiento y que no tengas en cuenta las particularidades de cada ser humano que, como me imagino bien sabes, le otorgan su unicidad e irrepetibilidad. 

-¿Por qué siempre tienes respuesta para todo? ¿No puedes perder nunca? 

-Nunca tengo respuestas; más bien preguntas, amigo. Lo único que deseo es aprender. 

-Dejemos de elaborar, entonces, preguntas increíbles y respuestas brillantes. Sintamos. 

-Sintamos. 

Se tomaron de la mano y se fueron, como siempre, con rumbo incierto. 

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