JULES
Llegamos al bar casi a la vez, o eso dijiste al vernos, desde lejos. Estabas con Juana sentado en la mesa, con sendas claras frías sobre la madera. Pegados, muslo con muslo y caricia a un milímetro de distancia. Te saludé en la puerta con mi sonrisa, que atrapaste en la tuya, casi me atreveré a decir, con deseo. Pronunciaste mi nombre separando las tres sílabas, con intensidad, como lo hacías antaño, y ese “Leonor” se me clavó dentro. Dos besos de rigor, uno en cada mejilla. De un lado a otro del rostro, con los ojos muy abiertos y casi rozando nuestros labios. Por un instante pensé que te atreverías a tomarlos y desatar la magia. Pero no fue así. Lógico, como ibas a hacer eso estando ella.
A mi lado, un chico agradable, Fabián, repetimos saludos y frases cordiales, educación y cortesía. Todos buena gente. Me lo presentaron hace unos días, en otra salida similar, que menos que organizar una cita doble. Podría resultar entretenido.
Con Roberto tuve un affaire hace años que mutó a camaradería. Y conexión sexual importante. Hasta que apareció Juana. Podemos vanagloriarnos de ser dos personas evolucionadas y capaces de separar amor, amistad, y la simple y placentera satisfacción de llegar al orgasmo después de un polvo sin consecuencias emocionales. Quien conoce la historia suele comentar que es raro esto nuestro.
Juana llegó una primavera a la vida de Roberto sin hacer mucho ruido. Una aparición espontánea, un choque de culturas y unos meses en los que casi desapareció del mapa mi peculiar amigo. Roberto, el amor te sorprendió, y poco acostumbrado que estás a no llevar las riendas, te quedaste enganchado a sus maneras y su forma de entender el mundo. No hay que decir que es una mujer peculiar, con ideas propias y una personalidad arrebatadora. Se jactaba de ser liberal, respetuosa y tolerante, tu nueva enamorada. ¡Qué bonito, igual encontraste tu media naranja!
Nuestras miradas, aunque ha pasado tiempo, queman. No tardan en aparecer en la conversación guiños a nuestro tórrido pasado, bromas privadas que sólo entendemos nosotros. Hacía tiempo que no me divertía tanto, y siento que tú piensas lo mismo, Roberto.
Pero aunque la mona se vista de seda, mona se queda. No niego, no obstante, que tu mona es inteligente y no ha tardado en pillarnos. Es más lista que mi proyecto de ligue, que aún está en los mundos de yupi y ni se entera de lo que pasa. No creo que sea lugar, ni momento para esto, pero, en fin, surgió así y veremos dónde nos lleva. Aunque el devenir de los sucesos me está fastidiando el plan. Nuestro pequeño secreto, Roberto, salió a la luz sin pensar y sin quererlo. Y desde luego, no tengo nada que ver en el carácter iracundo de tu novia —quizás debería decir ya ex-novia, tal y como ha salido de escena y bar—, ni con que te haya destrozado la camisa de seda, ¡qué pena de cerveza!
Mi nuevo amigo no sabe donde meterse, ha acabado por comprender, y de inmediato decide que aquí sobra. Adiós, bye bye… ¿Volvemos a ser tu y yo?

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