XAVI ALTA

Hoy has tomado el de las 6.02. Ayer no llegaste a tiempo. Sí lo hiciste el martes y el lunes y el jueves pasado y el miércoles anterior. Pero no el martes. ¿Por qué no llegaste a tiempo?

Hoy también estás de pie. En la parada que subes es difícil sentarse, pero no parece importarte. Te has apoyado en la parte posterior de los asientos, dorsal y nalgas recostadas en el mobiliario, no así la cintura pues la curvatura de tu cuerpo lo impide, y te mantienes atenta a la pantalla de tu Iphone 6 dorado. Lees, sonríes, escribes, lees de nuevo.

Poco te importa quién sube, quién baja, quién te acompaña en la plataforma del convoy, esté a metros o a centímetros de ti. Tú solo tienes ojos para la pantalla, escupidora de información divertida, sorprendente, amena, según delata la extrovertida gestualidad de tu bello rostro. Ocasionalmente, un sexto sentido debe alertarte, levantas la mirada para ver en qué parada te encuentras, cuánto falta hasta el destino, fin de trayecto donde muere nuestro viaje diario juntos. Pero es puntual, un par de veces en todo el camino, para devolver tu mirada, tu entendimiento, al diminuto ordenador al que aun llamamos teléfono.

El vestido que llevas, estampado en cenefas moradas, es el mismo que vestiste el martes de hace dos semanas. 99,90€ en Estela Orgaz. Pero aquel día no llevabas las sandalias con plataforma de esparto que abrazan tus delicados pies, 49,90€ en Madness. Dieciséis días atrás preferiste acompañarlo de las manoletinas negras, las que no te has vuelto a poner.

Me encanta ese gesto, cuando apartas el mechón dorado que cae sobre tus hombros y cubre parcialmente tu mejilla derecha, la que me ofreces, en un movimiento inconsciente, atrapándolo sobre tu oreja. Desnudándola ante el mundo, aunque sé que me la muestras solamente a mí.

Es bellísimo tu oído. Linealmente ovalado, sin aristas ni formas desiguales, hasta que el pequeño lóbulo, doblemente ensortijado, cierra el dibujo adherido a tu rostro.

Retenido el cabello sobre tu oreja puedo ver el diminuto lunar que pincha tu mandíbula, muy cerca del lóbulo, el hoyuelo que rodea tus carnosos labios cuando sonríes, la pequeña arruga que avanza lentamente al lado de tu párpado, las casi imperceptibles pequitas que cubren tu nariz, la divina sincronía que preside tu faz. La belleza absoluta.

Levantas las cejas. Algo te ha sorprendido en la pantalla escupidora, pero mantienes la sonrisa. La amplías. Pareces querer reír abiertamente, pero la educación te reprime. Tecleas deprisa, excitada, tensando y destensando tus bellos labios afresados según lees, respondes, sonríes.

Sólo quedan dos paradas. Levantas la vista ligeramente para confirmarlo, pero sigues tecleando, indiferente al resto del mundo, sabes que aun te quedan 6 minutos hasta que abandones el convoy.

Pero hoy será distinto. Hoy no tendrás que caminar tres manzanas hacia el norte y una hacia el este, vacía. Hoy no te abandonaré. Hoy no te dejaré sola. Hoy te acompañaré a casa. Será allí, será entonces, será cuando entres en el portal que ha de llevarte al 5º piso, cuando te alcanzaré, te abrazaré con todas mis fuerzas, te susurraré mi amor como solo un trovador medieval puede cantarte, me mirarás, por fin me mirarás, y será entonces cuando nos amaremos para no separarnos jamás, sea en la Tierra, sea en el Cielo.

 

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