MARI TU

Era la primera mañana soleada después de un mes entero lloviendo día tras día, y Carmen se asomó a la ventana de la cocina para ver qué tal le estaba sentando a su barrio ese momento de paz y de luz. Allí estaban los rosales rojos y naranjas que inundaban de alegría los cuidados jardines, y los setos de san Juan, abarrotados de hojitas verdes, alegres, primerizas, recién nacidas.

Se echó a reír al ver a Marina y Rosa, las hijas mellizas de Ana, su amiga de la infancia: Las niñas patinaban a toda velocidad cruzándose peligrosamente, chocando las palmas al pasar la una junto a la otra.

Descubrió en un rincón a los hijos de Esteban, el tendero, jugando a las canicas con el nieto de José, el carnicero; y ya estaban sentadas a la sombra de los falsos plátanos, las abuelas más ancianas del barrio, nueve en total, repartidas de tres en tres en los respectivos bancos y vigilando como quien no quiere la cosa a los niños y, de paso, a cualquiera que acertara a pasar por allí.

Entonces, Carmen percibió algo que desentonaba totalmente en aquella imagen: un desconocido con una maleta se estaba acercando a su portal.

Se acordó, de repente, de que Maruja, la dueña del piso de abajo que en ese momento estaba vacío, le había dicho que por fin había conseguido alquilarlo a un señor muy serio y callado.

Le pareció oír la voz de Maruja diciéndole: «Baja a ver si necesita algo, nena. No vaya a ser que el hombre no acierte a abrir la llave del agua o de la luz».

A lo que Carmen contestó en voz alta:

—Anda, ya podías haberme avisado de que venía hoy…

Esperó aproximadamente media hora por cuestión de darle tiempo al nuevo inquilino a centrarse un poco en la casa o, por lo menos, de posar la maleta y quitarse la chaqueta. Luego bajó el tramo de escaleras y pulsó el timbre.

Antes de que cesara el sonido agudo y metálico, la puerta se abrió y Carmen se encontró frente a un hombre en camiseta de tirantes y pantalones de loneta azul; de constitución fuerte, cabeza redonda y brillante calva, de unos sesenta años, ojos claros, grandes y risueños. La camiseta blanca resaltaba su piel morena y se apoyaba indolente en el quicio de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Hola, soy Carmen, su vecina de arriba… Sólo quería darle la bienvenida y decirle que…, bueno, que si necesita algo sólo tiene que subir una escaleras…

—Gracias, hombre, muchas gracias… —contestó impaciente el nuevo vecino, mientras sus ojos miraban más allá de Carmen, más allá de la puerta de enfrente, más allá. «¿Adónde mirará?», se preguntó Carmen y tuvo que contener el impulso de girarse. Después se hizo un silencio incómodo: Carmen no podía apartar sus ojos de él. Se daba perfecta cuenta de ello, pero no podía hacer nada. De repente había aparecido una corriente de fuerza, una corriente magnética que la obligaba a ello. Ella la sentía tan real como un aroma, como el vuelo de un pájaro sí; así como sabía que aquel hombre mentía: no sentía agradecimiento alguno, solo quería que ella desapareciera. Que dejara de mirarlo tan fijamente y poder cerrarle la puerta en las narices. Ella hubiera querido hacerlo, pero no le respondían los músculos de los ojos, de los párpados.

Salía frio de aquella casa como si Carmen hubiera abierto la puerta de la nevera. Se le estaban enfriando las manos y la espalda, y comenzó a temblar…

De repente, pálida como un muerto, blanca hasta los labios, se giró sobre sí misma y, sin decir nada, bajó todos los tramos de escalera hasta el portal.

Salió al patio y, haciendo esfuerzos por caminar con normalidad, por mantener la compostura y no echar a correr, llegó hasta donde estaban sentadas las abuelas. Se hizo un hueco entre ellas y se dejó llevar por su conversación sencilla y familiar.

Para Carmen ese era el lugar más seguro del mundo.

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