LOURDES BLANCO

El Soto se había pintado con los colores del otoño: Ocres, amarillos, naranjas y rojos que cubrían el suelo como si de una bella alfombra se tratara. Pasearon de la mano entre los chopos y fresnos que se iban desnudando a su paso.

Con la tristeza pintada en los ojos recorrían el lugar por última vez, en silencio, escuchando sólo el sonido de las hojas que a cada paso marcaban la sinfonía de la despedida.

Caminaban despacio, alargando el tiempo, deseando que nunca terminara aquel paseo que comenzó en primavera y que ahora estaba llegando a su fin.

Se sentaron en la playita de arena fina y blanca que lame el río, uno al lado del otro, sin mirarse, en siolencio, con los ojos fijos en la corriente de agua cristalina que ignorándolos bajaba alegre entre zarzas, juncos y helechos. De cuando en cuando, él le quitaba un mechón de pelo que le caía sobre la cara, ella le correspondía con una sonrisa triste y melancólica.

Permanecieron allí sentados hasta que la oscuridad de la noche empezó a apoderarse de la luz de la tarde. Volvieron despacio, adivinando el camino que ya había quedado desdibujado.

Cuando salieron del parque, cogidos de la mano, uno frente al otro se miraron profundamente. Se sonrieron y se abandonaron en un abrazo eterno.

La próxima primavera serán otros,  diferentes y extraños. Tendrán que volver a conocerse.

 

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