XAVI ALTA

Por fin oigo la puerta. Es ella. Ahora todo acabará, todo se aclarará y este señor tan extraño que dice que es mi abuelo se irá a su casa.

Primero ha ido a la cocina, a beber agua, seguro, siempre lo hace cuando viene de correr. Es entonces cuando me acerco por detrás, para asustarla, y le pregunto cuántos kilómetros ha hecho hoy. Me enseña la pantalla del Iphone que lleva atada al brazo y yo lo leo en voz alta.

Ayer fueron 9,7 kilómetros. Eso leí en la pantalla. Había más números que a mamá la interesan mucho, pero a mí solamente me importan los kilómetros, porque ahora ya lo entiendo. Lo he estudiado en mates y ya sé cómo funciona, aunque es un poco difícil y a veces aun me lío. 1 kilómetro son 1000 metros, entonces corrió 1000 metros 9 veces, esto es fácil. Pero el 7 no son 7 metros, son 700. Si fueran sólo 7 metros en la pantalla pondría 9,007. Por tanto los 7 son decámetros… No, eso serían 70. ¿Cómo se llama? Lo dijo la Srta Aroa en clase… Hectómetro, eso es.

Pero hoy no se lo pregunto.

Mamá se ha quedado parada en la puerta del salón. Mirándonos, pero sobre todo mira al hombre mayor que se ha sentado en su butaca, la mecedora, donde siempre me daba el pecho. Él también se balancea. Normal, a mí también me encanta hacerlo. Es muy divertido, pero tienes que ir con cuidado de no darte muy fuerte o puedes caer hacia atrás.

También mira a papá, sentado en el sofá al lado del otro hombre, el joven. Pero no dice nada, solamente respira hondo, hasta que me pregunta ¿estás bien cariño? Sí, respondo tranquila. Papá me ha dicho que pinte en la pizarra digital mientras esperamos. Ahora le dirá que se han equivocado y se irán. Aunque son un poco bobos porque papá ya se la ha dicho antes y no lo entienden.

-¿Cómo se encuentra mi preciosa Ivana? –pregunta de golpe el hombre mayor, con aquel acento tan raro. No sabe decir las eses ni las erres. No conozco a ninguna Ivana, pero se lo pregunta a mamá, así que ella deberá conocerla. Pero mamá parece que tampoco la conoce porque pregunta ¿Qué quieres? El hombre sonríe pero es papá el que habla primero.

-Ana, ¿tú sabes de qué va esto? Este hombre…

-Sólo he venido para conocer a mi familia. No me habías dicho que tenía una nieta tan guapa, tanto como su madre. Ha heredado tus ojos igual como tú heredaste los míos –dice sonriendo.

Desde pequeña todo el mundo me ha dicho que tengo los ojos muy bonitos, azules, como los de mamá, oscuros, del color del mar dice mi abuela María. Es verdad que este señor también los tiene del mismo color, pero los papás de mamá murieron cuando ella era pequeña y yo sólo tengo como abuelos a los papás de papá.

Kako stye? –lo ha dicho el hombre, sonriendo, mirando a mamá. No sé qué ha dicho, debe ser su idioma, por eso habla tan raro, pero se lo ha dicho a mamá. Sí son bobos pues no ven que ella tampoco entiende lo que dice. Ahora cambia al español. -¿Ya no recuerdas tu lengua, Ana Samper?

-Vete de mi casa antes de que sea demasiado tarde.

Papá dice algo, creo que ha preguntado si lo conoce, pero la carcajada del hombre mayor no me ha dejado oírlo. Otra vez ha hablado muy raro.

Ti mi prijetiti? Vloi otac?

-Mamá, ¿qué pasa? -pregunto. -¿Qué ha dicho el señor?

-Nada cariño, no pasa nada, no tengas miedo. El señor está jugando.

Sé que lo dice para que me calme, pero el señor no está jugando. No me gusta como la mira, ni como mira a papá ni a mí, aunque el que me da miedo de verdad es el joven alto que está con papá. No habla, sólo hace ruidos, como si fuera un jabalí. Tiene cara de jabalí.

