LOURDES BLANCO

Se había levantado temprano. Últimamente no aguantaba mucho en la cama y menos en  verano, cuando se podía aprovechar el frescor de la mañana y empaparse en él para poder aguantar el resto del día, cuando el sol era implacable.

Decidió salir a pasear por el centro de la ciudad. Era su hora favorita. El silencio de las calles y la brisa fresca le hacían ver una ciudad más amable. Le gustaba su ciudad por las mañanas, la hacía olvidar que en realidad seguía siendo un lugar medieval, en el que las tradiciones y la religión eran más importantes que la evolución y el progreso. Una ciudad anclada en el pasado.

Caminaba despacio, oyendo sus propios pasos, respirando el aire puro e impregnándose de esa luz tan particular que daba un aspecto de magnificencia a los viejos edificios.

Se sentó en la terraza de su cafetería favorita, olía a café recién hecho y a tostadas calientes, una dulce fragancia que le evocaban tiempos pasados.

El camarero aún no había terminado de montar la terraza, pero aún así, se sentó y esperó a que fuera a tomarle nota.

El camarero ni siquiera se había fijado en su presencia y continuó con su tarea de desmontar las sillas una por una y colocarlas alrededor de las mesas, de vez en cuando saludaba a algún vecino que pasaba por la plaza y continuaba con su rutinaria tarea sin percatarse que ella estaba ahí, algo que le estaba fastidiando la mañana. Estaba sola en la terraza, tenía que verla.

Mientras esperaba no pudo evitar fijarse en la pareja que desayunaba dentro del local. Se quedó petrificada cuando reconoció a su marido sentado frente a una mujer a la que no podía ver el rostro porque estaba sentada de espaldas, pero a él se le veía contento, atento a lo que aquella mujer le estaba contando, sonriendo y asintiendo. Seguía teniendo esa expresión de niño travieso que no se le quitó con los años.

Su corazón se había encogido y su pulso se había acelerado, no podía respirar. ¿Qué hacía allí Ernesto? Y ¿Quién era esa mujer?

Esperó, sin ser atendida, hasta ver salir a la pareja. Pasaron por su lado sin verla y se subieron a la moto que estaba aparcada a pocos metros de la terraza.

Entonces, su rostro se llenó de lágrimas cuando vio sus ojos azules en aquellos ojos que no la veían. Otro año más había vuelto al lugar donde fue feliz por última vez, el lugar al que volvía todos los años desde que sufrió aquel  accidente que la mantenía postrada en una cama desde hacía cinco años.

Tendida en la cama del hospital, Ernesto no podía apartar la mirada de su dulce rostro inexpresivo, cogió su mano y una lágrima brotó de aquellos azules ojos perdidos no se sabe donde.

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