JULES SCHMIDT

La paloma se posa sobre un banco, en els Jardins Mercè Rodoreda, en el barrio d’el Putxet i Farró, Barcelona.

Rodeada de arbustos y azaleas en flor, tan blancas como ella, se contonea, orgullosa de su plumaje. Más bonita que las propias flores, comienza su baile de seducción. Con pasos cortos y movimientos lentos. En cada uno de ellos, más próxima a su improvisado galán: un ejemplar macho de loro americano. Sí, esos pajarracos verdes y gritones que nos han invadido el cielo y las copas de las palmeras.

Además de delicada, nuestra paloma tiene gustos exóticos. O un grave defecto en la vista y el instinto.

El lorito, incrédulo, se aparta conforme ella se acerca. No parece estar por la labor de procrear una nueva raza avícola. No es muy lista, desde luego. No capta indirectas ni se da por vencida. Perseverancia no le falta.

Hasta que él, agobiado por sus atenciones, emprende el vuelo y desaparece. No surgió el amor. El ave, que debe ser medio pez, por lo parca en memoria a corto y largo plazo, se distrae mordisqueando un pedazo de corteza de árbol.

No, no lo es.

 

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