-El señor no está jugando, Martina. –Me dice el hombre mirándome. –El señor se llama Aleksandr, pero puedes llamarme Sasha, que es el diminutivo que utilizamos en Serbia y en la mayoría de países eslavos, aunque deberías llamarme abuelo Sasha. Al menos así llamas al abuelo Antonio, ¿verdad? –Digo que sí con la cabeza pero estoy tan congelada que no me atrevo a decir nada. –Digamos que he estado de viaje unos años y ahora he querido conocer a mi familia. Sólo le he preguntado a tu madre cómo está pero ella ha preferido amenazarme, a su propio padre, ¿qué te parece?

-¡Dovolio!

Ha sido mamá la que ha gritado esa palabra tan rara. La miro fijamente, sorprendida. Miro a papá, pero él también está sorprendido. El señor, en cambio, ha dejado de mirarme para mirar a mamá, otra vez con aquella sonrisa tan rara.

-Por fin ha vuelto Ivana.

Hemojte pobredete moji porodemj ja ej ti jsne. –Mamá está muy enfadada pero no entiendo lo que dice. No sabía que sabía hablar así.

El señor también le responde en ese idioma, ¿serba ha dicho?, pero lo traduce enseguida.

-No le haré ningún daño a tu familia si colaboras. Ambos sabemos de qué eres capaz, pero también de qué soy capaz yo y de qué es capaz Dusko cuando cumple órdenes. Así que no vuelvas a amenazarme, no está bien querer matar a tu padre.

-Ana, ¿de qué va esto? ¿Quiénes son estos hombres?

Mamá no mira a papá, sólo al hombre, pero le responde que tranquilo, cariño, que no pasa nada, que no pasará nada. Entonces papá se levanta del sofá, ya está bien, si esto es una broma no tiene ninguna gracia, pero el jabalí le golpea en la barriga con el codo, muy fuerte, haciéndole mucho daño porque cae al suelo y parece que va a llorar. Yo grito, papá. Me han ordenado quedarme quieta en el sofá individual, donde se sienta papá para ver las noticias, pero no puedo hacerlo. Me levanto y corro hacia mamá que me abraza con fuerza. Mamá, tengo miedo. Tranquila, pequeña, tranquila, no pasará nada malo, no lo permitiré. Quiero decirle que han pegado a papá, que sí está pasando algo malo, pero me acaricia el cabello y me calmo.

-Disculpa a Dusko, a veces es un poco desconsiderado pero tu reacción ha sido poco inteligente. También debo disculparme yo pues tal vez hemos sido demasiado atrevidos al visitaros sin avisar, pero uno espera ser bien recibido por la familia, sobre todo cuando han pasado diez años. –El hombre habla sin dejar de sonreír. Parece un payaso, un payaso triste. Pero da mucho miedo. –Ya que Ana… yo la bauticé como Ivana por el rito ortodoxo, no os ha contado nada, me parece justo daros algunas explicaciones.

Dovolio, izlazi iz moje kuce.

-No me iré de tu casa hasta que tenga lo que he venido a buscar. –Entonces, ante un gesto del hombre, el jabalí saca una pistola y nos apunta. No grito, pero me agarro a mamá con todas mis fuerzas. Nos van a hacer daño, mamá. –Nadie hará daño a nadie, mi pequeña Martina. Eres mi única nieta, fruto de mi única hija. Algún día lo comprenderás. Los hijos son el mayor logro, el mayor regalo que un ser humano puede obtener en esta vida. Crear vida, imagínate lo que es eso. El amor que tu madre siente por ti es el mismo que el amor que yo sentía por ella. Mi única hija. Le enseñé todo el negocio, la preparé para que fuera mi heredera, pero me traicionó. ¿Qué puede haber peor que la traición de un hijo? Dime, ¿qué puede ser peor?

No entiendo bien la pegunta, pero me mira con sus intensos ojos azules, los de mamá, los míos. No respondo. No sé qué responder.

-No metas a Martina en esto.

-Tú la has metido en esto. ¿Realmente eras tan ilusa que esperabas poder esconderte para siempre? No, no creo. Ni siquiera has dejado España. Creo que esperabas que te encontráramos. Eres muy inteligente, siempre fuiste un paso por delante de los demás, incluso de mí. Sin duda el amor me cegaba.

