LOURDES BLANCO

 

¿Recuerdas aquella vez que me cortaste el flequillo? Te pedí que lo hicieras porque me molestaba el pelo metiéndoseme en los ojos y tú cogiste las tijeras y muy delicadamente fuiste cortando poco a poco por encima de la línea de las cejas. Si tuviera que escoger mi momento favorito en los veinticuatro años que estuve contigo diría que ese fue el momento.

Han pasado doce años desde que te fuiste y todos los días te echo de menos. De una manera callada, silenciosa, pero sigues en mi corazón. Ya no duele, el dolor se fue hace mucho, pero tu ausencia ha dejado un hueco en mi que nunca, y ahora lo sé, nunca va a ser ocupado por nadie ni por nada.

Han cambiado muchas cosas en mí estos años, no soy la misma. Creo que tengo muy poco que ver con la mujer que conociste, a la que amaste y la que te amó. Sólo hay algo que perdura y ese eres tú, en mi mente, en mis pensamientos, en mis sueños, porque hay noches que te sueño y me duele despertar.

Te veo entrando por la puerta todo sudado después de volver de tus largos paseos en bicicleta en los que disimuladamente habíais competido tu amigo Javi y tú. Nunca lo reconoceríais pero siempre competíais, sobre todo a nivel deportivo, fútbol, tenis, montañismo, ciclismo… Al final tú llegaste el primero a la línea de meta, pero no fue un triunfo, no era dónde tenías que llegar tan pronto. Aún te quedaban muchas carreras por afrontar.

Me cabreabas tanto cuando te ponías a trabajar en el jardín y dejabas todas las herramientas tiradas por ahí!. Ahora el jardín está hecho un desastre, sin flores, el césped ha perdido su poder, las “malas hierbas” se han hecho las dueñas y señoras del lugar, la hiedra ha crecido tanto que está a punto de llegar al tejado, las arizónicas…de esas mejor ni hablar. En fin, que el jardín se quedó huérfano sin ti. Estoy segura que también te echa de menos.

Echo de menos bailar en la cocina. Nos reíamos tanto cuando, con la música de la radio, nos arrancábamos a bailar y los niños a nuestro alrededor no miraban  con cara de no saber qué pasaba. Y nos decíamos: “algún día lo recordarán y se partirán de risa”.

Ya no me gusta cocinar porque no estás tú para decirme lo rico que me ha salido todo, porque no te veo comer relamiéndote y pringando el pan en la salsa de la merluza a la cazuela o en la salsa del pollo en pepitoria. Ya no es lo mismo.

He salido adelante, no he dejado que tu marcha me hundiera, estoy haciendo cosas que nunca pensé que podría hacer, y estoy contenta con mi vida, sólo echo de menos que no la compartas conmigo.

No volveremos a vernos, pero nuestros cuerpos se fundirán eternamente el día en que yo marche también al lugar que la vida nos tiene reservado para descansar de sus vaivenes, de su generosidad, de su egoísmo, de su belleza y de su más descarnada agresividad y  violencia, de su tranquilidad, de su desasosiego. De ella misma.

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