MARÍA FLORENCIA SASSELLA

Estamos presenciando un ataque al señor Carlos Cordero. Somos chicos, no nos damos cuenta de lo mal que está cometer este hecho ni de lo terrible que es para nosotros verlo. Su sufrimiento nos parece espantoso, y sentimos sus quejidos muy dentro, como arañándonos. No podemos desembarazarnos de nuestra conciencia del horror. El más cruel. El que no se va, ni se perdona.

Pero somos demasiado jóvenes, y esto pasa. La mente lo borra, con el transcurso del tiempo. Lo dicen todas las señoras de batón y ruleros, y los señores de barba blanca, que siempre suelen tener razón; quizás, al hablar, sólo buscan consolarse un poco.

El señor Cordero ya no se mueve, y el tono rosado de sus mejillas permanece sólo en nuestros recuerdos. La oscura sangre le brota furiosa desde su boca, su pecho y su cabeza, empapando todo lo que se interpone en su camino. Sus agresores se alejan, entre risas y aullidos de triunfo. Creemos que acaban de tomar algún tipo de venganza, pero ni se nos ocurre por qué o por cuánto. Hasta nos asusta el sonido de la radio, que continúa encendida a todo volumen.

Nos quedamos calladitos, acurrucados, gélidos. Ahora el mundo es malo, peligroso. Antes era distinto, era desde lejos. La cercanía convierte a las cosas en gigantes, inabarcables, exageradas.

Llegan unos sujetos uniformados al sitio del horror. Examinan al impertérrito señor Cordero, lo palpan, le revisan entre sus ropas. Se lo llevan, pero no somos capaces de imaginarnos adónde. No limpiaron nada; todo el lugar continúa prolijamente vestido de sangre. Ni siquiera apagaron la radio.

Hemos decidido que nunca vamos a matar a nadie, ni siquiera a una hormiga. Y aún más, al advertir que al señor Cordero lo han devuelto al rinconcito del horror. No podemos concebir que no se mueva, mucho menos que él esté allí, pero que al mismo tiempo no esté. Ahora existe la muerte.

El tiempo parece haberse detenido, y al señor Cordero le está ocurriendo algo muy raro, porque comenzamos a percibir un indescriptible hedor. No podemos huir; nos encontramos magnéticamente atraídos, quizás porque se trata de algo que no podemos comprender ni resolver.

La radio ya no se oye. El señor Cordero se ha convertido en un montón de huesos, mientras que nosotros ya no somos los mismos. Somos los próximos.

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