LOURDES BLANCO

El corazón se le iba a salir por la boca. A medida que ascendía por la escalera de caracol que daba a la buhardilla donde él se hospedaba, la respiración se le  aceleraba. No había dejado de imaginar que cuando le abriera la puerta lo abrazaría, lo besaría. Un largo beso en la boca, sintiendo su sabor, metiéndose en su cuerpo y su mente a través de su aliento, y él respondería a ese beso con toda la ternura de sus manos, de su piel, de sus sentimientos.

Tocó el timbre. Esperó unos segundos. No podía oír nada, el sonido de su corazón no se lo permitía. La puerta se abrió  y ese corazón que no había parado quieto un momento, se paralizó, la respiración se cortó y sus ojos se inundaron de amargura.

Sin articular palabra, sílaba,  sonido, se dio la vuelta sujetándose a la barandilla para no perder el equilibrio.

La mujer que abrió la puerta se la quedó mirando perpleja mientras la veía desaparecer con ritmo titubeante.

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