MARISA BÉJAR

¿Quién no estuvo soñando en un parque de miradas cruzadas?
Han pasado muchos años y aún recuerdo cómo me mirabas.
En aquel parque todos idealizábamos nuestro futuro en distintos
planos de la vida. Formábamos una multitud heterogénea de
jóvenes soñadores. Con sueños amplificados, que estallaban más
allá de nuestro ser, izados: en un país inventado.
La cancha ocupaba la parte central del parque, allí los deportistas
se entregaban en cuerpo y alma entre pases de pelota y sudor.
Circundado la pista se hallaban diversos grupos. Nos dividíamos
por afinidades variopintas. Yo estaba allí con mis amigas, porque
me gustaba un chico que desconocía mi existencia.
No sé por qué me empeciné en alguien que no me veía, cuando tú
sólo me veías a mí. Decisiones irreflexivas, o paradojas de la
vida.
En la distancia me dedicabas bellas sonrisas e insoslayables
miradas henchidas de dulzura, pero te mantuve orillado… Aunque
creo que si hubieras iniciado el cortejo, al final me habrías
atrapado. Pero eras joven e inexperto, y la situación te
intimidaba. Allí no había clandestinidad, todo quedaba registrado,
el espacio no era tu aliado.
En tu rostro se instalaba la eterna sonrisa. Tus ojos eran belleza
cándida, de un anhelo que sigue vagando en la atmósfera
imperecedero.
A veces paso por allí y siento la fuerza de aquella mirada que en
su día omití, y por ello: hoy rindo tributo aquí.

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