JOHN LEE DOWN STREET

El aire movía las hojas del árbol que había frente a la ventana desde donde, inmóvil, Alejandro contemplaba las luces artificiales de la ciudad. Mientras los coches pasaban uno tras otro, permanecía contemplativo. Se giró y cruzando el salón, en penumbra, entró en la cocina.

Pulsó el interruptor y la luz se encendió, aunque a veces centelleaba, volviendo la oscuridad. Abrió el frigorífico y seleccionó dos tomates y una lechuga, los lavó y cortó y les echó sal y aceite para servir en un plato.

Sobre la pequeña mesa de su salón, dejó el plato de ensalada y se sentó en el sofá, reclinado hacia delante para comer. Fuera, las hojas del árbol se movían, con la luz apagada los reflejos de la televisión hacían brillar el plato a veces, impregnado de aceite. Como cada noche, al terminar de cenar, dejó caer su cuerpo hacia atrás. Mirando la televisión, una lágrima cayó por su mejilla. Había pasado mucho tiempo desde que se fundió la bombilla del salón, ni siquiera recordaba cuánto.

Caminando por la calle, paso a paso, los zapatos negros y brillantes resonaban, levemente, en cada pisada. Al pasar por una esquina, un trozo de papel voló llevado por el viento.

Llegó a la puerta de la clínica y detuvo su marcha. Cogió un ascensor. Al salir, sus pasos resonaron, con grave eco, en todo el pasillo, en la oscuridad casi absoluta.

Sentado en un sillón, hablaba con una psicóloga. Ésta permanecía sentada al otro lado de la mesa, con los codos apoyados sobre la madera e inclinada hacia delante. Su rostro era indescifrable al contraluz del ventanal que tenía a sus espaldas y por donde se percibía un día gris, lluvioso, nublado. Ella, con una suave y dulce voz, hablaba. Alejandro pensaba.

– ¿Crees que lo superarás?

– Sí, creo que sí.

– ¿Cuánto tiempo hace que ocurrió?

– No lo sé, años.

– Ha habido veces que has estado mejor; otras, peor. No eres capaz de olvidarlo.
– Quizá.

– Ven la semana que viene y hablaremos de nuevo, esta vez lo conseguiremos.

Alejandro caminaba por la calle, despacio. Bajo el negro paraguas avanzaba entre la multitud que poblaba la acera. No veía el rostro de nadie, tapados todos al igual que él por los paraguas. Las gotas de agua recorrían la tela tensa del paraguas hasta caer por los picos redondeados de las varillas de metal. Sobre un charco, las personas al pasar pisaban y salpicaban. Alejandro al llegar a él se detuvo y vio las nubes grises reflejadas en el charco: primero, difuminadas; luego, poco a poco, mientras se estabilizaba el agua, claras como se verían en un espejo. Continuó andando hasta llegar a un quiosco.

-Buenos días. Vaya tiempo. Aquí tienes el número de esta semana. Esta colección va más rápida que otras. ¿Te está dando tiempo a leerla?

-Sí, tengo tiempo. – Dejó unas monedas sobre el mostrador, que había sacado del bolsillo. -Hasta mañana.

– Hasta mañana.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s