Papá vuelve a decir algo, pero el hombre le dice que si vuelve a hablar le pega un tiro. Tengo mucho miedo, no quiero que le hagan más daño a papá. Estoy temblando, tengo ganas de llorar, pero no me salen las lágrimas. El hombre me mira otra vez.

-Queridísima Martina, siento mucho todo esto, no es así como esperaba presentarme ante mi nieta, pero tu madre no me ha dado otra opción. No te preocupes por tu padre, no quiero hacerle daño, ni por tu madre, ni por ti. En cuanto mi hija entre en razón y me dé lo que he venido a buscar, nos iremos. Pero tranquila, volveré en Navidad para traerte un buen regalo y el día de tu cumpleaños, el 15 de febrero ¿verdad? –Digo que sí con la cabeza sin dejar de mirarlo, da miedo. -¿Sabes que el 15 de febrero es el día Nacional de Serbia? ¿No te parece una bonita casualidad? Sí, el 15 de febrero de 1804 los serbios nos rebelamos contra los turcos. Desde entonces los serbios nunca hemos dejado de luchar por lo que es nuestro y por eso estoy hoy aquí.

Otra vez le ha dicho algo a mamá, gdje su? Mamá ha contestado en serbio, ahora ya sé cómo se llama su idioma, con una frase muy larga que ha hecho reír al hombre.

-Tu mamá no quiere decirme dónde está lo que me robó. Sí, Martina, tu mamá es muchas cosas, la maestra Ana Samper por ejemplo, pero lamento decirte que también es una ladrona. Me robó una bolsa de diamantes valorados en un poco más de 1 millón de euros, pero que año a año han ganado valor porque se descubrió que eran únicos y hoy deben estar valorados por encima de los 10 millones.

Otra vez deja de mirarme. No me gusta que me mire, no me gusta cómo me mira.

-Sé que no los has vendido. No están en el mercado, nadie los ha visto en más de una década. Has sido prudente, pues sabías que en cuanto los mostraras todo el mundo te identificaría. Por ello, no acabo de entender por qué lo hiciste, ¿por aquella chica, la eslovena? –Mamá no responde pero el hombre sigue hablando. –Hice lo que tenía que hacer. Fui duro, tal vez demasiado, pero aquella chica debía ser castigada.

-¿Violándola? ¿Eso es lo que harás conmigo?

-¿Cómo puedes decirme eso delante de mi nieta? ¿Por quién me tomas?

-Por un sádico, un torturador, un asesino.

-Tú no eres diferente. Creciste a mi lado y te recuerdo como mi alumno más aventajado.

-He cambiado.

-No has cambiado. Te has cambiado el nombre, el color de pelo, pero sigues siendo Ivana Saric, mi hija, la misma que diseñaba planes de ataque infalibles, la que era capaz de acertar en pleno corazón a una distancia de más de 100 metros, la que tendió la trampa al Rabino para desvalijarle la joyería. La que me robó los diamantes después de un ataque de dignidad, de conciencia. Tú que has sido más amoral que yo.

Miro a papá. Está tan asustado como yo, mirando a mamá fijamente, sorprendido. Yo no quiero mirarla, sólo quiero abrazarla. No la suelto, no la soltaré nunca. Es mi mamá y siempre ha sido buena. Siempre.

Gdje su? ¿Dónde están?

-Arriba, en la chimenea.

-¿En tu habitación?

-No, en la buhardilla. Deja a mi familia aquí y ven conmigo.

-Ni hablar, Ivana, ni hablar –ríe de nuevo el hombre. –Eres demasiado rápida e inteligente para dejarte sola conmigo o con Dusko. Además, delante de tu hija, de mi nieta, te comportarás, no harás estupideces. No querrás mostrarle la cara menos amable de su madre, ¿verdad?

Mamá no responde. Papá tampoco dice nada, sólo se toca la barriga porque le duele mucho. El hombre sí habla. Primero con el jabalí, en serbio. Después a mamá en los dos idiomas, no hagas ninguna tontería. Por último a mí.

