JULES

Se supone que era mi primera visita a la ciudad. Ahora que lo pienso, ella creyó que tú y yo preparamos esta cita de parejas, con toda alevosía, para ver si nuestra “amistad” todavía tiene tantas alas como raíces tuvo.

Aquí pocos me conocen. Dejé el Café London del catalán barrio de Montserrat en Buenos Aires, y me interno en el Raval barcelonés, buscando el London Bar, lugar mítico donde Gardel junto a Rafael Alberti y algunos jugadores del Barça juerguearon. Allí me espera Juana a la puerta, tan esbelta como machacona en sus antojos. No siempre me sentí a gusto con mujeres tan demandantes. Y cuando asomabas en mi recuerdo, se produjo la sincronía que me cacheteó con la misma fiereza de aquella última vez que nos vimos. Bajaste de aquel autazo azul, estacionado frente al bar. Esperé cinco segundos y viniste hacia mí con la misma intención de entrar. No venías sola. Sentí que se me adelgazaba la voz. ¡Sorpresa!…Besitos españoles y todos adentro. Me recuperé de tu perfume, extrañando los besos que no me diste la última vez, en lugar de aquella hostia sonora como el mar embravecido. Dejé pasar a tu perrito faldero para verlo de atrás. Es la mejor forma de conocer a un hombre. No pude reprimir un pensamiento muy porteño, «La ley del embudo: la más linda con el más boludo».
Mis ojos se posaron en ti los microsegundos suficientes para que Juana dudara de la inevitable casualidad. Ni bien la miré, advertí en sus ojos todo su oficio de sacerdotisa maniquea, con crecientes colmillos. Su sonrisa media falsa ocultaba un pensamiento: « ¿Esta quién es?». Fabián hizo algo bueno…propuso que nos sentemos los cuatro. Comencé a querer a ese muchacho. Entre rosadas montañas de gambas y parduscas lonchas de mojama, pidieron unas cañas de “cervesas” y yo un caballito de tequila. El mozo de Gerona nos veía como unos “pixapins” urbanitas. Jarra de agua. Y charla.
En tu intensa mirada adiviné nuestro pasado y te probé.
—Donde tu terminas, yo comienzo—le dije a tus ojos, y te ofrecí el caballito. Para la peña que no entendía no hacía referencia al tequila, sino a la última letra de tu nombre, “r” y la primera del mío. Y en aquellos momentos del beso que crece en la penumbra, cuando tú terminabas besándome el cuello, y desde allí yo seguía. Elevé la apuesta cuando me acerqué al piano del bar y toqué los primeros acordes de “Destino o Casualidad” de Melendi, ante los ojos abiertos como dos huevos fritos de Juana que no entendía nada que no fuera las melosas canciones caribeñas. Al volver a sentarme noté tus ojitos salpicados de corazones como si fueras un emoticono travieso.

—¡Quiero irme, cariño—me dijo la mulata mirándote de hito en hito. Yo le sonreí, y le dije que no.
Y tú aprovechaste, con esa adorable maldad tan burlona y soterrada que ya había olvidado, a pedirme, antes que marchemos, que le contara a Juana cómo nos conocimos en el ascensor aquella noche hasta el desayuno del otro día. Fabián como buen niñato pisaverde se sintió fatal y se excusó. Y ante mi sorpresa, Juana se puso de pie, y antes de irse, me tiró la cerveza a la cara y vació la jarra en mi cabeza. Mojado como estaba, pero aun sediento de ti te dije, ¿recuerdas aquella frase?, “¿Hacía falta tanto líquido para apagar tanto fuego?”.

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