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Los pechos los descubrió Don Jenaro, el cura, a las ocho de la mañana. Estaban atados con alambre a las cadenas de la iglesia, uno a la izquierda y otro a la derecha de la puerta. Eran unos pechos tersos, con pezones sonrosados. Tenían un corte limpio del que cada pocos segundos caía una gota de sangre que resbalaba por el hierro oxidado hasta la alcantarilla. El hombre sintió una arcada y se agarró al banco de piedra para no desfallecer mientras arrojaba el café que acababa de tomar.

La noticia se extendió por el pueblo con la rapidez de siempre y una multitud se reunió en el portal de la parroquia poco después de que los descolgaran; solo quedaba el rastro escarlata, aún fresco. Murmuraron, especularon y se santiguaron; los rumores de que eran los pechos de Adelita, la hija de los sordomudos, no tardaron en florecer; habían encontrado su bolso en un prado cercano y parecía que no le faltaba nada: estaban el monedero, los pañuelos, el pintalabios rojo, el espejito, las horquillas y la estampa del Sagrado Corazón de Jesús.

Adelita tenía veinte años. Algunos decían que era la mejor moza del valle, aunque en realidad era una chica corriente. Lo que le hacía parecer hermosa era su forma de expresarse: natural, espontánea. Carecía de segundas intenciones y eso era poco común allí. Verla hablar con sus padres era una delicia: movía las manos regordetas con la gracia de una bailarina. No se perdía ninguna romería; cascabeleaba de pueblo en pueblo con su vestido blanco, que tenía un vuelo espectacular y flores amarillas a juego con su melena.

Trabajaba para su prima Hortensia y el marido de ésta, Paco, en la única tienda del pueblo. Todo el mundo sabía que Adelita era una empleada pésima: no llegaba a las estanterías, no tenía fuerza para levantar las cajas de fruta, daba mal el cambio y siempre andaba distraída; pero la tienda sin ella era como una orquesta sin flautín.

 

La muchedumbre desfiló hacia el establecimiento de Hortensia. El día estaba plomizo y soplaba el gallego, que amenazaba lluvias y obligaba a encender la lumbre, por lo que iban en pelotón. Parecía una manifestación de abejorros; el zumbido solo paraba cuando encontraban algún despistado al que daban la voz de alarma para que se uniera a la masa. Así, cuando llegaron, eran por lo menos cincuenta personas.

Discutieron para decidir quién entraba. Ganó Faustina gracias a su vozarrón, tan estridente que solapaba al resto de la humanidad.

—Hortensia —chilló desde la puerta. Apartó los cilindros de colores de la cortina mosquitera y entró. Le golpeó un fuerte olor a queso de oveja—,  ¿cómo estáis? ¿Ha aparecido ya Adelita?

Un mostrador de madera lustrada ocupaba más de la mitad del local; dejaba un pasillo estrecho y alargado que terminaba en la puerta de la trastienda, de donde salió Hortensia con semblante grave. Desde allí no podía ver la cantidad de gente que había fuera, pero oía el runrún.

—Hola, Faustina, ya me parecía a mí que tardaba en venir medio pueblo a preguntar —Se ató la bata de cuadros verdes, llena de lamparones, y se atusó el pelo corto con los dedos—. No sabemos nada de la pobre Adelita.

—Como está abierto, pensábamos que ya habíais dado con ella —dijo, entrecerrando los ojos con suspicacia.

—Hemos abierto por si regresa que nos encuentre aquí —contestó. Se acercó tanto que Faustina pudo oler su aliento de regaliz negro. Hortensia le sacaba casi una cabeza y la miró de tal forma, con aquellos ojos esmeralda, que Faustina se sintió diminuta—. Otros familiares están buscándola por los alrededores. Aunque mucho me temo que…

—¿Que los pechos son suyos? —la interrumpió.

—¿Cómo? —dijo Hortensia dando un paso hacia atrás.

—Pero ¿no sabes que Don Jenaro ha encontrado unos pechos colgando de las cadenas de la iglesia? —dijo Faustina con un graznido que detuvo el murmullo de la calle.

—¡Válgame Dios! —Hortensia se tapó la boca con la mano unos segundos. Desde la trastienda llegó el ruido de unas llaves que caían—. No, yo iba a decir que Adelita ha escapado con su amante forastero.

Un forastero. La multitud suspiró aliviada.

 

Hortensia los contempló alejarse desde la puerta, luego volvió dentro y se encontró de frente con Paco, que temblaba como un niño y tenía los párpados encarnados.

—Haz el favor de sobreponerte —le dijo con tono helador—. Ni que hubiera desaparecido yo.

—Hortensia, ¿serán sus pechos? —dijo con un hilo de voz.

—Y a ti qué te importa, ¿acaso quieres verlos? —A él también le sacaba un buen trozo y era mucho más corpulenta. Le cogió del cuello y le empujó contra el mostrador. El golpe seco hizo que se le cayeran las llaves del bolsillo —. Desgraciado, bien los debes de conocer tú.

—¿Cuántas veces tengo que jurar que no somos amantes? —dijo sollozando.

Le soltó con un gesto de desprecio y se alejó hacia la trastienda. Paco se recompuso la camisa, se limpió la saliva que su mujer le había escupido al hablar y recogió las llaves.

—Ninguna más —dijo Hortensia—.  Ahora a callar. Corta dos kilos de filetes de cerdo para Bernabé.

Paco agachó la cabeza y entró en el mostrador. Sacó el lomo adobado de la nevera y cogió el cuchillo de la carne. Notó el mango húmedo, frío; lo miró: tenía la mano ensangrentada. ¿Cómo podía ser? Él mismo se encargaba todas las noches de la limpieza, era demasiado escrupuloso, jamás se le habría pasado una mancha tan evidente.

Miró hacia la trastienda con la boca entreabierta. Hortensia le observaba con mirada felina y sonrisa complacida.

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