-Ven Martina, subiremos juntos a la buhardilla, pero lo haremos los últimos pues somos educados.

Me tiende la mano pero yo me aferro a la cintura de mamá con todas mis fuerzas. No quiero soltarla, no quiero coger la mano del hombre que da miedo. Pero mamá me dice que lo haga, que no tema nada, que le dará lo que ha venido a buscar y se marcharán de casa para siempre.

Mamá sube delante, papá detrás seguido del jabalí que tiene la pistola en la mano. Es muy pequeña, en las pelis son más grandes. El hombre y yo subimos juntos, uno al lado del otro, cogidos de la mano, mientras me explica que un verano me llevará de visita a Novi Sad, la ciudad dónde nació mamá. Dice que ha cambiado estos últimos años, la están modernizando, no es como Barcelona pero te mostraré rincones que también te gustarán.

Ahora no parece el hombre enfadado del salón. Parece un abuelo, pero sus ojos siguen dando miedo. No son amables como los del abuelo Antonio. Parecen poder ver a través de los míos. Por suerte llegamos en seguida. El jabalí le dice a papá que se arrodille en el suelo, gritando, pero el hombre le pide calma, están colaborando Dusko, además, mi yerno es inofensivo.

Gdje su?

Mamá da un paso adelante y señala el cuadro con la manualidad en tela que hice en P4 que colgó sobre la chimenea. No me quedó muy bien, pero mamá dijo que era el mejor cuadro que había visto en su vida y lo colgó para que yo me sintiera orgullosa de mi trabajo. Si te has esforzado, siempre debes sentirte orgullosa del trabajo que hayas hecho.

Mamá lo aparta y se lo tiende al hombre. No lo rompas, lo hizo tu nieta. ¡Lo ha dicho, ha dicho que soy la nieta del hombre de los ojos azules! Miro a papá. Tiene los ojos muy abiertos, con lágrimas, como si hubiera llorado. Mamá le mira y parece tranquilizarlo.

El hombre que dice que es mi abuelo le pregunta en qué parte del cuadro están. Mamá le responde que no están en él, que tome la llave escondida en la tela. Cuando la encuentra, es muy pequeña, de color blanco como el tirabuzón que la cubría y parece de plástico. Mamá señala un pequeño agujero de la pared, ella lo llama ranura, y le dice que meta allí la llave. El hombre se la da al jabalí que la toma y la hunde. Le da dos vueltas y se abre una pequeña puerta que quedaba oculta en el mismo color blanco de la pared de la chimenea. Es pequeña, no sé si cabrá la mano del jabalí, pero dice algo en serbio que alegra al hombre que dice que es mi abuelo.

Hvala Ivana –le dice a mamá. De nada, contesta ella.

Pero entonces ocurre. La mano del jabalí ha quedado atrapada en la pared, le duele mucho porque grita y grita. Yo también grito, asustada, pero mamá es muy rápida y le pega una patada en el brazo con que aguantaba la pistola, por lo que cae al suelo. Le pega otra patada, ésta en la rodilla que lo dobla hacia delante haciéndolo caer, pero sigue aguantándose con la mano atrapada, por lo que queda arrodillado, gritando sin parar.

Papá también se ha levantado, pero el hombre que dice que es mi abuelo también tiene una pistola. La ha sacado y apunta a papá. Ha intentado apuntarme a mí pero me he apartado a tiempo, escondiéndome detrás de papá. Me agarro a él. Tranquila, mi niña, tranquila, pero está temblando. Mamá no temblaba cuando la tenía agarrada.

-Quieta Ivana si no quieres que mate a tu familia.

-Pensaba que también era tu familia –responde mamá avanzando un paso.

-¡Quieta Ivana! –grita. –Dame lo que he venido a buscar y me iré sin haceros ningún daño.

-No puedo dártelo. Lo tiene Dusko agarrado y para que lo suelte debería cortarle la mano.

-Córtasela.

No entiendo nada. ¿Cómo pueden querer cortarle la mano al jabalí? No para de gritar por el dolor pero al hombre no le importa. Tampoco a mamá, que sigue de pie entre los dos hombres.

