XAVIALTA

Notar el frío metal en la nuca no es tan impactante como verlo apoyado entre tus ojos. El resultado será el mismo, si la mano que lo empuña acciona el percutor, pero no sabe igual ver que sentir.

-¿Dónde está?

Es la cuarta vez que repite la pregunta. Las mismas dos palabras quiero decir, pues el interrogatorio ya dura más de una hora. No me han hecho daño aún. Físico. Psíquico, sí, pues estar atado de manos, a la espalda, en la forzada posición que he visto en miles de películas, más aterrado de lo que trato de aparentar, sabiendo que no saldré vivo de la sala, afecta la moral del más curtido. Y yo no lo estoy tanto.

-No lo sé –repito por enésima vez, pero ni mi tono es lo suficientemente seguro, ni se me da bien mentir encañonado por la Glock 26 cromada que me debe de estar dejando marca en la frente.

Creo que lo que me está manteniendo en pie, figuradamente, es mi nulo sentido del ridículo. No lloraré, no suplicaré, no me mearé encima. Tampoco perderé los papeles levantándome bravucón para que me peguen una paliza. Si hubieran querido hacerlo, ya lo habrían hecho. Además, siempre me he considerado una persona inteligente, capaz de prever los problemas y de evitarlos.

Así que no me dejaré humillar, no perderé la compostura. Porque no quiero hacer el ridículo delante de los cuatro hombres que me miran atentamente, uno dialogando, otro amenazando, dos vigilando cualquier movimiento de mis músculos.

Pero sobre todo, por ella.

Detrás de su padre, se mantiene rígida, expectante ante el devenir de la forzada reunión, aprendiendo el oficio. Va armada, veo claramente la culata de la diminuta Glock 42 asomar en su cintura. Sí, en la familia parecen una franquicia del armero austríaco. Pero no son balas lo que la convierte en letal. Es su inteligencia.

Y su belleza, ante la que caí rendido al poco de conocerla.

No me caigo de la silla porque el matón me ha sujetado con la mano izquierda, pero el impacto del puño de papá ha sido contundente. Noto el hilo de sangre bajar hasta mi mejilla desde la ceja. Seguro que ha tomado el camino marcado, una cicatriz de tres centímetros de longitud que me hice a los doce años zurrándome con mi hermano mayor. Me clavé el canto de la mesa muy cerca del ojo.

No me duele demasiado. Ser el pequeño de una familia de mal nacidos te curte, en mi caso, te faja, pues siempre supe encajar los golpes, aguantarlos, contraatacando cuando la fuerza me lo permitía. Me llevé más hostias de las que di, indudablemente, lo que me convirtió en un experto fajador.

Papá lo sabe. Está perdiendo la paciencia. Me ha pegado la primera estocada de la larga lista que va a llegar pronto. Estoy preparado, no me preocupa. Comienzo a notar dolor, a padecerlo, a partir de la séptima u octava. Fue un buen púgil de joven, tiene un excelente crochet aunque las malas lenguas dicen que tumbaba a sus rivales con el gancho de izquierda. Percutir, percutir, seguir percutiendo con la derecha, siempre en el mismo punto para acrecentar el dolor de la zona, esperando que el rival sobreprotegiera la afectada diana. Cuando lo hacía, la sábana no cubría todo el colchón, así que el gancho entraba en escena. En la boca del estómago. Un golpe bajo, rozando la ilegalidad. El otro púgil se doblaba hacia delante, a veces en un ángulo escaso, pero suficiente para que el Zurdo, así le llamaban a pesar de ser diestro, te reventara la cara con el puño derecho. Y a la lona.

El problema es saber cuándo recibiré la estocada, cuando querrá doblarme. No creo que tarde mucho. Ya no tiene veinte años, ya no puede aguantar doce asaltos.

Cuando estás indefenso, cuando te están pegando la paliza, es importante relajar la mente, el cerebro, para destensar el sistema nervioso y sentir menos dolor. No es fácil, pero me concentro en ello, fijando mi vista en las rosas, un ramo rojo que decora la camiseta blanca de mi musa. Ella también me mira fijamente, intensamente, mandándome ánimos con aquellos preciosos ojos verdes.

Me relaja, me relajo. Demasiado. El impacto en el estómago ha llegado imprevisto, que no impredecible, me ha doblado completamente, provocándome el vómito en un reflejo automático. ¡Dios, qué asco! Esto sí lo odio. Prefiero que me pegue otra retahíla de puñetazos en vez de vomitar. Nunca lo he soportado. Perder el control de mi cuerpo, notar los espasmos ascendiendo desde mi estómago, abriéndome la garganta como si la atravesara un tren de mercaderías, incapaz de evitarlo. Pero debo aguantar. Por ella.

