MARI TU

En cierta ocasión, un hombre joven, de carácter serio y melancólico, decidió salir a cabalgar en su caballo preferido.

Pronto llegaron a un campo lleno a rebosar de flores. Las había blancas, amarillas, rojas, azules y violetas.

Parecía verano, porque el sol brillaba espléndido en el cielo azul.

El hombre y el caballo  —que además de ser tan serio y melancólico como su dueño, era un romántico— decidieron salir de allí enseguida, porque “tanta luz era demasiada luz” y “tanto color, demasiada alegría”.

Trotando sin prisa, para regodearse mejor en sus melancolías, caballo y jinete llegaron a un bosque en el que todos los árboles tenían el tronco negro como el carbón y una espesa y misteriosa bruma era lo único que se movía.

En un primer momento,  se sintieron muy a gusto en aquel ambiente tan adecuado a sus personalidades; pero esa sensación les duró poco: enseguida les invadió algo muy parecido al miedo y salieron deprisa de allí.

Nada más salir del bosque,  toparon con un lago cuyas aguas eran tan oscuras como los troncos que habían dejado atrás. Ese color despertó en ellos tanta aprensión que lo bordearon mirándolo de reojo, y no lo hubieran siquiera mirado si no fuera porque sus orillas estaban sembradas de rocas blancas y brillantes como el mármol que llamaban mucho su atención.

Cuál fue su sorpresa al descubrir, detrás de una de aquellas rocas, a un violinista con un silencioso violín colocado sobre uno de sus hombros.

Sentado en el suelo, al violinista no parecía importarle el frío, la humedad, o lo tenebroso del lugar. Miraba sin pestañear al infinito, como si estuviera muerto.

El caballo, muy educado,  relinchó a modo de saludo y, al instante, el violinista despertó de su ensueño.

Abrió los ojos desmesuradamente y les miró con gesto desquiciado.

—¡Por favor, señor, présteme su caballo unas horas! —exclamó, casi gritando— ¡Lo necesito para algo importantísimo! ¡Confíe en mí…! ¡Si no lo hace, me desilusionaría enormemente!

Siguiendo un impulso un tanto egoísta —de todos es sabido que la aristocracia, por muy dejada e indiferente a la realidad mundana que parezca, tiene un utilísimo, para sí misma, sentido práctico—, contestó:

—Siento mucho que la falta de confianza le desilusione, pero más sentiría que por exceso de confianza fuera yo el desilusionado, así que perdóneme, pero no le presto mi caballo.

A pesar de la contundente respuesta del caballero, el músico insistió, explicándole, más tranquila y humildemente, por qué necesitaba su caballo:

Porque se había enamorado perdidamente de una mujer.

Por lo visto, esa mujer vivía en el bosque y apenas se dejaba ver, protegida por la niebla permanente que allí reinaba.

Él sólo la había visto tres veces, pero eso le había bastado para quererla, para amarla…

—¡Tenía una mirada tan dulce, tan amable! —afirmó embelesado.

Las tres veces había intentado seguirla,  pero se movía tan rápido que le fue imposible alcanzarla. Por eso necesitaba un caballo.

Inmediatamente,  el caballo cabeceó enérgicamente para decir que sí, que él quería ayudar. Al mismo tiempo que su dueño,  apretando los labios, movía la cabeza lentamente de un lado a otro para decir que no, que él no quería ayudar.

Tan apasionadamente continuó hablando el violinista de su amor por la mujer,  así como del amor en general, que al pobre caballo le podían las emociones y pateaba el suelo y relinchaba con desesperación, y galopaba de un lado al otro con desenfreno.

El caballero, temeroso de que a su caballo le diera algo, cedió a la petición: prestó el jamelgo, pero con la condición de que el violinista dejara como fianza su violín.

“Donde hay ricos, nada es gratis”, pensó el violinista, pero lo pensó feliz, y después de entregar el delicado instrumento, se internó en el bosque montado en el romántico caballo.

Pese a que el joven aristócrata temía perder a su animal para siempre, pronto se quedó profundamente dormido, con el violín firmemente sujeto entre sus brazos.

Cuando se despertó, el caballo ya estaba a su lado y estaba solo.

El caballero respiró aliviado y dedujo que el enamorado músico no había regresado porque por fin había alcanzado a su amada. Lo cual le llevó a la siguiente reflexión:

—A saber por qué razón alguien puede enamorarse de un violinista zarrapastroso como ese. ¡Claro que…, esa mujer será como él, otra andrajosa vagabunda! —se dijo.

Lejos de mostrar pena o contento por el posible enamoramiento de ambos “zarrapastrosos vagabundos”, posó el violín sobre la hierba, como si de cualquier cosa se tratara, se montó en su corcel y lo azuzó con prisas. Quizás temía que apareciera otro amante desesperado y pedigüeño.

Por su parte, el caballo llevó a su señor al campo de flores, para celebrar con alegría el amor del violinista y la mujer.

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