-¿Ves porque te abandoné en Marbella? Sí, la eslovena como tú la llamas, Svetlana, era una buena chica que no mereció el destino que le preparaste, pero solamente fue la gota que colmó el vaso. El empujón que necesitaba para acelerar una decisión que hacía tiempo que había tomado. –Mamá da otro paso adelante. Quieta, grita de nuevo. –Si me hubiera quedado a tu lado, hubiera muerto como morirá Dusko ahora, o como murió mamá, sin importarte lo más mínimo. La alternativa a eso era tener que matarte y no quise hacerlo. Pero tendré que hacerlo ahora.

Mamá, grito. Ana, grita mi papá. Pero solamente nos mira pidiéndonos calma con sus ojos azul marino, mis ojos azul marino. Los ojos azul marino del hombre que dice que es mi abuelo también nos miran, con fuerza, y entonces lo veo. Veo en su océano lo que va a hacer pero el movimiento es muy rápido.

El ruido no es el de las películas, es más flojo, pero papá cae hacia atrás como en las películas, en un grito pequeño, más sorprendido que dolorido, creo, pero yo sí grito. Lo hago con todas mis fuerzas pues veo que el hombre gira la pistola hacia mamá.

Salto, corro, grito, pataleo, contra el hombre que dice ser mi abuelo. Pero no he sido lo bastante rápida. Mamá ha caído hacia atrás, al lado del jabalí, pero logra moverse, gateando, para esconderse detrás del sofá, gritando palabras en serbio que sólo entienden ellos.

El hombre me ha apartado de un manotazo, pero estoy como loca y vuelvo a pegarle, patearle, agarrarle tratando de morderle. Me ha hecho daño, mucho daño el golpe que me ha dado con el codo. He caído al lado de papá, que me agarra pidiéndome que me quede quieta. Pero no puedo. Va a matar a mamá.

El hombre que dice ser mi abuelo se acerca al sofá apuntando con la pistola. Mamá ha logrado agarrar el hierro para mover la leña, el que no me dejan tocar cuando encendemos la chimenea, pero el hombre no se acerca lo suficiente para que ella pueda darle. Se ríe, habla en serbio y se ríe. Hasta que vuelve al castellano.

-Realmente Martina es hija tuya, nieta mía. Tiene tu carácter. Espero que también tenga tu inteligencia. Lástima que tú no tengas la mía y que te hayas dejado llevar por eso tan débil llamado conciencia. Eso mató a tu madre. Eso te matará a ti.

-No hagas daño a Martina ni a Carlos, no se lo merecen.

-Del mierda que elegiste por marido no puedo prometerte nada. De mi nieta, sí puedo. Me la llevaré, a Novi Sad, para convertirla en mi heredera. Solos ella y yo. Sin madres débiles que estropeen su carácter.

***

El abuelo Sasha duerme. He dormido a su lado los últimos diez años. Aprendiendo, formándome, sufriendo. Pero hoy ha acabado el juego. Ayer cumplí la mayoría de edad y ya puedo moverme por Europa sin necesidad de un tutor legal. Ya no le necesito.

Legalmente, la hija del doctor Carlos Abellán y la maestra Ana Samper murió en el incendio que calcinó la casa. Nunca encontraron su cuerpo pero los de los padres estaban tan carbonizados que fue difícil su identificación.

Tomo mi pasaporte español, el que me permitirá moverme cómodamente por el espacio Shengen, también tomo el serbio, pero Martina Saric lo tirará antes de subir al tren que la llevará a Ljubliana. Antes, he cogido la bolsita con los diamantes de la caja fuerte del estudio, nos los quedaremos para que siempre recuerdes el valor de la fidelidad, sentenció hace diez años, también 14.000€ en metálico y he abandonado Novi Sad para no volver jamás.

El abuelo no se levantará de la cama. He utilizado el mismo líquido corrosivo con que mamá impregnó el agujero de la chimenea, en el que el jabalí quedó atrapado mediante una pequeña trampa de cuña, dando tiempo a que le abrasara la mano, para llenar la garganta del hombre que dice ser mi abuelo. No despertará nunca más. Y si lo hiciera, no podría explicar quién aplacó mi sed de venganza.

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