Vuelvo a centrarme en las rosas. Aunque papá ni lo imagine, son un mensaje, un código.

Me cuesta fijar la vista. Ya tengo cerrado el ojo izquierdo, anegado de sangre, pues el cauce de la cicatriz ha sido desbordado. También me cuesta hablar. Pronto se quedarán sin respuestas, no porque no las conozca, sino porque a este paso acabarán reventándome alguna terminación del cerebro o mi lengua dejará de funcionar. Ya me la he mordido dos veces, hinchada, metálica, anegada de hemoglobina.

-Déjemelo a mí, jefe.

Papá mira a Riki, cansado, frustrado por no haber logrado ni una puta palabra de más del cabrón que tiene maniatado. Asiente ligeramente a su lugarteniente, me mira un segundo, iracundo, y me suelta la última hostia de la noche. En la boca, el gancho del zurdo. Cuerpo y silla caemos hacia atrás con más vehemencia de la esperada. Me ha reventado los labios. Me ha roto la nariz. Millones de cristales se me han clavado en el lóbulo frontal, ascendiendo desde el tabique nasal. Esto sí es doloroso. La nariz es el primer punto que siempre he atacado en mis rivales. No sólo por el dolor, que atempera la fuerza del rival. Sobre todo para lograr ventaja en el combate, pues abre los lagrimales anegando la visión del receptor.

Ahora viene lo bueno. Bajo la apariencia de oso tristón del tamaño de un armario ropero, el lugarteniente de papá es un consumado torturador. Llamar dolor a lo que voy a sentir es quedarse corto. Le he visto sacarle las entrañas a un tío sin dejarle perder la consciencia.

Sabía que esta fase llegaría, así que interpreto mi papel. Aterrado, me muevo en la silla desesperado, tratando de huir saltando, corriendo, volando, pero apenas logro moverla algún centímetro. Los otros dos tíos del equipo me miran sonrientes, ya verás como ahora cantas hasta la Marsellesa. Papá prefiere retirarse. Las rosas deciden quedarse, sorprendiendo al jefe que esperaba salir acompañado.

Cuando uno sabe que va a morir, repasa su vida. A mí no me da tiempo. Han sido 33 años muy intensos, así que prefiero recordar mi último día. Despertar al lado de mi musa ha sido lo más bello que me ha ocurrido hoy, el último acto placentero. Una estupidez que ha podido ponerla en peligro, pero los dioses nos han sonreído. Nos siguen sonriendo, pienso. Yo también sonrío cuando Riki me mira sacando el estuche con sus juguetitos. No pienso mirarlos, pues sé que no me tocará un pelo con ellos.

No lo voy a permitir. No lo vamos a permitir.

Aprovechando que uno de los canes sonrientes ha acompañado al patrón, las rosas se adelantan hasta quedar a la espalda de mi torturador, a escasos centímetros del otro matón. Saca la Glock en un movimiento rápido, apunta hacia éste y le atraviesa el cuello. Riki se vuelve rápido, pero no lo suficiente para evitar que la chica le aloje una bala en el corazón. Siempre ha tenido muy buena puntería.

Ahora se vuelve hacia mí, me apunta con la pistola, mueve los labios en un gesto amoroso y dispara. Ya no siento dolor en el lóbulo frontal. La bala que lo atraviesa me sosiega.

No desvelaré si me dirijo al Cielo o al Infierno, porque es mejor que nadie sepa qué hay en el más allá. Tal vez me espere Thor y el Valhalla. Tal vez Ares, Baco o Afrodita. Tal vez…

Lo que sé seguro es que la hija de papá justificará el tiroteo desatándome, pues he logrado liberarme y no le ha quedado más remedio que intervenir para salvar la vida. Lástima por Riki y el cerdo que siempre le miraba el culo, daños colaterales.

Papá la abrazará cariñoso, pobrecita mi niña, sin imaginar ni por un segundo que los 9 millones de euros que han desaparecido de la última entrega de los turcos están enterrados bajo el parterre de rosas rojas de la casa de mamá, la que la hija del Zurdo utilizaba como picadero con aquel tío que parecía de confianza pero que nos ha acabado traicionando.

Mi sweet child o’mine, Rita, de 6 años, recibirá la totalidad del botín cuando cumpla la mayoría de edad, acompañado de una carta escrita con el puño y la letra de su padre apremiándola a invertir el dinero en prevenir y mitigar la herencia genética familiar, pues el cáncer de huesos, el más doloroso de todos, se ha llevado por delante a la abuela, al tío Ramón y a la prima Clara.

Con papá no pudo, pues cuando este le visitó, se negó a abrirle la puerta.

 

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